sábado, 23 de mayo de 2015

LA NATURALEZA SE IMPONE: ¡PIES PARA QUÉ OS QUIERO!

Por, Ernesto Pérez Vera

Naturaleza astutamente maridada con olfato y vista policial, amén de con una pizca de instrucción y decisión. Contra los principios naturales de la supervivencia es difícil luchar en situaciones límite, pero su manifestación, a veces, puede ser retrasada. En el vídeo que hoy comentamos podemos ver un ordenado tótum revolútum con mucho sentido. Como siempre sostengo, es indiferente que el defensor sea un agente público o privado, o sea, que da lo mismo ser vigilante que policía cuando hay que sacar la pipa, o cuando hay que darse por patas. El adiestramiento con las armas puede influir en sentido positivo o negativo durante un enfrentamiento real, según haya sido tal adiestramiento; pero por lo general en ninguno sector de la seguridad se está mucho más preparado que en el otro, sino que normalmente las prácticas de tiro son muy deficitarias en ambas aceras.


El vigilante de seguridad de nuestra grabación actuó con la precaución que su sentido común le dictó, pero también con la debida determinación que su sentido del deber le exigió: vio actitudes sospechosas en varios clientes del establecimiento que custodiaba, empuñó su arma sin desenfundarla, interpeló a los individuos, se desplazó para adquirir más información de cuantos movimientos estaban llevando a cabo los sujetos y finalmente, cuando vio pistolas en sus manos…, extrajo su revólver y abrió fuego. Parece que no aguardó a ser objetivo de las balas contrarias, algo por lo que yo le aplaudo: tiró tan pronto detectó un evidente e inminente riesgo contra su integridad física, y la de terceras personas. ¿Por qué tendría que haber esperado a estar herido, si incluso podría haber fallecido antes de lograr defenderse?


Esto no sucedió en España, pero aquí tampoco existe obligación legal alguna que exija a un policía, o a otro ser humano, estar moribundo para poder repeler una agresión. Eso sí, se me antoja que la respuesta defensiva debe ser lo más pareja posible, en cuanto a intensidad y potencial poder lesivo, a la acción ofensiva; siendo de lógica y de sensatez no meterle un tiro a quien solamente está dándonos sopapos en el culo. A estas alturas de la partida todos deberíamos saber qué es proporcionado y qué no lo es, pero tenemos mucho miedo a precipitarnos y a equivocarnos, algo completamente normal, tanto experimentar ese miedo como el equivocarse en tales circunstancias. Pero también sentimos pavor a hacerlo todo impolutamente, sin poder ser comprendidos posteriormente. Los artículos como este están especialmente destinados a quienes todavía no tienen claros estos conceptos. Señoras y señores lectores, divúlguenlos también entre quienes tampoco quieren comprenderlos. Cuéntenselo a los tristes mastica tuercas de manos en los bolsillos, de voz tibia, de pasos vagos y de mirada baja. Satúrenlos de verdad, y que se ahoguen en ella.


Pero como decía al inicio de estos párrafos, el instinto y la naturaleza se terminan imponiendo, y quien con cierta solvencia y confianza empezó a disparar acabó siendo abducido por el pensamiento animal que todos llevamos aún muy dentro: retrocedió al verse apuntado y baleado, pirándose despavoridamente como si una turba lo estuviese apedreando. Se trata de una respuesta de lo más humana, así que espero que no sean muchos los que tilden de cobarde esta reacción. Somos hijos, y por tanto genéticamente herederos desde hace varios millones de años, de una casi perfecta evolución hacia la humanización. De verme en una situación como esta no sé cómo podría reaccionar, pero doy mi palabra que, como poco, me encantaría poder hacerlo como lo hizo el protagonista de este enlace. No es fácil salir airoso de una movida en la que  al menos dos asaltantes, de los tres filmados aquí, portan armas de fuego e incluso las hacen sonar. Dado que este hombre usaba un revólver, posiblemente agotara la munición de su tambor en plena quema de pólvora. Ya sabemos que estas armas suelen tener solamente cinco o seis cartuchos de capacidad, porque aunque existen de siete y hasta de ocho, en calibre de óptimas prestaciones para labores de seguridad y defensa, dudo mucho que este sea el caso.


Con determinación, entrenamiento, concienciación y con un poco de suerte se puede vencer en un tres contra uno. No es sencillo, pero se puede por más que muchos chatarreros alitósicos sigan inculcando pamplinas, como que hay que darse por muerto si con tres o cuatros tiros no se ha acabado con los malos. O que llevar un cargador de repuesto es una fantasmada. Del mismo modo podemos vencer en un combate en el que la parte contraria utiliza armas largas, mientras que nosotros solamente usamos cortas. Cuando no se intenta es cuando con total seguridad no se gana.


