martes, 16 de septiembre de 2014

Carta de un polisaurio

Por, José Moreno (funcionario del Cuerpo Nacional de Policía)

¿Qué es y de qué va el libro de Ernesto? Esto ya me lo han preguntado varias veces, quienes saben que lo he leído al detalle. Por supuesto, siempre he respondido, pero hoy te lo cuento a ti. Para empezar, es una bocanada de aire fresco para muchos que estando en tu línea, no tenemos el arte, la capacidad y los conocimientos precisos, para poder exponer ante el gran público. Segundo, y tal vez lo que más me gusta, es una bofetada de realidad para la sociedad en general, aquella que siempre juzga al policía como si de un actor de cine se tratara. Pero no, no somos así: somos padres e hijos, gente normal con un trabajo nada corriente. Tercero: tu obra es un baño de conocimiento para las cúpulas policiales que no se enteran, o no se quieren dar por enterados, de la falta de formación existente y del escaso y a veces deficitario material con el que nos dotan. Otra vez las esquirlas de un proyectil blindado han herido a varios ciudadanos inocentes. ¡Sí, una vez más! ¿Hasta cuándo vamos a estar así?

Te confieso que el lanzamiento de En la línea de fuego: la realidad de los enfrentamientos armados fue una enorme alegría para mí. Pero con el paso del tiempo se ha convertido en una gran decepción, por la actitud de la gente de mi plantilla. Tranquilo, me explico. No lo sé a ciencia cierta, Ernesto, pero calculo que de los aproximadamente ciento cincuenta que somos, solamente dos hemos adquirido el libro. Otros, sobre cuatro o así, de pasada han comentado cosas sobre él, pero se han quedado en un quiero y no puedo. Y el resto, nada de nada: no saben, no contestan y tampoco les interesa. No te llames a engaño, por favor, no todos son unos pasotas. Muchos de ellos son arrojados y comprometidos con nuestra profesión,  buenos compañeros, pero ven la pistola como una fuente de problemas y la tratan con recelo. Algunos ni la tratan. Pero no es de extrañar, cuando los esfuerzos en los diferentes cuerpos van encaminados a asustarnos. Luego, llegado el momento de usarla (quiera Dios que nunca), empezarán los problemas y aflorarán los llantos por la falta de instrucción. Y como queda bien acreditado en tu libro, hasta los que están bien entrenados las pasan putas.


Puede que todo esto suceda porque vivimos y trabajamos en una época floja de delincuencia, aunque a veces parezca otra cosa. Quitando casos muy puntuales, la intensidad de la violencia ha descendido. Abundan las denuncias por el gran descubrimiento del hurto: rinde más que un robo con fuerza en la lechería del barrio o que la sirla a la viejecita de turno…, y filiamos y a otra cosa mariposa. Esto fomenta chorizos educados y policías confiados. Soy de la opinión de que somos lo que nuestro rival sea: en tiempos duros, de choros duros, policías duros. Quien crea que esto no es así, que haga un estudio en Madrid, por ejemplo. Verá diferencias policiales y delincuenciales, en cuanto a perfil y nivel, según los distritos de la ciudad. El espectacular capítulo de tu libro en el que unos compañeros fueron recibidos con ráfagas de fusil de asalto, no debe despistarnos. Es un caso aislado, aunque siempre posible, que en realidad no puede compararse con las oleadas de atracos, de todo tipo, que algunos tuvimos que soportar en las dos últimas décadas del siglo anterior. 




Intentar una conversación en grupo sobre esto es imposible, no interesa a nadie y enseguida salta un bobo ignorante que se carga la tertulia. Te costaría menos trabajo y esfuerzo organizar una carrera ciclista con pago de inscripción, que una jornada sobre tiro policial con la misma cuota de inscripción o incluso sin coste. Es espectacularmente bochornoso. ¡Ah!, y no es por dinero, que algunos montan bicicletas de montaña de tres mil euros o consumen teléfonos móviles de quinientos.

Ernesto, como tú sabes, solicité una publicación de tiro y armamento para que la gente de mi unidad la tuviese a mano y ver, así, si los compañeros se interesaban por los artículos destinados a policías. Pues nada, lo siento, no pude competir con los catálogos de telefonía. Incluso el pasquín publicitario de una pizzería tiene más lectores entre los nuestros. Muchos se confunden, creen que esas cosas son para “rambitos”, pero sin embargo son cositas que les pueden alegrar el día de mañana a ellos y a sus familias. A ver cuándo se van a enterar que los interesados en estos temas no vamos por la vida pegando tiros. Espero que esto cambie con el esfuerzo de gente como tú y otros compañeros comprometidos, pero por ahora aún sois una isla.

ENCOMIABLE TRABAJO RECOPILATORIO DE NOTICIAS REFERIDAS A SUCESOS DE ARMAS EN 1983. Todos los datos los ha obtenido el autor de la carta-artículo de la hemeroteca de "El País". ¡Gracias, Pepe!


Estos dos como ejemplo de tiroteo tipo Alicante Kalasnikov:

jueves, 11 de septiembre de 2014

En tu propio barrio, mientras duermes...

Por, Ernesto Pérez Vera



“En la línea de fuego: la realidad de los enfrentamientos armados”, sigue en la brecha. En numerosos establecimientos se encuentra entre los más vendidos del género (No ficción). Y es que todavía hay quien cree que todo está dicho y hecho y que siempre haremos bien aquello que queremos o debemos hacer. ¡Por favor!, no es lo mismo una silueta de papel inerme e inerte, usada en el tranquilo marco que ofrece una galería de tiro, que un fulano que suda, escupe, amenaza, ataca y avanza de madrugada por una callejuela. Si quieres saber qué pasa por la cabeza de un policía (“Homo sapiens”) cuando debe desenfundar su arma para defenderse, “En la línea de fuego” es tu libro de casos reales y cercanos. Descubre situaciones que viven los policías de tu ciudad, en tu propio barrio, mientras tú duermes.


