lunes, 18 de enero de 2010

CASO STEVE CHANEY: triste realidad

Hoy, como ya ha ocurrido en dos ocasiones, traigo a mi blog el trabajo de un amigo. En esta ocasión el texto es de Pedro Pablo Domínguez Prieto, un serio profesional de la seguridad. Pedro es diplomado en Criminología por la Universidad de Salamanca, pero está a punto de acabar la licenciatura.


Pedro posee una visión muy amplia de la seguridad. Además de ser criminólogo comprometido —nunca deja de avanzar en sus conocimientos—, ejerce como detective privado y también es director de seguridad. Pasó varios años en las fuerzas armadas españolas, repartiendo su periodo militar entre unidades de operaciones especiales y de la Policía Militar del Ejército de Tierra. En el terreno de la seguridad privada no solo “toca” las funciones y competencias propias del detective privado, pues ejerce de ello, sino que durante algunos años ha trabajado como escolta privado en el norte de España, en las etapas nada fáciles.

También ejerce como profesor en diversos centros de formación de seguridad privada, para lo cual posee las oportunas acreditaciones emitidas por la Dirección General de la Policía. Pedro, a lo largo de los últimos años, ha realizado varios trabajos documentales relativos a enfrentamientos armados, balística y tiro defensivo. Ha leído y estudiado las obras de los más prestigiosos instructores nacionales y norteamericanos. Este profesional es muy completo y dedica tiempo al estudio y al análisis. Entrena ejercicios de tiro reactivo-defensivo con arma corta, aunque también es un “amante” del tiro con arma larga a distancias medias y largas.

En fin. Fruto de esos trabajos nace el texto que hoy cuelgo con sumo placer en mi blog. El artículo, con cierta técnica narrativa, versa sobre un caso real acaecido en 1977, en EE.UU.  El Caso Steve Chaney, así se llama el artículo, cuenta algo que, pese a los treinta y tantos años transcurridos, siempre debe ser tenido en cuenta. Las conclusiones finales a las que llega Pedro, y a las que usted como lector llegará, son las mismas a las que yo, titular y administrador del blog, siempre llego en mis artículos y en cuya dirección siempre apunto.

Seguro que lo que va a leer le va a encantar y le va a atrapar. Puede que no descubra nada nuevo al final del texto, pues como digo, muchos somos los que “apuntamos” durante nuestras enseñanzas en esa misma línea. Pero puede que esto, aún siendo conocido por usted, afiance y refuerce aún más ciertas teorías. Disfrute.

Ernesto Pérez Vera 

CASO STEVE CHANEY

La documentación acerca de este enfrentamiento se ha obtenido de la obra Ayoob the files, de Massad Ayoob. Se trata de un buen y trágico ejemplo de lo que ocurre cuando el delincuente está bajo el efecto de las drogas y los sucesivos disparos (10) son incapaces de detenerlo.

El 1 de agosto de 1977, en Los Ángeles, California, una patrulla formada por una policía en prácticas, Linda Alsobrook Lawrence y su supervisor, el oficial Steve Chaney, comenzaba su rutina diaria en el distrito de Baton Rouge. Ambos agentes pertenecían al Los Ángeles Police Department (LAPD).


La primera llamada del día refería un posible intruso en los apartamentos de Broadmoor Plantation. Tuvieron que aparcar cinco calles más abajo y caminar hasta el lugar en que les esperaba el denunciante. Al llegar al apartamento lo encontraron abierto. La cerradura estaba en buen estado, únicamente presentaba algunos arañazos en el pomo. Chaney estaba acostumbrado a entrar en casas en las que sus dueños sospechaban que habían entrado delincuentes.

No encontraron nada en las primeras habitaciones, hasta llegar a un dormitorio que tenía la puerta cerrada. Chaney quitó el seguro de la funda del revólver y se preparó para entrar. Propinó una patada a la puerta y se encontró de frente a un individuo. Lo que no sabía era que se trataba de John James Mullery, de cuarentaidós años, fichado múltiples veces por asalto, secuestro y agresiones sexuales. Chaney asumió que se encontraba ante un ladrón vulgar. Se equivocaba. Mullery era el novio de la dueña del piso, y la estaba esperando en su interior para asesinarla. Además, para “prepararse” había consumido gran cantidad de cocaína, así como otras tantas sustancias estupefacientes. Esto tendría una gran influencia en lo que sucedería después. Para colmo, medía casi dos metros y pesaba unos cien kilogramos.

