CÓMO ENTRENAR A UN POLICÍA Y NO MORIR EN EL INTENTO

Por Fermín Caballero Bojart (un artículo de diciembre de 2014)

Escribir novela requiere documentarse fidedignamente. Sobre todo si van a salir pistolas. Un disparo produce un proyectil sin control, pero no necesariamente una bala perdida. Sin embargo, un enfrentamiento armado, dependiendo del tipo de narrador, implica conocer muy bien qué le sucede en ese momento al productor del tiro. Más complicado aún resulta meterse en la mente de Harry el Sucio o en un duelo al amanecer en el lejano oeste.

Solo imágenes como la de Clint Eastwood y su plancha de acero bajo el poncho pueden dar una ligera idea de lo difícil que resulta escribir un guión o una escena. En algún sitio leí que las películas policíacas españolas no triunfaban porque los actores españoles no sabían empuñar un arma. Imperdonable resulta que el novelista no sepa resolver un tiroteo de forma subjetiva. Sergio Leone puso exactamente el contrapunto a la falta de control, al letargo, al estrés, en definitiva al baile de la muerte que verdaderamente provoca un cruce de fuego real. Solo los agentes de policía que han superado una experiencia vital y traumática de estas características son verdaderas fuentes de conocimiento a las que hay que escuchar.

Mi corazón palpitaba tratando de abarcar cada línea explicativa, técnica y clínica de los hechos narrados por cada agente en acto de servicio: atracos, tiroteos y enfrentamientos hostiles desmenuzados con un lenguaje preciso y eficaz. Lo cual ayuda a comprender con mucha más facilidad lo inverosímil de circunstancias insospechadas y mutadas a auténticas pesadillas profesionales que, perdón por el atrevimiento, a muchos funcionarios en activo de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad se les escaparían. Sumidos probablemente en un estado de descontrol emocional, fruto del shock, más propio de un extraño figurín añadido a la escena que de un auténtico agente español entrenado.

Ernesto Pérez Vera (instructor) y Fernando Pérez Pacho (psicólogo) dan en el centro de la diana con un ensayo divulgativo: “En la línea de fuego”. Título sugerente que la editorial Tecnos ha publicado la pasada primavera y con el que me he enfrentado para escribir este artículo. Ambos son coautores del libro. Subtitularon la obra “La realidad de los enfrentamientos armados” y presentarán el libro próximamente en Madrid.

Fernando, bilbaíno de vocación, psicólogo de nacimiento y viceversa. Más de treinta años de dedicación a la psicología clínica. Profesor colaborador de la UNED, formador de cuerpos policiales y docente en materia de capacitación para el desarrollo de habilidades personales y relacionales de comunicación y liderazgo en el entorno empresarial. Aborda temas de actualidad en su blog Psicología Social. Ernesto, de estirpe militar, pasó del Ejército a la escolta privada y acabó su carrera activa como policía local de La Línea de la Concepción. Actualmente es instructor de tiro policial-defensivo, con innumerables clases, conferencias y publicaciones en su haber. La primera pregunta llevaba pensándola desde que acudí, en busca de información técnica y fiable, a su blog Tiro Defensivo Campo de Gibraltar.

1. ¿Un policía nace o se hace?

Complicada respuesta la que tengo que darte, pero, como se suele decir, me alegra que me hagas esta pregunta. Mira, no tengo duda alguna de que en mi caso nací con algo que siempre me condujo hacia esta profesión. Creo que todo el que me conoce desde hace 40 años lo sabe. Pero tengo que decirte que aunque existan policías vocacionales, como ha sido mi caso, estos no son los que tiran de carro para hacerlo circular. Suman, sí, y además puede que con gotas de calidad, pero quienes de verdad hacen que la maquinaria funcione y permanezca engrasada son los policías que conforman la mayoría. Con esto te digo que, desde mi punto de vista, la mayoría no somos vocacionales y que se salve el que pueda. Verás, los mejores policías que conozco y con los que he trabajado no entraron en esto por vocación. Muchos llegaron por probar algo desconocido, aunque atractivo, por lo que además podrían percibir un sueldo de por vida. Insisto, si los vocacionales siempre dan el cien por cien, la realidad es que no son el motor… porque son pocos. El motor es la mayoría que sin comprometerse siempre al máximo, sin embargo da lo suficiente. Estos son los que mueven la rueda. Pero luego están los que yo llamo “cucharas”, que ni pinchan ni cortan. Ni sienten ni padecen. No suman, pero probablemente no restan porque son el relleno. Finalmente está la sucia minoría (muy minoría) que resta por omisión de sus funciones, lo que no deja de ser un acto de corrupción. Esta respuesta es visible y palpablemente extrapolable a todas las fuerzas, pero no gusta decirlo. Negarlo u ocultarlo no ayuda a mejorar la situación, sino que ayuda a mantener el sistema en el mismo equilibrio descrito.

