domingo, 29 de marzo de 2015

ESTADÍSTICAS POLICIALES

Las estadísticas policiales de mi ciudad arrojadas desde el “BALCÓN DEL ESTRECHO” de ONDA CERO ALGECIRAS, el viernes 27 de marzo de 2015, en el programa que dirige María Quirós.


Por, Ernesto Pérez Vera

Las estadísticas publicadas sobre las tasas de criminalidad no suelen tener gran valor para mí. Esto es así porque mientras veía crecer el delito pasando por mis manos en forma de detenidos por homicidios, lesiones, robos, etc., el político de turno, antes uno y ahora el otro, siempre sacaba papeles diciendo que estábamos en la ciudad más segura del país. Mientras fui un policía novato me engañaba todo el mundo, lo hacían los chorizos y también los ciudadanos de bien que cometían simples infracciones de tráfico que luego negaban con desvergüenza sobrenatural. Por todo esto dejé de creer en las estadísticas emanadas de las subdelegaciones del Gobierno. No me las creo ni cuando dicen que aquí han bajado, ni cuando dicen que allí han subido. Ahora solo creo en lo que veo y ya solamente me dejo engañar cuando a mí me interesa.


Hace unas semanas supimos, de la mano del Ministerio del Interior, que La Línea de la Concepción, ciudad en la que nací y en la que ejercí como policía durante casi tres lustros, es la población gaditana en la que más aumentó el crimen en 2014. Aunque no tengo en cuenta ni las cifras y ni los porcentajes, porque sé cómo se realizan estos estudios, la verdad es que esta noticia no ha debido sorprender a ningún linense sensato que se haya librado de la picadura del mosquito de la absurdez política local.

Podría opinar sobre el trabajo que realizan allí todos los cuerpos policiales, pero me voy a centrar solamente en una fuerza pública, en la mía, en la Policía Local. A nadie se le escapa que este cuerpo ha sido masacrado por el actual equipo de Gobierno, no en vano la alcaldesa prometió durante la anterior campaña electoral acabar con algunas unidades de dicha fuerza, cosa que empezó a hacer al minuto uno de tomar posesión del cargo. Tanto es así que la vilipendiada y difamada Unidad Especial de Seguridad Ciudadana, a la que un servidor pertenecía y en la que incluso desarrollé labores de mando, tuvo que soportar durante la última infernal caza de votos que muchos traficantes y demás repugnantes seres nos dijeran, mientras los deteníamos, identificábamos o cacheábamos, que cuando ella tomara el control del Ayuntamiento íbamos a irnos a tomar por donde amargan los pepinos. Esto es tan cierto como que rara era la semana en la que no éramos espetados con manifestaciones de esta naturaleza. Dicho y hecho: alguien cumplió su palabra y aquellos policías que diariamente incautaban drogas, armas e impedían homicidios, lesiones y robos pasaron a mejor vida con la oficiosa consigna de no meterse en camisa de once varas, todo lo cual coincidió con el impago de muchísimas nominas y con el cambio de jefe de policía.

Señoras y señores, de aquellos barros, estos lodos.

lunes, 23 de marzo de 2015

DEL PRÓLOGO DE “EN LA LÍNEA DE FUEGO”

“Tres clases hay de ignorancia: no saber lo que debiera saberse, saber mal lo que se sabe y saber lo que no debiera saberse”.

Para los autores de este libro supone una inmensísima satisfacción saber que por ahí hay personas que usan nuestro texto para algo más que entretenerse leyendo historias reales de agentes de la autoridad que sobrevivieron matando a tiro limpio. Algunos devoran cada párrafo de la obra en busca de información fresca y portadora de esa vitamina llamada verdad, que algunos cercenan en la fábrica de policías.

Esta imagen nos llega desde Zaragoza, donde por cierto el libro fue presentado, con enorme éxito de asistencia, el pasado 16 de junio. Un acto organizado por la Central Sindical Independiente y de Funcionarios (CSIF) de la Policía Local de Zaragoza, en el marco de una jornada técnica policial conformada por varias conferencias. 

LAMENTABLE SITUACIÓN: FIREMAN “vs” FIREARMS

Por, Ernesto Pérez Vera

La mayor parte de la población posiblemente nunca ha tenido que enfrentarse con otras personas a trompazo limpio. Puede que incluso algunos policías tampoco, unos porque la suerte siempre les ha acompañado, o al menos de ello presume más de uno que yo me sé, y otros porque eluden toda actuación que atisbe el más mínimo riesgo. Conozco a unos cuantos que disimulan mirando las estrechas, o comprobando la presión de los neumáticos, mientras apalizan a los suyos. Estos son, qué casualidad, los que ante quienes desconocen la realidad presumen de haber ido, estado y amarrado al lobo feroz. Cuentos y más cuentos. Los hay tan doctos en esto de cuentear que incluso ascienden a guiñolistas y titiriteros para luego mover los hilos. Pero lo cierto es que la mayoría de quienes se calzan las botas sí sabe lo que cuesta detener a quien no quiere dejarse detener.

