CRÓNICAS DEL NORTE: “Los caminos del Señor son inescrutables”

Entre 2010 y 2011 publiqué aquí dos relatos policiales muy cortitos, pero atractivos para los apasionados de lo policial. Crónicas del Norte fue el nombre de cabecera de ambos textos, y lo será también de los siguientes. Forman parte de las vivencias profesionales de un viejo policía. Hoy es mando en el Cuerpo Nacional de Policía (CNP), pero ingresó en la institución casi a finales de la era franquista, cuando la Policía española era otra. Para quienes no conozcan el iter del CNP, brevemente reseñaré que se creó en 1986 con la fusión de la Policía Nacional (vestía uniforme color marrón/beige) y Cuerpo Superior de Policía (no usaba uniforme para el servicio, aunque existía uno protocolario para determinados actos). Estos dos cuerpos, a su vez, eran los directos herederos de la Policía Armada (vestía uniforme color gris), el primero, y Cuerpo General de Policía, el segundo.

El autor de esta serie de relatos perteneció, en los años 70, a una unidad antiterrorista en la entonces Vascongadas, hoy País Vasco. Él procedía del extinto Cuerpo General de Policía, la conocida en la calle como Policía Secreta. Víctor es su nombre, quizá pseudónimo.

Dejo enlace a los anteriores episodios publicados aquí:


y



Ernesto Pérez Vera

CRÓNICAS DEL NORTE: “Los caminos del Señor son inescrutables”

Aquella afición que tenía de practicar tiro (era el único federado en tiro olímpico de la comisaría, llegando a representar a Guipúzcoa en varios campeonatos internacionales), me costó más de un marrón.

Un día me llamó el comisario, don Alfonso, y me dijo que subiera a ver al gobernador civil (hoy subdelegado del gobierno), que quería hablar conmigo. ¡Casi nada! ¿Y qué querrá, pensaba yo? Pues allí me teníais aquella mañana, muy nervioso, poniéndome a las órdenes de su Excelencia.

- Su comisario me ha dicho que usted tira bien. Desde ahora será mi escolta; ya le avisarán de secretaría particular cuando lo necesite.
- A la orden de Vuecencia. ¿Qué le iba a decir?
Y así estuve una temporada recorriendo Guipúzcoa con el señor gobernador civil, que años más tarde llegaría a ser el director general de seguridad.

Guipúzcoa es preciosa y de la comida para qué vamos a hablar, pero mi apreciación de esas cosas cambió radicalmente al verlas desde las ventanillas de aquel SEAT 1.500, de color negro. Nos metimos por valles y carreteras que creo que no figuraban ni en los mapas. Con el tiempo llegué a tener la confianza suficiente como para decirle, en alguna ocasión, que nos estábamos metiendo en la boca del lobo. Él sonreía y me contestaba:

- Ya lo sé, pero hay que hacerlo.
- ¡Amén!, pensaba para mis adentros.

En esos viajes probé los cogotes de merluza, las cocochas y los chuletones más ricos de mi vida, pero por Dios que no me hicieron buen provecho.

El 20 de noviembre de 1975 muere Franco y al día siguiente, por la tarde, se anuncia la misa de funeral en la catedral del Buen Pastor, oficiada por el obispo de la Diócesis, monseñor Setien.

En todos los centros oficiales de San Sebastián las banderas ondeaban a media asta, incluso algunas con crespones negros, en señal de luto oficial. En todos los centros oficiales menos en uno: el Obispado.

El comisario me llama por la mañana y me dice que con otro compañero, el que yo elija, nos presentemos por la tarde al obispo como escolta de seguridad. ¡La madre que…! Antes de comenzar la misa entramos en la sacristía y nos presentamos al obispo. Nos da las gracias y nos dice que nos sentemos en el presbiterio.

Y comienza la misa. La nave está abarrotada; todos los “Camisas Viejas” de Falange ocupaban los primeros bancos. La misa comenzó en un ambiente tenso y cargado de murmullos, como en un enjambre de abejas, pero no ocurre nada. Bueno, no ocurre nada hasta la homilía, por la que Setien pasa como de puntillas y sin mencionar a Franco. ¡Y ahí se armó la marimorena!