Te hablo desde mi experiencia personal como policía e hijo, nieto, sobrino y cuñado de policías. Pero también desde la amplia visión que me ha dado el poder instruir a agentes de todas las fuerzas, incluso desde antes de que yo mismo obtuviese mi plaza de funcionario.

2. ¿Cuál es el punto más importante en tus clases de instrucción?

Lo tengo claro, la Psicofisiología. Baso toda mi instrucción en aquello que la ciencia ha demostrado en las últimas décadas que sucede en el cuerpo y en la mente humana en el curso de un a vida o muerte. Esto ya se empezó a estudiar, parece ser que con poco rigor científico, durante las guerras napoleónicas. Siempre digo que si conocemos cómo actuamos por dentro, mejor podremos responder por fuera. Saber que ciertas cosas son imposibles de ejecutar, ante la percepción de un estímulo que a nuestro cerebro le hace creer que podemos morir, nos ayuda a programar ejercicios de entrenamiento que acondicionan mejor al policía, acercándolo a la realidad.

Eso de que nunca pasa nada es falso. Únicamente lo podrá decir quien todavía no se ha visto ante la parca, lo que no quita que mañana se tope con ella incluso cuando vaya a tomarse un café vistiendo el uniforme. Nuestro peor enemigo somos nosotros mismos. Nos creemos lo fácil, porque tenemos miedo a lo desconocido. Damos por bueno cosas que no son ciertas, y nuevamente invoco aquello de ¡sálvese quien pueda! ¿Por qué nos tragamos esas mentiras y no hablamos de asuntos tabúes? Muy fácil, porque muchos jefes e instructores son los primeros que se aferran al engaño, aunque ciertamente muchas veces sin saberlo. Mira, la gente no sabe que no sabe, con esto lo resumo todo.

3. ¿Cómo valoras la situación actual, en cuanto a adiestramiento, de los agentes que patrullan nuestras ciudades y pueblos?

Mala. La situación no es buena, pero no hoy o ayer, sino que nunca ha sido buena. Falta mucha instrucción. El cambio pasa por la modificación de los programas de adiestramiento en las academias, amén de los de reciclaje o perfeccionamiento anual. Pero para llegar ahí con la calidad y el compromiso que la situación merece, hay que desterrar los pensamientos que aún arraigan en demasiados instructores. ¡Y ojo!, de esto no escapa cuerpo alguno de este país. Sin embargo, si en un cuerpo sí se ha notado un cambio importante e incluso radical, para bien en este caso, es en las fuerzas dependientes de las corporaciones locales. Pero son tantos cuerpos, que tampoco se puede generalizar. Mientras que existen dos fuerzas del Estado (el Cuerpo Nacional de Policía y la Guardia Civil) y cuatro autonómicas (en Canarias, Navarra, Cataluña y País Vasco), son más de 1.700 las locales existentes en todo el territorio nacional. Hay fuerzas con miles y con cientos de agentes locales, pero también las hay que no llegan ni a cinco funcionarios.

Parece mentira que algunos cuerpos con exiguas fuerzas humanas puedan estar entrenando con la que yo considero correcta mentalidad y filosofía, mientras que otros con miles de policías siguen anclados en arcaicos métodos que únicamente hacen creer a los agentes que la realidad de la calle es como cuando se compite por ver quién pagará la cerveza cuando el ejercicio finalice. Insisto, hay que cambiar mucho, pero se tiene que empezar por los formadores.

4. ¿De las 22 experiencias tratadas en “En la línea de fuego”, cual fue la más complicada de trabajar?

Los casos que tuvieron muertos de por medio fueron los más sensibles. Tanto Fernando, coautor de “En la línea de fuego”, como yo fuimos muy sensibles y sutiles con los policías que finiquitaron vidas. La mayoría lo pasó mal o muy mal. Algunos incluso extremadamente mal. Para estos veintidós capítulos llegamos a entrevistar incluso a más agentes que propiamente capítulos conforman la obra. Ten en cuenta que en el capítulo seis, por ejemplo, nos proporcionan sus pareceres y experiencias hasta tres funcionarios presentes en el suceso, los cuales vieron y sintieron cosas diferentes, por lo que también reaccionaron respondiendo de modo distinto. En total son veintisiete los entrevistados para nutrir los veintidós sucesos. Entre estos hay agentes locales, regionales y estatales. Incluso uno privado, un escolta que recibió un disparo a bocajarro en la cabeza. Cada capítulo expone una situación diferente y con una clara moraleja. Todos son casos reales ocurridos en España en fechas recientes e incluso muy recientes, teniendo en cuanta que el libro se terminó de escribir a finales de 2013 (varios casos son de 2012, por ejemplo).

5. ¿Qué policía es el mejor entrenado?