Mullery se lanzó sobre Chaney, intentando agarrarle, pero éste consiguió esquivarlo y mantenerse a distancia. El agresor comenzó a gritar como un histérico: “¡dispárame! ¡Acaba de una vez! ¡Dispárame!”. “No estamos aquí para dispararle a nadie”, replicó el veterano agente, explicándole que únicamente quería aclarar las cosas. La ira de Mullery desapareció igual que había surgido y el policía pensó que las cosas iban por buen camino. Aseguró el revólver en la funda. Pero de repente, con la rapidez de un relámpago, Mullery se lanzó sobre la cadera derecha del agente y agarró el arma por la empuñadura. Chaney no pudo reaccionar lo suficientemente rápido y el revólver llegó a la mano del atacante. Chaney, instintivamente, agarró el arma por el cilindro.


La lucha había comenzado con Mullery controlando la empuñadura y el disparador, y tratando de levantar el cañón hacia el policía, y Chaney atrapando el tambor para impedir que girara y pudiese disparar. Los dos policías habían hablado con anterioridad de la posibilidad de que se produjera esta situación y habían convenido que ella se mantuviera atrás, pero si él no ganaba el control del arma… ella tenía que dispar sobre el sospechoso. Linda Lawrence, de treinta años, desenfundó el revólver de cuatro pulgadas y apuntó al delincuente. Viendo que no iba a poder retener el arma, Chaney le gritó que disparase. La novata levantó las manos quedando el brazo de Mullery delante del arma, cuando Linda abrió fuego. El proyectil de punta semiblindada, calibre .38 Special, atravesó el antebrazo y arrancó prácticamente todos los músculos del mismo, salpicando al agente varón “carne picada” y sangre.

Pero el dolor no siempre vence el efecto de los estupefacientes. La presión de la mano de Mullery no se aligeró ni un gramo. Peor aún, la sangre de la herida se estaba deslizando entre la mano de Chaney y el revólver, y finalmente el tambor giró permitiendo a Mullery disparar dos cartuchos. Chaney consiguió mantener el cañón lejos de su cuerpo, acabando los proyectiles en una pared. Menos mal.


Agarrando el cañón con la mano izquierda, el policía aplicó una “palanca” y consiguió arrebatar el arma al delincuente. Retrocedió un paso y adoptó una posición de tiro a dos manos —poco lógico—. Disparó dos veces hacia el pecho del gigante, pero no logró efecto alguno. El atacante se giró hacia Linda, golpeando con un revés de su mano el revólver de la mujer. En lo que Chaney describió posteriormente como un abrir y cerrar de ojos, Mullery se lanzó sobre la chica, le arrebató el revólver y disparó directamente al centro de su torso.

El funcionario no podía disparar sin alcanzar a su compañera, así que se lanzó sobre el criminal. Una vez más se encontraban en un cuerpo a cuerpo. Cada uno agarró el arma del otro, tratando de acercar el cañón propio al cuerpo del contrario, a la par que apartaban el arma del adversario. El oficial insertó un dedo meñique detrás del disparador del arma de Mullery (dentro del guardamonte), bloqueando así el arma e impidiendo que se produjera el disparo. Mullery tenía una fuerza sobrehumana, pero el policía poseía la técnica.

Finalmente logró arrebatar los dos revólveres de las manos del asesino, e hizo algo que puede parecer extraño, pero que se ha dado con relativa frecuencia en enfrentamientos armados, una técnica llamada “desdentar a la serpiente” y que consiste en vaciar un arma cuando se confirma que va a ser hurtada: así se evita que la puedan emplear.


De esta forma, Chaney disparó ambas armas hacia el suelo, dejando solo un cartucho en uno de los revólveres. Mientras tanto, Mullery le golpeaba en la espalda y cabeza. Con la mano izquierda trató de lanzar el revólver vacío por una ventana, pero un golpe de Mullery desvió su brazo y el arma rebotó en la pared, cayendo en el suelo de la habitación.

Al levantar el brazo para protegerse, la mano de Chaney quedó cerca de la cara de Mullery que le mordió en un dedo. Bajo el efecto de la adrenalina, el policía no sintió el dolor, y en cambio aprovechó para pasar el revólver bajo la axila y pegar el cañón al pecho de Mullery. Alguien le había dicho que los proyectiles tienen un mayor poder de parada si impactan en hueso. Así que dedujo que el agresor no había caído tras dos impactos en tronco, porque no había tocado zona ósea; de modo que presionó el cañón contra el costado del monstruo y buscó hasta encontrar una costilla y disparó.