Hace unos días el fulano en cuestión fue un astado, un morlaco que atacó a un guardia civil en unas fiestas patronales. El agente, ante la embestida de su cornudo agresor, efectuó varios disparos contra la bestia. Tiró con su pistola del calibre 9 mm Parabellum, la cual portaba, como es reglamentario en la Benemérita, cartuchería FMJ/blindada. No le dio. Erró los tiros. ¿Cómo, qué dónde fueron a parar las proyectiles? Al mundo. Dos personas fueron lesionas por restos de los proyectiles. Aunque las lesiones resultaron leves, pues fueron esquirlas de las envueltas metálicas las que ocasionaron las heridas, pudieron ser muy graves e incluso letales. Una (esquirla) impactó en el mentón de una ciudadana, lo que nos lleva a pensar que de haber ascendido unos centímetros hubiera podido producir lesiones oculares muy serias (“Caso Puerta del Sol”, 6 de mayo de 2010). Las esquirlas, obviamente, procedían de la destrucción parcial de los proyectiles, en varios fragmentos, tras impactos previos al lesivo: rebotes. Esto ocurrió con dos disparos. El guardia, por suerte, solamente sufrió contusiones.


En “En la línea de fuego”, Fernando y un servidor (Ernesto) contamos veintidós casos reales de agentes de todos los cuerpos españoles. Policías que, como en el caso sucintamente narrado en el párrafo anterior, fallaron sus disparos en ocasiones, pero que en otros momentos acertaron: unos mataron y otros hirieron. También a ellos les produjeron lesiones de todo tipo y seriedad y con toda clase de armas: fusiles de asalto, escopetas, pistolas, revólveres, machetes, destornilladores, etc.


El libro, editado por Tecnos (Grupo Editorial Anaya), está a la venta en toda España. Si no sabes en qué tienda puedes encontrar tu ejemplar, o lo quieres dedicado por los autores, ponte en contacto con nosotros.

viernes, 5 de septiembre de 2014

ARMADO O INERME, ¡HE AHÍ LA CUESTIÓN!

Por, Ernesto Pérez Vera


Ir o no armado en horas ajenas al servicio es una opción voluntaria, un derecho, que tienen los integrantes de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad, amén de otros funcionarios reglamentariamente habilitados para portar armas. Hablamos, obviamente, de aquellas personas que poseen la licencia de armas tipo A. Pero en la práctica esta circunstancia no es muy secundada entre los cientos de miles de españoles que pueden, legalmente, circular por todo el territorio nacional con un arma bajo la ropa (seguimos refiriéndonos a los titulares de la tipo A). Sin embargo, este derecho a armarse es, para otros tantos miles de ciudadanos, un anhelado sueño casi inalcanzable. Hablamos ahora de la licencia tipo B, la que sigue a la anteriormente reseñada en el orden epigrafiado en el vigente reglamento de armas. Quienes pueden llevarlas no siempre quieren hacerlo y quienes no pueden hacerlo quieren llevarlas, cuando menos curioso. Esto es muy habitual en otros muchos frentes de la vida cotidiana.


Sin duda alguna, armar a la población civil es siempre un tema muy controvertido. Pero estos párrafos no versarán sobre este asunto. Como apunta el propio nombre de la sección que nos ubica (periódico Armas.es edición impresa y on-line), vamos a hablar de los profesionales armados. No obstante, someramente serán mencionados casos de particulares que ejercieron su defensa física a tiro limpio, ante casos de grave riesgo para sus vidas o las de terceros. En numerosos artículos firmados por este autor, y otros (Cecilio Andrade, por ejemplo), ya se ha citado esta frase: Mejor llevarla y no necesitarla, que necesitarla y no llevarla. Aunque la mayoría de las intervenciones policiales que se realizan, tanto dentro del servicio como fuera del mismo, no requieren del uso de armas, hoy todos comprenderán un poco mejor el porqué de esta máxima de origen romano.

Ya se señaló antes, la inmensa mayoría de policías y militares no se hacen acompañar de un arma de fuego en las horas ajenas al servicio. Quienes están en el ajo, como yo lo he estado, lo saben bien. También sabemos que los que optan por llevar un arma en sus horas libres suelen ser criticados, a veces con saña, por sus propios compañeros y mandos. Muchos son los que creen, no solo dentro de la propia comunidad policial sino también en extramuros, que quienes deciden ir armados lo hacen porque tienen miedo a recibir el ataque de delincuentes ansiosos de justicia vengativa. No hay duda de que esa es, o puede ser, una de las causas por las que algunos agentes se protegen con armas de fuego cuando no están prestando servicio. Es legal y sensato. Aun así,  no es infrecuente oír comentarios hirientes y jocosos contra quienes siguen este camino. Esto quizá resulte chirriante a los lectores que no viven bajo la gorra, tras la placa y sobre las botas, pero el resto sabemos que es una verdad muy verdadera.


Pero lo cierto es que a veces incluso algunos integrantes del colectivo policial obvian, en ocasiones por sangrantes y palpables carencias formativas y otras muchas veces por maldad y vagancia, que deberán llevar a cabo sus funciones con total dedicación, debiendo intervenir siempre, en cualquier tiempo y lugar, se hallaren o no de servicio, en defensa de la ley y de la seguridad ciudadana” (los militares con licencia A están exceptuados en esto). Esta frase, ya casi manida, no está construida por uno que pasaba por aquí. Literalmente es, que no es poco, el artículo 5.4 de la Ley Orgánica de Fuerzas y Cuerpos de Seguridad 2/86, de 13 de marzo. Vetusta ya, sí, pero en vigor hoy en día si bien requiere de un repaso remodelador (una norma nueva que la derogue). Pues bien, a tenor de la anteriormente textualizado se debe entender, porque no tiene más vuelta de hoja, que si una ley orgánica obliga a los policías a perseguir delitos incluso en el ámbito de su vida personal o privada, qué menos que el legislador que compele deje abierta al funcionario la posibilidad de protegerse, llegado el caso, en tales circunstancias francas de servicio.

