martes, 30 de agosto de 2016

POCO CONOCIDOS, PERO CUMPLIDORES: puntas expansivas fuera de lo común

Por, Ernesto Pérez Vera

Me atrevo a asegurar que ninguna fuerza pública española los emplea, pero afortunadamente mi lista de amigos sigue siendo más nutrida que la de enemigos, o eso creo y espero. Yo no es que precisamente vaya regalando lisonjas, y lo sabes, pero el alistamiento de los primeros va in crescendo. Pero en fin, a lo que iba, que es lo que interesa. Recientemente he probado, gracias a unos desprendidos amigos, varios cartuchos Federal Premium EFMJ de 124gr y Corbon-Glaser Silver Safety Slug de 80gr, ambos con cargas “+P” y del calibre 9mm Parabellum. Debido a lo desconocidos que son en estas tierras ibéricas, me siento un privilegiado muy afortunado y agradecido.

El primero de los referidos, el EFMJ, o Expandig Full Metal Jacket, monta un proyectil especialmente concebido para defensa y seguridad, o sea, para que expanda en el cuerpo alcanzado. Para que transfiera mucha energía y para que no sobrepenetre generando riesgos a terceras personas. Es, por tanto, una bala expansiva como otras muchas más, solo que su aspecto físico es cónico, truncado y blindado, dado que su núcleo, mitad plomo y mitad silicona, está encamisado por una envuelta metálica. Ni que decir tiene que no se trata de una punta hueca, por más que esté diseñada para obtener los mismos efectos. Es por ello que, para permitir su propia deformación, el recubrimiento metálico cuenta con varias aristas internas de prefragmentación. Para acabar tan somera descripción, significar que el culo del proyectil es del tipo ‘Open Base’.
Como a mi alcance solamente han puesto un puñado de estos cartuchos, no he podido explayarme disparándolos contra una variedad de blancos, por lo que como en otras ocasiones he optado por reventar garrafas con agua. Vestida la primera botella de 5 litros con un paño 100% algodón, tras esta coloqué otras tantas garrafas idénticas. Una tras otra, todas pegaditas sin dejar que el aire corriera entre ellas, fueron fusiladas desde 3 metros de distancia con una pistola Glock 26. El resultado no me sorprendió: el proyectil únicamente perforó 2 garrafas, lo que en este caso suponen 30 centímetros. La punta quedó completa y uniformemente abierta tras perforar la segunda botella sin perder masa y sin fracturar el tercer contenedor, aun cuando llegó a tocarlo. En el pie de rey marcó 15 milímetros de expansión definitiva. Me convence, así que amenazó con probarlo contra lunas delanteras de vehículos, cuando me haga con unos cuantos cartuchos más.

Según numerosos especialistas y aficionados norteamericanos, nuestro EFMJ de 124gr, que en aquel país únicamente se suministra a estamentos policiales, se comporta prácticamente igual en todos los materiales contra los que ha sido disparado. Así pues, algunos aseguran haber recuperado puntas totalmente expandidas tras haber atravesado vidrio, madera contrachapada, gelatina balística y planchas de yeso. No obstante, Federal cuenta con un producto similar en catálogo, el EFMJ Guard Dog de 105gr, destinado al mercado civil.


Esta munición se presenta como una excelente alternativa para presentarla ante esos jefes de policía acomplejados, que temen adquirir cartuchos expansivos de punta hueca. Temerosos de las potenciales críticas de los grupos políticos de la oposición, amén de los gritos de aquellos movimientos sociales que pancarta en mano se apuntan a todo sin saber de nada, muchísimos gerifaltes se dejan llevar por los dimes y diretes de los policialmente analfabetos. Es lo que tiene el cultivo de la ignorancia, que como no se sabe de nada, se hace lo que dictan otros, que por su puesto tampoco saben nada de nada.

Pese a que los funcionarios españoles pueden usar reglamentariamente puntas huecas, y esto es algo que no merece más discusiones a estas alturas del partido, las EFMJ pueden cubrir el nicho funcional de las huecas tradicionales, al tratarse de proyectiles blindados. Efectivamente, blindados como los que consumen cientos de miles de policías en España, solo que estos Expanding no acostumbran a sobrepenetrar y cuando lo hacen es, ya, con menos capacidad lesiva.

El otro cartucho testado se ha comportado como personalmente intuía que se comportaría. Del ligerísimo Silver Slug de 80gr se espera que penetre poco, pero que pegue una buena patada y que descomponga su masa en pequeños trozos. ¿Que por qué? Pues porque es uno de los proyectiles más utilizados por los agentes de seguridad que viajan encubierto y mezclados con los viajeros de determinados vuelos comerciales, lo que exige que esta munición transfiera la máxima energía tan pronto impacte, para evitar con ello las indeseables consecuencias de los excesos de perforación. En el caso que nos ocupa, huelga decir que si una bala atravesara a un terrorista aéreo podría conservar todavía propiedades para herir, y hasta matar, a miembros del pasaje o de la tripulación. Pero es más, incluso podría agujerear el fuselaje aeronáutico o dañar los sensibles paneles de aviónica.                                                                          
                 
Hollywood nos tiene al día de las fatales consecuencias de una despresurización aérea. Ricardo Huercio, vocal del Colegio Oficial de Pilotos (España), se ha pronunciado en el diario ABC (24/01/2013) sobre esta clase de incidencias: “Es difícil que se produzca una despresurización, porque el funcionamiento es automático y el propio avión cambia de sistema si este falla. Se puede producir un percance por un fallo en el funcionamiento de las válvulas de presurización, o, en los casos más graves y llamativos, debido a un boquete en el fuselaje. Por eso no puede haber armas en un avión, porque si se dispara y se produce cualquier tipo de fuga se daría una de las despresurizaciones más peligrosas, la llamada explosiva. Este tipo de despresurizaciones son las que habitualmente se reflejan en las películas de cine, donde vemos como salen cosas volando, e incluso los pasajeros no pueden respirar porque los pulmones son incapaces de tomar y expulsar el aire. Si se produce un fallo en este sistema, los pilotos siguen un protocolo de actuación que básicamente consiste en hacer un descenso de emergencia, mediante un procedimiento que nos sabemos de memoria. Una despresurización provoca un gran estrés entre los pasajeros, ya que provoca mareos, dolor en el oído, en la parte frontal de la cara o en los senos nasales, por la diferencia que hay entre la presión del interior y el exterior del oído”.

