miércoles, 8 de julio de 2009

FISIOLOGÍA EN EL ENFRENTAMIENTO ARMADO

Por, Ernesto Pérez Vera 


Llegado el momento de un combate o confrontación grave, el cuerpo y la mente actuarán del modo más natural, de manera que en ese momento el cerebro pueda ordenar al cuerpo (órganos intervinientes) ser más rápido y eficaz en su reacción defensiva u ofensiva. Así pues, muchas son las veces en la que los agentes de policía (seres humanos en general) actúan de un modo distinto a como fueron instruidos, ante un enfrentamiento serio y real contra sus vidas.


Esto ocurre constantemente, pero no siempre se ponen en marcha los resortes oportunos para conocer, estudiar y en su caso paliar qué falla tan asiduamente en el sistema. En cuanto al tema de las respuestas defensivas armadas de los policías, supone ya una constante oír a los policías reconocer que no se consideran debidamente entrenados en el uso de sus armas de fuego reglamentarias. Esto se pone de manifiesto, y así es admitido, cuando un funcionario se ve ante una situación real que requiere del empleo de la fuerza armada, y se siente incapaz de emplear las herramientas y mecanismos de que ha sido dotado.


La causa es bien sencilla. No solo son nimios, exiguos y básicos los entrenamientos de tiro en la galería de tiro, sino que además de alejarse de las realidades tácticas que se sufren en la calle, se crean programas de instrucción que van contranatura. En las aulas y líneas de tiro se inculca a los tiradores que deben hacer cosas tales como apuntar con cautela, incluso cuando un asaltante está ya atacando e incluso produciendo lesiones. Esta y otras muchas acciones son respuestas imposibles de ejecutar en el curso de un “a vida o muerte”.


Conducidos por lo antedicho en la introducción, daremos un repaso al principio de los tiempos. Podemos decir que cuando un humano percibe una situación de peligro para su vida o integridad física, su organismo de modo automático experimenta una serie de cambios que le ayudarán a soportar mejor el ataque haciéndole frente, o bien le facilitarán la huida para ponerse a salvo. Esto viene ocurriendo con los seres humanos desde antes de ser tales. Ocurría aun siendo seres prehistóricos y cavernícolas, de hecho somos los seres vivos que mejor hemos podido aprovechar esos cambios fisiológicos para sobrevivir. Somos hoy en día lo que somos gracias ello.


Llegados a este punto, es bueno reflexionar sobre la posición de nuestros órganos sensoriales dentro del “mapa” de nuestro cuerpo. Los hombres, como especie y no como género, no tenemos por casualidad los ojos en el frontal de la cara, los oídos simétricamente establecidos a cada lado de la cabeza y la nariz justo entre esos dos órganos sensoriales mencionados, que a la vez se sitúan encima de la boca. No es algo caprichoso.


Hemos evolucionado mucho desde que bajamos de los árboles.  Hemos sobrevivido a nuestros enemigos (otros seres iguales y animales depredadores) y conseguido vivir de la caza —actividad cinegética— gracias, entre otras cosas y en relación al tema que nos ocupa, a que combatimos de modo frontal. No luchamos o hacemos frente a la agresión o amenaza de modo lateral, ni de espaldas. Ante la percepción de un peligro, ya sea éste captado por el sentido de la vista, del oído u olfato —cuyos mecanismos sensoriales se encuentran simétrica y estratégicamente localizados en la cabeza—, nos giramos y desde la posición de frente combatimos o buscamos la huída. La fuga y abandono de la escena de riesgo no es más que otra forma de sobrevivir.


Una vez localizada esa amenaza es cuando realmente el organismo es consciente de que está en peligro, y es en ese instante cuando el cuerpo empieza a experimentar, de modo automático, una serie de cambios que aportarán aquellas capacidades de lucha o de huída. Eso pasaba cuando éramos atacados por un depredador hace tres mil años y ahora cuando un agente de policía focaliza una agresión y a su agresor. Lo manifestado anteriormente es parte de lo que hoy en día se conoce y estudia como estrés de supervivencia y combate.


