NO A LA INFAMIA: NO A LA FUNDA AH

Por Ernesto Pérez Vera

La verdad se corrompe tanto con la mentira como con el silencio (Cicerón).

Hasta la fecha, creo no haber escrito nunca en abierto el nombre de la marca de fundas de pistola Automatic Holster (AH), aquella que permite alimentar la recámara del arma presionando la empuñadura hacia abajo o hacia adentro de su ubicación, mientras la pistola se encuentra aún enfundada. Me refiero a la fundita que se está suministrando a muchos agentes de la autoridad, amparándose en la falsa y peligrosa publicidad de que es más seguro, rápido y eficaz trabajar con la recámara vacía que alimentada, máxime si la carga se hace con esta funda que ya permite extraer el hierro en simple acción (caso de tratarse de armas de acción mixta, como las Beretta y HK que emplean los cuerpos estatales españoles). Todo un riesgo de descarga involuntaria, cuando se está inmerso en una situación altamente estresante.

Tampoco he nombrado jamás al policía que está detrás del legañoso negocio que supone promover la enseñanza de arcaicas teorías de tiro. Pero sí es verdad que sin mentar públicamente por escrito ni a la cosa ni a la persona, he rajado tela de ambos. Muchísimo. Porque miren una cosa, yo no vivo de mercadería alguna. Esto es algo que solamente saben con certeza los que me conocen bien, amén de aquellos fabricantes, de por ejemplo pistoleras, que me remiten productos para evaluarlos sin contraprestación económica alguna. Productores de fundas que, como recientemente ha ocurrido, han recibido críticas mías buenas y no tan buenas, así como sugerencias para  mejorar sus artículos de consumo final.

Y verán, amigos, siempre he tenido algo muy clarito desde que me dio por escribir sobre estos temas: mi compromiso está con la seguridad y con la eficacia de los productos que gastan los que fueron mis compañeros de trabajo, los policías y demás profesionales de placa y porra. Mentir sobre las capacidades y propiedades de un proyectil, de un chaleco de protección balística, de un arma o de una funda, para ganar dinero, no ha estado nunca dentro de mis planes. Todo lo contrario: me he negado a ello y por tal motivo he visto pasar de largo los billetes, más de una vez. A quienes han solicitado mi asesoramiento sobre qué modelo de proyectil considero más oportuno adquirir para sus plantillas, siempre les he dado varias opciones procedentes de marcas y distribuidores diferentes. ¡Que levante la mano quien haya sido viciado por mí en estos asuntos!

Sobre la susodicha funda hay mucho que decir, pero pienso que poco o nada es bueno. Todo lo que no sea entrenar y mentalizar a los policías para que no teman llevar sus armas prestas para el disparo súbito, es una aberración. Un paso atrás, que suma en negativo. Un sucio atentado contra el compromiso. Una manifiesta y delatora falta de interés por avanzar. Hay que evolucionar en aras de que nuestros agentes sepan y puedan desenfundar con una mano, con premura y, sobre todo y principalmente, sin tener que realizar movimientos antinaturales y antagónicos a nuestra propia neuro-psico-fisiología y biomecánica. Esto es, ni más ni menos, todo lo contrario de lo que pretenden los promotores de la referida pistolera automática. Ellos, como bien se encargan de decir pública y privadamente siempre que tienen ocasión, quieren que los agentes atacados sorpresivamente a distancias cortas, como por otra parte suelen darse la infinita mayoría de las agresiones con armas blancas y de fuego, realicen una serie de maniobras totalmente alejadas del acervo del sentido común de la naturaleza humana.

A lo largo del ancestral periodo evolutivo que nuestra especie ha ido experimentando, nos hemos autoincorporado hábitos en todas las ramas de la supervivencia, que no por casualidad es nuestra función básica y primaria. Sumamos, para bien, a tenor del sistema de aprendizaje acierto-error. Este milenario bagaje, aunque algunos no lo quieran ver, ha ido creando en nuestra psique animal la idea de que cuando las cosas se complican ante un rival que nos quiere llevar por delante, lo mejor es emplear medios defensivos simples y sencillos. Esto debería ser tan fácil de comprender que solo un primate básico con pelusa por cerebro se negaría a reconocerlo.

Cagarse por las patas abajo ante la muerte no permite, por lo general, la realización de demasiadas tareas mentales y físicas, por lo que la razón busca maniobras procedimentalmente sencillas, si es que la razón no se ha esfumado frente a la parca (deterioro de la capacidad cognitiva). Porque ante vicisitudes de esta magnitud, lo simple y sencillo es lo que más rápidamente puede gestionarse, con eficacia, tanto manual como mentalmente. Cuando la complicación se asome inesperadamente por la esquina, simplifica tu respuesta.

Llevamos nada más que sobre 500 años quemando pólvora y tirando plomo. Tal vez una pizca más. Pero se trata, en cualquier caso, de un tiempo insignificante dentro de nuestro amplísimo periodo de miles de millones de años de existencia y desarrollo. Aun así, cuando hace millones de años llevábamos una bolsa de pellejo colgada del hombro con un cuchillo en su interior, la lógica nos dictaba que para sacarlo solamente había que tirar de él hacia arriba, tras abrir la prehistórica mochila. Y así ha sido, a través del paso de los siglos y milenios, hasta que aparecieron las pistolas y los revólveres depositados en bolsas pendidas de la cintura (fundas pistoleras). Pero no, ahora resulta que hay quien defiende la realización de maniobras completamente contrarias, o sea, la ejecución de procesos mentales absurdos y confrontados al sentido común: empujar el cuchillo hacia el fondo de la bolsa, perdiendo así un tiempo valiosísimo, para luego extraerlo hacia arriba si es que todavía late el corazón. Va a ser que no es la mejor forma de ayudar a la gente en apuros. Qué falta de seriedad y vergüenza.