Para comprender la importancia de este tipo de emergencias, en primer lugar deberíamos saber qué significa ‘presurizar’. Se trata ni más ni menos que del bombeo activo de aire comprimido en la cabina de una aeronave, para garantizar la seguridad y el confort de los ocupantes. Es necesario cuando un avión alcanza una altitud importante, ya que la presión atmosférica natural es demasiado baja como para suministrar el suficiente oxígeno a los viajeros y a la tripulación. Sin la presurización se puede sufrir mal de montaña o incluso una hipoxia. Las aeronaves que realizan vuelos rutinarios sobre 3000 metros de altura están equipadas, por lo general, con un sistema de oxígeno alimentado por medio de máscaras; o están presurizadas por un sistema de control ambiental usando gas suministrado por un compresor o por aire comprimido del motor. (Diario ABC, del 24/01/2013).

La Silver Slug hizo explosionar la primera garrafa. Fue brutal. Gran parte del proyectil (el 60%) fue encontrado hecho añicos dentro de este contenedor de agua. Como garantiza el fabricante, así como quienes privadamente ya han evaluado estos cartuchos, la minimización de riesgos a terceros está casi asegurada. Ahora bien, de ser portadas prendas de vestir gruesas y/o resistentes, tal vez las lesiones en un torso no siempre lograrían la afectación de órganos internos importantes. Pero también podríamos pensar, al menos de este modo piensa la mayoría de la gente, que quienes prestan este tipo de servicios de protección están altamente adiestrados para, en escasas fracciones de segundo, colocar una gran cantidad de tiros sobre los hostiles. Solo así, en situaciones de secuestros aéreos por parte de elementos terroristas, se podrán conseguir rápidos fuera de combate en la parte contraria. Eso si acaso el personal no entrena hasta la saciedad el disparo a la cabeza, donde este proyectil seguramente funcionaría con muchísima eficacia. 

La versión Silver se compone de un vaso metálico relleno de fragmentos de plomo cohesionado del número 6, mientras que para el primitivo modelo Blue la casa Corbon-Glaser utiliza plomillo fino del número 12. Una esfera de plástico de color gris plata cubre la cúspide. Esto no solamente le otorga al cartucho la típica forma ojival que facilita su acceso a las rampas de alimentación de las armas semiautomáticas, sino que además la susodicha bolita colabora en la deformación y posterior destrucción de la punta, en el instante del impacto. Señalar que la pionera versión Blue suele penetrar tan escasamente, que la firma ha tenido que recurrir a un nuevo diseño, el Silver, en busca de un poco más de profundidad de impacto.

POCO CONOCIDOS, PERO CUMPLIDORES: puntas expansivas fuera de lo común

Por, Ernesto Pérez Vera

Me atrevo a asegurar que ninguna fuerza pública española los emplea, pero afortunadamente mi lista de amigos sigue siendo más nutrida que la de enemigos, o eso creo y espero. Yo no es que precisamente vaya regalando lisonjas, y lo sabes, pero el alistamiento de los primeros va in crescendo. Pero en fin, a lo que iba, que es lo que interesa. Recientemente he probado, gracias a unos desprendidos amigos, varios cartuchos Federal Premium EFMJ de 124gr y Corbon-Glaser Silver Safety Slug de 80gr, ambos con cargas “+P” y del calibre 9mm Parabellum. Debido a lo desconocidos que son en estas tierras ibéricas, me siento un privilegiado muy afortunado y agradecido.

El primero de los referidos, el EFMJ, o Expandig Full Metal Jacket, monta un proyectil especialmente concebido para defensa y seguridad, o sea, para que expanda en el cuerpo alcanzado. Para que transfiera mucha energía y para que no sobrepenetre generando riesgos a terceras personas. Es, por tanto, una bala expansiva como otras muchas más, solo que su aspecto físico es cónico, truncado y blindado, dado que su núcleo, mitad plomo y mitad silicona, está encamisado por una envuelta metálica. Ni que decir tiene que no se trata de una punta hueca, por más que esté diseñada para obtener los mismos efectos. Es por ello que, para permitir su propia deformación, el recubrimiento metálico cuenta con varias aristas internas de prefragmentación. Para acabar tan somera descripción, significar que el culo del proyectil es del tipo ‘Open Base’.
Como a mi alcance solamente han puesto un puñado de estos cartuchos, no he podido explayarme disparándolos contra una variedad de blancos, por lo que como en otras ocasiones he optado por reventar garrafas con agua. Vestida la primera botella de 5 litros con un paño 100% algodón, tras esta coloqué otras tantas garrafas idénticas. Una tras otra, todas pegaditas sin dejar que el aire corriera entre ellas, fueron fusiladas desde 3 metros de distancia con una pistola Glock 26. El resultado no me sorprendió: el proyectil únicamente perforó 2 garrafas, lo que en este caso suponen 30 centímetros. La punta quedó completa y uniformemente abierta tras perforar la segunda botella sin perder masa y sin fracturar el tercer contenedor, aun cuando llegó a tocarlo. En el pie de rey marcó 15 milímetros de expansión definitiva. Me convence, así que amenazó con probarlo contra lunas delanteras de vehículos, cuando me haga con unos cuantos cartuchos más.

Según numerosos especialistas y aficionados norteamericanos, nuestro EFMJ de 124gr, que en aquel país únicamente se suministra a estamentos policiales, se comporta prácticamente igual en todos los materiales contra los que ha sido disparado. Así pues, algunos aseguran haber recuperado puntas totalmente expandidas tras haber atravesado vidrio, madera contrachapada, gelatina balística y planchas de yeso. No obstante, Federal cuenta con un producto similar en catálogo, el EFMJ Guard Dog de 105gr, destinado al mercado civil.

Esta munición se presenta como una excelente alternativa para presentarla ante esos jefes de policía acomplejados, que temen adquirir cartuchos expansivos de punta hueca. Temerosos de las potenciales críticas de los grupos políticos de la oposición, amén de los gritos de aquellos movimientos sociales que pancarta en mano se apuntan a todo sin saber de nada, muchísimos gerifaltes se dejan llevar por los dimes y diretes de los policialmente analfabetos. Es lo que tiene el cultivo de la ignorancia, que como no se sabe de nada, se hace lo que dictan otros, que por su puesto tampoco saben nada de nada.

Pese a que los funcionarios españoles pueden usar reglamentariamente puntas huecas, y esto es algo que no merece más discusiones a estas alturas del partido, las EFMJ pueden cubrir el nicho funcional de las huecas tradicionales, al tratarse de proyectiles blindados. Efectivamente, blindados como los que consumen cientos de miles de policías en España, solo que estos Expanding no acostumbran a sobrepenetrar y cuando lo hacen es, ya, con menos capacidad lesiva.