Se estudian dos factores en el estrés de combate, el Factor Psicológico y el Factor Fisiológico. Se llama Factor Psicológico al que domina el miedo, el deseo de vivir y la preparación del sujeto objeto de la agresión.


Cuando el individuo que recibe la agresión física violenta se siente preparado para la lucha, mantiene cierto control de la situación y se siente más “normal” ante la agresión o situación hostil. Este sentimiento de preparación nace del debido adoctrinamiento instructivo en el campo de la lucha armada.


Pero si el agredido no se autoconsidera preparado, bien por la falta de formación o por no esperar la agresión y venirle ésta por total sorpresa, el sujeto pasa por las fases de estrés positivo y negativo. Si lo hace primero por el eutrés, o estrés positivo, será un buen momento para iniciar acciones defensivas, pero si de entrada experimenta distrés, o estrés negativo, ya será casi imposible efectuar una defensa eficaz, por perderse todo el control del cuerpo y de sus reacciones. El distrés propicia la huida del combate o el abandono de sí mismo ante el hostil.


El Factor Fisiológico no es dominado por el individuo. Cuando entra en juego la fisiología se producen reacciones autónomas en el cuerpo humano, así pues el cuerpo ante la necesidad de preparar a sus órganos para contrarrestar los efectos de las heridas, segrega hormonas como el cortisol, adrenalina y noradrenalina. Estas dos últimas también denominadas, respectivamente, epinefrina y norepinefrina.


En todo esto actúan, de forma fundamental, el Sistema Nervioso Simpático (SNS) y Sistema Nervioso Parasimpático (SNPS). El primero, el SNS, es el que desde el punto de vista fisiológico nos prepara para el ataque o la defensa inesperada. Es el que estimula las glándulas suprarrenales, dilata las pupilas, aumenta el ritmo cardiaco, otorga fuerza y disminuye las contracciones estomacales paralizando la digestión.


Sobre el SNPS podríamos decir, de una forma muy liviana, que es el que, cuando actúa, devuelve a la “calma” al organismo, o sea a la situación de reposo o tranquilidad.


Los fenómenos fisiológicos del cuerpo en situación de estrés de supervivencia se pueden resumir del siguiente modo: ante la agresión detectada y previendo la posibilidad de resultar muerto o herido grave, el SNS se activa y desencadena en el organismo los cambios antes referidos.


Cuando el SNS actúa, el hipotálamo y la hipófisis darán al hígado la orden de liberar cortisol. Éste se distribuirá rápidamente por todo el organismo. El cortisol también es denominado hidrocortisona y es una hormona esteroidea o glucocorticoide. La función de este esteroide es la de aumentar la presión arterial y llenar el torrente sanguíneo de glucosa (la glucosa aporta capacidad de resistencia, es energía). El hipotálamo es una glándula endocrina que forma parte del diencéfalo y se sitúa por debajo del tálamo. En la fosa central del cráneo conecta con la hipófisis, que es otra glándula compleja que se aloja en un espacio óseo llamado silla turca del hueso esfenoides, situada en la base de la bóveda craneal.

Las glándulas suprarrenales, situadas en el área superior de los riñones, también segregarán adrenalina y noradrenalina. Estas dos hormonas son adrenérgicas. Ambas aumentan la presión arterial por vasoconstricción. Cuando actúan, esto es lo que muy sucintamente ocurre:

-          Aumentan el ritmo cardíaco
-          Dilatan las pupilas
-          Redistribuyen la sangre a los grandes grupos musculares


Con la dilatación de las pupilas, la perfecta máquina humana pretende aumentar la información que reciba el cerebro a través de sus ventanas: los ojos. Los ojos son un balcón, pero el que realmente puede ver es el cerebro (interpreta). Será el nervio óptico quien trasmita la información al cerebro y éste, de forma milagrosa, la convertirá en imágenes. Esas imágenes serán, en el caso que estamos tratando, las que aporten datos sobre lo que está sucediendo. Con la redistribución de la sangre a los grandes grupos musculares, lo que se trata de conseguir es dotar a los músculos de más capacidad de moviendo, fuerza y resistencia. Esto puede tardar sobre cuatro segundos, pero una vez que la adrenalina llega al corazón, las respuestas reactivas tardarán un segundo en producirse.