Más de un policía ha deseado tener la pistola en la mano, y no en la taquilla o en el cajón de la mesita de noche, el día que casi sin darse cuenta intervenía en una riña, robo, infracción de tráfico, etc., y todo se tornaba en su contra hasta finalizar herido o amenazado seria y gravemente. Casos de estos tenemos muchos en España. En En la línea de fuego: la realidad de los enfrentamientos armados, obra editada en abril de 2014 por el Grupo Anaya Editorial (Tecnos), y firmada por este servidor y Fernando Pérez Pacho (psicólogo clínico), damos a conocer al público veintidós casos reales de policías de todos los cuerpos españoles que se enfrentaron a delicadas y sangrientas situaciones a vida o muerte. Pues bien, dos de los casos describen sucesos muy cercanos en el tiempo en los que dos agentes fueron asaltados con armas en horas de no servicio (cuerpos y localizaciones geográficas distintas). Ambos resultaron gravemente heridos. Los dos pasaron por quirófano. Uno recibió a quemarropa un impacto de bala en una pierna y el otro fue ensartado con un destornillador, a la par que recibía puñetazos mientras era inmovilizado por un tercero (dos atacantes). ¿Que si estos agentes portaban armas de fuego…? Solamente uno de ellos. El inerme se hacía acompañar de varios compañeros más, pero ninguno portaba pólvora en ese instante. El otro sí, y además estaba muy entrenado en su manejo: hirió en un hombro a uno de los malhechores y acabó con la vida del otro mediante un impacto en la cabeza. Ambos atentados se perpetraron a la distancia de contacto físico.


En España existen sobre unas diez mil licencias de armas tipo B. La deseada, como yo la llamo. Esta es la que habilita a su titular a portar un arma corta para autodefensa. Para que sea concedida se han de cumplir varios requisitos reglamentariamente establecidos, pero el primer escollo a salvar por la mayoría de quienes la codician es la justificación. Aquí no vale decir que se es víctima potencial de un robo violento, esto es algo inherente al cien por cien de los animales de nuestra especie (posiblemente también al de todas las especies). Hay que argumentar y acreditar un plus, un riesgo extra. La tipo B es la que podrían poseer, por ejemplo, joyeros, jueces, fiscales, funcionarios de prisiones, empresarios amenazados por bandas terroristas (u otras), policías jubilados, etc., siempre que la necesidad de armarse se justifique con objetividad (del mismo modo será valorada la causa por la autoridad pertinente). Es la que puede ser concedida a cualquier español mayor de edad, carente de antecedentes penales, si demuestra encajar en un perfil de alto riesgo de secuestro u homicidio en virtud de su profesión, estatus social, nivel empresarial o incluso en atención a causas muy concretas y particulares. La población se sorprendería al saber la cantidad de políticos, artistas y famosos que se encuentran en posesión de dicha licencia. Eso sí, aquí no se regala nada, el que la tiene concedida seguro que ha podido demostrar que se haya ante una imperiosa necesidad. Pero dicho todo lo anteriormente referido a esta licencia, hay que significar que todos los que cuentan con ella no necesariamente tienen un arma guiada amparada o asociada a la misma.


Vamos a recordar algunos casos más. El 16 de febrero de 2013, en Madrid, un  joyero disparó varias veces a corta distancia contra dos atracadores. Los delincuentes llevaban consigo armas blancas, además de otras de menor lesividad (gas lacrimógeno y aparatos de descarga eléctrica). Ambos sujetos acabaron recibiendo varios disparos, resultado uno de ellos herido de mayor gravedad que el otro. Aquí se dio una situación de defensa ciudadana dado que el tirador era un particular que, amparado por la licencia B (no miembro de las fuerzas del orden), portaba un arma corta para su defensa. Merece la pena destacar un caso de legítima defensa llevado a cabo con una escopeta, lo que implica que el arma, en principio, no estaba legalmente destinada a tal fin. El incidente se produjo en marzo de 2009 en la provincia de Almería. Un empresario fue tiroteado en su propia oficina por dos varones adultos. Estos, minutos antes, habían exigido al empresario cierta cantidad de dinero. Como quiera que la víctima tenía una escopeta de caza en su despacho, y visto que desde el exterior disparaban en su contra con una pistola a través de una ventana, esta persona se defendió y sesgó la vida del pistolero. La cosa no acabó ahí. El otro delincuente también falleció cuando iba a apuñalar a un sobrino del empresario atracado. Aunque la víctima fue procesada por estos hechos, en agosto de 2013 el Tribunal Supremo la absolvió de sendos homicidios. El Alto Tribunal apreció la eximente completa de legítima defensa.