El agente de este vídeo se olió la tostada y por ello desde el principio no permitió que se le acercase excesivamente el sujeto que vestía con la camiseta de color rojo. El vigilante, ante la aproximación del otro, recula y se desplaza lateralmente. No solo no quería ser víctima de un agarrón o de un derribo fácil, sino que tenía la imperiosa necesidad de darle información a su cerebro sobre lo que los otros dos están haciendo. En virtud de lo que su sentido de la vista detectó, y en forma de datos envió al cerebro, éste pudo decidir cómo reaccionar y qué respuesta ofrecer a través del resto del cuerpo. En un momento determinado, ya al final de la filmación, nuestro protagonista se marcha a la carrera y abandona la zona que anteriormente ocupaba mientras mantenía el fuego sobre sus antagonistas. Se largó hacia donde creyó poder encontrar un parapeto, y además lo hizo todo lo rápido que pudo. No permaneció en el punto exacto en el que yo intuyo que ya había consumido toda su munición. Sin embargo, en la galería de tiro seguramente había entrenado la recarga del arma delante de una silueta estática e inerme, mientras era arropado por la tranquilidad que suele proporcionar una palmadita en la espalda y la susurradora voz de un instructor.

miércoles, 13 de mayo de 2015

DESDE LA VERGÜENZA AJENA, PERO TAMBIÉN CON PENA

Por, Ernesto Pérez Vera

Las semillas podridas se mezclan hábilmente con las buenas, por ello, sin saberlo, uno muchas veces siembra podredumbre. Pero lo bueno es que cuando uno descubre el fraude que supone regar en balde, o hacerlo obteniendo frutos podridos, debe saber que imperiosamente hay que cortar el chorro de agua, aunque éste reciba el apelativo de “amistad”. Es lo que siempre he hecho con aquellos que se han ido pasado, suavonamente y con el paso de los años, al lado oscuro; si es que no siempre estuvieron allí mimetizadamente. Ya no sé qué pensar de demasiada gente a la que he llamado amigo, porque a los otros, a los de la familia, no hay que escogerlos ni soltarlos dado que ya vienen destinados por naturaleza.

En los últimos tiempos mi agenda de contactos se ha visto muy reducida, confirmándose ayer que hice bien, años atrás y sin pancartas, en eliminar ciertos nombres de tal listado.


Los que están por caer nunca estuvieron en mi agenda telefónica de amigos, pero espero que también sean descubiertos y desenmascarados, pues si para mí es muy reprochable legal y éticamente que un expolicía y exguardia civil contrabandeé, más deleznable me parece que lo estén haciendo, con las mismísimas siglas, personas que todavía están en servicio activo. Participaré moderadamente en la quema de la leña de este árbol caído, pues ya no es un servidor público, pero con más interés participaría en el aquelarre si esta persona realmente perteneciese, aún, a la que también fue mi fuerza policial.

lunes, 11 de mayo de 2015

COMPAÑERO MIEDO

Por, Ernesto Pérez Vera

¿Qué más da ser policía, soldado, vigilante de seguridad, joyero, fiscal o senador, cuando un cabrón se coloca ante ti con un arma en las manos, y con la clara decisión de llevarte por delante?

No importa que, amparado en la potestad que otorga un carnet de agente de la autoridad, estés cacheando a un sospechoso y que esté resuelva en su cabeza matarte, porque si te pilla por sorpresa posiblemente te vas a comportar como un soldado que recibe fuego enemigo en su tranquila garita; como el vigilante de un banco que resulta asaltado por un atracador calaca en mano; como el joyero al que un supuesto cliente le coloca un destornillador en el cuello al grito de ¡dame la gallina con tomate!; como el fiscal al que un narcotraficante le quiere cobrar a trompazo limpio tres años de talego, en el supermercado en el que coinciden comprando detergente; y como el senador al que un empresario arruinado se le tira encima en el aparcamiento del puticlub donde a ambos les limpian el sable, o lo que a cada uno le guste que limpien. 

Debajo del mayor órgano del cuerpo humano, o sea de la piel, siempre habita un ser humano, una persona por muy abyecta, despreciable y prescindible que pueda resultar en la vida del resto de los seres decentes y respetables que pueblan el planeta. Todos conocemos el miedo alguna vez en la vida, pero lo normal es tratarlo a diario en diferentes dosis. Algunos viven dominados por la cagalera, por más que quieran aparentar lo contrario. El miedo es un buen amigo al que hay que conocer y con el que hay que saber convivir. No tener miedo es insano y habría que hacérselo mirar por un psiquiatra. ¡Ay! de aquel que de verdad no se haya visto jamás el careto encanguelado en un espejo, porque la jindama es un inteligente mecanismo natural de la mente, evolutivamente diseñado para ayudarnos a sobrevivir.