El otro cartucho testado se ha comportado como personalmente intuía que se comportaría. Del ligerísimo Silver Slug de 80gr se espera que penetre poco, pero que pegue una buena patada y que descomponga su masa en pequeños trozos. ¿Que por qué? Pues porque es uno de los proyectiles más utilizados por los agentes de seguridad que viajan encubierto y mezclados con los viajeros de determinados vuelos comerciales, lo que exige que esta munición transfiera la máxima energía tan pronto impacte, para evitar con ello las indeseables consecuencias de los excesos de perforación. En el caso que nos ocupa, huelga decir que si una bala atravesara a un terrorista aéreo podría conservar todavía propiedades para herir, y hasta matar, a miembros del pasaje o de la tripulación. Pero es más, incluso podría agujerear el fuselaje aeronáutico o dañar los sensibles paneles de aviónica.                                                                                           
Hollywood nos tiene al día de las fatales consecuencias de una despresurización aérea. Ricardo Huercio, vocal del Colegio Oficial de Pilotos (España), se ha pronunciado en el diario ABC (24/01/2013) sobre esta clase de incidencias: “Es difícil que se produzca una despresurización, porque el funcionamiento es automático y el propio avión cambia de sistema si este falla. Se puede producir un percance por un fallo en el funcionamiento de las válvulas de presurización, o, en los casos más graves y llamativos, debido a un boquete en el fuselaje. Por eso no puede haber armas en un avión, porque si se dispara y se produce cualquier tipo de fuga se daría una de las despresurizaciones más peligrosas, la llamada explosiva. Este tipo de despresurizaciones son las que habitualmente se reflejan en las películas de cine, donde vemos como salen cosas volando, e incluso los pasajeros no pueden respirar porque los pulmones son incapaces de tomar y expulsar el aire. Si se produce un fallo en este sistema, los pilotos siguen un protocolo de actuación que básicamente consiste en hacer un descenso de emergencia, mediante un procedimiento que nos sabemos de memoria. Una despresurización provoca un gran estrés entre los pasajeros, ya que provoca mareos, dolor en el oído, en la parte frontal de la cara o en los senos nasales, por la diferencia que hay entre la presión del interior y el exterior del oído”.

Para comprender la importancia de este tipo de emergencias, en primer lugar deberíamos saber qué significa ‘presurizar’. Se trata ni más ni menos que del bombeo activo de aire comprimido en la cabina de una aeronave, para garantizar la seguridad y el confort de los ocupantes. Es necesario cuando un avión alcanza una altitud importante, ya que la presión atmosférica natural es demasiado baja como para suministrar el suficiente oxígeno a los viajeros y a la tripulación. Sin la presurización se puede sufrir mal de montaña o incluso una hipoxia. Las aeronaves que realizan vuelos rutinarios sobre 3000 metros de altura están equipadas, por lo general, con un sistema de oxígeno alimentado por medio de máscaras; o están presurizadas por un sistema de control ambiental usando gas suministrado por un compresor o por aire comprimido del motor. (Diario ABC, del 24/01/2013).

La Silver Slug hizo explosionar la primera garrafa. Fue brutal. Gran parte del proyectil (el 60%) fue encontrado hecho añicos dentro de este contenedor de agua. Como garantiza el fabricante, así como quienes privadamente ya han evaluado estos cartuchos, la minimización de riesgos a terceros está casi asegurada. Ahora bien, de ser portadas prendas de vestir gruesas y/o resistentes, tal vez las lesiones en un torso no siempre lograrían la afectación de órganos internos importantes. Pero también podríamos pensar, al menos de este modo piensa la mayoría de la gente, que quienes prestan este tipo de servicios de protección están altamente adiestrados para, en escasas fracciones de segundo, colocar una gran cantidad de tiros sobre los hostiles. Solo así, en situaciones de secuestros aéreos por parte de elementos terroristas, se podrán conseguir rápidos fuera de combate en la parte contraria. Eso si acaso el personal no entrena hasta la saciedad el disparo a la cabeza, donde este proyectil seguramente funcionaría con muchísima eficacia. 

La versión Silver se compone de un vaso metálico relleno de fragmentos de plomo cohesionado del número 6, mientras que para el primitivo modelo Blue la casa Corbon-Glaser utiliza plomillo fino del número 12. Una esfera de plástico de color gris plata cubre la cúspide. Esto no solamente le otorga al cartucho la típica forma ojival que facilita su acceso a las rampas de alimentación de las armas semiautomáticas, sino que además la susodicha bolita colabora en la deformación y posterior destrucción de la punta, en el instante del impacto. Señalar que la pionera versión Blue suele penetrar tan escasamente, que la firma ha tenido que recurrir a un nuevo diseño, el Silver, en busca de un poco más de profundidad de impacto.

lunes, 8 de agosto de 2016

DE LAS REACCIONES HUMANAS

Por, Ernesto Pérez Vera

Un policía en activo, protagonista de un interesantísimo capítulo de “En la línea de fuego: la realidad de los enfrentamientos armados” (Tecnos. Grupo Anaya Editorial. 2014), que en su momento disparó contra un congénere al advertir que su integridad física se encontraba en inminente peligro, ha tenido que acudir de nuevo a una unidad médica de Salud Mental. Reconoce que no está bien, que está peor que cuando se produjeron los hechos. Matar, en este caso desde el rol de policía, nunca sale gratis ni psicológica ni profesionalmente y, a veces, tampoco resulta baladí a nivel social y familiar, aun cuando la autoridad judicial confirme licitud en la actuación.

Joaquín, como ficticiamente vamos a conocer a este señor a lo largo de estos párrafos, ha grabado clandestinamente la primera y última entrevista mantenida con el psiquiatra que le han asignado para este segundo periplo tormentoso. No pidió permiso para ello porque pensaba que la respuesta iba a ser negativa, de ahí su furtiva acción. Creyendo que el galeno le daría eficaces pautas y consejos, decidió grabar la conversación para no perder puntada en casa.

Su gozo, en un pozo: “Ustedes recibís una esmerada formación para no tener miedo. No es normal lo que me estás contando. En caso de que el miedo realmente hubiese aparecido en ti, debiste controlarlo, contenerlo; y ahora más todavía, después del tiempo transcurrido. He impartido clases sobre estos temas en cursos para policías, por lo que me cuesta trabajo creer que un hombre con una pistola en la mano pueda experimentar tanto temor frente a otro semejante. Es extraño que aún aparezcan en ti pensamientos recurrentes sobre aquello”. Ahí la tienen, la primera en la frente.

Qué quieren que les diga, yo no soy nada ni nadie, mucho menos soy ni médico ni psicólogo, pero si un evaluador y diagnosticador de problemas de la psique asegura que el miedo es controlable por cualquiera, principalmente si ese cualquiera luce placa y empuña una pistola, es que todos estamos locos de atar. Los 80 o 90 euros que el doctor se embolsa por hora lectiva en la academia de policía deben dar su fruto en forma de mega teléfono móvil, de zapatos caros o en forma de lo que quiera invertirlos, pero desde luego yo no confiaría mi sanación mental a alguien como él; como por otra parte tampoco lo hizo Joaquín, que completamente contrariado abandonó la consulta.