El estrés de combate provoca vasoconstricción y permite que a los órganos que no vamos a emplear directamente en el combate les llegue menos oxígeno y menos sangre. Por ejemplo: el sistema urinario o vegetativo dejan de funcionar (son funciones que nuestro cuerpo no precisará usar durante el combate). Esta paralización podrá durar días, y se puede decir que hasta la necesidad de comer queda neutralizada temporalmente.


Sin embargo, en los órganos que sí vamos a utilizar para nuestra defensa o huída del agresor, se produce vasodilatación, como por ejemplo en los músculos de las piernas y brazos, los cuales serán usados para la defensa “a golpes”, manejo de armas, aferrarse a un objeto o correr. Es lo que los deportistas denominan “bombear sangre a los músculos, para congestionarlos”.


El primer cambio que se manifiesta en nuestro organismo es el aumento de las pulsaciones cardíacas. Cuando el cuerpo alcanza entre 115 y 145 pulsaciones por minuto (ppm), se puede decir que el individuo está en óptimas condiciones de combatir. Se produce lo que anteriormente denominamos eutrés. A nivel deportivo se considera un calentamiento previo a la actividad física. En ese punto de obtiene el máximo nivel de destreza motora, si bien, según las investigaciones, la habilidad digital se comienza a deteriorar. Se alcanza una adecuada visión periférica y una buena capacidad cognitiva.


En todo esto, el control de la capacidad cognitiva es fundamental. Debemos entender por cognitividad: la capacidad del control de lo conocido, de lo aprendido y de lo memorizado; así como la capacidad de reconocer, comprender y organizar lo anterior. Si no somos capaces de organizar la información que estamos recibiendo durante el combate y la que traíamos aprendida de casa, no podremos responder adecuadamente a la agresión. En definitiva, es preciso ser coherente entre lo que vemos, lo que sabemos y que hacemos.


Alcanzadas las 145-175 ppm se pierde la habilidad motora compleja, se deteriora el proceso cognitivo y se reduce la capacidad auditiva. Esto último se viene definiendo como oído túnel. El aparato auditivo se “cierra”: disminuye la capacidad sensorial auditiva. Esto quedó demostrado en el 84% de los casos estudiados en un importante trabajo científico con agentes que vivieron situaciones límite en enfrenamientos armados, en los EE.UU. (después se podrá acceder a las palabras de uno de los doctores que llevó a cabo ese trabajo). Así pues, el agente que dispara o es disparado no oye, a veces, los disparos que recibe e incluso los suyos propios. Estas detonaciones se podrían oír del mismo modo que en los entrenamientos ejecutados con protección auditiva, o sea muy atenuados. Ergo, es mucho más real entrenar con protección auditiva que sin ella. Los músculos faciales activan el tensor del tímpano y éste se cierra, esto es lo que provoca el llamado túnel de oído.


Cuando las ppm suben hasta 175 se abre el camino para entrar en situación de pánico. Es aquí cuando se obtiene el máximo nivel de habilidad motora gruesa, por ello se podrá correr más sobresalientemente para huir o para combatir. En este estado se puede obtener resistencia física hasta el final del enfrentamiento, aun estando en situación de herido de cierta gravedad. Un agente no entrenado de modo suficiente para situaciones reales, y no mentalizado de que puede perder la vida cuando menos lo espere, o no concienciado de que puede tener que disparar a otra persona para salvar su vida, cuando llega a la situación de pánico es más que probable que se bloquee mental y físicamente.


Superadas las 175 ppm se pierde la visión periférica y solo queda, de modo aceptable, capacidad de visión en profundidad. A ese efecto se le llama visión o efecto túnel. El ojo pierde riego sanguíneo y se queda fijo en la cuenca ocular. Los ojos no se moverán y el cuello no girará (se queda rígido). Todo esto obliga al cuerpo a girar hacia la agresión, dirigiéndose a ella de modo frontal. Se hace imposible ajustar el cristalino y no se pueden tomar y ajustar los elementos de puntería de modo eficaz. Un 70% de agentes que vivieron situaciones límite, en enfrentamientos científicamente estudiados, confirman que su visión se vio seriamente alterada.