Esta emoción tan natural y primaria no desaparece en un individuo que es investido con el carácter de agente de la autoridad. Las academias policiales inoculan muchas cosas, unas buenas, otras malas y otras tantas inocuas, pero en ningún caso inyectan intravenosamente fórmulas secretas al estilo de la película Soldado universal, de Jean-Claude Van Damme y Dolph Lundgren. Si un policía les dice que nunca ha sentido miedo, miente como un bellaco, o es uno de esos pagas muertas que pululan por ahí soportando el peso de su mugrienta gorra. Estamos refiriéndonos, evidentemente, al pavor a perder la vida, no a que nuestro jefe nos pille fuera de juego.

Si nadie quiere perecer entre las llamas de un incendio, o sumergido bajo el agua, aun menos preparados emocionalmente estamos para hacerlo por la acción directa y voluntaria de un semejante. La gran fobia humana universal, así es como el psicólogo y teniente coronel del Ejército norteamericano Davis Grossman denomina al susto que tenemos los animales de nuestra especie, a percibir la muerte de la mano de otro Homo sapiens. Yo ya lo pensaba por mi cuenta y riesgo, por ello, pese a las patadas espinilleras recibidas, me aventuraba a manifestarlo en numerosos artículos. Pero después de leer en español a Grossman en Sobre el combate (Melusina, 2014), no me quedó duda alguna al respecto, viéndome internamente gratificado y reforzado. Por fin pude comprenderme mejor.

Sin embargo, hoy mismo me ha manifestado un policía que un  juez de instrucción le ha espetado que no se cree que un agente de seguridad pueda experimentar miedo con una pistola en la mano, ante quien pudiera estar atacándolo con otro arma, aunque esta no fuese de fuego. Un ignorante, sin duda. Una víctima, seguramente, de las mentiras que algunos instructores y mandos de las fuerzas de seguridad les habrán susurrado al oído durante una de esas típicas exhibiciones corporativas que se celebran con motivo de los actos patronales. Una secuela de la falacia. A esto hay que añadir la nefasta influencia cinematográfica a la que todos estamos continuamente expuestos. Pero la historia de este funcionario no se detiene aquí: su propio abogado, uno con cierta fama de penalista especializado en asuntos policiales, a la sazón letrado oficial de un renombrado sindicato profesional, le vino a decir tres cuartos de lo mismo sobre el temor a perder la vida. Éste le recomendó que no declarara ante su señoría que los disparos efectuados por él los hizo cuando creyó que de no hacerlo podría fallecer, sino que firmara que por accidente se le habían escapado los tiros. Un estafador y un mercader del embuste y de la ficción, así es como yo defino a este vende motos y a quienes son como él. Panda de inconscientes. Sobran demasiados miserables promotores de la inmolación. A esta gente hay que enseñarles muchas cosas todavía, empezando por aquello que dice Daniel García Alonso en su última obra: En situaciones anormales, las respuestas anormales, son normales. Naturaleza en estado puro, amigos, algo contra lo que muy difícilmente se puede luchar.


A veces me he planteado si podrían incurrir en algún tipo de infracción quienes con una toga negra juzgan, acusan y mal defienden sin conocer realmente la raza de los bueyes con los que están arando. Si ningún hombre, y entendiéndose como tal un ejemplar de nuestra especie (sin distinción de género), puede exigir a otro que no sude, que vuele cual ave y que no defeque, ¿cómo carajo puede defenderse la tamaña y absurda teoría de que a un igual se le puede pedir que discrimine la natural sensación del miedo y sus reacciones biológicas, psicológicas y fisiológicas? ¡Por el amor de Dios, un poco de sentido común!

Es evidente que ciertos niveles de miedo pueden ser controlados, esto es algo que normalmente hemos ido aprendido a hacer solitos, o con ayuda de terceras personas, desde el nacimiento. No sé si toda dosis de terror podrá ser aplacada en algún momento, puede que sí con el debido adiestramiento psíquico y reiterando experiencias similares en cuanto a intensidad. Por cierto, no hay mayor entrenamiento que sobrevivir al primer encuentro armado, si con posterioridad es bien tratada la experiencia superada. Pero desde luego no estábamos hablando de seres con estas características, sino de gente tan corriente como ese primo, vecino, hermano o amigo policía que casi todos tenemos en nuestra agenda telefónica. El entrenamiento frecuente y de calidad realista ayuda muchísimo, pero sobre todo hay que concienciarse y mentalizarse de lo que puede suponer verse en la tesitura de meterle un balazo a otra persona. La visualización mental de uno mismo en tan trascendental momento es importante, siendo este un ejercicio que se debería poner en práctica tanto dentro como fuera de la galería de tiro. Verte mentalmente haciéndolo, te ayudará a hacerlo el día que te toqué.

jueves, 7 de mayo de 2015

ENFRENTAMIENTO POLICIAL

Prólogo de “El enfrentamiento policial armado”, de Daniel García Alonso, un libro impreso en marzo de 2015. Aprovecho la ocasión para agradecer públicamente a Daniel la deferencia mostrada al pedir mi firma en el preámbulo de su obra.


