sábado, 25 de abril de 2015

DE LA MESA A LA PUERTA: OTRA DE CUCHILLOS

Por, Ernesto Pérez Vera
Suele decirse que nunca pasa nada, pero pasa, digo que si pasa. Este vídeo muestra, una vez más, escenas tomadas en Estados Unidos (EE.UU), pero esto no significa que en España no sucedan cosas de esta índole. Lo que ocurre es, y esto es un dato objetivo, que la Policía de otros países cuenta con medios de grabación audiovisual adosados a la vestimenta de sus funcionarios o, como es el caso de la presente toma, a la cabeza mediante unas gafas. Efectivamente, si nuestros agentes de seguridad pudieran filmar todas las agresiones que sufren, y además la opinión pública tuviese acceso a ellas, todos dejaríamos de creernos las mil y una trolas que nos colado, con calzador, en charlas, cursos y artículos de prensa durante décadas.



En esta ocasión, por suerte, todo acabó bien para ambas partes. Un agente de un departamento del sheriff, de uno de los cien condados de Carolina del Norte (EE.UU.), fue comisionado por su central de transmisiones al efecto de verificar una llamada que sugería la comisión de un presunto delito de malos tratos en el ámbito familiar. Algo que, como todos convendrán conmigo, principalmente quienes se dediquen a la seguridad pública, a lo judicial o a leer periódicos, forma parte del día a día de todo policía español que desempeñe su labor profesional en el campo de la seguridad ciudadana. El recibimiento filmado es, digámoslo así, el más habitual. Nadie espera en la puerta de su domicilio, o en el de la parienta, con una pancarta confesando que es el malo de la película y que en unos segundos, sin avisar nuevamente, va a esgrimir un cuchillo contra la fuerza interviniente. Estamos, por tanto, ante una actuación que puede acabar de mil formas, la mitad de ellas buenas y la otra mitad malas. La sorpresa puede aparecer de muchas maneras, pero como seguro que nunca hará acto de presencia es con un megáfono haciendo públicas las intenciones a materializar al instante siguiente. De esta guisa, y seguramente conociendo bien el percal y al propio denunciado, el funcionario protagonista se aproxima a la casa con su pistola Taser empuñada y fuera de la funda.


No cabe duda de que la medida preventiva proporcionó su fruto, si bien en décimas de segundos el agente se vio, insisto que sin aviso expreso, delante de una dentellada de acero. Tan fabuloso documento pone de manifiesto que incluso portando la persona agredida un arma en las manos, rara vez podrán evitarse lesiones si quien desempeña el rol de criminal ha decidido en su mente matar y, además, ya ha ejecutado acciones en tal dirección y sentido. Aquí fue un arma de impulsos eléctricos la que el policía interpuso y disparó contra quien llegó a clavarle el cuchillo, pero de haberse tratado de una pistola convencional el resultado final hubiese sido el mismo, o incluso otro peor. El agente no tuvo que ser asistido por lesiones dado que la puñalada fue detenida, a la altura del tórax, por el chaleco de protección balística con el que cubría su tronco. Desconozco si esta prenda también estaba confeccionada para proteger al usuario frente a armas blancas, pero está claro que hasta un grueso abrigo de piel de oso frenaría, aunque fuera algo, la penetración del agudo metal.

Este enlace, por sí solito, ya manda abundantes mensajes a quienes lo quieran ver con avidez. A mayor listeza y predisposición a la autocrítica, mayor número de conclusiones podrán ser obtenidas tras su visionado. No obstante, a ver si puedo ayudar un poco a quienes no estén muy duchos en estas lides. Para ello me haré varias preguntas en voz alta, con autorespuestas incluidas. ¿Tienen todos los policías españoles un Taser en su cinturón de servicio? No, nanai de la China. Aquí tal vez solo el 10% lo posea, aunque posiblemente esté siendo excesivamente generoso en el cálculo porcentual.

Visto que la víctima llegó a ser tocada por el arma blanca, pese a haber disparado con rapidez y eficacia, ¿cómo hubiera acabado la intervención de no haberse hecho tan evidente ostentación de dicha herramienta de letalidad reducida? Posiblemente con sangre policial por el piso, no sé si también con muertos. Ante algo así, y sin un Taser encima, o hasta con él en el cinto, ¿todos hubiésemos podido repeler el atentado sujetando la mano agresora, empujando el pecho del hostil para ganar distancia, apartando la hoja, golpeando la cara del delincuente, etc.? Pienso que muchos tal vez hubiéramos podido bloquear la mano ejecutora, o yo qué sé, pero casi con total seguridad no a tiempo para evitar unas cuantas clavadas.

Sigo. ¿Hubiera detenido su ataque el malo de haberse alimentado la recámara de la pistola ante sus mismísimas narices? Estoy convencido de que no. Considero que cuando una persona ya está matando no hay ruidito de marras que le haga deponer su actitud, por más que muchos instructores, lamentablemente más de la cuenta, sigan vendiendo esta teoría de mierda. Es más, estoy casi seguro de que el sentido auditivo del acometedor no hubiera percibido el sonido de la obturación del cañón: este individuo era un Homo sapiens que también, a buen seguro, había perdido capacidad de atención y de concentración; todo lo cual debió afectar a sus sentidos y, por ende, tuvo que verse mermado en sus posibilidades cognitivas.


Pero más seguro estoy de que a un policía de nivel medio de adiestramiento no le hubiese dado tiempo a desenfundar, montar, disparar y acertar en el objetivo; no, al menos, saliendo indemne de un encuentro de esta naturaleza. Moraleja: ¡hay que perderle el miedo al cartucho en la recámara, llevando en reposo los mecanismos de disparo! Eso sí, hay que entrenar mucho y bien en esta condición de porte. ¿Seguro activado o desactivado? A esto podrían responder mejor que yo, por ejemplo y por desgracia, los dos protagonistas del capítulo 20 de En la línea de fuego: la realidad de los enfrentamientos armados (editorial Tecnos).