En situación de pánico (cuando se superan las 175 ppm) el ser humano llega a querer “desconectar” de la situación adversa que está soportando. Mediante un neurotransmisor, la acetilcolina, se podría alcanzar el desmayo, pues baja la presión arterial, ralentiza los movimientos y disminuye el tono muscular. Es una forma natural de no sentir lo que nos puede venir encima, o incluso lo que ya tenemos sobre nosotros. Esto es relativamente fácil de ver en los documentales sobre la vida de otros animales mamíferos: la gacela que es perseguida por un voraz predador. Finalmente, incluso sin que el felino de turno toque a su presa/víctima con las garras, la gacela se desploma por desmayo justo cuando sabe que va a ser atrapada y devorada. Se produce un desmayo inconsciente para evitar sentir la peor de las muertes. La presa mantuvo al máximo su nivel destreza motora gruesa, por ello pudo correr a una velocidad de vértigo durante mucho tiempo, algo que jamás hubiera podido hacer de no tener tras de sí al “enemigo”.

Cuando las pulsaciones por minuto se aproximan a las 200, o las superan, se podrá tener lagunas de memoria, entendiendo que dichos picos de ppm son alcanzados en el fragor de un incidente serio y real contra la vida o la integridad física y no durante la actividad físico-deportiva. Así pues, tras un incidente serio contra la vida humana, es frecuente que una persona solo pueda recordar, en las 24 horas siguientes, aproximadamente un 30% de lo que ocurrió, subiendo al 50% en las siguientes 48 horas y al 75-95% en las siguientes 72-100 horas. A esto se le conoce como amnesia por estrés crítico.

Se ha comprobado que quienes superaron las 200 ppm en una situación límite y crítica fueron “víctimas” de lo que se denomina hipervigilancia. Esto puede suponer que una persona en tal situación realice sistemáticamente, y sin necesidad, acciones repetitivas que no le llevan a nada positivo. Incluso puede que abandone la situación de protegido, tras una barricada, y se someta inconscientemente al “fuego” o ataque enemigo. En definitiva, se actúa de modo irracional.

Para mejor comprensión de lo anteriormente expuesto, se detallan cuales son los tres tipos de habilidades o destrezas motoras y sus características.


La habilidad motora fina, también llamada destreza digital, es la que nos permite manipular extracciones de cargador, aperturas de fundas, municionar cargadores, quitar seguros o accionar la palanca de retenida del arma. Estas habilidades se pierden por encima de las 115 ppm y son las primeras que desaparecen en el sujeto cuando entra en situación de estrés. Cuando se reduce el control digital, se llega a no poder efectuarse correctos cambios de cargadores, y quitar el seguro del arma puede convertirse en una ardua y torpe tarea; cuando sin embargo en los entrenamientos de galería esas manipulaciones se realizaban perfectamente.


La habilidad motora compleja es la habilidad que se pierde al alcanzar las 145 ppm. Es la destreza que permite efectuar varias tareas a la vez, por ejemplo sacar el arma a la par que se pide apoyo por radio o se dan órdenes conminatorias al agresor, o se trata de comunicar con el agente de apoyo que se encuentra en la misma escena del encuentro. Una vez que alcanzamos las 145 ppm dejaremos de poder hacer esas tareas que en situación normal, de entrenamiento, sí podíamos llevar a cabo sin complejidad alguna. Ya se habrá deteriorado la capacidad de pensar y ordenar coherentemente la información.


