UN MAL EN “ALZA”: LA DROGA AFECTA A LA SOCIEDAD Y A TODOS SUS SECTORES PROFESIONALES, a todos…

Por: Ernesto Pérez Vera


Una profesión vocacional, no vacacional

Hay profesiones que solo deberían ser ejercidas si quienes las llevan a cabo poseen altas dosis de vocación. Llevar a término lo anterior es harto complicado. Debe ser muy difícil detectar la vocación de los aspirantes a un puesto concreto de trabajo. Sin embargo, creo que es fácil descubrir, durante los periodos selectivos, a quienes no poseen una mínima dosis de vocación.


A determinadas profesiones se les debe exigir, desde todos los sectores y ámbitos, altas cuotas de compromiso y dedicación. Además, la exigencia ha de ser real y no frívola. Nada de cubrir expediente. Personalmente, creo que la acreditación de capacidades profesionales que únicamente se valoran mediante la presentación de diplomas y certificados, no suele decir nada; pero como digo… es mi opinión. Me baso en cercanas experiencias personales.


Generalmente en el funcionariado, muchos son los que una vez alcanzada la plaza son asignados a determinados puestos o destinos, por el mero hecho de tener concedido un diploma oficial (a veces no oficial). Ese documento, en ocasiones, únicamente acredita la asistencia a clase, o la superación de unos mínimos conocimientos en una materia específica determinada.



Una de esas profesiones a las que vengo aludiendo, veladamente, es la de policía. Ejercer como policía debería ser algo más que una profesión. Lo de la Policía es como lo de ser médico o bombero, profesiones, como dije antes, a las que se debería exigir buenas y altas dosis de vocación. Una profesión de la cual puede depender la vida o la libertad de una persona —derechos fundamentales y básicos—, no debería ser ocupada por personas que solo pretenden obtener un trabajo fijo —casi siempre de por vida, o hasta la edad del jubileo—. Para algunos Policías —los menos— esta profesión es un estilo de vida, una filosofía de vida. Unos trabajan de policía y otros son policías… que no es lo mismo. Como también es diferente ir al trabajo e ir a trabajar.



Ser policía es algo grande para mí. Es la más grande de las profesiones. Le siguen, cercanamente, las otras profesiones antes referidas. Un policía debe ser capaz de todo lo bueno que tienen las profesiones de sanitario y contraincendios. Por ello, al agente policial se le exige que ayude a salvar una vida, y de hecho lo hace —son los primeros en llegar a incendios, agresiones o accidentes—. A veces, incluso más que a salvar la vida se les exige traerla al mundo. Son muchos los casos conocidos de agentes de seguridad que han participado en partos urgentes, improvisando, para ello, quirófanos en portales, coches patrullas o autobuses. Por cierto, el año pasado un buen amigo mío de la Guardia Civil protagonizó uno de esos casos. Fue en la localidad sevillana de San José de la Rinconada. Por tan noble y eficaz servicio ciudadano, ha sido condecorado. Enhorabuena.



También al policía se le exige, ética y moralmente —no legalmente—, que arriesgue su vida ante las llamas de un incendio en el que personas pudieran encontrarse grave riesgo. Los policías suelen acudir antes que los propios bomberos. Tampoco son escasos los actos heroicos conocidos en ese sentido, y otros similares.



Creo, por todo ello, que ser policía es algo grandioso. Además de hacer todo lo que tan sucintamente he plasmado, los policías tendrán que arriesgar sus vidas ante personas que por profesión o afición… matan. Al hilo de esto último quiero recordar a Miguel Márquez Liñán, un linense al cual, en abril de 2009, un menor de edad le quitó la vida con una mortal puñalada. A Miguel, durante cerca de 10 minutos, dos agentes policiales llegados al lugar de suceso, lo mantuvieron con vida. Finalmente, y ya en un centro sanitario al que los policías lo trasladaron, falleció.


Los policías se tienen que enfrentar todos los días a las situaciones más insospechadas. Para poder hacer frente a las situaciones que antes se comentaban, se requiere del funcionario una total y positiva disposición, y un serio compromiso para con la sociedad y la institución policial. Esa actitud debe ser advertida por la ciudadanía, por ello, el policía tiene que ser visto como ejemplo de encomiables virtudes humanas y ciudadanas.