Los insultos al obispo se mezclaban con gritos de ¡Viva Franco! y ¡Arriba España! Los más próximos y exaltados iniciaron una violenta invasión del presbiterio. Le hice una seña al compañero, y saltamos materialmente sobre el obispo. Lo arrastramos a la sacristía. Ya era tarde; el compañero entró con Setien en la sacristía, pero cuando traté de cerrar la puerta una avalancha humana me lo impedía, empujando hacia dentro. Por encima de las cabezas comenzaron a aparecer pistolas empuñadas, mientras que los gritos de ¡dejárnoslo!, ¡traidores!, ¡sois unos traidores!, dirigidos a mi compañero y a mí, atronaban la sacristía. No tuve más remedio; desenfundé la pistola y la monté al tiempo que grité: ¡Policía!, ¡atrás!

Aquello parece que dio resultado y la turbamulta retrocedió unos pasos, cosa que aproveché para cerrar la puerta y poner el cerrojo por dentro. Era tiempo; los golpes arreciaban y temí que echaran la puerta abajo. Pregunté al obispo si la sacristía tenía salida al exterior y nos señaló una pequeña puerta que salía al lado del Obispado, donde al llegar habíamos dejado el “K” con el conductor esperando. Entramos en el coche y le dije al conductor que saliera de allí a todo trapo.

Informé a la Sala de la situación y nos pusimos a dar vueltas por la periferia de San Sebastián. El silencio se cortaba en el interior del coche. Como en un murmullo oí que el Obispo decía, sentado detrás con mi compañero:
- Gracias; que Dios os lo pague.
- No sé si Dios tiene algo que ver en esto, me atreví a contestarle entre dientes.

Tras varias vueltas por Amara y la autovía de circunvalación, nos avisaron que la situación estaba en calma y la zona del Obispado controlada. Nos acercamos con precaución y efectivamente ya no había nadie, y la zona estaba tomada por una Reserva de la Policía Armada (Actual UIP del Cuerpo Nacional de Policía —antidisturbios—). Setien bajó del coche, aún revestido y, tras repetir las gracias entró en el Obispado. Cuando el conductor dio marcha atrás, para salir de allí, me fijé en que la fachada aparecía manchada con pegotes de pintura y que alguien, quizá escalando, había colocado en el balcón una pequeña bandera de España.

Mi preparación en el campo de las armas también me proporcionó alguna que otra alegría. ¡No todo iba a ser disgustos!

Con ocasión del Festival Internacional de Cine de San Sebastián, en dos años consecutivos, me nombraron, junto a otros compañeros, para el servicio de seguridad del evento. Y allí estábamos todos, vestidos de esmoquin y más bonitos que un San Luís, codeándonos con la flor y nata del “Séptimo Arte”.

El primer año tuve el “gran honor” de llevar de mi brazo nada menos que a Sofía Loren, desde la entrada principal y por un pasillo lateral hasta la parte trasera del escenario. ¡No lo olvidaré en mi vida!

Cuando llegué con ella del brazo a todos los compañeros que estaban allí se le salían los ojos de las órbitas. Aquello no era una mujer; era una diosa. Todo en ella era grande: nariz, boca, ojos…, pero todo en proporciones armónicas, perfectas. A la entrada le habían entregado un gran ramo de rosas rojas y allí estaba de pie, ante nosotros, ocultando media cara entre el ramo y mirándonos a todos con ojos burlones.

Del interior del escenario sonó la voz del presentador que decía:

- Y con nosotros, ¡Sofía Loren!
Ella comenzó a moverse hacia escena, pero antes de salir, al pasar al lado de Cortazar, sacó una de las rosas del ramo y se la dio, ¡al tiempo que le daba un beso! Luego desapareció entre las bambalinas; y allí nos quedamos los componentes del servicio de seguridad como si nos hubiera caído un rayo entre los pies, en especial Cortazar, que aún con cara de bobo y como hipnotizado seguía mirando la rosa. Luego me abrazó mientras murmuraba:
- ¡Me ha besado, me ha besado, tú lo has visto! Creo que no se lavó la cara en una temporada.

                                                                                                                                          VÍCTOR

Comentarios

  1. Que majete S eta ien.Un saludo

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    1. Este comentario ha sido eliminado por el autor.

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    2. Gracias,anónimo. He eliminado mi anterior respuesta, que era un simple "gracias", para hacer una prueba "doméstica".

      EPV

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