No necesariamente el mejor entrenado es el que más tiros pega al año, pero en algo ayuda. El mentalizado y concienciado tiene un pie por delante del que no ha llegado a ese punto. Si a eso le metemos un buen entrenamiento de manejo de armas, ya hay otro importante paso dado en dirección al éxito. Pero lo cierto es que cada vez creo más en el factor suerte, ese que determina el resultado de muchos acontecimientos. Ahora bien, esto no quiere decir que haya que dejar que sea la diosa Fortuna quien dirima. Pero sí que es cierto que cuanto más y mejor se entrena, menos factor suerte necesitamos de nuestro lado.

El estudio realizado para documentar “En la línea de fuego” nos ha demostrado algo que yo sobradamente sabía: quienes trabajaban con el arma preparada con un cartucho en la recámara respondieron casi siempre antes y mejor que quienes no llevaban el arma presta para hacer fuego. Este asunto es, posiblemente, el que me salvó a mí la vida, amén de la suerte. Porque yo también soy uno de los protagonistas de los veintidós capítulos. Dicho esto, trabajar a recámara alimentada y con los mecanismos de disparo en reposo, es tabú. Muchos instructores de tiro ni se lo plantean, porque tienen miedo a lo desconocido: ellos mismos desconocen el verdadero funcionamiento de sus armas. Obviamente no todos, pero sí muchos. Sé lo que digo y también sé que muchos dirán lo contrario, pero cada cual habla de su experiencia y esta es la mía. Ya lo dije con anterioridad, ningún cuerpo escapa a esta quema, el mío el primero.

Conozco a muchísimos instructores que no tienen arma. Gente que jamás entrenó para sí, en lustros. Eso sí, también los hay que son todo lo contrario. Me vienen a la cabeza los nombres de varios de ellos, de distintos cuerpos, que hicieron el Curso de Instructor únicamente para no salir a trabajar a la calle. Es duro, lo sé, pero los hay y yo conozco a demasiados. Es normal, entre tanta gente hay de todo. Pero es triste saber de policías muy comprometidos con la formación a los que se les cierra la puerta al curso, en beneficio de terceros nada interesados en instruir, sino en beneficiarse del cargo (podemos dar clases privadas remuneradas, algo muy goloso que, a veces, hasta da prestigio).

6. ¿Dónde adquieren su experiencia los atracadores y otros delincuentes armados?

Ellos no necesitan mucha experiencia en manejo de armas. No pasan por cursos, a no ser que hayan pertenecido a estamentos armados (los hay). Los malos no piensan en los daños colaterales, por eso son los malos. Ellos disparan en la dirección del contrario, un policía por ejemplo, y saturan la zona con proyectiles. Alguno dará seguro, porque esto es un caso matemático de probabilidades. Si tiras quince tiros hacia alguien que está a unos cuantos metros de ti, alguno le meterás. Al malo también le afecta el estrés, tanto el bueno como el malo: el que mantiene el nivel de tensión óptima y el que hace que no puedas apuntar, porque solo quieres quitarte de en medio sin que te den a ti. Porque eso es lo que prima en un acto sorpresivo, como por otra parte suele suceder, que no quieres tanto dar al otro como que el otro no te dé a ti.

Fallan tantos disparos los policías como los malos. Si una vez unos fallan más o menos, no es más que por una cuestión de suerte. Estoy hablando de lo general, porque hay casos como los de los capítulos ocho y doce, por ejemplo, donde los agentes acertaron el cien por cien de sus disparos. Pero hay otros, como el siete y el nueve, en los que los protagonistas erraron todos o casi todos sus disparos, y son episodios con varios cambios de cargadores. El policía se piensa las cosas antes de disparar, incluso antes de desenfundar; no así el delincuente, que puede permitirse todo. La existencia del segundo es la razón de ser del primero.

7. ¿Qué le aconsejas a los civiles que se ven envueltos en un previsible escenario repentino de cruce de balas, como puede ser un asalto bancario a mano armada con rehenes?

A mis hermanos y demás personas cercanas siempre les he dicho que jamás realicen actos heroicos. Ante situaciones tensas o peligrosas, como la que me planteas, siempre ruego que se colabore con los malos. Recomiendo que no se les haga frente, porque para eso está la Policía. Ante un tiroteo, lo más sensato es tirarse al suelo y/o colocarse detrás de algún parapeto que nos haga intuir que podría detener un impacto de bala. Es complicado dar más consejos sin conocer un supuesto concreto con más datos, pero básicamente esto es lo que incluso yo haría si careciera de medios defensivos en ese instante… o incluso poseyéndolos.