Falta de compromiso y de entrega

Lo anteriormente manifestado no es posible alcanzarse si los policías no están convencidos de qué es lo que representan: la ley. No en vano, y en el ejercicio de sus funciones, son considerados agentes de la autoridad. La autoridad a la que hace referencia esa cualidad de agente, es la judicial, que en definitiva es la que hace cumplir la ley. El policía debe creer, firmemente, en lo que hace, o al menos en lo que debe hacer. Tiene que ser coherente con lo que representa.



Para cumplir legal y eficazmente con el ordenamiento jurídico —conjunto de normas jurídicas establecidas y vigentes—, no solo se precisa del funcionario un buen conocimiento de las normas penales y administrativas de uso policial frecuente. El policía también tendrá que ser ética y moralmente intachable. Debe ser fiel cumplidor de la ley, tanto cuando está investido del carácter de agente de la autoridad, como cuando se haya “investido” del carácter general de particular o ciudadano.



Hasta aquí todo parece lógico y normal, creyendo todo el mundo —incluso la mayoría de funcionarios policiales— que así es como funcionan o están conformadas las diversas instituciones policiales del país. La verdad es otra, y el factor humano rezuma a través del uniforme. Por mi experiencia personal, así lamento tener que decirlo.


Cada día son más las promociones policiales —da igual el cuerpo del que hablemos— que ponen en circulación a cientos de policías, cuando no a miles, con otras cosas en la cabeza, que no el compromiso. Entre esos miles de funcionarios, cada vez son menos los que creen en lo que hacen, o en lo que van a hacer una vez acabado el periodo académico. Menor aún es el compromiso con la actividad y comunidad policial, y con la entrega profesional. Las horas de trabajo se toman como un mero espacio de tiempo donde esperar a que pase el rato, hasta agotar la jornada. Nulo interés, nulo compromiso.



Hoy salen a la calle “hornadas” de policías con mentalidad de “funcionario”, y no con mentalidad de policía. Cuando me refiero a la mentalidad de funcionario, hago uso, si se me permite, de la acepción peyorativa que muchos emplean de esa expresión. Como antes ya decía, hay mucho policía vAcacional y no vOcacional.


Algunos, muy pocos, se agarran a aquello que dijo León Tolstoi: “No hay que hacer siempre lo que se quiere, sino querer lo que siempre se hace”. Ojalá más funcionarios policiales pudieran creer eso. No puedo negar que conozco a un buen “puñado” de buenos y comprometidos policías, pero un “puñado” es poco. Un puñado es nada.


De todos modos, muy pocos serán los que admitan en público que son policías con el único y bastardo fin de ser funcionarios de por vida (salario fijo). Por el contrario, estos que así piensan y sienten, y en consecuencia actúan, lejos de admitir tan ruin fin, dirán que son orgullosos y comprometidos agentes de la ley. Ninguno, o muy pocos, admitirá que no es acreedor del mérito y respeto que implícitamente conlleva la profesión. Así pues, mentirán y engañarán en su entorno. La mejor prueba de lo anterior se refleja en resumen de sus propios actos diarios, los cuales son evidentes delatores de nula implicación.




La crisis en estos momentos (2011) está afectando al mundo entero, y a España de un modo muy especial. Es una crisis económica, de eso no hay duda, pero yo digo, y no lo digo hoy sino que lo vengo diciendo desde hace años, que la crisis en España es integral. En nuestra sociedad existe una crisis moral, ética, de valores generales y de principios humanos y sociales. Para ver que esto es así, solo hay que salir un sábado a dar un paseo por las calles céntricas de nuestras ciudades. Lloraremos de pena y quizá de miedo, pero también de vergüenza. La comunidad policial no escapa a ello.




La juventud está como la sociedad: deteriorada, perdida. La culpa es de todos. Todos somos parte de la sociedad, y esta es la primera responsable de la caída al “vacío”. Los políticos, como conductores de la sociedad, son directamente responsables. Ellos son los “pastores del rebaño”, los que imponen las normas jurídicas establecidas en la sociedad, y con ello van alterando las normas y principios sociales. Ahí radica el problema. Sin ir más lejos, acaba de modificarse el Código Penal: traficar con drogas, a pequeña escala, es ahora más “barato” que nunca. Las penas se han reducido de modo alarmante. Los pequeños traficantes, más que nunca, no tiene miedo a ser detenidos por sus ilícitas labores.


