EN LAS FUERZAS POLICIALES: ¿qué nos lleva a querer ascender?

Lamentablemente,
muchos de los que año tras año van ascendiendo olvidan pronto sus anteriores
postulados y por ello lucen orgullosos sus nuevos galones o estrellas. Algunos de los que ahora, ya con mando
legítimo, empujan a sus subordinados a trabajar más y más, tratan, a veces, de
dar lecciones de ética, profesionalidad y hasta de moral. Estos son, en
muchísimas ocasiones, los que justamente antes de promocionarse alentaban y
arengaban a sus compañeros a no trabajar o a simular que se hacía el trabajo.
Vagabundeaban y tiraban balones fuera. ¡Pagas muertas! Estos especímenes suelen
hacer creer a los jefes superiores y políticos que ellos son ejemplares mandos
y profesionales espejo. En ocasiones hacen parecer —más bien aparentar— que
poseen la capacidad y mérito que, en realidad, sí que poseen aquellos que antes
eran objeto de sus críticas y despellejes. Muchos
de estos advenedizos jefes nunca fueron ejemplo de virtudes de ningún género.
Hablo por experiencia propia, como siempre. Eso sí, personalmente conozco a un
puñado —quizá menos de un puñado— de mandos intermedios que siempre han sido
ejemplo y estímulo para los que trabajan en su entorno, pero esta es una
especie escasa, rara avis.
Todo
esto me hace reflexionar y ello me lleva nuevas preguntas: ¿ascienden
todos para trabajar más y mejor desde otros foros o estadios de la
organización? ¿Ascienden solamente para aumentar los emolumentos y ganar
calidad de vida familiar? Las aspiraciones y ambiciones profesionales son
positivas, casi siempre. Pero no. Un oscuro motivo existe, cada día más, entre
los que quieren alcanzar el ascenso de empleo (hablamos del ámbito policial).
En demasiadas ocasiones, la gente quiere ascender nada más que para ganar más
dinero, subir peldaños y hacer menos por todos y más por sí mismo. Unido de la mano de lo anterior está, también demasiadas veces, la búsqueda del beneficio personal en el nuevo puesto. Exprimir sus ventajas para saco propio. Amigos, cuando ese es el único motivo que inspira al que aspira a ascender, la razón es bastarda, infame y despreciable. En nuestras instituciones va en aumento el ser vacacional y no vocacional. Por tanto, hay que distinguir claramente entre la mentalidad del funcionario y la del policía. O como digo siempre, unos trabajan de policía y otros son policías. Aunque hay que matizar, porque no es lo mismo ir al trabajo (estar) que trabajar (producir).
Pocos
son los que buscan con los galones y la promoción, además de un mayor poder
adquisitivo —con ello también mayor estatus económico, algo normal y natural—,
la posibilidad de hacer más desde más alto. Este sí es un noble y ético motivo
por el cual desear el ascenso. De quienes conforman este perfil sí se obtendrá,
siempre, un beneficio común y repartido.

Son
muchas las características que debe poseer un jefe superior o mando intermedio.
Sin lugar a dudas, se da por sentado que ellos cuentan con conocimientos
técnico-profesionales superiores a los que tienen aquellos que están por debajo
en el organigrama. Por descontado, se supone que también son poseedores de
conocimientos sobre técnicas de mando y organización policial. Sí, lo sé, es
mucho suponerle a determinados sujetos. Otras características, seguramente no
alcanzables mediante el estudio, deben ser desarrolladas y puestas en práctica
por esos jefes, pero la educación, la clase y el don de mando no se compran ni
se regala, se posee o no se posee.
Seamos
militares o civiles, creo que el artículo 65 de la Reales Ordenanzas para las
Fuerzas Armadas españolas debería ser mascado por todos los que ocupan cargos
de responsabilidad sobre otros. Muchos creerán —los destinatarios involuntarios
y protagonistas de este texto— que se encuentran dentro del perfil que propongo
y que no critico. En unos casos así será, ¡ojalá sean muchos! Pero en otros
supuestos habrá mucha sucia mentira propia e interna. Así pues, que cada uno se
engañe a sí mismo si eso le satisface. Como dice un amigo mío, jefe intermedio
en su cuerpo: que cada cual viva su mentira. Estos piensan que con sus embustes
sacan brillo y lustre a sus hombreras y lo triste y lamentable es que triunfan
y les va bien.
Textualmente,
así reza el artículo 65 de la Ley 85/78, de 28 de diciembre, de las Reales
Ordenanzas para las Fuerzas Armadas: «El Cabo, como jefe más inmediato del
soldado o marinero, se hará querer y respetar de él; no le disimulará jamás las
faltas de subordinación; le infundirá amor al servicio y mucha exactitud en el
desempeño de sus obligaciones; será firme en el mando, graciable en lo que
pueda y será comedido en su actitud y palabras aun cuando sancione o reprenda».
Si
muchos aplicaran a su vida profesional este artículo, aunque fuese de vez en
cuando, y tan solo en parte, ¡solo un poco!, otro gallo nos cantaría a todos.


joer macho, lo has bordado, Poco más cabe añadir a tu artículo. Muy bueno Ernesto, ... como es habitual.
ResponderEliminarSaludos
Andrés
Gracias por la lectura y comentario, Andrés.
EliminarErnesto
Un abrazo, Josma. Gracias por el comentario y por las operaciones que haces en las tripas del blog cuando mi torpeza florece.
ResponderEliminarErnesto