sábado, 10 de junio de 2017

MIS ÚLTIMOS 10 MINUTOS CON VICTITO (QEPD)

Por Ernesto Pérez Vera

Era el maldito 7 junio de 2017 cuando Víctor Sánchez, mi eterno 5166, me llamó por teléfono a eso de las siete de la tarde, aunque tal vez fuese una pizca más temprano. Cerré el ordenador: nuestras conversaciones rara vez duraban menos de diez minutos, aunque tuviéramos varias al día. Nunca hablábamos ni de tías, ni de fútbol, ni de cuestiones que no fueran profesionales o familiares. No chismorreábamos, a no ser que en el trasfondo del chismorreo hubiera algún policía corrupto.

Me dijo que el jefe le iba a dar gente nueva para su unidad, la URI, la Unidad de Respuesta Inmediata de la Policía Local linense. Quería engordar el equipo, pero no con cualquiera. Quería producir más, o sea, pillar más guarros y quitar más mierda de la calle. Con poca gente, cogía mucho; pero con más gente, cogería mucho más. Quería alcanzar los niveles de eficacia que antaño coronamos juntos, codo con codo, espalda con espalda. No iba a ser fácil, por numerosas razones que hoy no vienen al caso (quizás otro día). Estaba pletórico porque iba a trabajar más. Unos llorando porque los obligan a currar, y otros levantando la mano para que les den más tarea. Siempre hubo policías y tíos que trabajan en la policía. Él, obviamente, era de los primeros, porque de otro modo no hubiéramos llegado nunca a ser lo que fuimos el uno para el otro.


También me contó que la noche anterior había pillado a un guarro, de nacionalidad no española, con cuarentaisiete mil euros ocultos en un coche. Un puerco que trató de evadir un dispositivo por él dirigido en el peor barrio de la ciudad (el mismo en el que algunos sobrevivimos a tiro limpio). El dinero, naturalmente y como siempre se hace en estos casos, fue puesto a disposición de la Agencia Tributaria. Al sujeto le constaban antecedentes policiales en el extranjero, por, por ejemplo, traficar con cosas ilegales. Seguimos charlando y me preguntó por el estado de salud de un pariente mío. Y luego, cambiando de tercio, me instó, creo que por tercera vez en dos semanas, a que le organizara una nueva jornada de entrenamiento de tiro con pistola, para que los niños, como yo llamo cariñosamente a los integrantes de la URI, no se oxidaran demasiado.

Y de pronto, esto: «Oye, Bello —así me llamaba, pero sin mariconadas—, te voy a dejar, estamos por La Marina y estoy viendo un Zeta de la Nacional identificando a unos guarros. No me gustan, así que nos vamos a poner enfrente, en el otro carril, por si acaso. ¡Ah! Y ver si desayunamos esta semana o la siguiente, que tengo ganas de ir al Rebolo con el ‘Madalena’ y con el ‘Traumatólogo’». Le dije que tuviera cuidado y que, de mi parte, saludara a la ‘Pavona’, también llamado este compañero ‘La caja de pescao’, y al resto de los niños.

Este era Víctor Sánchez, en estado puro. Un tío grande que miraba por los ciudadanos, por sus niños y por los niños que visten uniformes de otro color, aun cuando algunos de ellos lo hubieran intentado humillar y pisotear (qué mala es la cochina envidia). Algo nunca logrado, me refiero a lo del ninguneo, porque no hay ni cojones, ni clase, ni nivel profesional para poder hacerlo.

A las ocho y media, sobre noventa minutos más tarde, Víctor nos rompió el alma a un puñado de amigos-hermanos; a gente por la que él hubiera muerto y matado, y al revés también. Ahora, como ya sucediera en el pasado, el pueblo notará su ausencia en la misma medida y proporción que vaya notando el crecimiento de la impunidad criminal. Él, por desgracia, ya no estará para poder recobrar aquel principio de autoridad perdido que, entre unos cuantos, recuperamos y mantuvimos a flote mientras llegaba la que traía los cuchillos prometidos electoralmente, con el fin de pinchar y hacer zozobrar la balsa de la vergüenza, de la dignidad y, por supuesto, del principio de autoridad policial linense.

