COMO LA VIDA MISMA: PÓLVORA, PLOMO Y SANGRE
Por, Ernesto Pérez Vera
Durante la
autoadministración de un chuté de cafeína y después de rajar unos minutos sobre
la incompetencia de sus jefes, Jorge y Luisa comenzaron una nueva cacería.
Ambos eran viciosos del trabajo. Creían en lo que hacían y en lo que
representaban. Disfrutaban ayudando a los buenos, jodiendo a los malos. Les
gustaba rebuscar en los bajos fondos de su demarcación. Conocían bien a quienes
solían trapichear con drogas y con objetos robados. Sabían dónde husmear para localizar
vehículos sustraídos. Rara era la semana que no hacían varias detenciones. Se
trataba de una pareja profesionalmente muy bien compenetrada, que con la mirada
de uno ya el otro sabía qué estaba cociéndose y qué tenía que hacer para que el
otro iniciara la actuación con seguridad, eficacia y garantía. Se entendían a
la perfección y aprovechaban esta nada desdeñable ventaja en pos del bien
común.
A todo esto,
y simultáneamente a lo que ya estaba acaeciendo, Jorge intentaba llegar hasta
el delincuente evitando ser tocado por el cuchillo que, en realidad, aún no
había visto pero cuya existencia no ponía en duda, dada la cantidad de sangre
que en un plis-plas empezó a decorarlo todo. Tanto es así que una vez
verificado que su compañera tenía sendos miembros superiores inutilizados, amén
de hallarse atrapada por un evidente y excitadísimo estado de shock, Jorge
desenfundó su pistola tratando de hacerla valer al observar que el
Patas se estaba incorporando desde el suelo con las manos chorreando de
sangre, a la par que profiriendo graves insultos y amenazas contra la fuerza
presente. Pero nanai de China, si el mundo de Luisa se había abierto bajo sus
pies y no era capaz de hacer ni decir nada coherente, Jorge no iba a ser mucho
menos: tras extraer su arma de la funda, dirigirla hacia el hostil y presionar
el gatillo, aquello no sonó. No disparaba. El ambiente no se mezcló con el
aroma de la pólvora. Jorge, para colmo, seguía sin ver el cuchillo… pero él no
lo sabía. Este Homo sapiens varón únicamente era consciente de una cosa, que
estaba a tres metros de un hijoputa armado con algo peligroso, que
no quería terminar allí sus días y que su binomio estaba gravemente lesionado.
Todo había
sucedido, y todavía seguía sucediendo, a una velocidad hasta entonces
inimaginable para los protagonistas de este incidente; además de a un ritmo
difícilmente reproducible en la galería de tiro. Sus cabezas, las de los tres,
fueron invadidas por una misteriosa mezcla de silencio y estruendo, algo que
parecía incompatible. Pese a todo, Jorge logró disparar, pero no sin antes
efectuar algunas imprecisas y torpes manipulaciones con ambas manos sobre la
pistola. El problema que anteriormente impedía abrir fuego, y que
peligrosamente lo ralentizó todo, era el seguro exterior del arma. Una aleta
que debió ser pulsada hacía abajo con el pulgar, pero que por la precipitación
del momento el policía no recordó desactivar. La cosa es que finalmente disparó
tres veces. Un proyectil impactó en un pie de su compañera; otro atravesó el
hombro derecho de Óscar, deteniendo su trayectoria en el escaparate de una librería cercana, y
el último, el tercero, nadie sabe qué fue de él.
Estimado
lector, todo lo que acabas de leer es un relato que se me ha ido ocurriendo
sobre la marcha. Pero aunque pueda parecerte un argumento excesivamente peliculero,
te garantizo que algo así podría ocurrir en cualquier momento en la esquina de
tu casa. Es más, ya ha pasado demasiadas veces. ¿Te sientes preparado para resolver satisfactoriamente situaciones de
esta naturaleza? ¿Alguna vez te han hablado sobre cómo reaccionamos los seres
humanos ante vicisitudes de esta magnitud? ¿Sabes que tus proyectiles rebotan y
atraviesan los cuerpos humanos con mucha facilidad y que pueden conservar
capacidad para herir, o matar, a otras personas, aunque estas se encuentren a
muchos metros de donde se produjeron los disparos? ¿Sabrías realizarle un
torniquete a tu compañero? ¿Sabrías practicártelo a ti mismo? ¿Entrenas el disparo
en doble acción? ¿Practicas tiro en seco, desenfundado y desactivando el seguro
manual de tu pistola? ¿Ya te han engañado tratando de venderte esa diabólica funda
pistolera supuestamente mágica? ¿Resuelves con soltura los
“encasquillamientos”? ¿Sabes usar adecuadamente los parapetos? ¿Acaso te han hablado sobre la posibilidad
de tener que disparar con tu mano contraria, por tener la otra inutilizada por
un golpe, balazo, o navajazo? Lo sé, tus instructores no te hablan de estos
temas. Es más, me consta que muchos de ellos saben menos que tú.
Si a nivel
institucional todo sigue anclado en arcaicas e insulsas posiciones de tiro, y quienes
te rodean se aferran a las leyendas urbanas de toda la vida, mueve el culo y da
un decidido paso al frente. Entrena con quienes a todas luces han salido, ya, de
las sombras de las cavernas. Relaciónate con quienes te aporten y no te resten.
Suma para ti y para quienes diariamente dependen de tus habilidades. Huye de
los que susurran a los caballos con voz de cura. Bebe agua en fuentes frescas. Aléjate
de los contaminados por el desánimo. Pégate a quienes ya desertaron de la
ignorancia. Evoluciona sin mirar atrás, tu vida no es un negocio.
Jorge, como
siempre que entraba de servicio por la tarde, había almorzado muy temprano. Antes
de las dos y media ya había recogido las llaves del coche patrulla, el
radiotransmisor y la carpeta en la que guardaba varios papeles con anotaciones
de vehículos recientemente sustraídos; y también las fotografías y filiaciones
de tres individuos de la zona, que se encontraban en requisitoria judicial. Ese
día tanto él como su compañera necesitaban un café bien cargado. La noche
anterior también habían currado, pero en vez de acabar a las seis de la mañana,
como les correspondía, habían finalizado varias horas más tarde. Es lo que
ocurre cuando a última hora del turno se lleva a cabo una intervención con
detenidos: pillaron a un menda dentro de una tienda de telefonía móvil. Como ya
era habitual en la plantilla, otras patrullas hicieron oídos sordos a los
requerimientos de la Central, porque nadie quería ensabanarse a deshora. A
tomar por culo la profesionalidad.