El 20 de junio de 2013 tres agentes municipales de Madrid, que se encontraban fuera de servicio, fueron tiroteados. No llevaban consigo ni armas reglamentarias ni particulares. Los funcionarios, según la versión digital del diario El Mundo de ese mismo día, «oyeron gritos sobre el robo de un piso de la zona de Cuatro Vientos. […] Corrieron tras los tres sospechosos, que habían salido de un portal momentos antes. En ese instante los tres ladrones empezaron a correr. Uno de los agentes llegó a agarrar al último y lo inmovilizó en el suelo, cuando otro de los ladrones lo vio, se paró y, con sangre fría, comenzó a caminar hacia el policía mientras montaba su pistola. Esos segundos que tardó en cargar el arma fueron suficientes para que el agente soltara al sospechoso que tenía atrapado y se protegiera tras una furgoneta. El ladrón disparó al menos una vez, pero no le alcanzó. Después, los tres ladrones siguieron con su huida hasta llegar unos metros más lejos, donde les esperaba un coche en marcha en el que se fugaron. Poco después el lugar estaba lleno de policías y curiosos».  No me resisto a repetirlo: Es mejor llevar el arma y no necesitarla, que necesitarla y no llevarla.


Por último, el 30 de junio de 2014, sobre las 20:00 horas, un agente jubilado del cuerpo de policía autonómico catalán, Mossos d´Esquadra, recibió dos impactos de bala cuando trataba de impedir un atraco en el supermercado en el que se encontraba realizando unas compras (tres ladrones). Ya no tenía obligación de actuar, pero sí derecho a detener como particular (artículo 490 de la Ley de Enjuiciamiento Criminal). El veterano expolicía resultó gravemente herido por uno de los dos balazos que alcanzaron su cuerpo (uno lo rozó). Merece la pena destacar que este aguerrido policía retirado tuvo hace unos años un enfrentamiento armado (cuando se hallaba en situación de activo) del que salió airoso… pero no la otra parte. También hay que señalar que este hombre fue, mientras poseyó la licencia A (el propio carné profesional), portador a tiempo completo de un revólver particular. A fecha del incidente en el que resultó herido carecía de licencia de armas. En circunstancias similares se vio en Sevilla, el 31 de octubre de 2008, un inspector jefe del Cuerpo Nacional de Policía (en activo). Este, al igual que el anterior, trató de detener a dos atracadores armados en el interior de un supermercado Al contrario que el mosso, este sí tenía la obligación legal de intervenir. En el caso hispalense, el funcionario se encontraba en unión de su esposa. Igual que el policía catalán, este hombre recibió un impacto de bala en el vientre, solo que al ir armado con un revólver supo y pudo repeler la agresión: el bueno sobrevivió y el malo falleció.

Sirvan estos párrafos como homenaje a este mosso retirado, así como a todos aquellos que optan por ir armados en aras de mejorar cualquier intervención policial en la que se vean obligados a intervenir durante la realización de tareas domesticas o familiares, en la esfera de sus quehaceres particulares. Valga también de tirón de orejas para los propios miembros de la comunidad policial que critican a quienes de tal modo se comportan. Hay mucho tóxico suelto.■ 

miércoles, 20 de agosto de 2014

Civiles muertos por la Policía "vs" policías asesinados por civiles: hablamos de USA

Por, Ernesto Pérez Vera


Entre 2000 y 2012 fueron asesinados en Estados Unidos 783 agentes de policía en el curso de acciones profesionales. Contra la mayoría fueron empleadas armas de fuego, principalmente cortas, aunque también largas, contundentes, blancas y otras circunstanciales. Los datos se han obtenido tras estudiar los informes anuales que el Federal Bureau of Investigation (FBI) emite, los cuales han quedado plasmados en numerosos artículos publicados en este mismo blog.



La información hecha pública por el periódico norteamericano USA Today, en agosto de 2014, es alarmante: 400 personas caen al año por las balas de la Policía. Que muchas sean  menores de edad, pone los vellos de punta (el 26,7%, la mayoría afroamericanos). Son, sin duda, muchas vidas sesgadas. Pero, ¿son demasiadas? Sí, seguro que sí. Por cierto, ¿con cuántos años se alcanza allí la mayoría de edad? Pues depende, existen varias franjas, según el estado y la causa que obligue a determinar la edad de la persona. Para conducir vehículos a motor parece que 16 es la estándar. Pero para votar se fija una edad de 18 años, la misma que para obtener una licencia de arma larga; siendo 21 la mínima para poder beber alcohol en establecimientos públicos o portar armas cortas con licencia. La cosa es que el titular de prensa no exponía que aquellos menores tenían menos de 21 años, lo que puede significar, como así es en la inmensa mayoría de ocasiones, que los abatidos por las fuerzas de seguridad tenían entre 18 y 21. Todos pensamos de inmediato en niños impúberes brutalmente tiroteados por los funcionarios, pero cuando se inicia la lectura del medio en cuestión se descubre otra cosa.



Pero existe otra realidad, la media de 65 agentes muertos al año a manos de atracadores, traficantes de drogas y personas, infractores de tráfico, borrachos, toxicómanos, enajenados, etc. Del mismo modo, hay que significar que no pocos policías han muerto en estos 12 años (los expuestos en cifras) por acciones deliberadas llevadas a cabo por jóvenes de incluso 15 años. Uno de estos agentes, no recuerdo en este momento fecha y lugar exacto, fue asesinado por un menor en una gasolinera. El policía, que se hallaba franco de servicio, estaba repostando su vehículo particular tras finalizar su jornada laboral. En esas estaba el agente cuando varios jóvenes menores de edad decidieron atracarlo: le pegaron un tiro. En España, es sabido por todos que muchos de los más execrables crímenes cometidos en los últimos años se han perpetrado por personas de 14, 15 y 16 años. A estos, a los malvados menores ibéricos, casi todo el mundo ha querido colgarlos del palo mayor y exhibir sus cuerpos cual cimbel justiciero, pero a los policías gringos ya he detectado por ahí como los despellejan por defenderse de personas armadas, independientemente de las edades que tengan.