La sociedad transfiere sus “malos olores”

Nuestros políticos han perdido “la polar”, solo siguen un rumbo: el de lo votos. Si para conseguir un puñado más de “peces para su cubo” tienen que dejar vacías sus palabras y propuestas… ¡a por los votos y a buscar otro cubo!, a ver si se llena de más peces (votos). La incoherencia es detectada por la juventud, quién por naturaleza está ávida de experiencias. Los jóvenes aprovechan las experiencias que la sociedad les sirve, y estas —las experiencias—, en su mayor parte, les llegan del modo más fácil de ser aprovechadas: vacías y cómodas. Fáciles de alcanzar.



De esa juventud se nutren todos los sectores profesionales del país. Esos jóvenes son los que, en el futuro, venderán pan, arreglarán carreteras, repartirán el correo postal, conducirán ambulancias, serán médicos, bomberos o policías. También, como ha sido siempre —nada es nuevo, solo que ahora, en tiempos de crisis se masifican y exteriorizan aún más las negatividades—, de esa juventud saldrán los malhechores: delincuentes violadores, traficantes de drogas o simplemente los consumidores de ellas.




En fin, en la juventud están los futuros “tiradores” del país, tanto los que tiran para arriba como los que tiran para abajo.



Tan degradados estamos, que hemos venializado y normalizado acciones que además de ser antijurídicas, son insanas. Por ejemplo, el consumo de sustancias psicotrópicas y estupefacientes. No es nuevo. Hoy, como antes, una parte de la sociedad —muchos lo dicen sin esconderse— cree que el consumo de drogas es algo moderno, progre y hasta positivo para la integración en determinados círculos profesionales y sociales. Miserables, desgraciados. Basura.



Incluso a determinados niveles, en ciertos ambientes políticos, se piensa igual, pero no se admite o manifiesta en abierto, por el desavío electoral que puede acarrear ante sectores sociales comprometidos con las tesis contrarias. Créanme, muchas veces solo es por eso.



Desde las fuerzas y cuerpos de seguridad (FYCS) se lucha contra la lacra de la droga. Se combate este problema desde distintos estadios policiales. Unos lo hacen contra redes de narcotráfico de índole internacional, otros lo hacen contra los traficantes de su demarcación policial, y otros, cuando no todos, combaten el problema desde su base, esto es, reprimiendo el consumo de las sustancias estupefacciones prohibidas —siempre que se consuman en vías, lugares, transportes o establecimientos públicos—.


Para este humilde policía, el asunto de la droga es el fundamental problema legal y social del país. A ver, me explico. Desde el punto de vista policial, la droga es una constante que está presente en la inmensa mayoría de delitos que combaten las FYCS. Los delitos más comunes, o “de diario”, en los que un agente policial debe intervenir (destinado a labores de seguridad ciudadana), son aquellos que más directamente afectan al ciudadano medio. Como ejemplo de lo anterior: hurtos —bien en su modalidad de delito, o de falta—, robos con fuerza y resto de sus modalidades —con violencia y/o intimidación—. Delitos contra la seguridad vial —provoca más fallecimientos, al año, que los propios atentados terroristas—. Delitos de violencia en el ámbito familiar, delitos de homicidios, etc.



Todos los tipos penales anteriormente relacionados afectan directamente al ciudadano, o sea, al integrante base y especie más común de la sociedad. En mayor o menor grado, las drogas están presentes en todas esas infracciones penales. La inmensa mayoría de robos cometidos en España son cometidos por adictos a las drogas, principalmente a la heroína y a la cocaína. Casi no existe el robo famélico, aún… (sustracción de alimentos para comer). Estos adictos, llamados vulgarmente “yonkis”, son casi siempre los protagonistas de los muy frecuentes robos en el interior de vehículos, tirones y “sirlas”. En el argot policial, se llama sirla al clásico robo a punta de navaja en una esquina o vía pública; en fin, lo que técnicamente es un robo con intimidación (atraco).


Del botín o fruto del delito, estos consumidores adictos obtienen objetos que venden para poder adquirir posteriormente, con el dinero de la venta, su dosis de droga. En otras ocasiones, y según la zona del país o el botín concreto del robo, este es usado como trueque directo por la sustancia estupefaciente prohibida objeto del consumo.