8. “En la línea de fuego” nace como fruto de…

Nace de la necesidad de contar lo que muchos soportamos en nuestra vida profesional. Como ya referí antes, yo mismo he sobrevivido a tiro limpio. Fue más fácil aquello que lo que vino después en forma de desprecio por parte de muchos compañeros, jefes, políticos y sindicalistas del propio cuerpo, si es que los sindicalistas no son también políticos con placa y porra. Nadie quería verle la cara a la muerte, pero algunos sí querían lo que sospecharon que podría sobrevenirme, positivamente, en forma de reconocimiento profesional. Las bajas pasiones humanas florecen en estos casos, como casi todos los capítulos dejan al descubierto en algún momento. Incluso desde otros cuerpos de policía trataron de sembrar dudas sobre lo que me pasó y sobre cómo lo solventé. No es nuevo, lo veo continuamente con otros supervivientes. Se miente o desinforma por vileza y revanchismo. Perdura por años la leyenda de que se hizo mal esto o aquello, dado que los informes periciales únicamente estarán al alcance de las partes implicadas y no a la mano del público general al que se ha desinformado. Existen muchos celos, envidias y ajustes de cuentas dentro de las fuerzas de seguridad.

El psicólogo Fernando Pérez y yo decidimos poner nuestras experiencias y conocimientos en una batidora, y fruto de esto, y de la inestimable confianza de casi treinta víctimas uniformadas, nació este libro del que tan orgullosos nos sentimos. Hemos puesto una pica en Flandes. Nunca nadie había escrito de esto en España, de este modo. No en vano Tecnos, la editorial más veterana del Grupo Anaya, nos fichó para publicar con ellos. Existen muchos libros de tiro y de armas, pero el nuestro no va de eso. “En la línea de fuego” es una obra literaria que está por encima de lo técnico. Es, diría yo, un ensayo con tres partes bien diferenciadas en cada capítulo. La primera es una exposición narrativa del hecho real acaecido. Aquí empleamos un estilo narrativo casi novelesco, describiendo lo sucedido en primera y tercera persona. Según gente lega en temas policiales, esta parte engancha y es apta para públicos nada versados en asuntos profesionales relacionados con lo policial y jurídico. Después, en dos partes más, ambos autores damos nuestra visión técnica del caso, yo como policía e instructor y Fernando como expertísimo psicólogo clínico.

9. ¿Cómo fue tu encuentro con la muerte?

Fue silencioso y solitario, pero estruendoso a la vez. Fue un acto único. Lo recuerdo breve e interminable, oscuro y muy violento. Realmente creo que no fui consciente de lo que había pasado hasta mucho después, creo que ya en la ambulancia camino del hospital. En el vehículo sanitario me acompañaba un policía veterano cuya cara estaba desencajada y pálida. Creo que ahí fue cuando empecé a llorar, pero no sé si ya he dejado de hacerlo.

10. Un mensaje a jueces, fiscales y altos mandos de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad.

Los policías son “Homo sapiens”, animales. La naturaleza se impone siempre a todo, en todos los órdenes, también en las situaciones a vida o muerte, se sea policía, legionario, cartero o mecánico de bicicletas. Si a un ser de nuestra especie no se le exigiría nunca que volase o saltara sin carrerilla cinco metros, y esto es algo que no admite discusión, ¿por qué a un policía se le pide que en décimas de segundo negocie, medite, desenfunde el arma si la negociación falla, cargue, desactive seguros, apunte y dé en una mano o en un pie, cuando está en el peor de los momentos jamás imaginado? Todo eso es imposible de llevarse a término, incluso cuando el policía en realidad no esté lesionado. Esto no lo digo yo, que también lo digo, lo dicen profesionales de la talla de mi socio editorial o el doctor Carlos Belmonte, la mayor autoridad neurocientífica del país. Con avales de este calibre, los profesionales de la judicatura deberían ser más sensibles a la hora de valorar según qué cosas. Aunque lo cierto y verdad es que es falso el bulo de que hay más condenas que absoluciones judiciales, cuando polis y tiros son juzgados.

Cierto es que en la Sala de Vistas, el día de la celebración del juicio, podrían ser oídos y valorados los argumentos de profesionales de estos perfiles científico-profesionales, lo que sin duda, en según qué situaciones, inclinaría la balanza a favor de quien por naturaleza pudo errar involuntariamente la ejecución de sus acciones. Pero antes de llegar a ese momento pasarán años con meses de profundo dolor, para los policías que no son creídos, muchas veces, ni por sus propios compañeros de trabajo. Nos enseñan tan poco y tan mal a estos respectos, que somos nuestros peores enemigos por hablar de lo que no sabemos, ante quienes queremos impresionar con verborrea barata e inconexa. Y que se salve el que pueda.

Comentarios

  1. Una vez más leo a Ernesto y afianzo con más saña, si cabe, todos los argumentos que él mismo esgrime en esta entrevista. No hacen falta muchas más palabras...tan sólo meditar, mirarnos al espejo y decidir qué hacer. Gracias Ernesto.

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