martes, 30 de mayo de 2017

EL VASO DE LA MUERTE

Por Ernesto Pérez Vera

Un lasca de cristal, un vaso de cerámica partido, un fragmento de disco compacto, etc. Cualquier cosa puede ser letal, según las intenciones de quién maneje la cosa, cabiendo la legal defensa, con lo que sea (incluso tirando de arma de fuego, si se sabe usar y las circunstancias lo permiten), cuando el agresor agrede con alguno de estos cacharros. Es más, cabe la defensa incluso cuando aún no se haya materializado físicamente el ataque, pero éste se prevea de inminente perpetración. No lo digo yo, que también lo digo, sino que lo dicen, por ejemplo, estas sentencias del Tribunal Supremo: 05/4/1998 y 2485/2014.

La cabeza siempre nos va a doler un poco o un mucho, disparemos contra un cuchillero o contra un escopetero. Pero en ese debate, en el de si se gana o se pierde la batalla judicial, no puede participar el que está muerto. Y los datos cantan, por más que digan lo contrario: cuando se abre fuego con razón y se escribe bien (instrucción de diligencias), se archiva la causa o se produce luego la absolución. Hasta actuaciones pésimas, bien amarradas, han terminado óptimamente en los tribunales.



Cuánto burrito redomado hay por ahí, y hablo del seno de las fuerzas de seguridad, defendiendo el derecho ciudadano a matar policías a cuchilladas, porque, según ellos, los borricos, los policías no tienen derecho a defenderse cuando los ciudadanos ejercen su derecho a apuñalar polis. Así nos va y así nos seguirá yendo.

sábado, 20 de mayo de 2017

Supervivencia, estrés y visión túnel, en la TV

Por Ernesto Pérez Vera

Escena de ‘Blue Bloods’, una muy buena y divertida serie de televisión sobre la Policía de Nueva York. Es un vídeo corto, breve, por lo que te insto a verlo, a mirarlo. Óyelo todo con suma atención. Merece la pena, de verdad. El tío del bigote es el jefe supremo del cuerpo, y ella, la chica madura, es una fiscal (tal vez sea más cierto que es una comisionada del Comité de Ética y Buena Conducta del NYPD, un organismo independiente y ajeno a la Policía. Algo muy anglosajón). Se trata de una lección teórico-práctica de fisiología humana durante el enfrentamiento armado. Una clase básica y rápida, muy aprovechable, sobre supervivencia y estrés. Se ve que las teleseries, a veces, sirven como medio de instrucción (las menos veces, la verdad).



Como me acaba de decir por teléfono Eduardo de Cobos, también llamado Eduardo Manospistolas: “Ernesto, lo bueno es que si muchos jefes, jueces y fiscales  (y yo añado policías) se dejaban engañar hasta ahora por las escenitas irreales de Hollywood, hoy, ya,  podrán dejarse llevar por la verdad de algunas buenas series y películas. Por fin empezamos a ver cine bien asesorado”.

lunes, 15 de mayo de 2017

EL VASO DE LA MUERTE

Por Ernesto Pérez Vera

Un lasca de cristal, un vaso de cerámica partido, un fragmento de disco compacto, etc. Cualquier cosa puede ser letal, según las intenciones de quién maneje la cosa, cabiendo la legal defensa, con lo que sea (incluso tirando de arma de fuego, si se sabe usar y las circunstancias lo permiten), cuando el agresor agrede con alguno de estos cacharros. Es más, cabe la defensa incluso cuando aún no se haya materializado físicamente el ataque, pero éste se prevea de inminente perpetración. No lo digo yo, que también lo digo, sino que lo dicen, por ejemplo, estas sentencias del Tribunal Supremo: 05/4/1998 y 2485/2014.

La cabeza siempre nos va a doler un poco o un mucho, disparemos contra un cuchillero o contra un escopetero. Pero en ese debate, en el de si se gana o se pierde la batalla judicial, no puede participar el que está muerto. Y los datos cantan, por más que digan lo contrario: cuando se abre fuego con razón y se escribe bien (instrucción de diligencias), se archiva la causa o se produce luego la absolución. Hasta actuaciones pésimas, bien amarradas, han terminado óptimamente en los tribunales.