En los delitos contra la seguridad vial tampoco se escapa la sospecha de la droga. Entre otras modalidades del delito está la de conducir vehículos a motor, y ciclomotores, bajo la influencia de bebidas alcohólicas o de sustancias estupefacientes. No obstante, la detección policial de ingesta de estas sustancias, a los conductores, es algo complicada en España. Son muy escasas las unidades policiales que disponen de medios de detección homologados para drogas. Para la averiguación y constatación de consumo de bebidas alcohólicas no hay problemas. Todas las unidades policiales con competencia directa en la persecución de esta infracción, poseen medios bastantes para tal fin. Por cierto, la ingesta de alcohol por parte de conductores de vehículos a motor, y de ciclomotores, puede también ser perseguida en la vía administrativa. En este caso, incluso si el conductor maneja un vehículo de tracción animal.



En nuestro país son cientos, quizá miles, las personas que cada semana son detenidas o imputadas por conducir bajo la influencia de bebidas alcohólicas, especialmente los fines de semana en horas nocturnas. Pues bien, no se llamen a engaño, muchos, pero que muchos de esos conductores beodos, no solo son consumidores de “agua de fuego”, también suelen ser consumidores de drogas prohibidas, especialmente cocaína, heroína, hachís, marihuana y otras de tipo sintético. Mucho más de lo que se pueda pensar.


Droga aquí, droga allá…

No crean que solo los jóvenes consumen drogas los fines de semana, ¡ojalá solo fueran ellos! Además, ¡ojalá solo se consumieran durante los fines de semanas! El consumo de estas sustancias está extendido en un amplio abanico de edades, así como de profesiones y estatus sociales. La droga no tiene fronteras de ningún tipo.



Lamentablemente y con vergüenza, debo dar un repaso sobre los agentes de policía que consumen sustancias estupefacientes. A veces pienso que cada día son más. Las circunstancias hacen imposible obtener datos certeros de este extremo. Esto de consumir drogas es algo que pocos admiten en público, si bien algunos desvergonzados presumen de ello entre sus compañeros. De todos modos, para mí es tan indeseable el agente que admite ser consumidor, como aquel que no lo admite pero la consume “furtivamente”, fuera de las vistas de terceros.


Este es un tema peliagudo del que casi nadie quiere hablar, y menos todavía ante otros. Ni los mandos policiales, ni los políticos ni las administraciones hablan del tema. Además, mejor no hacerlo. Por culpa de unos pocos, demasiados en cualquier caso, el sistema se caería en “picado”. Pero no por ocultar el problema vamos a reducirlo o exterminarlo, y pueden creerme… es un problema en alza.


Por desgracia, en la sociedad demasiadas veces se premia no al que es, sino al que parece que es. Este injusto principio se ha transferido a todos los segmentos sociales, y por ende a las propias instituciones policiales. En las FYCS vemos, a menudo, como se acaricia y arropa a los que parecen ser buenos policías, en vez de a los que realmente son eficaces, comprometidos y honrados. Seguro que ustedes conocen ejemplos de esto, ¿verdad? Algunos de esos que solo parecen buenos, copan puestos clave.


Doble moral

En el seno de las propias instituciones policiales se viene venializando el consumo de drogas, en vías y lugares públicos. Veo, con más asiduidad de la que puedo soportar, como algunos policías —no necesariamente consumidores— obvian infracciones de consumo de drogas o de tenencia de pequeñas cantidades de ella. Por cierto, y por si alguno no es conocedor de ello, o lo ha olvidado: en España, el consumo o tenencia de sustancias estupefacientes o psicotrópicas, está prohibido incluso cuando la tenencia sea en cantidad mínima para consumo propio. La infracción de esta norma se persigue en la vía administrativa, siendo la principal sanción a imponer la de tipo económico. Naturalmente, esa tenencia solo es ilícita si se detecta en vías, lugares, transportes o establecimientos públicos. Cuando la gente habla de que en nuestro país se despenalizó el consumo de drogas y la tenencia para consumo, tiene razón. Despenalizar es dejar de perseguir en vía penal, por ello solo se persigue, como recuerdo arriba, en la vía administrativa. Este matiz, si no se domina, lleva a error a informadores y políticos necesitados de micrófonos.