Mullery abrió la boca y gritó: “¡Oh, esta vez me diste bien!” Entonces levantó en peso al agente y lo lanzó al otro lado de la habitación. Chaney cayó a unos cuatro metros de distancia, chocando contra un mueble. Mullery había recibido ya cuatro impactos, tres de ellos potencialmente fatales. Pero seguía en pie. No es infrecuente.


Como ocurre en muchos tiroteos, el agente había perdido la cuenta de los disparos efectuados. Con gran esfuerzo, Chaney se levantó, adoptó una posición de tiro a dos manos y apretó el gatillo. El arma hizo “clic”, el peor ruido que se puede oír en esa situación. Chaney apretó el gatillo del arma descargada varias veces, hasta que aceptó la terrible realidad: estaba vacío. Ahora había que intentar cualquier medida desesperada. El policía se lanzó sobre Mullery y comenzó a golpearle en la cabeza con el arma. Lo hizo varias veces, sin efecto. Únicamente quedaba una opción: intentar recargar.

Mullery continuaba avanzando por la habitación. Chaney se dirigió a una esquina y le dio la espalda, protegiendo el arma mientras trataba de introducir cartuchos en el cilindro del revólver. En aquella época el departamento de policía no entregaba como parte del equipo cargadores rápidos de revólver. Afortunadamente, Chaney había comprado uno con dinero de su bolsillo, lo que agilizó el proceso de recarga del revólver.
Pero aquella no era una recarga como las realizadas en el campo de tiro, esta era una situación de emergencia total y real, por ello no pudo evitarse la pérdida de habilidad digital y cognitiva. Mullery había conseguido asir una barra de hierro y golpeaba al funcionario en la espalda, con todas sus fuerzas. 

Tras cerrar el cilindro, Chaney pasó el cañón del arma bajo su axila y disparó dando la espalda al agresor —esta técnica es entrenada por algunos instructores españoles—, consiguiendo que el proyectil penetrara en el plexo solar del homicida. Retrocedió al sentirse herido. El agente se giró hacia él, lo cogió del pelo con la mano izquierda y levantó su cabeza disparándole un cartucho en el cráneo. Al mirar hacia abajo podo ver un enorme agujero en el cuero cabelludo.

Parecía que todo había acabado. Chaney se alejó hacia el otro lado de la habitación y trató de respirar. Miró de reojo al hombre que había intentado matarle, y vio, con horror, que Mullery se estaba levantando de nuevo.

Sobreponiéndose al shock, el oficial apuntó con el revólver y disparó dos veces más hacia el pecho, no consiguiendo el efecto deseado. Otro disparo fue efectuado hacia el abdomen, también sin efecto. Sólo quedaba un cartucho en el arma: dirigió la boca de fuego a la cintura y disparó, fracturando ahora la pelvis. El criminal cayó, finalmente.


Steve recargó su último speed loader —cargador rápido de revólver— y se dirigió hacia su compañera, comprobando que yacía muerta. El proyectil la había alcanzado cerca del corazón. Mullery aún tardó unos segundos en morir, pero consiguió arrastrarse por el suelo hacia la puerta. Finalmente la pérdida masiva de sangre le venció.

El gigante había recibido diez impactos del calibre .38 Special, semiblindados, de 125 grains de peso:

Nº 1: antebrazo, cerca de muñeca.

Nº 2 y 3: pecho.

Nº 4: lado izquierdo del tórax, a distancia de contacto.

Nº 5: centro del pecho, cerca del diafragma, a distancia de contacto.

Nº 6: parte superior de la cabeza, a distancia de contacto.

Nº 7 y 8: pecho.

Nº 9: abdomen.

Nº 10: cadera derecha.

Las conclusiones del enfrentamiento son cuatro, básicamente:

1º- A pesar de recibir diez impactos, ninguno de ellos alcanzó órganos vitales. El impacto en la cabeza, debido al ángulo en que fue efectuado, no llegó a penetrar en la bóveda craneal, por lo que no fue efectivo. El resto de los proyectiles no alcanzó ni la médula espinal, ni el corazón. El impacto más importante, en este caso, es el que llega a la cadera comprometiendo la movilidad. Algunos instructores como Fayrbain y S.P. Wenger aconsejan apuntar a la cadera como blanco primario, ya que impedirá al agresor avanzar hacia nosotros (esto es más importante en el caso de ataques con armas blancas).

El impacto nº 4, lejos de producir un daño mayor por el hecho de alcanzar un hueso, produjo el efecto contrario: el hueso de la costilla actuó como un escudo ante el fogonazo del disparo, que a esa distancia habría causado una gran herida estrellada.