Joaquín es un policía normal y corriente de esos que trabajan de uniforme a lomos de una motocicleta. Lo mismo regula el tráfico en la puerta de un colegio, que detiene a  maltratadores domésticos; que lo mismo se revuelca por el suelo con tironeros, con traficantes de drogas o con borrachos metepatas. Es tan normalito que dispara unos treinta tiros anuales en la galería de tiro, como casi todos los policías españoles que entrenan, porque hay que significar que no todos lo hacen: muchos no huelen la pólvora ni en lustros. Otros, con un poco de más suerte que estos últimos, pegan unos cuentos tiros siguiendo absurdas indicaciones. Muy pocos están realmente bien adiestrados.

Aquella luctuosa mañana las cosas le salieron bien, pero confiesa que no se sentía preparado para afrontar un evento de tal envergadura. Asegura que había sido muy escuetamente formado para superar acontecimientos de tal índole y magnitud. Durante meses experimentó trastornos del sueño, sobre todo en su modalidad de terrores nocturnos, y sufrió remordimientos por haber matado a quien le estaba disparando. Los tratamientos farmacológicos fueron su mejor compañía, habiendo tenido que recurrir otra vez a ellos.

No obstante, no vayan ustedes a creer que los académicamente más cualificados no pueden verse atrapados por la misma caótica situación emocional. Eso sí, estos, los que ciertamente sí han sido mucho mejor adiestrados podrían llegar a controlar, llegado el caso, determinados niveles de adversidad anímica mientras se están produciendo los hechos, así como posteriormente; todo lo cual puede suceder por ser buenos conocedores de cómo se manifiesta la fisiología durante estas situaciones, amén de por contar con abundante apoyo humano y material en el momento de las intervenciones críticas. No hay duda de que el conocimiento y la seguridad otorgan tranquilidad.
 
A ver, me explicaré un poco mejor. No es que los muy instruidos estén vacunados contra el temor, es que muy posiblemente podrían recomponerse a nivel cognitivo con más celeridad, al hecho de verse frente a una circunstancia identificada como letal. Ni que decir tiene que la exposición reiterada a estas circunstancias refuerza, y mucho, la confianza de quien va saliendo airosamente de ellas. Tablas, por experiencia, que dirían los artistas del tablao.

Juro que yo, Ernesto Pérez Vera, deseo seguir teniendo miedo, de lo contrario podría morir dentro de un rato por confundir el valor con la temeridad. De no tener miedo podrían diagnosticarme una psicopatía o algo así. Uno está majareta, vale… muy majareta, pero creo que todavía no estoy loco del todo. Por cierto, mi colega empezó hablándole al médico del incidente desencadénate de su desasosiego, pero lo que realmente le acongojaba era, y es, el trato institucional que estaba recibiendo desde el día de autos, sintiéndose abandonado, no reconocido y hasta boicoteado y defenestrado por iguales y superiores jerárquicos. Pero el pobre Joaquín no llegó a transmitir tal punto de su cuita durante la cita médica, porque el tío de la bata blanca le cerró el ánimo y le abrió la puerta de la calle.

Hace diez meses, en agosto de 2015, se hicieron públicas unas imágenes muy reveladoras de cómo se movían, en una operación real, varios agentes de una unidad especial de la Policía alemana, concretamente del SpezialEinzatzKommando (SEK) de Renania del Norte. En las tomas se observa como los integrantes del SEK se van aproximando, pistola en mano y encañonando la zona de riesgo, a un ciudadano guineano provisto del arma blanca con la que minutos antes había acuchillado a un compatriota.

En una de las fotografías se aprecia, claramente, como uno de los componentes del equipo de asalto da un respingo, o solamente unos pasos bien controlados hacia atrás, al detectar movimientos de avance en su dirección, por parte del hostil. La foto muestra la evidencia gráfica de que este policía sumamente adiestrado y dotado de abundante material pasivo de seguridad, porque portaba chaleco balístico y casco de protección, se rila y retrocede súbitamente como cualquier hijo de vecino que ve, ante sí, a un energúmeno machete en ristre. Piensen en esto, por favor: aquí no hubo sorpresas súbitas como las que se comen los patrulleros normales y corrientes, estos funcionarios sabían a lo que iban.

Señoras y señores, estamos hablando de instinto en estado puro. De la mejor versión de un superviviente que supo domar el movimiento natural para, a la vez que retrocedía, abrir fuego y abandonar la línea de progresión de su antagonista, ejecutando desplazamientos laterales.


Algo muy lógico, ¿verdad que sí? Pero también es algo que hay que entrenar y mecanizar físicamente a tiros, además de interiormente mediante la concienciación y la mentalización. Algo que, por deserción del sentido común, no se practica en nuestras instituciones policiales. ¡Ah! El africano, aunque no perdió la vida, fue abatido por el envite de seis impactos de arma de fuego que afectaron a ambos trenes motores: brazos, hombros, piernas y glúteos. Seis tiros, seis, hasta que dejó de suponer un peligro.

En definitiva, que la naturaleza se impone exhortando a la neuro-psico-fisiología para que nos haga responder en momentos cruciales, pudiendo llegar a ser más resolutivo el poco entrenado y, a la vez, menos engañado respecto a cómo podría actuar un ser humano acorralado; que no aquella otra persona muy bien adiestrada en tiro que, sin embargo, no sabe cómo reaccionamos los animales de nuestra especie ante tales vicisitudes. Si sabemos cómo funcionamos por dentro, mejor podremos funcionar y reaccionar por fuera.

Pero sepan una cosa más, amigos lectores, “En la línea de fuego: la realidad de los enfrentamientos armados”, el libro reseñado al inicio de este artículo, disecciona veintidós incidentes armados policiales producidos recientemente en España. Enfrentamientos protagonizados por agentes de la autoridad de todos los cuerpos. O sea, a tiro limpio contra atracadores, traficantes de drogas, enajenados mentales, etc. Treinta policías describen, en primera y tercera persona, cómo reaccionaron al ser conscientes de que había llegado el momento de abrir fuego contra sus atacantes.

https://www.mildot.es/
¿Creen ustedes que todos estaban adecuadamente instruidos? La mayoría grita, página a página, que no, que casi se entregaron a la suerte. Los entrevistados cuentan, también, cómo se comportaron con ellos, tras el incidente, sus compañeros y mandos. Varios protagonistas acabaron con las vidas de sus contrarios, algunos únicamente los hirieron y otros, pese a vaciar cargadores enteros, no tocaron pelo. Dos o tres no desenfundaron por falta de tiempo de reacción, por encontrarse ya gravemente lesionados o por nula intención, aun cuando a todas luces era imperiosamente necesario plomear al otro.