Cantan los números:

Año 2000: 51 agentes asesinados
Año 2001: 70 agentes asesinados (más 71 en las Torres Gemelas, el 11 de septiembre)
Año 2002: 56 agentes asesinados
Año 2003: 52 agentes asesinados
Año 2004: 57 agentes asesinados
Año 2005: 55 agentes asesinados
Año 2006: 48 agentes asesinados
Año 2007: 58 agentes asesinados
Año 2008: 41 agentes asesinados
Año 2009: 48 agentes asesinados
Año 2010: 56 agentes asesinados
Año 2011: 72 agentes asesinados
Año 2012: 48 agentes asesinados



martes, 19 de agosto de 2014

INSTRUCTOR DE INSTRUCTORES DE TIRO POLICIAL

Por, José Riera

“PARA TENER ENEMIGOS NO HACE FALTA DECLARAR UNA GUERRA, SOLO BASTA DECIR LO QUE SE PIENSA” (Martin Luther King).


En los últimos años, el abanico de cursos de Instructor que están aflorando de diferentes materias y disciplinas es muy grande. Unos están homologados o avalados por algunos de los ministerios del Estado, otros por órganos de las comunidades autónomas, otros por universidades, entidades locales,  sindicatos, empresas,  academias o incluso institutos de carácter privado, etc., tanto de carácter nacional como internacional.

Pero nos vamos a centrar, aquí y ahora, en los cursos de instructor de tiro. Pero no cualquier tipo de curso de instructor de tiro, sino en los cursos destinados a formar instructores de tiro policial, tiro destinado a los integrantes de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad (FFCCS). Cursos en los que se otorga a quien lo realiza y supera, un diploma, un título que habilita a su titular para instruir a policías en el ámbito del tiro (difícil no superarlo, cuando has abonado una buena cantidad económica por realizarlo). 

Echando la vista atrás y haciendo un poco de historia autóctona, no hace mucho tiempo quienes instruían y ensañaban a sus compañeros de plantilla todo lo referente a armamento y tiro, eran policías veteranos aficionados a las armas, que amén de su pasión por el tema, leyeron algún libro o artículos traducidos de algún americano o británico (llámese Applegate, Weaver, Cooper, Standford, Fairbairn, etc.); empezando a transmitir, en las líneas de tiro, lo que humildemente habían aprendido o creído aprender. También podía adoptar esta función aquel compañero que había estado destinado en alguna unidad especial, por lo que se le presuponía mayor conocimiento y destreza en el manejo de las armas (esto aún sigue pasando).


En la actualidad, los 2 cuerpos estatales, y al menos 3 de  las 4 comunidades autónomas que tienen creado un cuerpo policial propio, disponen de un área o especialidad en armamento y tiro, y son estos quienes forman a sus instructores de tiro, de entre los miembros de sus respectivas plantillas que soliciten realizar dicho curso y, obviamente, lo superen. Estos serán, una vez obtenida la correspondiente titulación, quienes formarán a sus compañeros, dirigiendo las tiradas y ejercicios reglamentarios que se establezcan, y quienes instruirán a los alumnos de nuevo ingreso en sus academias.

En las policías locales la oferta se dispara. Hay academias que ofertan el curso de instructor de tiro para los policías pertenecientes a dicha  comunidad autónoma. Incluso las hay que lo realizan a través de lo que han denominado itinerarios (suelen ser entre 3 y 4 cursos, cada uno con un nombre diferente, en función de su contenido, siendo necesario empezar por el primero y si no se supera no es posible optar al siguiente nivel, de manera que para llegar al de instructor de tiro se han tenido que realizar varios). Y hay academias que simplemente no lo ofertan, o dejan que entidades como sindicatos o ayuntamientos lo organicen y realicen… para ellas homologarlos (normalmente las academias de los policías locales dependen de las respectivas comunidades autónomas, y todos los policías de los municipios que pertenecen a una misma comunidad autónoma  pasan por el mismo centro de formación).

Hecha esta pequeña introducción, vamos a entrar en materia. Y la materia no es otra que ¿quién decide y cuáles son los criterios para capacitar a un instructor de tiro policial para ser instructor de instructores de tiro policial? Vamos, para formar a futuros instructores. Y más aún, ¿qué es lo que hay que impartir y exigir a los aspirantes a instructores de tiro para policías, para poder acceder a realizar este curso?


La problemática radica en que no hay nada regulado al respecto de manera oficial. No hay una normativa que regule por igual a todos los instructores de tiro de la Policía. La seguridad pública no tiene ninguna normativa que regule este ámbito, algo que sí que ocurre con el título de Instructor de Tiro del personal de seguridad privada, el cual está regulado por el Ministerio del Interior.

Ø  ¿Quién decide quién está capacitado y cuáles son los criterios para capacitar a un instructor de tiro policial para ser instructor de instructores de tiro policial?

La realidad es que salvo en las academias estatales y autonómicas que se mencionaron anteriormente, por ser algo oficial que se organiza dentro del cuerpo, nadie lo decide.

Cualquiera que tenga el titulo de instructor de tiro y cuente con el beneplácito de alguna academia de formación de policías locales, de un sindicato, ayuntamiento, etc., puede organizar e impartir un curso de instructor de tiro policial. Y si alguna entidad lo homologa, se reúnen los policías suficientes para que sea viable, previo desembolso de estos últimos del coste que se le haya puesto al evento, adelante (salvo en los cursos que salen en el plan anual de formación de las academias policiales, que suelen ser gratuitos).


Esto es lo que hay, unos por su cuenta dentro de sus respectivos cuerpos, y otros por libre, sin unificación de criterios por parte de nadie. Pero esto no es lo que debería de ser. Si para ser instructor de tiro de policías hay que realizar un curso de instructor, para poder impartir dicho curso habrá que  realizar previamente un curso que habilite a su poseedor como instructor de instructores. 