La pérdida masiva de sangre, si no es controlada, provoca la muerte. En este caso había diez heridas sangrando y ninguna de ellas fue taponada. Pero de haber existido un menor número de heridas, sin haber sido tratadas, a la postre hubieran terminado produciendo la muerte, casi con total seguridad.

2º- Este caso es un ejemplo de adversario al que no afectan causas psicológicas. Múltiples impactos, con destrozo de tejidos, no causaron efectos aparentes. Únicamente al alcanzar un punto concreto de su anatomía se produjo la incapacitación. Hemos de tener en cuenta la posibilidad de enfrentarnos a individuos drogados, excitados o enajenados que se comporten como Mullery.

3º- La munición empleada, semiblindada de 125 grains de peso, era, en esa época, una munición típica de uso en seguridad, considerada por muchos como de buena capacidad de transferencia de la energía en el instante del impacto.
Ningún proyectil es fiable al cien por cien, a no ser que alcancemos puntos concretos del organismo. Como hemos visto en este ejemplo, cuando se alcanzan zonas puntuales del cuerpo es cuando se consigue el objetivo: detener la acción hostil.

Es más, algunos autores, como el prestigioso Ayoob, afirman que un calibre más potente, como el .357 Magnum, .40 Smith and Wesson o el 10 mm Auto, hubieran penetrado en el cráneo (herida nº 6) en vez de ser desviado el proyectil por la bóveda craneal, o hubieran causado un mayor efecto en las heridas nº4 y nº 5.

4º- La agente en prácticas que falleció, de haber llevado puesto un chaleco de protección balística, seguramente se hubiera salvado. En esa época ni tan siquiera en los EE.UU. era habitual el uso del chaleco. En ese país, a día de hoy, es impensable salir de servicio sin él. Por suerte —quien sabe si por desgracia—, también en España se están imponiendo tanto a nivel oficial como a nivel privado.

14 comentarios:

  1. Sin comentarios...
    Alex

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  2. Excelente artículo. Sorprende la sangre fría del policía del LAPD. El calibre .38 mostró una vez más su ineficacia en el secuestro del avión por parte de terroristas palestinos, este calibre era utilizado por los miembros del GSG-9 de la extinta Policía de Fronteras alemanas siendo incapaz de "parar" a los terroristas pese a la gran cantidad de impactos recibidos. En España necesitamos muchos, muchísimos años de entrenamiento en tiro reactivo-policial, en las FyCSE estamos en pañales.-

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  3. Impresionante relato! Estoy deacuerdo a que el 38 special ( sobretodo con 125 grains ) es algo muy justo. Aunque dada las circumstancias, con un 9 parabellum tampoco le hubiese servido de mucho.

    Un placer leerte! Ferny

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  4. Ferny, gracias por tu lectura y comentario.

    Veritas Vincit

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  5. Resulta sobrecogedor, casi un relato de terror. Efectivamente, reafirma la idea que he ido elaborando de que lo que cuenta es que el disparo sté bien colocado y que el proyectil cause la herida mayor posible. Solo me queda una duda,¿quizá fue la falta de penetración del proyectil lo que generó esta situación o, simplemente, los disparos atravesaron el cuerpo sin dañar órgannos importantes?. Muy buen artículo, gracias.

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  6. Hola Erizo.

    Gracias por tu lectura y por el comentario. Efectivamente, lo que importa es el lugar donde se coloque el disparo, al menos, yo así lo veo. Además, por experiencia propia puedo opinarlo.

    En el caso Chaney, habría que ver los informes forenses. Pero entiendo que ningún proyectil alcanzó órganos vitales. Fíjate, la mayoría de impactos alcanzaron el pecho, a distintas alturas y seguramente en diversas trayectorias, uno incluso fue en la parte superior de la cabeza, y aún así…nada de nada.

    En la zona del tórax (pecho) es donde más posibilidades existen de alcanzar órganos vitales, es rica en ellos. Pero a la par, las costillas los protegen, por tanto, un proyectil podría “ir” bien colocado pero la costilla “frenarlo” o desviarlo. Un impacto estaba pegado al corazón, pero pegado, no le “pegó”

    Según parece, hasta un disparo en pleno corazón puede hacer que el sujeto permanezca vivo hasta 10 segundos, si eso es así, ¡imagínate cuantos disparos se pueden hacer en ese tiempo...! varios cargadores.

    También puede que los proyectiles no penetraran lo bastante en el cuerpo, como para alcanzar a los órganos vitales, o incluso llagando a tocarlos, la cosa no es siempre instantánea.