¡Ah! Importantísimo dato: ni un solo funcionario de los que aquí desnudan sus almas resultó judicialmente condenado por el resultado de sus disparos. Esto es algo que lamentablemente no le va a gustar a esos policías agoreros que enarbolan, desde la supina ignorancia y la más profunda cobardía y vagancia, la bandera del “defenderte siempre es un marrón”. Mienten. Díganselo de mi parte.

Aléjense de las oscuras y manidas leyendas urbanas cultivadas por los disfrazados de expertos. Dejen de venerar a los incompetentes. Opónganse resueltamente a las mentiras susurradas al oído. Sigan la luz. Deserten de la caverna. Lean “En la línea de fuego”, está escrito para gente como ustedes mismos.

lunes, 1 de agosto de 2016

PASA Y PRUEBA, SE PUEDE: DISPAROS DESDE EL INTERIOR

Por Ernesto Pérez Vera

Solemos hablar, escribir y especular sobre los disparos que hacen los policías a pie firme, contra personas que permanecen igualmente erguidas. A veces, incluso nos planteamos situaciones contra hostiles ocupantes de vehículos. Sabemos que es fácil hacer blanco en quienes se encuentran dentro de automóviles no blindados, aunque se les tire desde fuera. Pero lo que no se plantea tanta gente es la posibilidad contraria: disparar desde dentro del habitáculo contra semejantes situados en el exterior. Pasa. Ocurre con frecuencia. En España no han sido pocos los policías, guardias civiles y militares ametrallados desde escasos metros, cuando se encontraban en el interior de sus vehículos, bien como conductores bien como pasajeros. Muy pocos pudieron y supieron repeler la agresión desde el asiento, pero alguno lo logró.

Digno de mención es el caso ocurrido el 18 de noviembre de 1994, en la localidad vizcaína de Larrebezúa. Aquel día, sobre las 18:00 horas, el sargento de Infantería JLC fue emboscado por un comando de la banda terrorista ETA. El suboficial circulaba con su coche particular, cuando en un cruce se le aproximaron varios peatones abriendo fuego contra él. El militar, que portaba una pistola, respondió con celeridad al fuego, repeliendo el ataque desde dentro de su automóvil. Además de evitar una muerte casi segura, porque el ataque se efectuó con subfusiles, hirió a uno de sus atacantes y puso en fuga al resto. No obstante, el sargento fue herido en un brazo por un único proyectil. Como consecuencia de la eficaz respuesta del acometido, los asaltantes huyeron del lugar en un turismo, tras detener su marcha pistola en mano. Más tarde, en Lujua (misma provincia), dos patrullas de la Ertzaintza (Policía Autónoma Vasca) le cortaron el paso, produciéndose un enfrentamiento entre ambas partes. Curioso: uno de los etarras disparó contra los policías desde dentro del coche, si bien después lo abandonó para continuar la refriega de un modo más convencional. Un agente resultó herido de gravedad como consecuencia de dos balazos, un terrorista murió y otro resultó herido. 

Sería muy sencillo pensar que del mismo modo que desde fuera para adentro podemos hacer sangre, igualmente podrá hacerse a la inversa. En cierto modo es así, pero seguramente existan matices diferenciadores. El primero matiz puede ser el hecho de que inmensísima mayoría de los profesionales armados de este país entrenamos —y que se salve el que pueda— en bipedestación estática. Pocos, muy pero que muy pocos, entrenamos reglamentariamente ejercicios en el interior de nuestros coches de servicio. Si acaso alguno lo hace es porque acude a cursos privados o porque emplea su ingenio en busca de una mayor calidad en la gestión de situaciones potenciales. Algunos instructores, contraviniendo las normas internas de sus propias instituciones, incluyen sillas u otros asientos en las periódicas prácticas de tiro. En estos casos, los muebles quedan situados en la línea de tiro y frente a la línea de blancos, normalmente en uno de sus flancos, a distancias no superiores a cinco metros. La idea es bien sencilla: simular muy imaginativamente que el tirador se halla, por ejemplo, en el interior de su coche-patrulla, cuando es acometido de modo tal que requiere hacer fuego de réplica.

Los funcionarios de policía no deben tener miedo a efectuar disparos en tales circunstancias. Pero es demasiado frecuente que ante planteamientos de esta índole, algunos policías cuestionen su eficacia: nunca lo han entrenado y tampoco lo han visto hacer. Muchos no saben que los proyectiles de nuestras armas perforan lesivamente las puertas y los cristales de los coches convencionales. Quienes hayan realizado pruebas al respecto o hayan sido testigos de ellas, saben de la facilidad con la que una bala de 9 mm Parabellum atraviesa un coche de lado a lado, de puerta a puerta. (‘Bala’ es sinónimo lingüístico de proyectil, aunque quizá no resulte el término más técnico).

Las posibilidades de verse uno en una situación adversa dentro de un vehículo son muchas. El ataque podría provenir desde cualquier lado o ángulo: desde detrás, desde delante o desde cualquiera de los flancos. Aunque la energía de los proyectiles podría verse mermada tras producirse la perforación de las chapas y los cristales, es más que posible que conserven suficiente capacidad letal, incluso si tras invadir el espacio interior del automóvil tuviesen que perforar los asientos hasta llegar a los ocupantes. A la inversa puede suceder lo mismo, por lo que los agentes tienen que saber que sus balas pueden salir, también lesivamente, hacia el exterior.

El 26 de mayo de 2005, en Olivella, Barcelona, una pareja de guardias civiles pasó por ello. Durante una persecución policial sobre dos vehículos sospechosos, tuvieron que hacer fuego con sus pistolas desde el interior del coche-patrulla. Los perseguidos dispararon con armas de los calibres .38 Especial y 9 Parabellum, entrando varios proyectiles por la luna delantera del benemérito vehículo. Los funcionarios, por premura, devolvieron los disparos también a través del parabrisas de su propio coche. Ninguno de los agentes resultó lesionado, pero sí uno de los delincuentes (fue detenido días después). Ven como estas cosas pasan.

Los cristales y las lunas parabrisas de los coches modernos son lo bastante resistentes como para provocar una buena desaceleración a los proyectiles. Aun así, casi siempre podrían producirse lesiones graves. Si a estos niveles hay una barrera especialmente resistente es, sin duda, la luna delantera laminada que a día de hoy usa cualquier vehículo. Pero incluso estas superficies vidriosas podrían ser perfectamente perforadas en ambos sentidos direccionales. La mayor parte de las lunas delanteras también propician desvíos a las trayectorias iniciadas en las líneas de fuego, e incluso dan origen a rebotes según sea el ángulo de impacto, especialmente si el disparo se realiza desde el exterior: la luna presenta un abombamiento a lo largo de toda la extensión de su superficie, así como cierta inclinación o angulación respecto al piso.