Por, Ernesto Pérez Vera

Como autor de más de doscientos artículos relacionados con asuntos policiales, entre los que destacan y abundan los que versan sobre tiro policial de calle (no seudodeportivo), cartuchería, balística terminal y psicofisiología en el estrés de supervivencia, supone un nuevo reto prologar este trabajo documental, toda vez que un libro que trata casos reales de encuentros armados policiales en España, firmado por este prologuista y por Fernando Pérez Pacho, se encuentra aún en plena promoción. Como pueden comprobar con este acto, no soy de los que piensa en pisoteo de mangueras, sino que estoy convencido de que entre unos cuantos podemos hacer que desde distintos grifos emane agua fresca para todos.

Aceptar el envite de Daniel Alonso, para redactar estos párrafos introductorios, no me supuso ningún desasosiego: el tema me apasiona y él lo sabe. Solo el hecho de no poder estar a la altura y el nivel del contenido de la obra me hace temblar el pulso sobre el teclado. Dicho esto, y entrando ya en materia, tengo que destacar el afortunado interés de Alonso por esta temática. Sus publicaciones anteriores deben hacer intuir a los lectores que El enfrentamiento policial armado es un trabajo digno del mayor de los elogios y reconocimientos. Como ya ocurriera en 2011 con su anterior obra, 1/11: Reacción ante el peligro, este nuevo documento ha de ser conocido, estudiado, analizado, valorado y puesto sobre la mesa de todos los jefes de policía e instructores que se precien. No hacerlo supondría darle la espalda a la verdad y al compromiso para con los agentes de la autoridad y demás personas que portan armas de fuego a nivel profesional. Pero El enfrentamiento policial armado tiene que ser dado a conocer en ámbitos ajenos a los puramente policiales. Jueces, fiscales, abogados, periodistas y ciudadanos en general tendrían que ser conscientes de que, como el doctor Carlos Belmonte reconoce (no hay mayor aval científico a nivel nacional), debajo del uniforme siempre subyace el animal que no hemos dejado de ser.

Que contra la naturaleza no se puede luchar es algo sabido por cualquier individuo de nuestra especie. Es más, esta aseveración llega a cobrar tinte de manido según qué materia sea puesta sobre la palestra. Sin embargo, reculamos cuando se trata de reconocer que los Homo sapiens no podemos ejecutar determinadas acciones cuando nos encontramos ante un riesgo existencial. Este es el momento que algunos instructores de policías aprovechamos para reivindicar, con pruebas y avales científicamente irrefutables, nuestra pertenencia al reino animal. Como a lo largo de las páginas venideras podrán leer, los seres humanos somos máquinas perfectas no infalibles, que aprovechamos positivamente multitud de cambios hormonales y bioquímicos involuntariamente generados por nuestro organismo frente a estímulos adversos; pero que discriminamos otros aspectos funcionales que, en situación de no riesgo para la vida, sí serían hábilmente empleados. Todo tiene un motivo natural y humano, la supervivencia, esa razón que nos hace actuar de diversos modos según a qué amenaza nos enfrentemos, de qué medios defensivos dispongamos, qué instrucción se nos haya proporcionado y qué otros muchos factores externos e internos se hayan confabulado temporalmente contra nosotros.

Nadie en su sano juicio puede exigirle a un policía que mantenga la calma y la serenidad emocional ante alguien que está intentando acabar con su vida a tiro limpio, a machetazo, o a garrotazo. Si esto es así, porque a todas luces no puede ser de otro modo, ¿por qué tantos iluminados siguen manchando libros, resoluciones y demás disposiciones administrativas con párrafos, órdenes, dictamines y conclusiones torcidas? Está claro: no saben de qué hablan porque no saben que no saben. Esto conduce a gravísimos errores a todos los actores potencialmente intervinientes en estas desagradables y nunca deseadas situaciones. Es por lo que muchos profesionales del mundo judicial, informativo e incluso policial piensan que los encontronazos reales que sufren los agentes de la autoridad son siempre salvables del mismo modo que en los entrenamientos. Es así como la opinión pública general se forma una idea totalmente errada sobre cómo pueden y deben responder los funcionarios gravemente atacados.