Cuando alguien en su sano juicio se ve ante una cosa así…, nada se puede hacer exactamente igual que en la galería de tiro. Estando muy entrenado, insisto en lo de muy, hay muchas más posibilidades de poder responder pronto y bien, pero tampoco me atrevo a garantizarlo en todos los casos. Nadie puede garantizarlo. Sí podemos afirmar qué nos gustaría hacer, o cómo creemos que habría que llevar a cabo aquello, esto y lo otro. Pero otra cosa muy diferente es el día de la verdad, ante algo totalmente inesperado. Eso sí, en estos casos toma valor el dicho “cuanto más entreno, más suerte tengo”. No debemos olvidar que cuando la cosa se pone muy fea, en cuestión de un par de segundos podemos dejar de ser nosotros mismos, no pudiendo operar como dos segundos antes seguramente sí hubiésemos podido hacerlo. Lo fácil se torna difícil y lo complicado impracticable. Lo medianamente entrenado se puede llegar a ejecutar, pero será imposible llevar a término lo nunca practicado. Se me antoja harto inalcanzable hacer aquello que se desconoce.



Para momentos complejos, soluciones simples, así de sencillo. Esto, obviamente, no pasa por el abandono de las medidas de seguridad. Por tanto, vamos a dejarnos de polladas automáticas en vinagre cuando lo que está en juego es la seguridad de tu hermano, de mi vecino, de tu hijo, de mi sobrina, de tu padre, de mi cuñado o la de tu compañero, por no decir la tuya misma, capullo. Pide que te entrenen con seriedad y sin mentiras. Que no te engañen con más historias de película de sobremesa. Si a estas alturas de la partida ya sabemos cómo responde el cuerpo humano ante situaciones de estrés máximo en enfrentamientos a vida o muerte, basemos nuestros ejercicios de tiro en la conocida realidad psicofisiológica y evolutiva. Di sí a lo natural y no a las mamarrachadas de tinte holibudiense. Si sé cómo responde mi organismo por dentro, mejor podré prepararme para responder por fuera cuando llegue el momento. La concienciación y la mentalización son fundamentales. Piensa en que puede llegar el día, medita sobre ello y créete que puedes hacerlo. Visualízate haciéndolo y estarás más cerca de lograrlo. Es vital que entrenes y que creas en ti.

miércoles, 22 de abril de 2015

¡OJO AL PARCHE!

Por, Ernesto Pérez Vera

No sé quien ha escrito los dos párrafos que seguidamente podrán leer, pero se trata, por lo que deja en el aire, de un policía abandonado a su suerte y al movimiento del minutero de quien diariamente se sienta junto a él en un coche patrulla. Los he copiado directamente de mi blog, donde un anónimo los ha dejado a modo de comentario en un artículo que versa sobre espeluznantes seres. Por desgracia, no tiene desperdicio:


En cierta ocasión alguien me dijo que en toda plantilla policial hay un 10% que suma, otro 10% que resta y un 80% que fluctúa entre unos y otros, como la marea. Seguramente, como en aquello de que hay siete mujeres por cada hombre. Pero alguno tiene las mías y las de todos mis compañeros. Debe de haber por ahí alguna plantilla que se ha quedado con parte del 10% correspondiente a la mía. Yo, cada día tengo un poco menos de esperanza, y es que entre los veteranos de mí plantilla cada vez reinan más los cálculos de la jubilación sin sobresaltos. Entre los que ya llevamos un tiempo en la empresa, el objetivo es la búsqueda del agujero que van dejando libre los que se van jubilando. Y los recién llegados, todos ellos máquinas de gimnasio con múltiples lesiones que les impiden hacer algo más que seguir lesionándose en entre mancuernas, enganchados al guasap, se han tomado muy en serio aquello de aprender de los veteranos, solo que a ser posible de aquellos que menos hacen. Cada día se pierde un poco más de sentido del término "ardor guerrero".



Pero si la falta de interés es palpable, lo peor es que cada vez están apareciendo más vagos vestidos de currelas protestones. Expertos buhoneros que, cual licor de serpiente ‘curatodo’, están vendiendo el discurso de que los demás no trabajan; manifestando, siempre que tienen ocasión, que ellos no pueden hacerlo todo porque o no les dejan o nadie les apoya. Cuando los oyes se te saltan las lagrimas al comprobar que no estás solo, que alguien más piensa como tú. Es por ello que te acercas, les das un abrazo, los coges del hombro y les dices "vamos a patrullar juntos, alma gemela". Ahí es cuando, cual Bruto, te dicen: "Bien, pero vamos a quedar primero para tomar café con estas tres patrullas, que después tengo que ir a recoger la compra porque, si no te importa, he quedado también con mi novia para tomarme otro café con ella. Y luego, me he bajado un par de películas al móvil, ¡que no veas cómo se ven!". Aturdido les respondes, "¡¿y lo de pillar a los que trapichean y todo eso, qué?!", recibiendo por contestación, "pero si nadie nos apoya, cojones, no lo vamos hacer todo tú y yo. Pero tranquilo que ahí seguirán mañana, que hay más días que longanizas. Algún día los pillaremos, hombre, pero hoy no toca más que otro café". Luego pasa el jefe a tu lado y te dice aquello: "¿Hoy no te podrás quejar del compañero que llevas, monstruo? ¡Por cierto, no me deis mucha guerra!". Y encima te palmea el hombro. Si de puta casualidad pillas algo ese día será gracias a tu compañero y si no enganchas nada será que él trabaja con más cabeza que tú, porque tú ves ‘charlys’ todo el tiempo, según gritan los más vagos del lugar. Así es como tu compi, cual Sancho Panza, pasará a la historia por haber frenado tu quijotesca imaginación. ¡Pero mira que eres friqui, chaval!

martes, 21 de abril de 2015

EL TERRIBLE RUIDO DE LOS SILENCIOSOS

Por, Ernesto Pérez Vera


Imagínense encontrarse en un control de tráfico con un niño de catorce años vestido de policía. Supongan que ven a su vecino octogenario luciendo placa y pistola en la feria del pueblo. Figúrense que el día que se celebra un encuentro futbolístico de máximo riesgo, ponen con una porra en las inmediaciones del estadio a un cobarde declarado, por todos conocido. Piensen por un momento que mientras están comprando en un supermercado se produce un atraco y que cuando llegan las fuerzas de seguridad aparece por la puerta, uniformado, caminando como un pato mareado y con las manos en los bolsillos, aquel compañero de pupitre del que todo el mundo dice que cómo pudo ingresar en la Policía, si no sabe hacer ni la o con un canuto. Sí, lo sé, todo esto que les sugiero supone hacer un enorme esfuerzo mental, pero aunque no lo crean todas las plantillas tienen, como poco, unos cuantos incompetentes con estos perfiles, algunos de los cuales ascienden por obra y gracia del abracadabra, pata de cabra, conquistando la cúspide del triángulo del poder. 