El colmo de los colmos ha sido descubrir que ante una encuesta realizada por una importante página web española especializada en armas y tiro, quienes están detrás de este tráfico de inseguridad han pedido a todos sus amigos, parientes, vecinos y repartidores de piza de cabecera, que digan en el sondeo que son convencidos usuarios de la funda AH, aunque no sea verdad. Unos han votado envenenadamente por carecer de pudor; otros por amistad; algunos porque todo le importa un carajo; y muchos lo han hecho por tener la voluntad hipotecada, a cambio de un descuento o de una camiseta con el logo de la marca. Cuánto miserable anda suelto por ahí, Dios mío. Y es que hay fabricantes que se limpian el culo con el rigor. Pretenden, o pretendían porque la marca ha sido expulsada de la encuesta, ganar ranquin mediante el sabotaje y el soborno emocional y pesetero. Hay pruebas irrefutables de ello, no les quepa duda.

Ante mis continuas críticas, siempre razonadas y basadas en lo que acreditan las ciencias empírica y humana, mucho han tardado en usar mi nombre como blanco de sus improperios y como objetivo a destruir, inventando historias altamente ofensivas, cuando no también delictivas. Los señores que se esconden detrás la cortina están siendo traicionados por alguien cercano, puesto que todo lo que exponen a estos respectos en grupos privados de wasap…, acaba llegando a infinidad de personas ajenas a tan enfangados y oscuros círculos. Es así como he comprobado que me llaman, por ejemplo, “tocahuevos”, que por cierto es exactamente lo mismo que cientos de guarros decían de mí cuando les incautaba drogas y otros efectos ilegales, en La Línea de la Concepción.

Entre los que ladran hay quien espeta que yo, Ernesto Pérez Vera, soy un inútil que siempre ha estado escondido en la Policía (palabras literales). ¡Eureka! Manda cojones que quienes jamás me han visto la cara digan lo contrario que quienes han estado con un servidor patrullando la puta calle y pegando tiros desde los 14 años de edad. Ahora bien, si cierto es que he detenido a muchos cientos de personas por los más variados tipos penales, muchas veces mediando violencia de por medio y decomisado ingentes cantidades de cocaína, heroína, hachís, tabaco de contrabando, etcétera, también es verdad que soy un lerdo en otras muchas facetas. Qué quieren que les diga, lo admito, no se me da nada bien el bricolaje: ayer mismo se me resistió activamente un cuelga fácil, cuando trataba de colgar un cuadro.

Tampoco llevo bien eso de hacerme amigo de la gentuza que practica cosas execrables y que repudio. Nunca lo he hecho. Y mentir por dinero, aunque no me ingresasen la nómina de funcionario a primero de mes, por quiebra de la Administración, no me hizo en su momento cambiar de forma de pensar. ¡Oye, tú!, léelo bien: yo también he soportado durísimos impagos consistoriales, así que no te parapetes tras esa sucia escusa para ganar dinero deshonesto. 

Pero ojo, piratas a los que dirijo estos párrafos, tratar de menospreciar el libro escrito por el psicólogo Fernando Pérez Pacho y por mí, editado por el Grupo Anaya (editorial Tecnos), puede saliros muy caro. Podría resultar el entierro comercial prematuro de más de uno de vosotros, embusteros. Hablar por ahí de copia-pega, en un ensayo literario en el que 30 policías españoles derramaron sus vidas y las de otras personas, puede acarrearos serios problemas con los dolidos protagonistas. Como del mismo modo suena a enfermizo delirio de tontito con papeles o de gatito rabioso panza arriba, manifestar que lo que sufrió el protagonista del capítulo 12 fue un mero revolcón, como los que todos los policías han sufrido alguna vez (literal). Mucho ojo, patosos de mierda, mucho ojo. Por suerte no todos los policías se han comido 5 o 6 intervenciones quirúrgicas por lo que tan a la ligera llamáis revolcón. Por otra parte, tampoco sale gratis pegarle 2 tiros a bocajarro a un hijoputa, como tuvo que hacer el policía al que maldecís, que soy yo. Con esto también os habéis retratado, cerdos.  

La cabra tira para el monte y los puercos para la pocilga.
        
Atención, aquel hijoputa del capítulo decimosegundo quiso matar a un policía (a un servidor), cumpliendo perfectamente su asumido rol de malo. Pero otros podéis estar poniendo en el precipicio a vuestros propios compañeros, al venderles ideas fantasiosas, solamente experimentadas en video juegos y en actividades deportivas. No todos los instructores saben instruir, algunos solo saben destruir, como con evidencias estoy comprobando. El todo por la pasta no va con todo el mundo, afiliados al despropósito.

A ver en qué plantilla se produce el primer accidente con sangre, por obra y desgracia de esta endiablada funda, porque incidencias menos lamentables se cuentan ya por cientos.

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