La verdadera realidad de cómo reaccionan las personas ante la posibilidad de ser seriamente heridos o aniquilados, sean funcionarios encargados de velar por la ley o no, es la razón de ser del presente volumen editorial. Los más destacados profesionales mundiales de la psiquiatría y de la psicología, de cuantos han estudiado y analizado estos asuntos, son nombrados a lo largo de los diferentes tramos del libro. Todos ellos, en algún momento, han llevado a cabo trabajos científicos que arrojan conclusiones dignas de ser tenidas en cuenta a la hora de diseñar programas de adiestramiento inicial, o de reciclaje periódico, para agentes de seguridad. Lo triste es que muy pocos cuerpos españoles contemplan esta opción inspiratoria. Aquí todavía consideramos la instrucción de tiro como un mero trámite que da repelús, por lo que se le dedican pocas horas reales y efectivas de formación. No obstante, hay que significar que muchos centros académicos han aumentando levemente las horas lectivas de esta asignatura. Pero no solamente se requiere de más tiempo para lograr un buen conocimiento de la cuestión, sino que ha de ser modificada la mentalidad del profesorado y la filosofía del uso de las armas. Más formación sí, pero sobre todo más acorde a la realidad que se vive en el asfalto de nuestras urbes.


Son muchas cosas las que hay que cambiar en lo concerniente a la Policía y el uso de las armas, como la adecuada elección de los proyectiles que emplean los funcionarios, asunto que todos los años se cobra heridos colaterales por rebotes, o por impactos de balas policiales que se excedieron en la penetración de los objetivos alcanzados. Qué decir de la inculcación del uso de las protecciones balísticas pasivas (chalecos antibalas). Precisamente, cuando estoy escribiendo estas letras, no hace ni dos semanas que fue asesinada en Vigo una agente del Cuerpo Nacional de Policía, a la vez que su compañero también era gravemente lesionado a balazos. Pero insisto, todo esto se debe a la nefasta mentalización de los policías, de los mandos y de los responsables políticos.

La Administración es quien decide qué, cómo y cuándo se emplean los medios con los que son dotados los funcionarios. Pero los órganos que dictan las normas son dirigidos por personas, políticos al final del trayecto, asesoradas por técnicos muchas veces iletrados y nada versados en estas materias. Personas a las que se confía la toma de decisiones únicamente por el empleo que ostentan. En el mejor de los casos, la asignación de las funciones decisorias se otorga al amparo de una titulación o certificación administrativa muchas veces no confrontada con la cruda, dura y fría realidad de la calle, del plomo, de la pólvora, del acero y de la sangre.


Que a nadie le quepa duda de que algo se está removiendo en la conciencia de muchos de los que conforman las bases, los cuadros de mando y las planas mayores de las fuerzas de seguridad. Este nuevo trabajo de Daniel Alonso viene a sumarse, además con mucha energía, sabiduría y magnifico buen hacer, a los que otros autores hemos firmado con un mismo fin: llegar a quienes trabajan aplicando el derecho en la calle y la justicia en los tribunales. Aunando esfuerzos y conocimientos ganamos todos, principalmente la sociedad y la ciudadanía. Pero merece la pena reiterar que bajo la gorra, tras la placa y sobre las botas siempre habita una persona, un ser humano. Un ciudadano más de la sociedad, que además debe desempeñar el rol de funcionario encargado de hacer cumplir la ley. No olvidemos nunca que un policía también es hijo y casi siempre padre, por lo que necesita que lo cuiden, pero que sobre todo quiere cuidar.

miércoles, 6 de mayo de 2015

LAMENTABLEMENTE Y POR DESGRACIA

Por, Ernesto Pérez Vera

Uno siempre cree que las miserias con las que tiene que convivir en su trabajo son únicas y que los demás viven en paraísos y remansos de paz. Pero a medida que he seguido conociendo a otras personas del gremio, me he ido dando cuenta de que la podredumbre no tiene dueño. Todos tenemos un culo para cagar, pero se ve que algunos defecan también por la boca, dada la cantidad de mierda que son capaces de contener en todo su interior. La diarrea no es solamente cosa del aparato digestivo, también puede producirse en el cerebro. Esto nos puede suceder a casi todos en determinados momentos de ira o de rabieta incontrolada. Pero cuando nos sucede a gente medianamente normal, y personalmente creo que casi rozo la normalidad, logramos que nuestro raciocinio acabe imperando y devolviéndonos a la calma y al sentido común. Lo realmente ‘shungo’ viene cuando alguien tiene que sobrevivir diariamente a sí mismo, estando completamente enmierdado de pellejo para dentro

Tranquilos, hoy no me ha pasado nada especial; simplemente no he podido deglutir bien todo lo que un compañero de la Policía me ha contado durante una conversación telefónica. Según me dice, su jefe, alguien que procede del Ejército y que en un cuarto de hora ha pasado de mandar una sección de soldados a dirigir una gran plantilla de policías locales, vomita heces cada vez que deja abierto el agujero que tiene debajo del bigote. No conozco al personaje, ni tampoco deseo hacerlo, pero sí tengo calados a muchos incompetentes de similar calaña; sujetos que no saben un carajo de lo que tienen entre manos, pero que al abrigo de un político y de sus siglas hipotecan su orgullo, su buena imagen, si es que alguna vez existió, y sus reservas de papel higiénico. Come gambas sin par y hacedores de favores que pueden culminar en imputaciones judiciales. Analfabetos profesionales, con paredes repletas de diplomas enmarcados. Tuerce botas con brillantes pecheras. En definitiva, fantasmones de vergüenza y ética extraviada. Ni que decir tiene que nada de esto tiene que ver con el origen castrense, pues estas actitudes anidan en sus propietarios casi desde que usaban pañales, independientemente de que hubiesen ascendido dentro de la propia fuerza. Factor humano, así de sencillo.