Del mismo modo que algunos tendrán que machacar sus neuronas para elucubrar tanto despropósito, otros, sin embargo, diariamente tienen que sobreponerse al amargo, peligroso y vergonzoso trago que conlleva patrullar con una persona que tiene la mentalidad de un púber, la movilidad de un abuelo, el valor de un polluelo y la listeza y predisposición del lerdo sin sangre que todos tenemos en nuestra nómina de conocidos. Yo he tenido que torearlos, entre las taquillas, cuando iba a trabajar, que no al trabajo. Los hay, y que levante la mano quien no los haya sufrido, con el perfil del niño irresponsable, del viejo cansado, del cobardica patológico y del genéticamente inepto. Pero también conozco, y por Dios que no miento, a mamarrachos creados con un cuarterón de cada uno de estos invalidantes rasgos. Lamentablemente, veo muy pocas manos levantadas.

El gen del vago integral existe, doy fe. No hay que recurrir al microscopio ni al genetista para verificarlo. Solo tenemos que darnos un silencioso paseo por el recuerdo de nuestro bagaje profesional y nos convenceremos de ello. Si apartamos un poco la cortina de nuestra memoria y somos objetivos, aflorarán nombres, lugares y circunstancias que nos harán vomitar rememorando qué dijo y qué no hizo, ante según qué supuestos, fulano, mengano y el primo de ambos. Gente que ahora, siendo funcionaria, no hace más que maldecir su bendita, privilegiada y envidiada situación laboral porque quieren hacer menos, cobrar más y disponer de mayor tiempo y comodidad para vilipendiar a quienes hacen lo que deben, que es, precisamente, aquello que ellos discriminan y  que deberían llevar a cabo, sí o sí, por imperativo ético y legal.  


Estos caraduras son, en la que fue mi mal comprendida profesión, aquellos que siempre dan tres vueltas al pueblo antes de llegar a un accidente, a una reyerta o incluso a un incendio. Tipejos y tipejas que no descienden del coche patrulla ni aunque vean a una anciana en llamas. Asquerosos autoenvenenados contra todo aquello que les recuerde lo mierdas que son. Gandules con tres y hasta con cuatro caras. Delincuentes permanentes por omisión. Traga vapores, come pollas y mamporreros que se arrodillan por los corredores enmoquetados. Envidiosos y zopencos. Andrajosos de alma atormentada. Arruinados moralmente. Náufragos que se agarran a las balsas de otros para a las primeras de cambio, y una vez a salvo, meterle tres navajazos. Cucarachas. Desquiciados del café gratis y obsesos del escote que lo sirve. Diplomados en escaqueo. Despreciables de alma en pena. Farsantes. Zombis disfrazados de honorables. Aislados que se asocian para hacer fuerza en su defensa de la práctica del síndrome de Diógenes. Insuficientes de la honestidad. Desesperados de la zancadilla. Adoradores del fuera de juego. Hurtadores de méritos y reyes del demérito. Garrapatas. Monstruos del despiporre y de la desfachatez. Adictos al “no hago na”.


Estamos hablando de los que nunca identifican a sospechosos; de quienes no saben qué es hacer un cacheo y hallar; de quienes han desertado de la vergüenza y del compromiso. Me refiero a esos que dicen que pasan de todo. Seguidores confesos y a ultranza del “no me complico la vida con nada”. Pongamos que hablo de los que quieren ascender para producir menos aún. No tengo que hacer un gran ejercicio de retrospección para darme cuenta de que he compartido frecuencia de radio e indicativo con demasiados indeseables. Coincidentes laborales. Indecentes funcionarios a los que uno no quisiera tener que confiarle ni la seguridad de un jilguero. Impúdicos lamefarolas que influyen en las víctimas de los delitos para que no presenten denuncias. Repugnantes vasallos del desinterés público. Aprovechados del uniforme. Ladrones del orgullo que otros sienten por servir y proteger. Basura que a la chita callando defiende aquello contra lo que debería luchar. Potenciadores de la desgana y minadores del ánimo. Profesionales del ocultismo. Postuladores del “que vayan ellos, que cobran más”, mientras alguien ruega ayuda al otro lado de la línea. Recortes de periódico con nombre, apellido y número de placa. Especialistas del desmarque. Guiñapos. Sujetos que ni saben, ni quieren saber. Tóxicos sin par.


En definitiva, y para ir acabando, puercos que abusan de lo que representan; golfos que no suman; ratas que restan e ineptos que deberían estar en cualquier sitio menos ocupando una plaza de policía. Así es, cancerberos de un chiringuito montado en connivencia con mandos y colegas amparados por siglas. Fenómenos de la desvergüenza. Amargados bajo la gorra. Enarboladores de trapos hechos pasar por dignas banderas. Figurantes de relleno que hacen mucho daño a quienes de verdad sí quieren ser y no solamente parecer. Mosqueados empedernidos. Vinagretas de las tres pes: placa, porra y pistola. Manipuladores de la realidad. Reponedores de cubitos de hielo. Lamelápices. Rompe denuncias y ocultadores de tabaco. Tramposos que lanzan cáscaras de plátano a los pies de quienes corren detrás de los traficantes. Reposavasos con patas. Diarreicos intestinales y mentales. Cazadores de mariposas durante la batalla. Ojeadores de futbolistas mientras los demás doblan el lomo. Adoradores de Baco y dolientes de la botella durante la partida del día a día. Expurgadores de sus más bajos instintos. Proxenetas de la falacia. Violadores de la sinceridad.