¿Qué es lo que tendría que ser?
Lo primero sería determinar qué capacidades, cualidades y aptitudes, tanto en la materia en cuestión como pedagógicas, debería de tener un instructor de instructores. Si se sabe mucho sobre este campo pero no se sabe  transmitir, es decir, no llega el mensaje con total claridad y con el máximo de opciones para que el futuro instructor tenga amplitud de recursos y herramientas donde poder recurrir; o si se es un transmisor excelente, pero no se saben contestar o darle solución a las preguntas y dudas prácticas, tácticas o técnicas que se planteen, no se debería otorgar a ningún instructor de tiro policial la habilitación para formar a futuros instructores.

Lo segundo sería la selección de los más óptimos. No nos olvidemos que estos instructores serían quienes formarían a los instructores que, a su vez, acabarán instruyendo a las FFCCS desde sus respectivas academias, unidades o plantillas.


Esta tarea no sería nada fácil, pero sí necesaria. Habría que empezar por los meritos que ostenta cada instructor aspirante para ver quiénes son los más preparados, por la formación recibida hasta el momento, dónde y cuándo se han formado, cuántos años  llevan practicando y entrenando el tiro policial, estudiándolo y documentándose; cuánto tiempo llevan ejerciendo la docencia,  si siguen formándose y si tienen afán por seguir aprendiendo e investigando. Que sientan y crean en lo que hacen, porque ello les llevará a preocuparse por los que patean la calle día a día, de forma que lo que transmitan pueda servir llegado el fatídico momento, por nadie deseado, de tener un enfrentamiento armado donde peligre la supervivencia. Que sean capaces de desechar técnicas y tácticas obsoletas que pueden dificultar la supervivencia. Deben ser conscientes de que se forma a policías y no a tiradores deportivos. Tienen que ser capaces de ajustar los ejercicios y entrenos a como se trabaja en la calle, para así poder trabajar como se entrena. ¿Quién no conoce instructores que siguen anclados en los años de las cavernas…?
Estamos hablando, en todo momento, de enseñar a enseñar. Y recordemos que aquí todo NO vale, porque hay técnicas que no van a servir. Y si de antemano ya se sabe… lo mejor es no enseñarlo.


En muchos países, incluido el nuestro, como ya se ha mencionado anteriormente, esta habilitación es otorgada por haber prestado servicio en ciertas unidades especiales, o por haber estado en zona hostil en tal o cual guerra y transmitir las experiencias vividas para sobrevivir. Está bien, pero estos instructores deberían pasar por el filtro de lo mencionado en el párrafo anterior.
Para poder llevar todo esto a buen puerto, sería necesaria la creación de un órgano que regulase, dirigiese y coordinase todos estos criterios y, además, lo hiciese de manera oficial con un registro de todos los instructores de España. El símil sería un colegio oficial profesional, que no una asociación, donde hubiese una junta de gobierno, unos estatutos, una comisión deontológica y de formación, y que cada miembro tuviese un documento oficial o acreditación con su número de instructor, etc. Pero algo con más rango que un colegio  y con un carácter estatal, con sus respectivas descentralizaciones en las comunidades autónomas.
Desde este órgano, además de establecer los criterios de selección, se desarrollarían los planes de tiro, entrenamientos y ejercicio formativos, mirando por la naturalidad y dejando de lado la rigidez,  ajustándose a la realidad que los policías viven en la calle. Se deberían utilizar métodos objetivos para ver qué sirve y qué no, a base de probar y probar, ensayo tras ensayo, utilizando munición no letal, y sirviéndose de la ciencia con criterios uniformes para todos los policías; porque todos los que patean la calle y llevan en su cinto un arma de fuego, independientemente del color del uniforme que vistan, van a tener siempre dos cosas en común: ante un enfrentamiento armado, donde peligre la supervivencia del policía, debajo del uniforme siempre, y me reitero, va a haber un ser humano, el cual si ha logrado sobrevivir va a tener que comparecer ante la autoridad judicial.
Ø  ¿Qué es lo que habría que impartir y exigir a los aspirantes a instructores de tiro para policías, para poder acceder a realizar este curso?


En este curso, de lo que se trata es de enseñar al futuro instructor a enseñar a instruir, a transmitir todos los conceptos que ya conoce y que se le van a ampliar, y aprender e interiorizar conceptos, tácticas y técnicas que aún no sepa para poder transmitirlas.
Nadie está en posesión de la verdad absoluta, pero un instructor debería saber manejar con destreza, como mínimo, las armas cortas más habituales portadas por nuestras FFCCS, enseñar y corregir; al igual que manipular las escopetas de corredera y los fusiles y subfusiles más comunes. Pero también debería dominar técnicas para enseñar y corregir empuñamientos, extracciones de la funda y las tan olvidadas transiciones negativas, o sea devolver el arma a la funda colocándole a esta los broches y seguros de la forma más rápida y eficaz posible, encarar el arma desde las distintas posiciones, alinear elementos de puntería y saber cuando no se podrán tomar, posiciones de tiro, las diferentes guardias cuando el arma esta fuera de la funda, condiciones de porte del arma y sus ventajas e inconvenientes, tiro apuntado, tiro dinámico saliendo de la línea de agresión en cualquier dirección, tiro tras parapeto, desde vehículo, etc., etc., etc. Pero sobre todo se deberían enseñar los recursos para tener las máximas posibilidades de sobrevivir en un enfrentamiento armado, partiendo de las reacciones innatas a nivel fisiológico y psicológico, a las cuales nadie va a poder renunciar y van a condicionar los primeros instantes de la intervención. Conocer la normativa legal en lo referente a materia de armas, todas las medidas de seguridad y sus porqués, la balística y la cartuchería y su nomenclatura, el montaje y desmontaje de las armas más comunes mencionadas más arriba, etc. Sí, no es un error, no se ha nombrado el tiro instintivo.
Si se siguiese con la enumeración de lo que debería dominar un instructor de tiro policial, se podría aburrir al más apasionado lector.