martes, 5 de mayo de 2015

LA REALIDAD QUE INSPIRA PELÍCULAS Y NOVELAS

Onda Cero Algeciras. Artículo de opinión del 5 de mayo de 2015, desde el Balcón del Estrecho.

Por, Ernesto Pérez Vera

Cuando el verano pasado vimos la exitosa película El niño, los campogibraltareños pusimos el grito en el Cielo por la imagen que el celuloide pudiera estar exportando de nuestra tierra. Incluso dediqué un artículo al respecto en este mismo balcón radiofónico. Dije algo así como que no hacía falta que una producción audiovisual nos dejara con el culo al aire, porque las noticias diarias ya lo hacen. Todos sabemos que estas cosas suceden, aquí, con la misma frecuencia con la que nos acostamos y nos levantamos. Un estilo de vida muy arraigado en un sector de la población que, aunque escueto, hace muchísimo daño a todo lo bueno que podemos ofrecer, que es muchísimo más que lo malo.
Pero lo cierto es que la realidad supera la ficción y prueba de ello es, y esto no es ninguna lamentable novedad, sino una palpable perpetuidad, la espectacular persecución policial marítima vivida en La Línea de la Concepción el día 4 del mes pasado. El Sábado Santo, con la ciudad muy nutrida de foráneos, se produjo en la playa de Poniente, en el Cañito, la misma imagen que dejó boquiabiertos en sus butacas a todos los espectadores de El niño.

Por desgracia, y como ya he dicho, esto no es ni nuevo y ni esporádico, pero esta vez la acción no solamente fue filmada por el helicóptero de Vigilancia Aduanera y por las embarcaciones de la Guardia Civil, sino que un ciudadano, seguramente compinche de los perseguidos, tiró de móvil y perpetuó la escena en Internet para la posteridad. Como ya imaginarán, a estas alturas del siglo XXI la filmación ya está siendo visionada por miles de personas de todo el mundo. En ella se ven a tres presuntos traficantes de drogas, huyendo a gran velocidad en una lancha semirrígida, en una goma. Los tres sujetos se dieron por patas, tras encallar a propósito en el espigón linense.

En las redes sociales ya hay quien responsabiliza de esto a Picardo, a Rajoy, a la alcaldesa de La Línea, a Landaluce e incluso a Vicente del Bosque. Pero lo cierto es que muchos de nuestros conciudadanos jalean y vitorean a quienes continuamente se burlan de las leyes y de los agentes de la autoridad. Y me pregunto yo, ¿es cosa del geoposicionamiento global que ocupamos como frontera sur de Europa? ¿Se puede labrar el destino? ¿No será que todos tenemos un poquito de culpa? ¿Es solo cuestión de trabajo y de pan, o también de educación? ¿Serán las urnas las armas de las personas honradas y decentes? ¿Se podrá subvertir esta bochornosa situación mediante un ejercicio serio, culto y responsable del sufragio universal? Por el momento, y después de tantas incógnitas a despejar, yo solo sé que no sé qué, que qué sé yo, que yo qué sé.

viernes, 1 de mayo de 2015

SIN MIEDO A PERDER LA SILLA

Por, Ernesto Pérez Vera


No sé qué es lo que oí ayer en la radio, pero de repente me acordé de un gesto que tuvo uno de mis exjefes en la Policía. Casi diariamente me acuerdo de otros gestos y de otros jefes, pero aunque parezca mentira, en este momento no quiero ser escatológico. En fin, el hombre del que hablaba me dijo que quería crear una plaza de mando intermedio para que la ocupara alguien que no fuese de nuestro cuerpo. O sea, convocarla en oposición interna y poner un examen tan complicado que nadie de dentro lo pudiera superar. Desierta la plaza por no haber sido obtenida, podría ser convocada en turno libre para que cualquier español que reuniese el resto de requisitos luchara por ella. Se hace, ¡digo que si se hace! La ley lo permite: plazas a medida, que unas veces arrancan aplausos y otras, las más, producen urticarias y vómitos.