Estos indignos, por suerte para todos, son minoría, de lo contrario uno podría llegar a preguntarse en manos de quiénes estamos. Los párrafos precedentes han brotado en mi cabeza con un café en la mano, con un policía de verdad a mi derecha y con el juzgado a unos cincuenta metros, mientras espero a que su señoría me requiera en la sala de vista. Nada, poco cosa, otro juicio por tráfico de drogas, lo normal para quienes trabajan y lo desconocido para quienes rajan y que en cuatro palabras, anteriormente, han quedado mínimamente definidos.

domingo, 19 de abril de 2015

MEMORIA DE UN AÑO EDITORIAL

Por, Ernesto Pérez y Fernando Pérez


Sí, “En la línea de fuego: la realidad de los enfrentamientos armados” ya ha cumplido un año desde que la editorial Tecnos, la más veterana del Grupo Anaya, se hiciera cargo de la edición de la obra. Para mayor satisfacción de sendos autores, la aventura nos ha llevado por diversas provincias españolas para presentar la obra y, no en pocas ocasiones, para también impartir conferencias sobre asuntos directamente relacionados con el contenido libro. Tampoco es moco de pavo que la primera edición tuviese que ser reimpresa tres veces y que la segunda, a los pocos días de su lanzamiento, requiriera de otra reimpresión urgente.

La gira de actos promocionales se inició en una Escuela Nacional de Policía de Ávila, el 21 de mayo de 2014, con una presentación servida por el veterano escritor e inspector jefe del Cuerpo Nacional de Policía (CNP) José María de Vicente Toribio. Ese mismo día, y precisamente a la misma hora que se estaba llevando a cabo el acto, fue asesinado en Málaga un agente del CNP. Francisco Enrique Díaz Jiménez, como se llamaba el funcionario finado, recibió una puñalada en el pecho. Pocos días después, el 29, el libro fue presentado en el Centro Municipal de la Juventud Algirós de Valencia, siendo promotor y presentador del acto José Riera, policía local y licenciado en Psicología y en Criminología. La jornada arrancó con una dedicatoria al policía interfecto, quien simbólicamente se hallaba representado, en el escenario, por un taburete vacío colocado delante de una bandera española, junto a la mesa de presentación.


El 12 de junio, día de temperatura insufrible y difícilmente olvidable, pasamos por la Jefatura de la Policía Local de Sevilla. Promovida por el agente municipal e instructor de tiro Sergio Calzada, la presentación del libro fue patrocinada por el Sindicato Profesional de Policías Municipales de España, copresentando junto a los autores: Nicolás López, uno de los líderes sindicales, Pedro Pablo Domínguez, criminólogo y prologuista de la obra, y Eduardo López, escritor, crítico literario y profesor de Literatura. Esa misma semana viajamos hasta Zaragoza, donde la Central Sindical Independiente de Funcionarios de la Policía Local y la tienda Army Surplus prepararon una jornada técnica con diversas conferencias y con la presentación de “En la línea de fuego” como colofón del evento. Compartieron mesa y micrófono con los autores del libro los policías locales zaragozanos Ignacio García y Ramón Tobaruela. El verano literario, por así llamarlo, finalizó el 20 del mismo mes con la exposición del periodista Luis Romero, en la librería Ares de La Línea de la Concepción.

Cuando parecía que ya no se celebrarían más actos o jornadas de difusión del libro, se nos propusieron y ejecutaron tres más, antes de finalizar el año: Calafell, el 23 de octubre, donde fueron organizadores el Ayuntamiento y la Asociación Internacional de Policía de Viladecans, de la mano del policía y sindicalista Álex Pérez; Bilbao, el 13 de noviembre, donde la Policía Municipal organizó una jornada técnica, presentada por el inspector e instructor de tiro Tomás Carrillo; y Cádiz,  el 17 de diciembre, con el apoyo y patrocinio de la Unión Federal de Policía y de la Asociación de la Prensa de Cádiz, dirigiendo la vespertina presentación la periodista Silvia Tubio, especialista en crónica negra y judicial, y el subinspector del CNP David Montes, quien se viera apoyado por Francisco Tinoco, funcionario adscrito a la Unidad de Prevención y Reacción.


Fernando y yo queremos volver a dar las gracias a todos los presentadores, organizadores y promotores de estas jornadas, pero sobre todo a nuestros lectores, colaboradores y protagonistas del libro. No queremos olvidarnos de quienes, sin éxito por el momento, no dejan de mover sus contactos e influencias para tratar de que “En la línea de fuego” se acerque a sus ciudades y plantillas. Esta no obra no es un libro técnico de nada, mucho menos de tiro o de manejo de armas. Este libro es un grito desesperado de muchos policías supervivientes a la mayor fobia humana universal que existe, como así la define el escritor, psicólogo y guerrero norteamericano Davis Grossman: vernos cara a cara ante la muerte que nos quiere regalar otro Homo sapiens. Aquí contamos, en primera y en tercera persona, qué sintieron más de treinta policías españoles que tuvieron que sobrevivir matando, pero que a veces no lo consiguieron, siendo ellos los realmente maltrechos al finalizar el encuentro. Casos reales que han ocurrido en la esquina de la casa de cualquiera de nosotros. Sucesos que se estaban produciendo mientras tranquilamente nos encontrábamos ejerciendo nuestra libertad en la puerta del colegio de nuestro hijo o comprendo en el supermercado. Derrame de sangre mientras dormíamos a pata suelta, con la tranquilidad de que alguien que no conocemos, y que casi siempre criticamos de antemano, vendrá cuando nuestra paz sea violada tras las cortinas de nuestro dormitorio. Hijos, hermanos y padres que se visten con gorra, placa, porra y pistola para que los demás disfrutemos de la vida. Guardianes de nuestros derechos y, muchas veces, conductores de nuestros sueños.