Tan desmesuradamente se está extendiendo el consumo de toda clase de drogas, que ha afectado incluso a la comunidad policial. Me reitero, lo sé, pero ahora me explayo. Está tan asumido el consumo de drogas en la sociedad, que en muchos casos ha provocado desidia y desgana en los perseguidores de la infracción. El policía cree, a veces, que la guerra está perdida, por eso cae en la desidia. En otros casos, más tristes y preocupantes, son los mismos funcionarios encargados de velar por el orden y la ley los que las consumen. Unos las ingieren cuando las descubren en su labor profesional diaria, pero otros llegan al cuerpo policial con esos malos hábitos instalados en sus vidas. Muy fácil de asociarse esto último: el joven opositor a policía proviene de esa sociedad de la que hemos hablado al inicio. Afortunadamente, y aun existiendo cada vez más agentes consumidores —creo—, la inmensa mayoría no lo hacen. Necesito creer que hay más buenos que malos.


En ocasiones he hablado de estos temas con algunos compañeros, algunos eran consumidores, si bien ante mí jamás lo han reconocido. Otros eran serios, honrados y honestos policías que solo opinaban al respecto. De mis conversaciones con todos ellos he llegado a sacar conclusiones muy preocupantes. Así pues, los agentes que consumen estas sustancias, “a escondidas”, defienden su derecho a hacer en su tiempo libre todo aquello que quieran, máxime si además no es delito —en este caso no lo es, pues el consumo de drogas solo es infracción administrativa y eso, además, siempre que se haga en lugares o espacios públicos—. Pero la opinión de muchos compañeros no consumidores, es variada. Muchos creen que siempre que no les afecte a ellos, en sus horas de trabajo... que cada cual haga lo que quiera. Otros no están conformes con la opinión antes reflejada, y se pronuncian contra el mal hábito del “porrito” en manos de un compañero, pero se pronuncian con “la boca chica”, no en público. Saben que el tema está más extendido de lo admisible y visible. Con un pronunciamiento beligerante y díscolo pueden sobrevenir consecuencias negativas en el entorno laboral. Por qué no, son inteligentes.


Algunos, los menos, se muestran en contra de todo acto ilícito que llegue de la mano de un policía. Estos, cuando la ocasión se presenta, se manifiestan públicamente en ese sentido, si bien, esto, solo repercute negativamente en aquel que “navega contra corriente”. Los abiertamente rebeldes suelen ser desacreditados con malas artes e invenciones. ¡Qué difícil es nadar contra corriente! Nunca ha sido fácil. Lo que sí debe resultar fácil es sumarse a la mayoría, a los que pueden hacer daño. Esto es cobarde pero cómodo, ¡por qué hacer lo difícil!


Aquellos que defienden la teoría de que un policía puede hacer lo que quiera cuando no esté de servicio —con respecto al consumo de drogas—, opinan lo que ya dijimos antes: que no es delito y por tanto, en lugares privados pueden legalmente consumirlas. Pues bien, es cierto. En un domicilio es lícito el consumo, no podemos decir lo contrario. Pero yo voy más allá. Atentos. Un ciudadano cualquiera, o sea un particular que tenga cualquier oficio o profesión distinta a la de policía —y otros funcionarios con la especial obligación de perseguir delitos o promover su persecución—, podrá perfectamente consumir drogas en su casa o en la casa de un tercero. Hasta ahí, todo legal y correcto. Pero si el policía consume drogas en su casa, aún estando franco de servicio, digo yo: ¿de dónde sacó la sustancia objeto de su consumo? ¿La compró…? ¿La recibió como dadiva…? ¿La encontró en la vía pública…? ¿No la entregó junto a un acta de aprehensión cuando la encontró en un cacheo…? Existen más posibilidades, aún.


Desde mi punto de vista, cualquiera de las posibles respuestas a esas preguntas, involucraría al policía consumidor en un delito. En el mejor de los casos en una falta penal. De cualquier modo, siempre debería recibir un fuerte reproche ético. Veamos. Si el funcionario compra la sustancia, comete, como poco, un presunto delito de omisión del deber de perseguir delitos o de promover su persecución (art. 450 C.P.). Como policía, al saber de la existencia de un vendedor, y este mismo proponerle una venta de drogas… debió detenerlo. Recordemos que cuando un funcionario de policía detecta, aún estando fuera de servicio e incluso fuera de su demarcación policial, la existencia un acto con caracteres de delito, debe intervenir —y digo debe— del modo más eficaz y seguro posible. Un particular podrá (art. 490 Lecrim), o sea tendrá derecho a ello. El policía está obligado (art. 5,4 L.O. 2/86).