    Ningún caso es igual a otro y ningún cuerpo a otro. Lo que una persona puede soportar, otra puede que no. No se, esto no es una ciencia exacta. Seguramente solo hay dos sitios que paralicen a quien recibe un disparo, pero en el fragor de un combate a muerte ¿quien es capaz de meterlo “ahí” deliberadamente…? Nadie, es capaz. Pero otra veces, por desgracia, se produce un disparo accidental y viene a parar en ese sitio en el que, si lo intentáramos a propósito, nunca hubiéramos acertado.

    Conozco casos cercanos a mi, y otros estudiados, en los cuales, con un solo disparo, a veces de calibres marginales (9mm C) se ha puesto en fuera de combate, de un modo casi inmediato, a una persona.

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  7. Trasladandonos a hoy ¿seria mas efectiva un arma de descargas electricas?

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  8. Vaya, interesante tema.

    Pues mira, no es mi mayor especialidad el tema de armas de letalidad reducida o baja letalidad, pero aún así me voy a arriesgar a dar, en público, mi punto de vista.

    He recibido en mis “carnes” la descarga de un Taser, y fue, no hace mucho tiempo, durante un curso para Instructores de tiro policial. Puedo asegurar que la descarga “acabó” con cualquier intento, por mi parte, de moverme, fue doloroso y muy frustante. Sinceramente, si con un sujeto agresivo y “puesto” de estupefacientes, va a actuar igual que conmigo o incluso al 75%...confío en que hubiera “acabado” con el violento de la narración “Chaney”.

    Pero por otra parte, joder, no creo que yo hubiera aguantado esos 10 disparos que “soportó” Mullery. Seguramente los 10 disparos me hubieran parado como lo hizo el Taser. En cualquier caso, ni yo estaba “puesto” ni tenía la “obligación” física de sobrevivir, por ello, no llegué a experimentar cambios autónomos fisiológicos que me hubieran “ayudado” a soportar casi de todo.

    Estimado anónimo, no podría responder con certeza a tu pregunta, pero te dejo mis cometarios para que saques tus propias conclusiones. Nunca una acción es igual a otra, incluso aunque los protagonistas sean los mismos.

    Veritas Vincit.

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  9. Yo creo q lo mejor q hay para parar a un tipo de estas caracteristicas, no son ni Taser,ni un gran calibre....lo mejor son los nauticos q te quitastes en el viaje de vuelta de Alcalá de Henares en el coche!!!!...Al margen de eso,me ha gustado mucho el articulo,siempre es bueno saber y mas si viene de un tio q le apasiona y sabe del tema!!!...un abrazo querido y dos huevos durosss

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  10. Jajajajaj, ¡pero que arteeeee!

    Esos zapatos náuticos los tengo guardados al vacío, tienen destino: “cierto británico…” jajajjaa

    Gracias por leerme “Crazy” espero que el Licenciado Sánchez y su fiel “escudero” hagan lo mismo. Por cierto, del “escudero” he escrito algo en el blog, en su honor.

    Y dos Huevos Duros…¡con que queso!

    Ah, se me olvidaba, ¿quien eres…? ¿este quien es…?


    Tte. Vincet Hanan

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  11. Ante una situación de poco riesgo, usaria un taser.
    Ante un individuo que tiene un arma de fuego, ya ha matado a una persona y sigue atacándome, la unica opción es detenerlo como sea.
    Las armas no letales no están diseñadas ni para un sujeto, ni para una situación como la del relato.

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  12. Impresionante relato. Desde luego trato d epnerme en el lugar del policía, la situación de estrés extremo que debió de experimentar y su capacidad para respoder efectivamente. Algo que me ha llmado la atención es la rapidez con la que el delincuente se calma cuando el policía le habla en primera instancia. Tranquilizarse tan rápido no suele ser habitual en estas circunstancias, máxime si ha habido consumo previo. la primera acción del delincuente es atacar al policía, lo cual demuestra a) que la figura de autoridad del policía no le infunde ningún respeto, b) que se encuentra bajo los efectos de algún tóxico. Sea como sea se puede deducir una respuesta imprevisible. Los girots de "matame" que profiere después también nos hablan de que el sujeto tiene la conciencia alterada.Creo que tal vez el agente se precipitó guardando el arma.
    U n abrazo y felicidades por el blog
    Fernando

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  13. Fernando, es un honor leer una respuesta tuya en mi blog.

    Valoro mucho los puntos que has referido sobre la actitud del homicida. Muchas gracias por la visita.

    Veritas Vincit

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