Una mezcla de todo lo anterior lo hemos experimentado cientos de veces a lo largo de nuestras vidas civiles, como miembros de la sociedad e integrantes del grupo familiar, por ejemplo. Cuando de forma inesperada un miembro del grupo familiar sufre un accidente, un hijo pequeño por ejemplo, y somos avisados enérgicamente de que está sangrando por una brecha en la cabeza, rápidamente nos sobreimpresionamos e iniciamos las tareas propias de una evacuación hospitalaria. Muchos seguro que no habrán atinado a marcar en el teclado del teléfono los números del servicio de emergencia. Otros, aun conociendo perfectamente dicho número, no habrán sido capaces de recordarlo ordenadamente. Y otros, ante tales circunstancias urgentes, habrán pensado en ejecutar personalmente el traslado al centro de salud con sus propios medios de transporte, sin que pudieran localizar las llaves del vehículo teniendo el propio llavero en una mano o en un bolsillo. Igualmente, esa misma llave ha podido costar un excesivo consumo de tiempo el poder introducirla en el bombín del sistema de arranque del motor.


La habilidad motora gruesa es la última que pierde un agente objeto de agresión mortal. Esta involucra a varios órganos y masas musculares a la vez. El corazón bombea sangre a las piernas y brazos, que son los órganos que tradicionalmente, y desde el principio de los tiempos, hemos usado para trepar, correr o lanzar armas al depredador o al enemigo. La habilidad motora gruesa otorga al combatiente fuerza y resistencia, bien para facilitar la huida del combate o la posibilidad de resistirlo.


Por todo lo expuesto: es de rigor profesional organizar ejercicios de tiro de adiestramiento defensivo-reactivo que no sean complejos sino que sean de fácil asimilación para el agente alumno. Hay que tener siempre presente todos estos cambios fisiológicos a la hora de diseñar programas de formación y ejercicios de tiro en la galería. La realidad es triste: la inmensísima mayoría de entrenamientos se basan en conceptos totalmente alejados de los principios aquí señalados. Pocos instructores llegan a conocer lo aquí marcado. La base formativa en la materia se sustenta en la organización sistemática de entrenamientos deportivos de corte paupérrimo, que postulan puntos antagónicos a la propia naturaleza humana.

PUBLICADO EN LAS REVISTAS: TODO SEGURIDAD DEL MES DE OCTUBRE 2008 y WAR HEAT INTERNACIONAL Nº78 DE JUNIO 2009

6 comentarios:

  1. hola ernesto soy miguelito er chiquitito como cariñosamente me llamas,darte la enhorabuena por tu bloc y darte mi agradecimiento por todas las tecnicas que me has enseñado sobre el manejo de las armas y sobretodo tenerte como compañero de trabajo.jamas hagas caso a los que no te valoran como profesional que eres sigue asi llegaras muy lejos!!que coño!! ya has llegado,pues aun mas.UN ABRAZO TU COMPAÑERO MIGUELITO

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  2. Gracias, "el del tronkito", seguiremos entrenando juntos, al final, y como hace poco decías, al "fantasma" que no sabe de lo que habla, se le ve venir.

    Ernesto.

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  3. John Núñez, del Grupo de Tarea, Maracaibo, Venezuela8 de septiembre de 2010, 18:38

    muy útil información, de veras muy agradecido y lo felicito por su profesionalismo, dedicación y compañerismo mas allá de las fronteras, para quienes somos policias por vocación y amor!!!

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  4. Hola Núñez, le agradezco el comentario. Eso de Maracaibo suena a bonito...

    Un saludo.

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  5. Buen dia Sr. Ernesto, felicitaciones por el excelente articulo publicado por Usted sobre la fisiologia del enfrentamiento armado, no deja de asombrarme la calidad Profesional si Usted no pertenece al equipo de salud por lo bien que define la fisiologia.Realmente es un orgullo tener colegas como Usted, desde ya quedo a sus ordenes desde Buenos Aires -Argentina. Horacio Peralta, Profesor Instructor de Tiro Defensivo.Perito Mecanico Armero.

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  6. Estimado Horacio, muchas gracias por su amable comentario. Efectivamente, yo no soy profesional de la salud sino de la policía. El tema de este artículo me apasiona y además de haber tenido al mejor maestro en temas de tiro, he leído y hablado mucho con médicos.

    Sin duda alguna el tema da para mucho más, pero seamos recionales, el artículo lo hace un poli para polis.

    A su disposición.

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