Y dicho todo esto que resulta tan utópico, pero que desde mi punto de vista es lo que tendría que ser, hemos llegado a donde se pretendía: y es el ser instructor de tiro policial a través de estos cursos impartidos por profesores a los que nadie ha otorgado tal capacitación. Donde nadie ha exigido a los policías aspirantes haber cursado un mínimo de formación en este terreno, demostrar destreza, conocimientos, habilidades y cualidades en la materia. En definitiva, lo que se conoce en otro ámbito como “horas de vuelo”. Se solicita el curso, se realiza el correspondiente ingreso en la cuenta bancaria… y a cursar.
Esto qué implica, que se presentan a dichos cursos policías con poca o nula destreza en el uso y manejo de las armas, a sabiendas del profesorado. No se puede estar enseñando cómo se empuña un arma de fuego, cómo se alinean elementos de puntería y, más aún, cuál es el ojo director o maestro. En un curso para ser instructor de tiro policial NO se deben enseñar estas cosas, ya deben llegar aprendidas.
Sí, señores, sí. Esto ocurre, ha ocurrido, está ocurriendo y tristemente ocurrirá. Se enseña lo que ya se debería de saber, lo que se debería haber aprendido en la academia como agente de nuevo ingreso o en un curso básico de tiro policial. Inflan, agobian, acobardan y duermen al aspirante a instructor con una legislación de primero de academia. Algo sabido por todos, y si no se sabe, además de ser algo muy penoso, el usuario puede coger su teléfono móvil, o si no dispusiese el de su compañero, y preguntárselo al señor Google.



Se insiste en medidas de seguridad, seguridad, posiciones, posiciones y más posiciones, muchas de ellas solo válidas para el tiro deportivo. Movimientos únicamente hacia adelante y hacia atrás, como si se caminase en raíles, algo que dificultará la supervivencia del policía porque no sale de la línea de fuego del supuesto agresor. Se disparan varios cartuchos con alguna escopeta de corredera, rifle de cerrojo para caza mayor, subfusil o con el vetusto Chopo (el Cetme, para quien no ha sido militar o no hizo el servicio militar).

Y pese a ser importante el tema de las armas largas, al disponer de pocas horas para transmitir tanta información, ¿no sería más interesante enseñar a desmontar y a dejar aseguradas este tipo de armas, y sobre todo la escopeta del 12, al ser ésta el arma más común en la mayoría de domicilios españoles que poseen armas, y que un policía se puede encontrar en cualquier servicio por rutinario que este sea, y dedicar más tiempo a lo que siempre lleva un policía en su cinto? Sí, la pistola (revólver aún en demasiados casos, además de muy vetustos), el arma corta: licencia tipo A, 1ª categoría del vigente reglamento de armas.

Un músico que ha pasado varios años en el conservatorio,  acudiendo a clases particulares y tocando (entrenando) a diario, no tiene  por qué saber tocar todos los instrumentos. Esto ocurre con los instructores de tiro policial, pero el arma corta debería de ser para el instructor lo que el solfeo para el músico. 


Pero la guinda en estos cursos la pone el último ejercicio del curso: un recorrido al más puro estilo IPSC o tiro deportivo dinámico. ¿Qué incertidumbre hay en este ejercicio? ¿Qué parecido tiene con la realidad? La mayoría de las intervenciones policiales en las que puede que tengas que hacer uso del arma de fuego, no son deseadas ni buscadas. El estrés es real y es un estrés de supervivencia, mientras que en un recorrido deportivo el estrés es el que te marca el protimer  y el meterlas dentro de la ficha o tumbar el popper.

¿Y esto por qué se hace?  Porque muchos de estos instructores proceden del ámbito deportivo, algo muy respetable y ante algunos para descubrirse, pero que en muchos casos dista totalmente de la realidad que viven los policías (muchos lo saben y lo dicen, lo que les honra, pero otros miran hacia otro lado). Los hay que imparten el curso con sus pistolas de competición, acompañadas de fundas “galácticas”, y cuando todos ya han realizado el ejercicio, lo ejecutan ellos. ¡Por favor!

No se puede ir a un curso de instructor de tiro policial para que te enseñen lo básico. Es un engaño, podría ser hasta una estafa, pero como no hay nada regulado y como se suelen consumir (quemar munición) una media de 700 cartuchos en 70 u 80 horas, pocos policías aspirantes a instructor se quejan: tiran más que posiblemente en años y encima obtienen un titulo que les habilita para instruir.

Pero con estos futuros instructores, cuando sean ellos quienes impartan un curso de tiro policial (si no se han formado posteriormente), podría ocurrir lo que muchos definen como: más de lo mismo, vender humo y más humo. Mucho humo. Dudo que  muchas de las capacidades, conocimientos, aptitudes y cualidades que se enumeraron anteriormente, se puedan adquirir participando en este tipo de cursos.