Lo sorprendente es que me pidió que le buscara, cual ojeador de fútbol, a varios candidatos. Estos tenían que ser, porque así lo quería él (supongo que en consenso con el político), personas con dotes de mando. Individuos que, a ser posible, fuesen jefes intermedios o superiores en otras fuerzas. Por cierto, ser mando no conlleva tener dotes de mando. Sigo. Lo quería con experiencia en Policía Judicial, PJ en nuestro argot, alguien que supiera mucho de Derecho Policial. Un profesional que llevara años trabajando en instrucción de diligencias, viniese del cuerpo que viniese. En definitiva, un hombre muy preparado para escribir y poner en marcha una poderosa oficina de atestados. Llegué hasta varios especímenes con este perfil. Dos estaban en la Guardia Civil, siendo uno cabo primero (oficial en otros cuerpos) y sargento (subinspector en otras fuerzas) el otro. Pillé a otro, a un subinspector del Cuerpo Nacional de Policía. Al finalmente fichado se le daría, mediante la propia oposición, una plaza de subinspector. O sea que dos de los candidatos podrían conservar sus estatus de mando en caso de ser seleccionados (el que aprobara), solo que con un sueldo notablemente superior. El advenedizo, obviamente, tendría que solicitar la excedencia voluntaria en la fuerza de origen. 
 
La cosa es que el cabo primero y el subinspector impusieron clausulas a lo Neymar, o a lo Madonna. No sé qué se imaginaron, pero querían sábanas de seda por las noches y flores frescas todas las mañanas. Un bombón en la almohada, antes de dormir. Iban de divos. Querían poco menos que ser los dueños del campo, jugar como equipo local y arbitrar el partido. Y cuidado, no impusieron tales exigencias para que el trato no se firmara, evitando dar un no por respuesta, porque puedo garantizar que los dos se querían venir, arañándose entre ellos para cubrir la plaza. Pero leches, exigieron hasta un chófer.

El otro ojeado, el sargento de la Benemérita, solamente dijo que en caso de aceptar, cosa que tenía que meditar porque estaba pendiente de un importante y anhelado cambio de destino, que le podría reportar prestigio profesional y pingues beneficios, quería mantener como mínimo el estatus de sargento. Modesto el hombre, toda vez que desde mi punto de vista era el que más valía profesional atesoraba de los tres nombres puestos sobre el tapete. Tanto es así, que algunas de las investigaciones en las que había participado fueron portada de los tabloides nacionales y extranjeros, durante cierto tiempo. Finalmente no se vino ninguno y todo quedó en agua de borrajas. Los primeros por quererlo todo desde la primera vez que abrieron la boca, algo que delataba el perfil humano que se ocultaba debajo de sus gorras. Esta actitud eclipsó sus bagajes profesionales, que tampoco eran feos. Y al otro le salió bien aquel plan de cambio de aires internos y se fue al extranjero. Hoy ha ascendido y pertenece a otra escala. Le va de lujo y disfruta con lo que hace: sigue investigando e instruyendo importantísimas diligencias.


Pero lo que me sorprendió de todo esto es que mi jefe no temió que el fichaje estrella le comiera terreno. No en vano se iba a traer a una persona con capacidad bastante como para ascender y moverle la silla. Quitarle el puesto. Algo muy frecuente en cuerpos como el mío, donde en cada esquina se conspira por una migaja más de pan, o por una paja gratis mirando el mar desde el coche patrulla. Aquí la gente se da mordiscos por una hora extra, imaginen por un galón, por una silla más confortable, por un teléfono gratis y por un coche oficial. Este superior demostró grandeza y seriedad. Compromiso. Honestidad para con el servicio. Quería reforzar el equipo con buenos goleadores, con balones de oro. Preocupado, me pregunto: ¿por qué este modelo de mando no abunda, ¡por qué!? ¿Por qué sí hay tanto nepotismo, colegueo, pasteleo y pisoteo, ¡por qué!? Espero que a nadie se le escape que detrás de casi todos estos despropósitos suele estar la manu sindicale, la política al final del camino. Pero también intervienen en estas decisiones las secuelas de los grandes complejos de quienes tienen que tomar decisiones, pasando por ser policías cuando únicamente son ruines y listos disfrazados, pero de inferior capacidad intelectual y de escasa hombría. Cucarachas. Estafadores de pecheras condecoradas y de hombreras inseminadas.


Esto último es, precisamente, lo que hace que en los cuerpos locales, que son los que mejor conozco, se ningunee con demasiada frecuencia a los subordinados que destacan. A quienes producen. A los que estudian y a los que trabajan. Y cuando refiero lo del estudio lo hago pensando en quienes cursan estudios superiores para tener opciones de promocionarse internamente, pero también me acuerdo de quienes hincan los codos para ser eficaces y resolutivos durante las intervenciones policiales, sin tener que andar mendigando soluciones a terceros, o lo que es peor, echando balones fuera y pecando de omisión por ignorancia. A estos, a los que tienen ganas, currículum laboral (no académico únicamente), capacidad demostrada e interés en hacer más desde arriba, se les suele pinchar la bicicleta para que no puedan llegar ni a la esquina. Se les meten palitos en los radios de las ruedas. Se les aflojan los sillines y los pedales para que tarden en llegar, o para que se caigan por el camino. Seguro que saben de qué estoy hablando, del sabotaje a la imagen; del deslucimiento a la labor realizada y de la defecación sobre el buen nombre y la fama. Muchos estiran la situación hasta alcanzar el dolor ajeno. Algunos incluso dominan el escarnio, regocijándose en su propia mierda. No se trata de dañar porque sí, sino para que los comprometidos no alcancen la meta, lo que implicaría dejar con el culo al aire a los comparsistas que mueven los hilos escondidos detrás de mugrientas y oscuras cortinas.