De cuantos proyectiles he evaluado personalmente realizando disparos directos contra parabrisas (de fuera para dentro), solamente un tipo de bala reflejó un resultado menos grave en cuanto a interpretación de potenciales lesiones a producir. Me refiero a las puntas frangibles (emplee dos marcas diferentes). Aquellas balas perdieron, aproximadamente, el cuarenta por ciento de su masa en el impacto (se desintegraban por la parte posterior), logrando el resto del cuerpo del proyectil penetrar el cristal laminado, para conseguir finalmente perforar el cuerpo que simulaba ser una persona (garrafa de plástico duro, con veinticinco litros de agua).

Estos proyectiles están construidos y diseñados para desintegrarse, convirtiéndose en polvo, tras el impacto en superficies especialmente duras. Todo el cuerpo del proyectil suele ser una amalgama de partículas compactadas de polímeros, mezcladas con otras de cobre, tungsteno, nylon u otros materiales sintéticos. En cuerpos blandos, como las puertas de los coches o los órganos humanos, actúan igual que los proyectiles convencionales. Tan solo se desintegran completamente, cumpliendo así su propia razón de ser, si impactan en ángulo de noventa grados, o próximo a él, contra superficies muy duras.

También está verificado que cuando cualquier clase de proyectil cruza el cristal en dirección de fuera a dentro, proyecta numerosas y minúsculas partículas de vidrio en la misma dirección de tiro, pudiendo perfectamente afectar estos fragmentos cristalinos a la visión de las personas presentes en el habitáculo (lesiones oculares, al margen de las directas que pudieran producir las propias balas).

Pero bueno, ya me he enrollado más de lo debido con el asunto balístico. Ahora vamos a ver si realmente es tan fácil responder con fuego desde el interior de un coche. Algunos quizás crean que es tan sencillo como cuando se está de pie, mas yo no lo veo así. Si ya de por sí no estamos debidamente entrenamos y mentalizados para disparar a otro ser humano hallándonos de pie en un tuteo, menos todavía lo estamos para replicar desde la segura e incómoda posición de sentando en el interior de un automóvil policial.

Sabiendo como se sabe que los tiempos de respuesta en bipedestación son excesivos durante la instrucción convencional y generalizada (detección de la amenaza u orden de fuego, desenfunde, preparación del arma —el que deba prepararla— y disparo), estos rangos aumentarán, sí o sí, si nos encontramos sentados dentro de nuestros incomodísimos coches de servicio. Si el coche está provisto de mampara de seguridad y el ocupante tiene cierta envergadura, el problema se acrecienta. Si además de todo esto hacemos uso del cinturón de seguridad, la cosa se complica más aún (el cinturón se suele emplear en persecuciones de cierta duración y peligrosidad, y también en viajes de escoltas).

Acceder al arma desde la posición de sentado suele ser más laborioso y lento que si se parte desde una posición estable de pie firme. Si a ello sumamos el tiempo de recamaración de un cartucho para dejar lista la pistola (caso de no portar el arma en condición dos, o sea, presta para el disparo súbito), los tiempos se disparan, nunca mejor dicho. Muchos factores han de ser considerados y tenidos en cuenta al tratar de mejorar estos lapsos de reacción: el tipo de funda pistolera empleada, la posición que se ocupe en el interior del vehículo y, como se dijo en párrafos anteriores, la formación y mentalización de la que se disfrute.

El modelo y la ubicación de la funda siempre son fundamentales, más todavía en estos supuestos automovilísticos. Cuando se trabaja uniformadamente el arma va, como norma general, en una funda exterior, pero todas las fundas no son iguales y para colmo la gente suele buscar, más veces de las deseadas, la funda más cómoda, la más ‘chachipiruli’ o la más económica. Casi todos los policías optan por una pistolera cómoda y no por una segura, menos aún optan por una realmente apropiada para el desempeño concreto y específico de su servicio. Esto, por suerte, está empezando a cambiar, aunque muy lentamente. El material que se muestra ideal para un agente de operaciones especiales, no necesariamente lo es para un funcionario que patrulla sobre una motocicleta, a lomos de una bicicleta o dentro de un coche de espacios reducidos (esto último está relacionado con la propia corpulencia del agente).

Todos coincidirán conmigo en que las fundas de pernera, también denominadas musleras, están muy de moda. Molan mazo. Este tipo de funda es ideal para los operativitos de unidades que frecuentemente usan arneses de rapel, chalecos tácticos exteriores de protección balística, etcétera. En estos casos, un arma situada en la cintura casi siempre mostrará su cara más engorrosa: el arnés y el propio chaleco impedirán el oportuno acceso al arma, dejando de ser totalmente eficaces ambos equipos (con algunos chalecos, las armas situadas en la cadera quedan tapadas y completamente inaccesibles). Por ello nacieron las fundas de pernera, hace ya más de treinta años. Sin embargo, vemos como policías convencionales portan sus pistolas en este tipo de fundas. Lo mismo la lleva el motorista que el police man de un coche con mampara de seguridad, que el que va en la grúa. Creo que en estos casos no se tienen en cuenta las consideraciones operativas, sino las estéticas. Modismo puro, casi siempre. No puedo negar que otorgan un aspecto muy atractivo, táctico y operativo. Pero lo siento, no son las fundas más oportunas para según qué guardias. Venga, ahora toca despellejarme.

En posición de sentado, las perneras difícilmente permiten un empuñamiento seguro y un desenfunde natural. Es imposible. La pistola, en tales circunstancias, siempre se encontrará con la empuñadura en posición perpendicular respecto al suelo, lo que impedirá ser asida correctamente ante una situación de emergencia. Peor todavía: los mecanismos de apertura de la funda, en el caso de las modernas fundas antihurto, serán bastante inaccesibles para los dedos de la mano más hábil. A todo esto, lo tendrá más fácil el acompañante de un vehículo turismo, que el conductor. Ambos deberían hacer un leve giro o movimiento con la extremidad a la que va anclada el arma, pero el volante dificultará más la tarea a quien conduce. Algo más. El respaldo del asiento reducirá el recorrido del brazo fuerte, impidiendo la extracción completa de la pistola. Se puede hacer, pero no es natural. No me hagan caso, pruébenlo. Después imaginen tener que hacerlo rápidamente, ante un atentado inopinado y violento, precisando de fuego inmediato de réplica...