Ante la respuesta a otra de las preguntas, lo mismo. Si la droga la recibe como regalo, se debe proceder del mismo modo que si existiera transacción económica de por medio. La dación de droga es un delito contra la salud pública (art. 368 C.P.), toda vez que promueve, favorece o facilita el consumo de esas sustancias. No quiero ya pensar si esa sustancia, aun en cantidad mínima para consumo, se recibe como cambio de algún acto o propósito del agente policial; si acaso la compra de la voluntad de su condición de agente de la autoridad. En ese caso quizá estaríamos, muy posiblemente, ante un delito de cohecho (art. 419 y siguientes, del C.P.).


Si el agente se quedara para sí la sustancia intervenida con ocasión del desempeño de su cargo, podríamos encontrarnos ante un posible delito de infidelidad en la custodia de documento (art. 413 C.P.), quien sabe si también ante un delito contra la Administración de Justicia, por ocultar (encubrir) pruebas de un ilícito (art. 451 C.P.). Esa ocultación podría derivar en dos motivos: el consumo por el propio agente o la “devolución” de la sustancia a los circuitos de venta (tráfico de drogas nuevamente).


Si la droga hubiera sido hallada de modo casual en la calle, o en cualquier otro lugar, podríamos estar ante una infracción penal delito o falta; según sea valorada la sustancia en más de 400 euros, o en menos de esa cuantía. Eso podría determinar si se está frente un delito o falta de apropiación indebida (artículos 252 y 623,4 C.P.). El que encuentra algo que no le pertenece y no lo entrega a la autoridad, y se lo queda para sí, comete el tipo penal antes descrito. Algunas sentencias lo vienen denominando hurto de hallazgo. Por cierto, si la cantidad de droga hallada y auto-otorgada tuviera un valor de más de 400 euros, podríamos vernos otra vez ante un delito contra la salud pública. Esos 400 euros de droga, se trate de la sustancia que se trate, indican un peso o cantidad que, a juicio de cualquiera, no está destinada al autoconsumo. Sería tráfico. Esto mismo podría pasar si el precio fuera de menos de 400 euros, pero la cantidad de droga fuese mayor a la que el sentido común indica como destinada al consumo propio. Ejemplo: el precio de un comprimido de éxtasis es de 6 euros (según zona del país), si se hallaran 50 pastillas tendrían un valor de 300 euros. La lógica indica que portar 50 pastillas implica un destino diferente al autoconsumo.


Concluyendo

Para acabar, creo que nadie en su sano juicio puede afirmar que las drogas son beneficiosas para el ser humano —excepto las legalmente prescritas y administradas médicamente—. Tampoco a la sociedad le aportan nada positivo, pues muchos de sus males llegan de la mano de la droga, en unos casos por la vía del consumo y en otros por la del delito. Además, las necesidades psicofísicas de quienes son adictos a las drogas obligan, a veces, a cometer todo tipo de ilícitos penales para alcanzar la consecución de la ansiada sustancia. Muchos son los delitos que se comenten en “nombre de la droga”.

El robo es el delito más típicamente cometido con el fin de conseguir dinero, para drogarse. Muchos se escudan en sus insanos hábitos para justificar actos delictivos violentos, o buscar beneficios jurídicos tras una imputación judicial. Ahora, a bote pronto, se me viene a la mente el triste caso del asesinato —cercano en el tiempo— de la sevillana, menor de edad, Marta del Castillo, la cual ha desaparecido tras perpetrase su homicidio. Los imputados han alegado, ante la autoridad judicial, que estaban bajo los efectos de diversas sustancias estupefacientes en el momento de cometer el crimen.




Algo que es mil veces usado como “instrumento” para cometer delitos, y cuya propia existencia es ilícita, nunca jamás puede aportar nada positivo. Los que tienen la especial obligación de perseguir el delito, nunca jamás deben desfallecer en el intento.