sábado, 18 de abril de 2015

STOP MENTIRAS

Por, Ernesto Pérez Vera

No es ningún secreto que mis comentarios y artículos suelen ser  muy críticos contra el sistema que silenciosamente permite y fomenta la desgana profesional en el sector de la seguridad. Despotrico, desde siempre, contra aquellos policías, mandos, políticos y sindicalistas que no promueven la formación seria y que se centran, exclusivamente, en vender una falsa imagen de la realidad. Lo que suelo decir no gusta a según qué personas, algo obvio con lo que siempre he contado. Pero si yo pienso y manifiesto públicamente que la instrucción es generalmente deficiente en determinados campos policiales, y lo argumento con datos objetivos y empíricos, ¿cómo habría que definir a quienes se sienten ofendidos porque exijo más formación? Estos inmovilistas quieren, por desgracia, que los agentes de la autoridad sigan enfrentándose a la muerte con más miedo a los jueces que a las propias puñaladas. Son, por lo que sigo viendo desde que era un niño, individuos que desde dentro del propio colectivo desean que no se aireen ciertos asuntos, para que todo siga como hasta ahora. Tapar. Cubrir. Mentir. Negar. Disfrazar. Falsear. Personajes a los que, no sé porqué, pareciera que les interesa que los funcionarios de policía, o sea sus propios compañeros, no tengan claro cuándo poder usar sus armas. Las mentiras son, también, armas de destrucción masiva.


Al contrario que yo, y que otros muchos más, estos piden que se hagan tiradas deportivas basadas en recorridos, o incluso en tiro de precisión, para entrenar a quienes se tendrán que defender, llegado el caso, de un modo total y completamente diferente a como se les está enseñando. A veces uno descubre con sumo agrado que algunos cuerpos, locales principalmente, han despertado y rehúyen de las clásicas, insulsas y peligrosas prácticas de tiro que regalan tiempos de reacción a toque de silbato, a distancias de ensueño. Demasiados ven correcto que a los agentes se les siga engañando en las líneas de tiro con eso de que siempre hay que usar el seguro y de que jamás se debe portar la pistola en doble acción. Muchos no saben que no saben y por ello se agarran como garrapatas a tales ideas, pero otros más despreciables, conscientes de la realidad, temen perder sus cómodas y mullidas poltronas y por ello se aferran a tan arcaicas doctrinas.



Otras veces simplemente es ego y solo ego, algo que todos tenemos, y ay de aquel que no lo tenga o que lo oculte. Cuando un formador mete miedo a sus alumnos, subordinados y compañeros, hurtándoles la verdad, no me queda más remedio que decirle que su alitósico discurso delata incompetencia. Si me estás leyendo y te hierve la sangre porque sabes que va por ti, es cierto, te estoy llamando pestoso. No me arrepiento de usar este lenguaje, arrepiéntete tú, a ser posible pronto, de frenar la debida evolución que hay que potenciar en esta materia. Salvar la vida no suele resultar cómodo, prepararse para ello tampoco, por lo que te rogaría que dejaras de joder al prójimo cerrando puertas y ventanas y echando las cortinas.

Comprendo que yo caiga muy mal a muchas personas. Yo mismo que caería fatal a mí mismo, si esto fuese posible (puede que ya sea así). Caer bien a todos es peligroso y hasta presumo de no llevarme bien con todo el mundo. Si alguna vez me hago coleguita de la gente que me cae como el culo será porque me he vuelto más gilipollas de lo que ya soy o, y esto me gustaría menos que lo otro, porque me he convertido en un gran hipócrita. Es probable que la animadversión nos acompañe un poco a todos nosotros. No voy a negar que en este instante la tengo sentada a mi vera. Pero, igualmente, también es cierto que lucho para que esta compañera no me nuble el sentido. Qué quieren que les diga, no siempre gano. Ahora bien, es verdad de la buena que cuando algo me parece eficaz y de calidad lo recomiendo aunque el autor, el fabricante, el vendedor, el inventor, el promotor, el editor, o lo que sea, me caiga como una patada en los huevos. No sé si hacer esto es bueno o es malo, pero a mí me sienta bien porque creo que es lo justo.


Hace ya muchos años que no valoro la procedencia profesional y el currículum académico de nadie que se dedique a enseñar en mi terreno. Pese a que parezca un contrasentido, me alegro de haber sido mil veces engañado porque solo así he aprendido a diferenciar el grano de la paja. No me aburre parecer un predicador que repite con frecuencia el mismo discurso, lo que me da es pena e incluso miedo comprobar que las legañas, del odio en unos casos y del desinterés en otros, impiden que muchos policías salgan a la calle con más garantías de seguridad y de autoconfianza.

Alguien que ha leído que el bagaje curricular no me asombra cuando es la primera carta de presentación, cuando no la única, me preguntó una vez sobre qué es lo que me sorprende si tan rápidamente discrimino el mamotreto de diplomas. Es muy sencillo, me quedo con la predisposición y el interés por transmitir lo que se sabe, sea mucho o poco. Me apasiona verificar, con hechos, que la gente sabe hacer cosas de gran utilidad aprendidas fuera del aula. Cosas evaluadas y puestas a prueba sin excesiva contaminación comercial. Técnicas, tácticas, mecanismos y materiales que han sido desarrollados bajo el mayor adiestramiento que existe, el de la realidad de lo que pasa ahí fuera en situaciones reales o muy cercanas a ellas, y no me refiero únicamente al combate con armas. En definitiva, me quedo, o me voy quedando, con lo que me convence, hasta que deja de convencerme.

jueves, 16 de abril de 2015

TOREROS DE SALÓN Y OTROS VALIENTES…

Por, Ernesto Pérez Vera


¿Qué tienen en común los vendedores de frutos secos, los policías, los mecánicos de motocicletas, los médicos, los camareros, los periodistas, los profesores de lenguas clásicas, los pintores, los notarios, los antenistas, los decoradores, los bomberos, los meteorólogos, los carniceros, los taxistas, los interventores de bancos y los reponedores de Mercadona? Parece que nada, ¿verdad? Da la impresión de que estas profesiones, oficios y actividades laborales no tienen nada en común las unas con las otras y, seguramente, así será. Pero resulta que es más que probable que todas las personas que se dedican a tan honradas, dignas y respetuosas actividades hayan visto alguna vez las teleseries “El comisario”, “Alerta Cobra” y, por supuesto, “El Príncipe”. Estoy totalmente seguro de que incluso habrán visto fragmentos, tramos o películas completas de Bruce Willis y de Mel Gibson, producciones en las que los tiros siempre dan donde deben y, además, con un resultado espectacularmente eficaz.