Cuánto burrito redomado hay por ahí, y hablo del seno de las fuerzas de seguridad, defendiendo el derecho ciudadano a matar policías a cuchilladas, porque, según ellos, los borricos, los policías no tienen derecho a defenderse cuando los ciudadanos ejercen su derecho a apuñalar polis. Así nos va y así nos seguirá yendo.

viernes, 12 de mayo de 2017

POR QUÉ LOS JUECES Y FISCALES DEBERÍAN DISPARAR, AL MENOS UNA VEZ


Hoy les traigo un fabuloso artículo de mi amigo Ignacio Abínzano Murillo, fiscal de la Fiscalía de Área de Sabadell, con quien en 2014, en Calafell (Tarragona), tuve el honor de compartir mesa, mantel y micrófono durante una charla-coloquio (ciclo de conferencias) sobre los enfrentamientos armados policiales y las circunstancias neuro-psico-fisiológicas, formativas y jurídicas que se entremezclan en la calle, cuando un malnacido o un enfermo mental decide sembrar pánico y muerte, fabricando viudas, huérfanos y pena. Estén muy atentos a lo que dice este fiscal. Divulguen sus palabras, por el bien de todos.


Yo no compito con nadie en casi nada, por lo que eso que dicen algunos de que este artículo está incompleto, teniendo ellos publicado el puro y totalmente completo y exacto, me resbala. El texto firmado por Ignacio está en mi poder desde el 16 de febrero, habiendo decido ahora traerlo a mi página. Y ojo, lo tengo porque el autor me lo mandó para que le diera mi opinión en varios aspectos, ofreciéndomelo para publicarlo, si tal era mi gusto. Si otros tienen el texto completo, es que tienen otro. Yo soy más pobre y solo tengo lo que el fiscal me ha mandado para que se lo valore y, como ya he dicho, para que lo publique en mi página.


Ahora, lean, lean:

Por qué los jueces y fiscales deberían disparar, al menos una vez

Por Ignacio Abínzano Murillo

La probática puede definirse como la ciencia de la prueba judicial. Es la parte de la ciencia jurídica que tiene por objeto la demostración de los hechos y las afirmaciones vertidas dentro de un proceso judicial, especialmente en la fase del plenario, la más importante de cara a resolver el conflicto planteado. Su práctica requiere la colaboración de los peritos, profesionales de todo tipo, que suplen los conocimientos técnicos de los que carecemos los jueces y fiscales.

No obstante, siendo este el principio cardinal, nunca viene mal tratar de adquirir parte de esos conocimientos. No sustituiremos jamás al profesional (médicos, arquitectos, peritos calígrafos, etc.), pero tampoco nos estorbará adquirir ciertos conocimientos prácticos de primera mano. Es decir, que no es mala idea, de vez en cuando, saltar al campo de juego en lugar de ver siempre el partido desde la grada, para comprobar que, puestos en la tesitura del jugador, igual no es tan fácil marcar el gol a puerta vacía como podríamos suponer.

De entre los muchos ejemplos que podrían encontrarse, vamos a centrarnos en uno que preocupa gravemente a los miembros de los diversos Cuerpos y Fuerzas de Seguridad que desempeñan su oficio en nuestro país. Ante una intervención policial en la que se han empleado armas de fuego (muchas veces con resultado de graves lesiones o incluso de muerte), llegado el día del juicio, el agente policial debe demostrar ante el tribunal el estricto cumplimiento de los requisitos que legitiman la aplicación de las dos principales causas de justificación: la legítima defensa del art. 20.4 y el cumplimiento del deber del art. 20.7º, ambos del Código Penal. ¿Hubo agresión ilegítima? Esto generalmente no ofrece dudas. ¿Existió provocación por el defensor? Tampoco suele ser cuestión de debate, habitualmente. La pregunta clave siempre es ¿fue la respuesta policial PROPORCIONADA? Y también ¿la utilización del arma de fuego respetó las normas de la lex artis, es decir, ese especial conocimiento y control que de la situación de riesgo DEBE tener el profesional gracias a su formación específica en la materia?