Rematando el asunto de los polis que pudieran consumir drogas, decir lo último: en todos los reglamentos de régimen interno de las fuerzas y cuerpos de seguridad se establecen infracciones administrativas disciplinarias, y el consumo de sustancias estupefacientes de modo habitual, fuera o dentro del servicio, constituye infracción grave o muy grave —dependiendo de si se está o no de servicio cuando se consume—. Tal infracción tiene señalada la correspondiente sanción interna, en muchos casos, cercana a lo más extremo: la separación total del servicio.


Abogo porque sean activados los mecanismos jurídicos necesarios para permitir a la Administración el control de la posible ingesta de sustancias prohibidas, por parte de los funcionarios policiales. Hasta el momento no existe posibilidad legal de someter a un funcionario a un control de este tipo, si no es de modo voluntario.

Comentarios

  1. Estupendo articulo Ernesto. Mi opinion en este tema es clara y tajante: no admito el consumo de drogas ilegales entre individuos del Cuerpo al que pertenezco; no quiero trabajar con drogadictos armados cerca de mi.
    Un saludo.

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  2. Hola MARIO, como ves, en esto soy tajante.

    El artículo no es nuevo, pero en mi blog no lo había sacado aún. Lo escribí para otro espacio, pero hace unos días me permití el lujo de decirle a un policía (porque lleva placa no porque como tal ejerza): cerdo, eres un cerdo y un corrupto. Acto seguido, como tenía que ser, levanté acta de la 1/92 por tenencia de sustancias estupefacientes en vía pública. De todos modos, no acaba ahí la cosa: lo veré en el juzgado también... (no puedo leer más)

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  3. "cualquier de las posibles respuestas a esas preguntas, involucraría al Policía consumidor en un delito. En el mejor de los casos, en una falta penal"..Me gusta darme una vueltecita por tu blog porque siempre aprendo algo nuevo. Fíjate que yo era de los que opinaba eso de que en su casa cada uno puede hacer lo que quiera (en esto del consumo)y no había caido en ese enfoque que le das, la verdad es que trabajar bajo el mando de un político te deja el cerebro hecho melaza. Un saludo y gran artículo.. como simpre.

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  4. Ernesto, te expongo varios puntos: Si la lucha contra la droga se resume en iniciativas como bajar las penas a los traficantes, mejor que la legalicen, no tenemos tiempo ni medios para hacer el payaso.
    Los nuevos policias como tu bien dices son lo que hay en la sociedad actual, la cual cada día me da mas asco.
    Si en un foro de policías te encuentras a un tio preguntando que durante cuanto tiempo le pueden detectar que ha consumido cocaina apaga y vamonos.
    Si se convierte en vox populi que se incauta la sustancia sin levantar acta jodidos estamos.
    Si ves policías (muchos) con un tren de vida que te quedas con cara de jilipollas pensando si a mi no me llega el sueldo, la cosa no va buena.
    Si en la entrevista personal a los aspirantes a policía el psicologo se mofa de quien dice tener vocación, que esperas.
    Ernesto todo esto lo juntas con el ejemplo de los padres de la Patria convertidos en funcionarios de la política y te da un coctel del que solo nos salvan los talibanes.Un saludo para los compañeros limpios que hay muchos. Jose MORENO.

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  5. Gracias por tu realista, pero triste comentario. Un saludo Moreno.

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  6. Hola,soy un ciudadano de nacionalidad española pero tengo rasgos de Vietnam, soy español desde que tenia 5 años, quería hacer una pregunta. Siempre me paran en un control policial, no se si es porque la policía se acostumbra a intuir mal o es que son profesionales malos, no me siento bien con ellos porque seleccionan a personas de color, puede ser que, para ellos , son mas propensos a cometer delitos o no. estas circunstancias me hacen de pensar mal de ellos, ... si soy español por qué me tratan de una forma inadecuada, diciendo que, si no llevo el recibo me pueden quitar puntos y también sancionarme cuando saben que llegó la nueva ley de los recibos de los seguros? si uno es policía, de verdad, debe tener obligación de informar al ciudadano y no reírse ni chantajear.
    finalmente, pienso que la policía son todos unos racista e unos incultos. tendrían que ser mas humanitarios y menos prepotentes por llevar una placa de la ley, sabiendo que , por llevar una placa de la ley se sienten mejores y mas respetados

    esta claro que la policía francesa supera a la española por ser mas cultos y tener agentes de todo tipo de color.