Era una
tarde cualquiera. Casi todas lo son. Un día más empezaban la pesca capturando a
un infractor de la Ley de Seguridad Ciudadana. Un vacilón que se estaba fumando
un porro en las cercanías de un instituto. Ya lo conocían de otras muchas
veces, se trataba de Óscar, también conocido como el Osquita y el
Patas. Era el típico que lo mismo lleva un porrillo, que una navaja,
que un teléfono robado, que incluso unos cuantos gramos de cocaína; que lo
mismo lo lleva todo a la vez. Un cliente habitual, vamos. Era, además, un
malencarado. Un rebotón que culpaba a la sociedad de lo nefastamente que le
había ido en su miserable vida, cuando en realidad él jamás había hecho nada
para mejorar su lamentable existencia, sino todo lo contrario. Ese día, a punto
de ser las tres de la tarde, ya estaba muy colocado, pero no más de lo que solía
estar el resto de la jornada. Siempre iba puesto de todo. Era un guarro de
cuidado, en todos los sentidos.
Nadie lo
sabía aún, pero el Patas estaba especialmente ofuscado con otro chorizo que le
había sustraído unas gafas Ray-Ban, que él mismo había hurtado unos minutos
antes en los vestuarios de un gimnasio en el que se había colado, aprovechando
un descuido del conserje. Aquellas antiparras perfectamente las hubiera podido
truequear por medio gramo de rebujito, que era la mierda que más consumía y a
la que realmente tenía la adicción más fuerte. Era politoxicómano.
Estaba que
se subía por las paredes por haber sido tangado por un colega. Por ello la actuación
policial tomó un cariz desagradable cuando Luisa y Jorge se acercaron a él para
quitarle el petardo y denunciarlo. Lo que allí estaba empezando a ocurrir no resultaba
nuevo para ninguno de los intervinientes: manifestaciones groseras, despectivas
y amenazantes, amén de movimientos físicos delatores de una posible acción
huidiza, e incluso ofensiva. Lo normal y mil veces vivido. El pan nuestro de
cada día para aquellos servidores públicos de placa, porra, pistola y entrega.
Nada hacía
presagiar el modo en el que iba a acabar tan básica y fundamental diligencia
policial; por lo que con buen criterio y acierto la pareja de agentes de la
autoridad le pidió al Patas que se despojara de su mugrienta chamarreta, instante
justo en el que por la parte trasera de la cinturilla del pantalón asomó levemente
el puño de un cuchillo de cocina. Tan pronto la chica vio el arma dio un
respingo hacia atrás a la vez que, aceleradamente y a gritos, advertía a su
compañero de tal hallazgo visual. Luisa, que además de tener tablas en la calle
era valentona, recobró muy rápidamente el control de sí misma y se abalanzó sobre
Óscar. Entre que cayó violentamente encima de su objetivo y que éste se
revolvía agresivamente contra la policía, tratando de desenvainar, la hoja de la
faca acabó produciendo un tajo en uno de los antebrazos de la funcionaria, en
los dedos de su mano contraría e incluso en la muñeca izquierda del propio Osquita.


El Patas,
al sentirse tocado por una bala, amén de por un tajo de su propia medicina, desistió
en su actitud y empezó a obedecer todas las órdenes conminatorias que Jorge le
vociferaba con la boca seca como la suela de un zapato. El agente no pudo pedir
refuerzos porque no atinaba a encontrar su radio, la cual se había quedado en
el salpicadero de su patrullero. Luisa, que sangraba abundantemente por tres
heridas, consiguió recuperar cierto nivel de calma y le pidió a un transeúnte
que telefoneara rápidamente a Emergencias, informando de lo que estaba pasando.
Y el
Patas, el jodido Osquita, permaneció en el suelo
encañonado por Jorge, el único físicamente ileso de esta historia, hasta que una
dotación policial de otro cuerpo apareció casualmente en la escena y lo
engrilletó.

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