Esa es la clave. La formación del policía y el debido respeto a las exigencias de la lex artis. Si alguien pretende aprender a pilotar, por poner un ejemplo, será mejor que se entrene con un avión de verdad, no solo con simuladores que, por muy reales que sean, solo exponen al aprendiz a equivocarse y a recibir un pitido y un inofensivo mensaje que dice: “Se ha estrellado usted. Pulse ESPACIO para empezar…”.

Del mismo modo, si el policía se entrena únicamente con dianas inertes y siluetas de papel en una galería de tiro, difícilmente estará preparado para afrontar con éxito una prueba de fuego real. Me viene a la mente una mítica escena de ‘Operación Dragón’, icónica cinta de artes marciales dirigida por Robert Clouse en 1973. Se ambienta en una isla oriental en la que su despótico gobernador organiza torneos de artes marciales. Su principal sicario, un robusto karateca de bigote, barba y tez rojiza, que en sus ratos libres se dedica al kárate pero que tiene como principal ocupación la de asesino a sueldo, se enfrenta a un adversario desconocido, de escasa estatura y cuerpecillo menudo, que aparentemente no tiene ni media leche, como diría el castizo. Pues bien. Antes de iniciar el combate, el fornido sicario lanza una tabla al aire y, antes de que caiga, ejecuta un preciso golpe de kárate que la parte en dos, con lo que está convencido de haber impresionado a su escuálido rival. No lo consigue, porque por azares de la vida y del guion, su adversario no es otro que Bruce Lee, quien, impertérrito ante la demostración de destreza del sicario, sin apartarle la mirada le advierte, ecuánime: “Una tabla no devuelve el golpe”. Una tabla tal vez no, pero el bueno de Bruce sí, y con tanta contundencia en la respuesta que el pobre sicario acaba el combate en peores condiciones que la sufrida tabla.
 
Las cosas claras, como el agua
Volviendo al tema principal. ¿No estaremos permitiendo que nuestros policías se confíen igual que el karateka de la película, porque son capaces de acertar seis disparos seguidos en el centro de una estática silueta de papel que, igual que la tabla de ‘Operación Dragón’, jamás devolverá el golpe? Y, en lo que atañe a quienes a posteriori tenemos que enjuiciar la labor del policía, ¿no estaremos olvidando que cuando emplea su arma en una intervención real ha tenido que enfrentarse a una situación completamente nueva, para la que tal vez no esté debidamente entrenado?

Hace unos meses acepté la invitación de un policía, del Cuerpo de Mossos d´Esquadra para más señas, para acudir a una galería de tiro y, con las debidas medidas de seguridad, hacer la prueba de disparar con un arma reglamentaria. Era la primera vez que sostenía en mis manos una pistola real, y, obviamente, también fue la primera que disparé munición auténtica. Desde ahora recomiendo vivamente esta experiencia a cualquier profesional del derecho encargado en enjuiciar la conducta de los que por razón de su oficio deben emplear armas de fuego. En primer lugar, el tacto. El simple contacto físico con ese instrumento, ya municionado, que tiene la capacidad de segar la vida en un segundo y que está en condiciones de hacerlo por tener un cargador lleno, produce respeto a cualquiera que no sea un inconsciente. Tratando de seguir punto por punto las precisas instrucciones que me había dado el instructor, alcé el arma, apunté a la diana (no estaría a más de diez metros) y apreté el gatillo. Para sorpresa de todos, di justo en el centro. Y los restantes disparos, algo más desviados, quedaron no obstante agrupados en los círculos interiores. Magistral. La reencarnación de Mel Gibson en ‘Arma letal’. Fue la única vez que logré agujerear la diana.