    España seguirá siendo un país , así de mal!!! muchas fiestas, muchos días festivos y poca seriedad y humildad con los ciudadanos que, encima que pagamos a la policía para tener mejor seguridad, nos toman por tontos.

    seguro que con los malos comportamientos morales y éticos , la sociedad seguirá haciendo cosas malas y desconfiando de la seguridad ofrecida por la policía.

    espero una buena critica de vosotros. necesito saber si voy bien o si voy bien jodido por lo que opino de la policía. gracias.

    PD: no se por que me preguntan si soy español o si hablo Español, a la vez que les contesto en español!!! me da a entender que la policía son gilipollas. ojalá podáis poneros en el lugar del afectado y ver las cosas desde otro punto también.

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    Respuestas
    1. Como muy bien dice el Sr. Administrador del Blog, no creo que sea lugar para entablar una discusión a la sazón de sus vivencias con los Agentes de la Ley, pero por alusiones me veo en la necesidad imperiosa de intervenir, por lo que espero que lea esta réplica y la de Ernesto.

      ¿Ha ido alguna vez al médico y no le ha gustado el trato/diagnóstico recibido? Yo sí, tanto en mi persona como en la de mi mujer, hij@s o demás familiares, por lo que digo que el Dr. Fulanito de Tal no me trató como hubiera esperado.

      ¿Ha comprado fruta/verdura alguna vez? Si no es así, pregunte a sus familiares y verá como algún frutero avispado, le ha colado alguna vez una pieza algo "pasadita", y por eso es merecedor de mi desconfianza y me perdería como cliente.

      ¿Ha tenido trato con la Magistratura por la naturaleza que fuera? Yo sí, y cuando un Secretario Judicial me "ha dado por saco", me he ido a la legislación vigente y he intentado hacerle ver el porque de mis actuaciones, en ese determinado instante, pese al art. X de la Ley Y.

      Y así podría seguir toda la tarde con cualquier profesión/cargo ¿a que sí? Generalizar siempre está mal, muy mal, por lo que cuando he visto que un/a compañer@ no ha tratado como debiera a un ciudadano, sea cual fuere su credo, aspecto o descendencia, no se crea que me he callado, se lo he hecho saber allí mismo, sin la persona implicada delante, por supuesto, y en ocasiones, no en muchas afortunadamente, siento verdadera vergüenza ajena.

      Al igual que Ernesto, le pido disculpas por el trato recibido hacia su persona por cualquiera de los miembros de las FF.CC.SS. independientemente del color de su uniforme, que como las Meigas... Haberlos ahylos.
      --
      "Ante ferit quam flamma micet"
      "Hiere antes de que prenda la llama"

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  7. Estimado ciudadano:

    Le agradezco que haya usted entrado en mi blog, pero debo decirle que este espacio no está destinado a consultas jurídicas apartadas de lo específico del tiro y armamento profesional. Lo que usted me cuenta y plantea tiene respuesta, pero no es este el espacio para darla.

    Lamento que tenga usted mala impresión de todos los policías de España, pero le felicito por conocerlo a todos para poder valorarlos (varios cientos de miles…).

    Sepa que yo he sido identificado muchas veces por mi aspecto cuando usaba barba algo larga/no recortada, y siempre me han tratado bien: NO sabían que yo era policía. De verdad, ha tenido usted mala suerte siempre que lo han parado en los controles. Créame que lo lamento.

    Conozco a varios ciudadanos de mi ciudad que siempre que se les para en los controles se quejan: “otra vez…ayer lo mismo…me tenéis interés….” , eso dice siempre, pero el caso es que siempre lleva drogas, armas, no usa en cinturón de seguridad y otras tantas cosas. Seguro que no es su caso, pero sepa que entre los “300mil” agentes españoles hay muchos cientos de miles que hacen lo que deben cuando deden.

    Yo, sin conocerlo, le pido disculpas por lo malo que somos, quizá sea yo uno de ellos. En otra vida quisiera ser francés, o al menos me iría a vivir allí para disfrutar más y mejor de la vida, sobre todo porque tienen agentes (compañeros) de color.

    Un saludo.
    Ernesto.

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