Incluso hay veces que a estos cursos se lleva, a modo de relleno (como si no hubiese materia), a un juez, magistrado o fiscal. Sí, es muy positivo que la judicatura conozca la realidad del policía, pero en estos cursos no la ven ni de lejos; además de que acuden en calidad de docentes a explicar el artículo 15 de la Constitución Española, el 5.2.d de la LO 2/86 de Fuerzas y Cuerpos de Seguridad, el 20 del Código Penal, en concreto el 20.7 y nombrando de pasada el 20.4 (esto daría para un extenso monográfico, hablando también del miedo insuperable del 20.6). Estos juristas también suelen  comentar sentencias que, a la par que interesantes y curiosas por el resultado del fallo, lo que hacen es meter más miedo a la hora de utilizar las armas de fuego, por el enfoque que se les da. En definitiva, concurren para explicar lo restrictiva que es la legislación española con el uso de las armas de fuego por parte de la Policía. ¿Por qué no se lleva a un médico forense junto con un neurocientífico?, alguien que diga, con datos objetivos y desde el lado de la ciencia, que la coletilla la fuerza mínima imprescindible no se va a poder controlar siempre. Pero no porque el policía no quiera (ya que siempre mira de reojo al poder judicial), sino porque en una situación en la que peligre la supervivencia en el cerebro va a surgir el instinto de conservación. A estos instintos no les importan las reglas, únicamente les importa sobrevivir. En estos casos se produce una respuesta programada filogenéticamente, reactiva y defensiva. Y sí, los policías saben que el último ratio de la fuerza a emplear es el arma de fuego, pero hay que explicar que en esas situaciones van a sufrir unas reacciones a las cuales no van a poder renunciar y que van a modificar, en los primeros instantes vitales para la supervivencia, su comportamiento tanto a nivel conductual como morfológico. Esto hay que explicarlo, fundamentarlo y decir los porqués, y no nombrar a la señora amígdala, el señor tálamo y los parientes cercanos, pareciendo que ya está todo dicho.

Los miembros de la judicatura deberían ser invitados a conocer esta parte sobre las reacciones del policía. He de decir, haciendo honor a la verdad, que no puedo generalizar con todos los miembros del mundo judicial: desde el ámbito universitario, con la colaboración inestimable de un doctor en Neuropsicología y una doctora en Psicología, reunimos a un grupo reducido de jueces y magistrados a los que se les transmitió de una forma muy didáctica las reacciones que sufren los policías ante situaciones de supervivencia. Y lo vieron y entendieron muy claramente. Es un comienzo.

Se supone que los instructores de tiro son quienes deben realizar los planes de tiro de sus respectivas plantillas o unidades, pero en estos cursos solamente se les enseña a dirigir una línea de tiro, una línea de tiro donde priman la puntería, la técnica y la seguridad. ¿Pero seguridad para quién, para el instructor o para el instruido?, porque a quién no le vienen a la mente disparos o descargas negligentes por un mal manejo del arma de fuego, por una nula o pésima instrucción.


Es el instructor el que decide qué ejercicios hacer y cómo gastar la munición de la que se dispone, oyéndose en muchos casos la decepcionante frase ¿qué hacemos hoy?

El motivo principal de que todo esto ocurra es que el fin primordial del curso no es enseñar, para que luego los nuevos enseñen, sino que es el monetario, amén del afán de protagonismo. Quizá un curso de formador de formadores de manera oficial, como se comentó en párrafos iniciales, fuese la solución a todo este libre albedrio.
Si los cursos de especialización de los 2 cuerpos estatales y las policías autonómicas, como son los de las unidades de orden público (UIP, GRS, Brigada Móvil…) tienen una duración de entre 5 y 10 semanas, y los de las unidades de intervención (GEO, UEI, GEI, Berrozi….) tienen una duración de entre 5 y 9 meses, y no se otorga a los policías que lo realizan la condición de instructor, es decir, que estos policías no van a enseñar posteriormente a otros, algo falla en el tiempo destinado a estos cursos de instructor de tiro policial.

En los cuerpos estatales y autonómicos tienen una duración de entre 1 y 3 meses, en el mejor de los casos, y de 80 horas aproximadamente en el resto de cursos de instructor referenciados (que no se  malinterprete que la duración de los cursos de las unidades que se han nombrado es excesiva, al contrario son unidades que  no pueden dejar de entrenar y para las que es necesaria una formación continuada).



Seguro que todos recordamos al entrenador de la película Rocky, ¿verdad? Aquel señor mayor que le enseñaba detalles y conceptos de cómo cubrirse, cómo y cuándo utilizar una guardia u otra, cómo moverse, etc. Un formador de instructores tendría que ser esa persona que  ensañase esos detalles a los futuros instructores, para que formen posteriormente a sus compañeros de armas. Porque hasta que el boxeador (por seguir con el ejemplo de la película, pero podría ser cualquier otra disciplina o arte marcial) no está preparado no sube al ring. Y para estar preparado previamente ha estado horas y horas todos los días en el gimnasio, habiendo pasado por diferentes esparrings… y así sucesivamente hasta llegar a una pelea. Así, pelea tras pelea. Pero con estos cursos de 80 horas de vuelo, ya se sube directamente al ring. ¡Venga ya!

Un médico está como mínimo 6 años en la Universidad, con sus respectivas prácticas, y 4 años más en un hospital haciendo el MIR (más prácticas). Y todo esto se hace porque están tratando con personas, y cuando cogen sus herramientas de operar, o hacen diagnósticos, no se pueden equivocar. A esos médicos les enseñan profesionales que han sido los números unos de la promoción, investigadores, catedráticos, con muchos años de experiencia.

¡Qué casualidad! A los policías les pasa lo mismo que a los médicos: cuando emplean la fuerza no se pueden equivocar. Y cuando hablamos de la fuerza del arma de fuego, nuestro bisturí, no hay error que valga que uno se pueda permitir. Pero hay una gran diferencia cualitativa y cuantitativa entre la formación que reciben ambos: a muchos policías les enseñan profesores que no han acreditado la capacitación que se requiere para la transmisión de los conocimientos que los policías necesitan para operar en el quirófano de la calle con garantías de supervivencia, ya que han recibido una instrucción con mucha y diversificada información en muy poco tiempo.

Las rara avis que creemos en este estilo de vida que es ser policía, esperamos que algún día todo esto cambie, y deje de ser una mera utopía.