Pero lo cierto y verdad es que la historia comprimida en estos párrafos es real en parte, pues he alterado empleos y cuerpos para no dar muchas pistas. He unido hechos vividos y protagonizados por mí, a otros que un compañero de otra plantilla me ha traslado con todo lujo de detalles y pruebas. Naturalmente ambos van en la misma línea y por ello, aquí, han casado perfectamente. La mierda no es la misma en todas partes porque cada una obedece a un nombre y a unas siglas, pero oler sí que huele igual aquí, allí, más allá y enfrente.

miércoles, 29 de abril de 2015

COSAS QUE PUEDEN PASAR Y QUE DE HECHO PASAN

Por, Ernesto Pérez Vera
 
Brent Gleeson, exmiembro de la Navy Seal de la Marina de Estados Unidos, en un artículo publicado por El Confidencial del 11 de abril de 2014, confiesa: “Una vez, cuando mi pelotón se estaba preparando para una misión en uno de nuestros campos de tiro en Iraq, me olvidé de recargar una de mis pistolas después de la operación de la noche anterior”.

Aquí, en España, tenemos policías que en los inicios de una acción armada han olvidado montar sus pistolas. Otros no recordaron que ya las llevaban montadas, consumiendo un tiempo vital en hacerlo nuevamente. Y otros, aunque no se lo crean y les parezca mentira, no se dieron cuenta de que tenían que desactivar el seguro manual de sus armas. Esto es, casi siempre, abonar el camino de la sangre propia, ponérselo facilito al contrario. Una oferta que la otra parte no desaprovechará.


Cosas elementales se le pueden olvidar a cualquiera, incluso a un operador altamente cualificado, como nos cuenta este veterano combatiente norteamericano. Gleeson dice que lo suyo no fue un despiste por pérdida de capacidad cognitiva en el fragor de un enfrentamiento, algo que sería comprensible, lógico y que ciertamente es muy habitual. Pero insisto, aún hay miles de policías, compañeros míos, que cacareando aseguran que siempre tendrán tiempo para reaccionar cuando ya estén siendo atacados, que podrán desenfundar con suficiente celeridad y que mantendrán la calma para recordar que tienen que alimentar la recámara y quitar el seguro de aleta. Muchos afirman, con vehemencia, que además colocarán los proyectiles en una mano, o en una rodilla, si el agresor blande un cuchillo o una catana; pero que los meterán en el entrecejo si lo que sostiene el delincuente es un arma de fuego.


No solamente es cosa de tiempo, que también y mucho, sino de control emocional bajo el enorme deterioro que sufre la capacidad mental ante un "a vida o muerte". Una merma que, sin duda, afectará a la hora de discernir qué hacer y cómo hacerlo. Luego está lo otro, acertar los disparos en caso de seguir todavía con vida. A veces no he tenido claro si estaba oyendo a un inocente desconocedor de la verdad, a un enorme fantasma o a un majadero profundamente perdido.

En En la línea de fuego: la realidad de los enfrentamientos armados, de la editorial Tecnos, un libro escrito por un servidor y por el psicólogo clínico Fernando Pérez Pacho, podrás comprobar que todas estas cosas suceden en nuestro país con más frecuencia de la deseada, aunque más gente de la cuenta no lo quiera contar. La obra describe, al detalle, cómo se produjeron 22 casos reales protagonizados por funcionarios policiales de sendos cuerpos del Estado, de varios cuerpos autonómicos y de numerosas fuerzas locales, amén de un incidente en el que se vio implicado un agente de seguridad privada. Se trata de 30 entrevistas al desnudo y a corazón abierto, ampliamente analizadas desde el punto de vista técnico y táctico de un instructor de tiro y desde la perspectiva científica de un psicólogo.

Un encuentro armado al uso, un tiroteo, es una experiencia única que marca y que cambia a las personas. Para quienes pasan por ellos, estos acontecimientos no suelen salir gratis ni socialmente, ni psicológicamente, ni profesionalmente, ni judicialmente aun cuando, como realmente pasa en la mayoría de las ocasiones, la Justicia exonere al policía por el resultado de sus acciones defensivas.

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