Muchos de estos conciudadanos, si son varones de cierta edad, habrán pasado por algún cuartel para realizar el servicio militar. La mayoría no habrá disparado más que los quince cartuchos que eran de obligado cumplimiento, desde las reglamentarias posiciones de tendido, de rodilla en tierra y de pie (erguido). Algunos, ni eso. Aún así, sin más contacto ni experiencia con las armas, si acaso haber consumido algunas o muchas balas en tiradas de precisión o incluso al revoleo, más de uno dirá, y de hecho lo dice, que ante un criminal que avanza hacia él machete en mano, arrancándose desde cinco metros, desenfundará, montará la pistola, desactivará el seguro manual, apuntará, disparará y acertará en la mano que sostiene el arma blanca. Otros dirán, sin pudor y más chulos que un ocho, que de tirar a la mano nada de nada, que ellos pueden agrupar cuatro taponazos en la cabeza. Hay mucho fantasma suelto, pero lo que más pulula es, sobre todo, mucho escaso de sesera. Engreídos ante el espejo. Emuladores del sin igual Robert De Niro, en aquel papel de vengador en “Taxi Driver”. Zoquetes que se ven, así mismos, como los guapitos de las películas. Canallas que viven en un mundo ilusorio.


Todo esto  viene a que aunque hay que escuchar a todo el mundo, la verdad es que no todas las opiniones son respetables. Llámenme intolerante si quieren, pero es lo que pienso. Algunos comentarios son tan insulsos, fantasiosos e infantiles que deberían ofender más a sus locuaces propietarios que no a quienes ajenamente nos tenemos que  avergonzar al oírlos o leerlos. He entrado ocho veces en quirófano, la mitad de las veces totalmente anestesiado y la otra mitad sedado, por lo que no tengo una idea totalmente clara de cómo es por dentro. Pero ni tan siquiera a un celador de hospital me atrevería a decirle como creo que hay que manejar una camilla, y mucho menos le diría, aunque no sea personal sanitario (el celador no lo es), cómo hay que hacer una incisión en el bajo vientre para practicar una cesárea. Tampoco le diría jamás a un antenista cómo hay que orientar una antena porque a lo más que llego, y a veces ni a eso, es a darle al botón de encendido y apagado del mando a distancia de mi televisor. Es que ni a mi amigo Pepe Yepes, pintor de cabecera de la familia, le diría como tiene que mover el rodillo para manchar menos el suelo de casa, cuando cada cierto tiempo le pido que me la adecente cromáticamente.


No destaco por ser prudente y suspendo en diplomacia. Tampoco me sobra sentido común, ojalá. Pero en mis últimos veinte o veinticinco años de vida he tratado de tener clara una cosa, y es que si no sé de algo… me tengo que callar, tengo que preguntar a quien me acredite, con hechos, que sabe de esa cosa y en último lugar, pero no por ello menos importante que todo lo anterior sino posiblemente más importante aún, tengo que estudiar esa cosa. Leer y documentarme. A lo largo de la vida uno se equivoca cientos de veces llamando a las puertas equivocadas, pero descubrir tal error es, en sí, una gran lección. Me he equivocado muchas veces por haberme dejado engañar por falsos mesías y por pretenciosos mamarrachos disfrazados, no descubiertos a tiempo. Pero si uno estudia por sí solo, bebiendo en acertadas fuentes de agua fresca no contaminada, posiblemente no se equivoque nunca. A lo sumo pasará que uno la cagará solito, por lo que al menos el pozo no te lo habrá cavado un tercero. Como dijera Santa Teresa de Jesús, “lee y conducirás, no leas y serás conducido”.

Cuando nuestra selección nacional de fútbol pierde un partido, surgen cuarenta millones de entrenadores sentados frente al televisor. Es día todos sabemos, y que se salve el que pueda, qué se tendría que haber hecho sobre el césped, a quién se tendría que haber cambiado en el primer tiempo y quién tendría que haber sacado las faltas directas y haber lanzado los penaltis. Ese día todo el mundo se siente Casillas y grita, con desesperación e ínfulas, cómo hubiera saltado él o por qué lado se hubiera tirado en caso de estar en el terreno de juego y no con un botellín de cerveza en la mano. Eso es lo que sucede, también, cuando los periódicos decoran sus páginas con titulares sobre policías heridos a navajazos, a pedradas, a tiros, etc. Ante esto, el mismo que se siente portero de primera división, mientras come cacahuetes y se toma unas cervezas, levanta la mano y expone qué hubiera hecho él de haber sido aquel agente herido, pero obviando que lo más parecido a una pistola que ha empuñado es un plátano pelado, como postre de un bar barato de carretera. Es muy nuestro eso de decir que a nosotros nunca nos hubiera ocurrido algo así. Hay más tontos que botellines en la Feria de Abril.


Pasa igual cuando el telediario nos muestra un vídeo en el que aparecen cuatro funcionarios reduciendo a un canijo, o a una mujer, que no se deja detener y que se resiste a los agentes. El mismo que plátano en mano iba a cargarse él solito al atracador de turno, ahora dice que con la técnica equis, que le enseñaron en un curso de judo de ocho horas, podría haber reducido al individuo partiéndole un brazo. Pero cuando son los policías quienes fracturan el miembro superior de su antagonista, los papanatas de este perfil despotrican enarbolando la bandera de la no violencia física y de las buenas maneras.


