¡MAYDAY, MAYDAY! DE PILOTOS Y POLICÍAS

Por Ernesto Pérez Vera

No es porque esté dirigida por mi querido y venerado Clint Eastwood, que también, sino porque sus películas siempre brindan, a todo ser humano mínimamente sano de sesera, la oportunidad de aprender vitales lecciones. Moralejas aplicables ayer, hoy y, seguramente, también mañana. En fin, que les recomiendo que vayan a ver Sully, su ultimísimo estreno cinematográfico. Vayan hoy, mejor que mañana, pero vayan. El film es biográfico y está protagonizado por Tom Hanks, lo que refuerza el ya garantizado taquillazo. Sensibilidad, angustia y realismo, impecablemente plasmados en poco más de 90 minutos de celuloide. Quizás no esté siendo del todo objetivo, porque con Eastwood me pasa como con todo lo que proviene del cerdo (no busquen insidiosas comparaciones de carácter político), que me gustan hasta sus andares.


El tío Clint nos sumerge en la vida de Chesley Burnett Sullenberger, ‘Sully’ para los amigos, un piloto estadounidense de líneas aéreas civiles, experto en seguridad e investigación de accidentes aéreos. Sully se hizo mundialmente celebré al ser elevado a la categoría de héroe el 15 de enero de 2009, cuando amerizó un Airbus 320 en el rio Hudson de Nueva York, sin que de tal hazaña se derivasen pérdidas humanas. 

Pero hoy no voy a hablarles de cine, pues de ello no soy más que un mero consumidor. De lo que sí quiero hablarles es del mensaje de la película. Verán, una comisión federal de investigación trató de buscarle las cosquillas al capitán Sully, pretendiendo demostrar, mediante numerosas simulaciones informáticas, dirigidas por prestigiosos ingenieros sin experiencia al mando de aeronaves, que amerizar fue una acción del todo temeraria, fácilmente evitable. Los investigadores querían follárselo a toda costa, haciéndolo responsable de la pérdida del aparato (un perraje) e incluso de poner en peligro la vida de las 155 personas que viajaban a bordo.

En efecto, durante las simulaciones fue posible evitar el contacto con el agua, pudiendo tomarse tierra en una pista de aterrizaje. Y demostrado esto varias veces ante el capitán y su primer oficial, ambos se derrumban emocionalmente creyendo haberla cagado. Pero en un momento dado algo se enciende en la cabecita de Sully, algo tan simple y brillante como la verdad, espetando ante una ingente cantidad de expertos presentes en la sala de vistas: “Todo esto está muy bien ¿pero podemos hablar en serio? ¿Cuántas veces han practicado estas maniobras los pilotos de los simuladores?”. Aquí, en este punto del telefilme, se hace el silencio, se traga saliva y quienes tienen que responder se miran unos a otros, como si la tierra se estuviese abriendo bajo sus pies.

Al loro, que aquí empieza lo bueno. La respuesta de uno de los miembros de la comisión investigadora fue: ¡17 veces! O sea, que los pilotos de los simuladores sabían de antemano que sus motores iban a averiarse; y sabían cómo, cuándo y por qué razón iban a averiarse, además de conocer el alcance de la avería que se iba a producir; y sabían qué rutas alternativas, libres y seguras había en la zona; y, para colmo, habían practicado hasta en 17 ocasiones las operaciones de comunicación, estabilización y completo control del avión, hasta ponerlo a salvo, tratando en todo momento de desacreditar el amerizaje de Sullenberger. Como decía el sinigual Paco Gandía, esto es totalmente verídico.

La salsa y el jugo de este asado lo ponen algunas de las manifestaciones pronunciadas por el capitán, tales como: “Ustedes, para programar estas simulaciones, no han tenido en cuenta los tiempos de reacción que todo ser humano necesita ante lo inesperado, pues yo me encontraba inmerso en una situación real a vida o muerte, sin poseer por adelantado todos los datos que ahora tienen mis compañeros dentro de los simuladores. Ustedes tienen que tener en cuenta que la toma de decisiones requiere de un análisis de la situación, lo que aumenta el tiempo de respuesta. Nadie está entrenado para lo que nos pasó”.

Es mi turno ahora, el de Ernestito Pérez, por lo que me visto de torero y entro a matar, estoque y teclado en mano. Leído lo anterior, vayan a cascárselo a esos policías, instructores, mandos, monitores, profesores y directores de líneas de tiro que dicen que sí, que siempre sobra tiempo para, aunque te estén dando un leñazo en la cabeza con el fémur de un elefante, analizar y evaluar la situación; visualizar al agresor; tomar la decisión de sacar el arma de la funda; montar el arma; desactivar el seguro manual; decidir si disparar o no disparar; apuntar y conminar al agresor o apuntar y dispararle en caso de haber decidido ya abrir fuego; y encima acertar el tiro en la parte del cuerpo a la que se estaba apuntando, si es que acaso era verdad que los elementos de puntería estaban enrasados como establecen los lógicos y consabidos principios del tiro apuntado.

Entrenar a tiro limpio es absolutamente necesario, pero del mismo modo resulta imprescindible hacerlo en seco, no estando este autor en contra del adiestramiento frente a simuladores, pero todo en su justa, precisa y estudiada medida. Destacar que se esté ante una silueta de papel y con fuego real; o usando cartuchos inertes en una sesión de tiro en seco; o delante de la pantalla de un simulador, lo que jamás puede faltar en la ecuación es un instructor decente y bien instruido, que conozca la realidad en su pellejo o por el estudio concienzudo, porque de instructores indecentes y poco instruidos ya vamos demasiado bien servidos. Pero ojo, a todo lo anterior hay que sumarle no solo un escenario realista y un diseño formativo creíble sino que el que está siendo adiestrado tiene que creerse lo que está haciendo. Si malo es contar con formadores no formados o deformados, mucho peor es contar con alumnos descreídos.

A algunos lectores les parecerá que vivo enfadado con el mundo y que echo espuma verde por la boca, pues suelo ser muy duro y reiterativo en mis críticas, hasta llegar a lo jartible. Pero nada de eso es así: soy muy feliz y estoy muy contento, además de en deuda con la vida. Pero precisamente por eso, porque la vida me dio otra oportunidad, gracias, en parte, a que había entrenado muchísimo con mi pistola y, sobre todo, porque estaba mentalizado y concienciado de que si llegaba el día la usaría, hace ya muchísimos años que le declaré la guerra a los estafadores y mercaderes de la inseguridad y de los crece pelos, porque encima, cosas de la vida, soy calvo (la realidad es que soy de cabellos muy finos).■

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