Porque a continuación, y esto es lo que quiero destacar, el instructor de tiro, con la cara del experto jugador de billar que se ha dejado ganar hasta conseguir que el novato muerda el anzuelo y suba imprudentemente la apuesta, me propuso: ahora vamos a probar otra cosa. Cuando yo toque el silbato, que puede ser dentro de diez segundos o pasados diez minutos, usted debe disparar todos los cartuchos, a la mayor velocidad posible. Si tarda más de cinco segundos en vaciar el cargador, no habrá superado la prueba, aunque haga diez dianas. ¿Me estaba vacilando? ¿A mí, que después de mis primeras dianas me sentía capaz de emular a Clint Eastwood en el duelo final a tres bandas de ‘El bueno, el feo y el malo’? “Silbe cuando quiera”, contesté desafiante. Silbó (tras tomarse su tiempo, para tratar de pillarme desprevenido –que es lo que por otra parte sucede en la vida real del policía–), disparé (creo que bastante rápido) y no es que no diera en la diana, que desde luego ni la rocé; es que todos los impactos se habían quedado a más de medio metro del objetivo. ¡Medio metro! Y eso los más precisos. En una diana que estaba a menos de diez metros y que, de todas maneras, jamás iba a responder los disparos. Ahora apliquemos el factor de corrección de encontrarnos en una situación real, en la calle, en la que el policía se juega su propia vida y la de los demás, vidas que puede poner en peligro tanto si dispara como si no lo hace, porque el individuo al que hay que reducir tiene un cuchillo o incluso otra pistola, y sus intenciones resultan totalmente imprevisibles.
Ahí está la raíz del problema. No basta con entrenarse para manejar el arma y ser capaz de hacer diez dianas con diez disparos en la galería de tiro, frente a una sufrida silueta que encaja los disparos con humildad franciscana. El entrenamiento debe perseguir, si acaso es posible, que el policía sea capaz de mantener la cabeza fría y emplear su arma sin dejarse superar por la situación, ciertamente más desagradable y estresante que la de los entrenamientos. Pero, sobre todo, y esto nos atañe a los jueces y fiscales a la hora de enjuiciar la conducta del policía que disparó en una situación de estrés y riesgo para la vida propia y ajena, en la que no disparar podría tener consecuencias incluso peores, nunca debemos olvidar que tal vez no recibió el entrenamiento adecuado (no por su culpa, desde luego) y por ello no se le puede achacar incumplimiento de una lex artis que nunca le fue debidamente enseñada.

Y para poder valorarlo mejor, compañeros de la Carrera Fiscal y Judicial, aceptadme un consejo basado en la propia experiencia: no os quedéis en la grada, bajad a tirar el penalti al menos una vez. Probad a sostener un arma y a disparar diez cartuchos en menos de cinco segundos, ante el toque de silbato sorpresivo de un instructor con ganas de fastidiar. Después ya hablaremos de los requisitos del art. 20.4º y 7º del Código Penal.

jueves, 11 de mayo de 2017

ATENCIÓN A LA FUNDITA DE LA FOTITO

Por Ernesto Pérez Vera

Por favor, presten atención a esta fotografía. Que conste que no está tomada en España. Pero juro por mis zapatos nuevos que aquí he conocido a personas homologadas como lerdos de solemnidad, que siendo miembros de las fuerzas de seguridad y zurdos de mano, llevaban la pistola en fundas diestramente colocadas, o sea, en el lado contrario al de la mano hábil (o más hábil). Por tanto, la burrada mostrada en esta imagen no me sorprende nada en absoluto, como tampoco me pilla por sorpresa, por más que lo aborrezca y lo critique con justificación lógica y técnica, saber que hay borricos engreídos que portan un solo cargador y además a media carga, o incluso a un cuarto de ella. Menuda mezcla de ignorancia, pasotismo y gilipollez.

Si hay inútiles que no saben ponerse bien las hombreras de las divisas del uniforme; y becerros que no saben extraer con seguridad un cartucho de la recámara de su pistola, ¡cómo coño me voy a sorprender con esto! 

martes, 18 de abril de 2017

LUNES SANTO LEGIONARIO

Por Ernesto Pérez Vera

Artículo de opinión en el Balcón del Estrecho de Onda Cero Algeciras (18 de abril de 2017). Puedes leerlo y oírlo: http://www.ivoox.com/balcon-ernesto-perez-vera-la-legion-audios-mp3_rf_18203870_1.html

¡Firmes…!