“Quillo”, “ompare”, “amigasho”, seamos serios y apliquémosno, lo más posible, aquel refrán que dice: “zapatero, a tus zapatos”. Tienes que comprender que ni los propios policías están entrenados como debieran, aunque muchos de ellos no lo sepan. Debes saber que nuestro cuerpo reacciona de modos muy diferentes ante situaciones de máximo estrés. Hay que convencerse de que una cosa es lo que queremos hacer, o quisiéramos hacer, y otra muy diferente la que finalmente se pueda ejecutar. En momentos tan dramáticos, como pudiera ser un a vida o muerte, nadie sabrá de antemano qué hará ni cómo lo hará.  El cerebro y la propia fisiología humana determinan, in extremis, el resultado de las acciones llevadas a cabo en estas situaciones.

miércoles, 15 de abril de 2015

MENTIRAS QUE MATAN: UNA MÁS SOBRE PROPORCIONALIDAD

Por, Ernesto Pérez Vera


Esta es la pura y triste realidad: “No les disparé cuando se me echaron encima (…) porque la primera palabra que me vino a la cabeza fue 'proporcionalidad'. Estoy seguro de que si le hubiera pegado dos tiros a cualquiera de ellos, me hubiesen condenado por homicidio imprudente”.

Esto lo cuenta Juan Cadenas, el policía local de Puerto Serrano, Cádiz, que recibió una paliza y dos cuchilladas en la cabeza, una en el ojo izquierdo, que ha perdido, y otra en el paladar. Su binomio también fue brutalmente apaleado. No sucedió en una calle cualquiera, donde por otra parte suelen producirse con frecuencia este tipo de hechos. Pasó dentro de la Jefatura de la Policía Local de Puerto Serrano, en enero de este mismo año. Pero en honor a la verdad debo decir que no fue un machete, una navaja o un cuchillo de cocina el elemento empleado como arma ofensiva contra este funcionario, sino un trozo de cristal arrancado de la propia puerta del cuartel.


Tres personas, todos varones, penetraron violentamente en dependencias policiales con el fin de liberar a un pariente que se hallaba detenido por un delito contra la seguridad vial. Eran miembros de un conocido clan familiar autóctono, dedicado a todo tipo de actividades ilícitas. Gente fea y mala. Muchos policías sabemos de qué perfil humano estamos hablando, de guarros malnacidos.

Como instructor y estudioso de todo lo que rodea el enfrentamiento armado policial, me pregunto: ¿Realmente no disparó este policía por miedo a la posible repercusión judicial de su acto defensivo? Pues sí, seguro que sí, me lo creo. Pero, ¿acaso a este hombre le habían dicho alguna vez en qué consiste el principio de proporcionalidad en los medios defensivos? No, no se lo habían dicho nunca, seguro que no. Lo que sí es probable, si acaso un hecho cierto, es que lo hubieran mal informado sobre estos menesteres. Este policía, como la inmensísima mayoría de agentes de la autoridad y de ciudadanos particulares de este país, había sido engañado sobre qué sí y qué no puede y debe hacer una persona para defenderse, proporcionadamente, desde el punto de vista jurídico. Los entrenamientos y demás planes de formación de los policías se basan, generalmente, en mil falsedades que la mayoría de instructores y profesores de Tiro transmiten a sus alumnos, por tanto es normal que este hombre no pudiera responder a tiempo frente a sus homicidas. No solo no lo habían adiestrado táctica y técnicamente para este tipo encuentros a muerte, sino que además, y esto a veces es peor, nadie le había hablado de lo que de verdad significa eso del uso proporcionado de medios; que obviamente no hubiera requerido en este caso de que el funcionario asiera otro trozo de vidrio para clavarlo en el cuerpo de sus tres oponentes.


Ya no deberían existir dudas sobre varios asuntos relacionados con estos temas. La solución del problema pasa por modificar de la A a la Z los planes de formación académica y los de reciclaje de las plantillas (aquellas que cuenten con ellos). Pero antes habría que cambiar los cuadros de profesores e instructores o, por lo menos, enseñarlos a algo más que anotar puntuaciones en un papelito llamado cartilla de tiro. ¡Si los que ensañan y mandan no saben, qué esperamos! Por cierto, hay muchos que saben, pero no los dejan enseñar. La gente no sabe que no sabe y de esto no escapan demasiados docentes del ramo. Tipos que viven anquilosadamente en cómodos sillones y agarrados a horarios de lujo. Sujetos que, en ocasiones, llevan décadas haciendo la misma mierda en la galería de tiro. Individuos que no diferencian un revólver de tres pulgadas, porque los hay aunque un mando y docente me dijera que no existen, de un cañón sin retroceso montado en un Jeep. Beneficiados por sindicatos, jefes, colegas concejales o presidentes de equipos de fútbol que, además, presumen de puesto, de diploma y de los pestosos cursos que imparten por un pastón que en ocasiones paga la propia Administración. Usureros del nepotismo. Papanatas astuta y estratégicamente encumbrados que pasan de todo y de todos, pero que ante los ojos de extraños pasan por verdaderos expertos y profesionales. Un negocio redondo para unos y una mala partida, con trampas, para gente como Juan Cadenas.


Por cierto, este suceso tiene su reflejo en el libro “En la línea de fuego: la realidad de los enfrentamientos armados”. Concretamente, está muy relacionado con lo que se narra en el capítulo 5 de la obra, donde un individuo atacó a dos agentes de policía a las puertas de su jefatura, apuñalando e hiriendo gravemente a uno de ellos. A diferencia de lo acaecido en la localidad gaditana, en este enfrentamiento documentado en el libro coescrito por Fernando Pérez Pacho y un servidor, uno de los agentes sí que disparó contra el agresor, con un resultado que convendría conocer.