Cuando se trata de un motorista, peor aún. Los ocupantes de un coche podrían llevar abiertos o desactivados los sistemas de retención de la funda, en aras de una mayor celeridad durante la extracción. De este modo ganarían un poco de tiempo táctico, al acudir a una llamada que sugiere la posibilidad de tirar de hierro. Si en estas circunstancias se sufriera un accidente o se realizara un movimiento brusco dentro del coche, como por ejemplo el propio de un volantazo, el arma podría caer al piso del automóvil, quizá incluso rocambolescamente en el propio asiento. Pero para un motorista esto supondría una hecatombe, pudiendo quedar inerme, desarmado. Por tanto, no veo recomendable que este tipo de servicios se presten a funda abierta (insisto, no recomiendo en sí la propia pernera para el patrullero convencional). Si la pistolera poseyese sistema de retención pasiva, sí podrían llevarse desconectados los sistemas de retención no pasivos.

Sí, lo sé, existen cordones de seguridad (lanyards) que mantienen el arma enganchada al cinturón, en caso de desarme accidental por caída. Pero es que tampoco estoy por recomendar este complemento a los policías de a pie. Diariamente veo como muchos compañeros míos se van quedando enganchados por los rincones. Para no hacerlo, o sea, para no quedar enganchando por ahí, hay que pensar en ello. Pero pensar y discernir son lujosas acciones no siempre al alcance de quien se encuentra en un a vida o muerte, o cuando uno está tirado por los suelos tratando de inmovilizar a un violento mamoncete. Algunos, advertidos de que un día se podrían quedar pillados en un picaporte, asiento, cinturón de seguridad, freno de mano, en una palanca de cambio, etc., en el peor momento, hacen filigranas para que su lanyard no quede visible y así tratar de impedir quedarse colgados. Pero lo empeoran: cuando desenfundan y elevan el arma a la altura de la cara, para apuntar o encarar la zona de riesgo, el arma no llega. El cordón se queda corto, dado que se oculta a lo largo del contorno de la cintura, cual recorrido caprichoso por entremedio del resto de accesorios. He visto que algunos utilizan una funda rígida tubular para bastón, haciendo discurrir parte del cordón por dentro de ella, con el ánimo de impedir enganchones accidentales. Esto también suele entorpecer, no es la panacea: el arma no siempre alcanza la línea de ojos con el brazo extendido, lo que en realidad depende del tamaño físico del usuario y del punto exacto de la cintura al que esté agarrado el cordoncito.

Los cordones de seguridad para armas están destinados a otro tipo de funciones, misiones o destinos, como por ejemplo las tripulaciones de las embarcaciones náuticas y de los helicópteros (la razón es obvia). Por cierto, durante la Segunda Guerra Mundial más de un oficial británico fue asfixiado con el cordón de su revólver: lo llevaban sujeto al cuelo, como marcaba el reglamento. Seguramente también habrá ocurrido lo mismo en otros conflictos y con combatientes de otras naciones (la Guardia Civil, durante años, también lo llevó al cuello). 

Dentro de un automóvil, las pistoleras convencionales de cintura casi siempre dejarán el arma a mano. Pero ahora a ver qué funda se utiliza y dónde se coloca, pues aunque el medio sea moderno y oportuno, algunos solo siguen apostando por la comodidad, situando el arma en inaccesibles puntos del contorno de su cintura. Seguimos viendo demasiadas fundas de cuero situadas sobre la musculatura lumbar, donde se ubican los riñones, de ahí el nombre de ‘fundas riñoneras’. Si al menos solamente se usaran durante la realización de servicios de paisano, vale, pero es que muchos uniformados abusan de esto para permanecer plácidos en sus asientos. Personalmente, creo que la colocación del arma en los lumbares solo sirve para ganar ocultación y discreción, amén de nula accesibilidad. Por favor, algunos la llevan entre ambos riñones, en plena la columna. Pero de donde no hay, no se puede sacar. Es lo que hay.

Como norma general, las pistoleras que obligan a que el arma quede inclinada y no paralela a la pierna, dificultan el agarre y desenfunde seguro y natural. El problema aumenta si además están fijadas excesivamente altas, respecto a la cadera. En nuestro país son masivamente entregadas fundas reglamentarias, casi siempre de cuero o cordura, que obligan a portar el arma con una inclinación de hasta en 45º hacía delante (boca de fuego hacia atrás). En tal situación es del todo imposible empuñar el arma con naturalidad, a no ser que se adopte una inclinación del cuerpo muy exagerada hacia delante (estando de pie, claro), cosa imposible de llevar a cabo en el interior de un coche (sentado). Algunos estudios consideran que el ángulo de inclinación máximo debe oscilar entre 20º y 25º.

Cuando se viste con ropaje de calle hay que recurrir a otros fundamentos. Ya sea en horas ajenas al trabajo o prestando servicio en unidades que no lucen uniforme, la forma de llevar el arma no es un asunto baladí, por más que la peña le resbale este tema. Tener una pistola oculta bajo la ropa o en una bolsa, no siempre es garantía de seguridad real, aunque sí otorgue seguridad subjetiva: toda persona armada cree estar protegida. Craso error. Si fuera del vehículo y en posición erguida el arma ya permanecerá oculta bajo varias prendas de vestir, suponiendo esto de por sí una clara traba al desenfunde de emergencia, si encima se está sentado dentro del pequeño habitáculo de un coche, shungo, que decimos en mi tierra. Peor se pone la cosa si la funda posee broches de cierre o sí sobre ella hay que ejecutar complejos movimientos dactilares.

La gente no sabe que no sabe, lo que le hace creer que cualquier cosa sirve para llevar dentro el arma. Algunos piensan que cualquier bolsa de piel servirá, como la que más, enganchada al cinturón. La mayoría de los profesionales armados no ve en la funda más que un contenedor o recipiente, pero hay que ir y ver más allá. Una pistolera destinada a servicios no uniformados debe permitir portar el arma con comodidad y discreción, pero sin desterrar la operatividad. En estos casos, tal vez más que en los otros, también es necesario que el arma quede a mano. Los tres aspectos son perfectamente conjugables: comodidad, discreción y accesibilidad.

La seguridad también ha de contemplarse en este segmento de fundas, pero no es este el aspecto al que más atención hay que prestarle. Cuando una persona trabaja de paisano, el arma, de por sí, no está a la vista de terceros, por más que nuestras pésimas teleseries nos quieran hacer creer lo contrario. Esto ya es, per se, una ventaja en cuanto a seguridad frente al posible hurto. Para colmo, el arma reposará bajo una o más prendas de vestir, cuando no en una bolsa bandolera o de cintura, cerrada con una cremallera u otro sistema. Esto es ya, por sí solo, una barrera de seguridad y protección. Por ello, no siempre será necesario que las fundas empleadas para trabajos de paisano posean varios niveles de retención. Soy partidario, en este caso, de pistoleras con un único sistema de retención pasiva. Ponerle barreras al desenfunde de emergencia, cuando hay que apartar prendas de vestir, puede suponer un peligroso contratiempo. Un hándicap no superable, a veces, ni por el personal medianamente cualificado.