Una semana hace que la Legión pasó por Algeciras, pero aún resuenan los coordinados zapatazos del ‘paso lento’ y los aplausos vertidos por la ciudadanía a la marcha de los 160 pasos por minutos, que los legionarios de Ceuta nos regalaron el Lunes Santo. Ya van 3 años seguidos, por lo que esto tiene pinta de alcanzar pronto el grado de tradición, cosa que la gran mayoría de la población campogibraltareña agradecería.

En 2015, la primera vez que los legionarios vinieron a sembrar historia, ya le dediqué un Balcón al piquete de honores, a la Banda de Guerra, a la Escuadra de Gastadores y a la comisión representativa encabezada por el coronel del Tercio Duque de Alba. El segundo año, el pasado 2016, imponderables quirúrgicos me impidieron ver, oír y sentir nuestro ya Lunes Legionario. Pero la semana pasada pude volver a disfrutar de los hombres y de las mujeres que pasearon por las calles de Algeciras el orgullo de pertenecer a otra raza; a la raza de los que se entregan a obedecer sin rechistar, tanto en la guerra como en la paz; la raza de los que profesan la religión de la valentía.

Gran sorpresa la mía, esta vez, al descubrir que la sección primogénita se ha duplicado, mandando ya la formación un capitán, y no un teniente (lo que viene siendo una compañía reducida, vamos). La cosa crece hasta el punto de que este viaje han sido 2 las escuadras de gastadores que han deleitado a niños y a mayores, derrochando marcialidad, disciplina y sudor. Respecto a los acordes musicales, ¡sin novedad!: mis sentidos se estremecieron, como siempre, con la armoniosa sonoridad de las cornetas de caña larga típicas de la Legión y con los repiques y las resonancias de los tambores y los bombos acomodados, cómo no, al son del Novio de la Muerte que emitían, a pecho descubierto y con el corazón en la mano, las gargantas de 114 caballeros y damas legionarias; 114 novios y novias de la muerte.

Y aunque son tiempos complicados para quienes reconocemos el valor de quienes nos sirven con uniformes y armas, trátese de soldados o policías, yo ya estoy contando los días que quedan para volver a celebrar el Gran Lunes de Algeciras. Pero antes de finalizar, María, permíteme decir que esta centuria de legías estaba conformada por numerosos naturales de nuestra comarca, si bien a mi me enorgullece mentar a mi amigo, hermano y paisano Francisco David Caballero Álvarez, cabo primero caballero legionario, que lleva 8 trienios tirando de chapiri allá adonde lo destaquen.

¡Rompan filas…!

domingo, 9 de abril de 2017

LA ASIGNATURA PENDIENTE DE LOS QUE NO SABEN

Por Ernesto Pérez Vera

Alimentar la recámara de una pistola resulta una maniobra de rápida materialización, sobre todo si el arma ya está asida y desenfundada; porque si al tiempo que se invierte en introducir el cartucho se le suma el desenfunde, ya tenemos dos tiempos previos antes de poder estar en disposición de hacer fuego súbito. Tiempo, ya ves, lo que nunca sobra cuando en un tris la vida puede apagarse. Es de Perogrullo que si se está bien entrenado, el tiempo de respuesta puede verse recortado, algo que suele dirimir entre sangrar o no sangrar, hete aquí la cuestión.

Pero digan lo que digan quienes no saben, aunque digan y digan, y sigan diciendo, jamás es más rápido desenfundar, montar el arma y disparar; que desenfundar y disparar del tirón. Es tan falso como el rey Miguel, que ni era rey ni se llamaba Miguel. Y si no, que le pregunten al tendero de este vídeo, que aunque le da tiempo a buscar y empuñar su arma en el momento de verse atracado por un pistolero, recibe un tiro mientras está alimentando la recámara de su pistola, aun teniendo encañonado a su agresor durante el instante que consume en poner su arma en condición de disparó: VÍDEO https://www.youtube.com/watch?v=0FXHVjXPtJk&feature=youtu.be VÍDEO