Espero y deseo que la nueva vida de Juan Cadenas le depare infinitos parabienes y que reciba el reconocimiento social y profesional que merece.


martes, 14 de abril de 2015

MUERTE ENTRE BUTACAS

Por, Ernesto Pérez Vera


La filmación que hoy analizamos presenta el instante en el que un policía brasileño fuera de servicio cae bajo el fuego de dos atracadores. Falleció. El suceso fue grabado por varias cámaras de seguridad, si bien, aquí, solamente vamos a visualizar la toma de una de ellas. No importa mucho si el incidente se produjo en una entidad bancaria, en una oficina de empleo o en un videoclub. Lo que nos interesa es que el agente accede como cliente a un establecimiento público y que, sin demora, trata de marcharse justo tras cruzar el umbral de la puerta. Todos los gestos indican que pudo haber detectado indicios de que algo extraño estaba ocurriendo, pero no logra salir del local: uno de los delincuentes, que se hallaba sentado y mezclado entre los clientes del lugar, se pone en pie, lo sujeta por la ropa, impide que abandone el sitio, esgrime una pistola empuñada a dos manos e inicia una serie de disparos contra él. Pienso que el mundo se debe abrir ante los pies de cualquiera que, de sopetón, se vea ante algo así


El funcionario, por su parte, reacciona al fuego contrario extrayendo una pistola que porta oculta bajo la ropa, en la región inguinal. Pero el hombre, antes de iniciar su respuesta armada, tuvo que cambiar de mano el casco de motorista que llevaba asido con la mano izquierda, para finalmente dejarlo caer al suelo y poder emplear sendas manos para montar su arma, la cual se encontraba con la recámara vacía. Una clara desventaja que le costó numerosos impactos antes de que pudiera comenzar su tanda de réplica: se vislumbran cinco tiros antes de que el agente efectúe su primer disparo. En segundos se produjo un violentísimo tiroteo entre ambos contrincantes, sin que el rango de enfrentamiento superara nunca los cinco metros, habiéndose iniciado a no más de dos. No es fácilmente apreciable, pero el policía recibió fuego simultáneo de los dos criminales, durante al menos una parte de la refriega (tiempo 2”07’ del vídeo). 

Se advierte claramente como los dos principales protagonistas se mueven, desplazándose, a la vez que desenfundan y disparan. Es posible, pero que muy posible, que ninguna de las partes hubiera recibido adiestramiento especifico en este sentido, en el de moverse para ganar distancia y, a la par, ponérselo más difícil al contrario. Los dos hombres se dejaron llevar por el animal salvaje que aún podemos ser los Homo sapiens, en según qué momentos y circunstancias de la vida. La situación debió ser tan brutal, sobre todo para la víctima del sorpresivo ataque, que sus cerebros reptilianos seguramente tomaron el control emocional de las acciones, discriminando toda posible respuesta cognitiva. Típico, lógico, natural y me atrevo a decir que hasta saludable. De haber disfrutado el policía de más tiempo de reacción y de suficiente capacidad para pensar, como ocurre en las galerías de tiro, hubiese discernido y adoptado una cómoda posición de tiro, quién sabe si incluso cinematográfica y, además, podría haber enrasado los elementos de puntería de su arma en el entrecejo de su antagonista. Pero no, ese día el instructor no estaba allí para recordarle a nadie que las piernas tienen que estar bien abiertas, y los pies en paralelo, para que los huevos, por inercia, cuelguen bien dentro de la bolsa escrotal. Tampoco había nadie con un silbato marcando el ritmo de los tres segundos de reacción que muchos creen, todavía, un tiempo ideal para desarrollar entrenamientos reactivos. ¿Adiestramiento o autoemboscada? Sencillamente, manidas mentiras. Una forma de institucionalizar la ignorancia y la dejadez. Un clarísimo ejemplo de la deserción del compromiso. Miedo a evolucionar, por vergüenza a reconocer que lo anterior era una entelequia.

En estos casos el objetivo está muy claro y se encuentra totalmente alejado de florituras, de postureos y de falsas calificaciones de tirador selecto, de primera, básico, de tercera, etc. Se trata de sobrevivir a cualquier precio y de cualquier modo, por ello, aunque en estas secuencias no se puede ver, el policía se deshizo de su arma, lanzándola hacia la puerta, cuando vio que ya no tenía muchas opciones de vencer. Tal vez pensó que si los otros dejaban de verlo como una amenaza no lo rematarían. ¿Cobardía? No, en absoluto, simplemente es una de las formas naturales de supervivencia que nuestra especie lleva millones de años poniendo en práctica, por herencia evolutiva de nuestros ancestros.

Llevar la pistola presta para disparar hubiera supuesto una gran ventaja para el agente. Pero no nos engañemos, verse inesperadamente delante de dos individuos armados, y tan violentos, nunca resulta moco de pavo, ni es plato de buen gusto para nadie. Podríamos matizar numerosos puntos observados en este incidente, pero quiero hacer hincapié en la fisiología del aparato ocular en situaciones de percepción del peligro. No es momento de dedicar páginas o párrafos enteros al asunto, pero sí que resulta casi de obligado cumplimiento recordar que aunque más del cincuenta por ciento de la actividad cerebral es consumida por el sentido de la vista, éste, el ojo, nos puede jugar malas pasadas en momentos vitales como el que estamos comentando. Así las cosas, todos los participantes en este encuentro armado debieron encontrarse con serias dificultades, difícilmente salvables en tales instantes, para alinear el punto de mira y el alza y, con precisión, encararlos en la zona de tiro deseada. Está demostrado científicamente que el músculo ciliar en estos casos se relaja, obligando al cristalino a perder su forma curva para aplanarse. Ante tal vicisitud se hace del todo imposible que el cristalino, cuya misión consiste en permitir el enfoque de objetos a distintas distancias, se concentre en tan minúsculos aparatos de puntería.



Todo lo anterior no significa que abogue por adiestrar a las personas a disparar sin apuntar. Proponer esto sería una temeridad mayúscula, toda vez que no todos los casos requieren de respuestas reactivas ante agresiones sorpresivas a distancia de saludo; por lo que cuando sí existe un plan premeditado, como policialmente pudieran ser las llamadas que comisionan a los funcionarios a escenarios ya calientes, sí pueden tomarse decisiones razonadas que, como poco, predisponen a los intervinientes para barajar, con alguna porción de tiempo, posibles respuestas favorables.