Si la funda es de las llamadas interiores, esto es, aquellas que obligan al arma a ir entre el cuerpo y la cinturilla del pantalón, el sistema de retención por broche se hace prescindible. Casi que sobra, vamos. En estas circunstancias, la pistola suele quedar bien retenida entre la cadera y la propia prende de vestir. Si la pistolera estuviese confeccionada con nylon o cuero no rígido, con serraje u otro tipo de piel, quedará excesivamente inaccesible al tiempo de pretender enfundar. Así las cosas, la funda se cerrará sobre sí misma, una vez haya sido extraída el arma, obligando al tirador a usar la mano débil para abrir con los dedos la boca de la funda, e incluso quién sabe si tendría que meter barriga. Una vez medio abierta la funda, el arma podría ir introduciéndose poco a poco, pero nunca se trataría de una devolución rápida y segura. Sentado en un coche es sumamente complicado hacer todo esto. Prueben, prueben, no me crean sin antes verificarlo. Porque tan importante y vital puede ser sacar la pistola con rapidez, como guardarla a todo tren.

Ahora bien, tanto si se está de uniforme como de paisano y se hacen muchas horas de servicio al volante (escolta conductor, conducciones de presos en viajes largos, esperas, vigilancias, etc.), puede que otro tipo de funda sea más cómoda, práctica y operativa. Las sobaqueras y tobilleras, siempre colocadas en el lado contrario al de la mano fuerte y hábil (los diestros en la parte izquierda), podrían ser muy oportunas. Insisto: para muchas horas de conducción operativa. Además de llevar la cadera más relajada y menos dolorida durante la conducción prolongada, la accesibilidad del arma se antoja más rápida y sencilla desde el tobillo y desde el sobaco.

He llevado dos fundas a la par, estando solamente una de ellas ocupada por la pistola: en la cintura una funda interior de material plástico, de kydex concretamente, y en el tobillo otra con sistema único de retención pasiva, fabricada con el mismo material. Durante algunos viajes (conducción) he llevado la pistola en la pierna, pasándola a la funda de la cintura antes de descender del coche. Con el cinturón de seguridad colocado, siendo conductor, es más rápido y natural desenfundar desde el tobillo que desde la cadera. Para estas situaciones también se presenta como una forma más natural y cómoda, la modalidad de arma cruzada en la cintura (cross draw). Esto implica que el arma va fijada en el lado contrario al de la mano hábil. Su ubicación precisa podría estar desde la cresta iliaca de la cadera hasta la zona inguinal. En cualquier caso, la empuñadura se localiza en dirección al centro del cuerpo. Del mismo modo que puedo aconsejarla para estas situaciones, no puedo hacer lo mismo para portes a pie firme.

Una buena idea es customizar el vehículo, colocando fundas en un par de lugares estratégicos. Esto es más apropiado y aconsejable si se es conductor. Al margen de portar la funda pegada al cuerpo, no viene mal tener otra anclada en un lateral del asiento propio o bajo el volante (para colocar ahí el arma, según las circunstancias de cada momento). Esto permitiría al piloto manejar el vehículo con soltura, mientras el arma permanece a la mano, incluso si el cinturón de seguridad se encuentra enganchado. Llevando desocupada la funda de la cadera, la pistola podría ocuparla en un plis-plas, antes de abandonar del automóvil.

Ante situaciones sospechosas, detectadas desde el interior del coche, no es descabellado desenfundar el arma y colocarla debajo de un muslo con la empuñadura hacia fuera (fácil y rápido agarre). Pero esto tiene dos inconvenientes, y es que si el arma llevara un cartucho en la recámara y los mecanismos de disparo activados en simple acción, se podría dar la rocambolesca desgracia de un disparo involuntario en caso de colisión. Para que esto se produjera, en el interior del arco guardamonte tendría que introducirse accidentalmente algún objeto que hiciera de palanca y presionara el disparador. No es improbable ni fácil, pero factible, por ello lo denomino rocambolesco. Ya ha pasado.

El segundo contratiempo también podría darse si como consecuencia del chocazo el arma fuese proyectada fuera del alcance de su usuario. El arma podía acabar, de esta guisa, debajo del asiento, entre los pedales o incluso fuera del automóvil si la puerta se encontrase abierta en el instante del siniestro. Así sucedió en el archiestudiado tiroteo de Miami, el 11 de abril de 1986 (Miami Shootout). En aquella ocasión, el agente del FBI Richard Manauzzi extrajo su revólver de la funda, colocándolo entre sus piernas al aproximarse al automóvil de los dos sospechosos a los que estaba siguiendo. Ante el inminente tiroteo que se intuía en el ambiente, Manauzzi quiso tener su arma bien a mano. Pero la mala suerte quiso que justo cuando el federal abría su puerta para descender, se produjera una colisión contra el coche de los dos atracadores: perdió el arma durante los casi cinco minutos que duró el enfrentamiento con el resto de federales presentes en la escena. A otro funcionario, iniciada ya la refriega, le pasó exactamente lo mismo (agente John Hanlon). Murieron dos agentes, los dos ladrones de bancos y cinco funcionarios resultaron gravemente heridos. Se cree que fueron consumidos sobre ciento cuarentaicinco cartuchos entre ambas partes (dato que todavía crea controversia), pero Manauzzi fue el único actuante que no pudo disparar ni un solo tiro.

Aunque existe una versión contraria al informe médico-forense firmado por Joe Davis, jefe del servicio médico legal, William Matix, uno de los delincuentes, presentaba los tímpanos reventados, además de seis impactos de bala. El doctor Davis sostuvo que la lesión del aparato auditivo se produjo cuando su compinche disparó, dentro del coche, con un fusil de asalto del calibre 5,56 mm (.223 Rem), acción llevada a cabo justamente ante su rostro. Ojo al parche… y tapón al oído.

Ver el vídeo de una recreación del Miami Shootout: https://www.youtube.com/watch?v=WlSCE88UhyA

En Sin tregua (End of Watch), la película policiaca del director David Ayer (también guionista del film), podemos ver como uno de los agentes del Los Angeles Police Department, el famoso LAPD, desenfundaba su pistola dentro del coche patrulla y la dirige hacia el exterior desde detrás de la puerta del coche, mientras conversaba con un traficante. Destacar que las escenas referidas a tiroteos, así como en general las escenas de manejo de armas y despliegues tácticos, están magníficamente planteadas y planificadas. Por cierto, en otro momento del telefilm le disparan a un agente desde dentro de un coche, durante la identificación del conductor. Muy real.

No solo es potencialmente posible tener que disparar desde dentro del coche, sino que habría que promover el entrenamiento en tales circunstancias. Pero igual que es factible hacerlo, poseer la funda apropiada siempre aporta un plus, una ventaja. Nosotros portamos armas, no las transportamos, en cuyo caso serviría incluso una caja de cartón tirada en el maletero.