Yo nunca he sido especialmente valiente, la verdad, puede que hasta todo lo contrario, pero por circunstancias me he visto mil y una vez tirado por los suelos con individuos e individuas de todo pelaje. Seguro que no soy el único al que le han pateado la cara. También sé de otros que, como a mí, les han partido la nariz de un puñetazo. Algunos de vosotros habrá experimentado qué se siente y cómo se reacciona a las tres de la mañana reduciendo a una persona violenta sobre restos de vasos y botellas partidas, pero sepan que muchos de quienes vierten críticas pseudocatedráticas desde dentro de la comunidad policial jamás han pasado por algo así; como probablemente, y por cierto, tampoco la inmensa mayoría de jueces y fiscales sabrán de qué estamos hablando. Aunque pueda parecer una perogrullada típica de película yanqui, ahí fuera hay una subraza humana que todos los días se juega el tipo entre vómitos, meadas, cuajarones de sangre, escupitajos y demás efluvios propios de la noche en su sentido más peyorativo, para que el resto pueda dormir tranquilamente.

Soy consciente de que con un continuo entrenamiento de Defensa Personal Policial casi siempre hubiese podido ser más eficaz, pero qué quieren que les diga… no se me da bien y finalmente he solido tener que recurrir a lo más vulgar y callejero para zanjar las cosas; como del mismo modo han hecho contra mí. Es lo que tiene la calle, que no está tatamizada y por ello nadie te advierte de por dónde, cómo y cuándo te van a meter el puño, la botella o el cabezazo.

Hay quien trabaja arduamente para hacernos creer que la pistola no se puede utilizar si no es para repeler ataques producidos con otras armas de fuego. Algunos instructores inoculan a sus alumnos con la idea de que, además, hay que estar ya herido para poder replicar con la pólvora. Tanto es así que demasiados formadores acreditan su supina incompetencia defendiendo la tesis de que contra un navajero nunca se debe disparar, so pena de incurrir en infracción por desproporción en el empleo de los medios defensivos. Hoy no toca, pero dejen que les diga que hay que estar a cada caso particular en esto de justificar el clásico y controvertido “pistola contra cuchillo”.


Pero vamos a lo que vamos, al vídeo enlazado en el que un agente de policía, de cuarentaidós años de edad, desenfunda su pistola cuando se ve superado en el suelo tratando de reducir e inmovilizar a una persona mucho más pesada y joven que él (dieciséis años de diferencia) que, para colmo, no se deja manejar y se revuelve violentamente. Hay que destacar que el uniformado se hallaba franco de servicio como policía, pero se encontraba desempeñando funciones privadas en un hotel. Sí, en algunas fuerzas públicas norteamericanas es legal prestar servicios privados cuando estos no afectan al funcionamiento del trabajo público diario. Esta es la razón por la que el protagonista de la filmación no contaba con el espray lacrimógeno y con la pistola Taser de dotación. Únicamente llevaba consigo su pistola del calibre .40 SW, porque por no llevar no llevaba ni radiotransmisor.


La grabación pone de manifiesto la mayor corpulencia y envergadura física del hombre objeto de la intervención, quien a la postre resultaría ser un bombero embriagado. Fruto de la activa resistencia del individuo, así como de su evidente estado de agresividad, el policía tuvo que ser facultativamente asistido de graves lesiones en su rostro: fractura del hueso orbital y del pómulo. Fue precisamente ahí, en el instante en el que estaba recibiendo tal cantidad de golpes en la cara, cuando el policía extrajo su arma y, a quemarropa, disparó dos veces contra su agresor. En el vídeo son audibles los gritos desesperados del funcionario recabando ayuda de quienes estaban observando y grabando el suceso. El hostil, que precisamente acababa de contraer matrimonio y que estaba abandonando el salón en el que se había celebrado el banquete, perdió la vida en la propia escena del incidente. El hecho se produjo el 1 de diciembre de 2013 en Kansas City, interviniendo el agente en la puerta del hotel a requerimiento de un taxista al que el recién casado también había agredido con varios golpes.


Que no se les pase por alto un detalle: el agente no tuvo que alimentar la recámara de su arma, se limitó a sacarla y a dispararla. De haber tenido que manipularla para hacerla efectiva, seguramente no lo hubiera conseguido. Incluso puede que se hubiese terminado autolesionando por accidente, dada la situación tan complicada en la que se encontraba. Ahora bien, de haber conocido este policía métodos de emergencia para alojar un cartucho en la recámara, ¿lo hubiese logrado a tiempo? No lo sabemos, pero es muy probable que sí, solo que tras haber aumentado el alcance de sus heridas. Este hombre  portaba su pistola presta para el tiro, justo como casi nadie la lleva en España. Aquí existen cuerpos en los que no solo se prohíbe mediante norma interna, sino que hasta se sataniza a quienes postulan posicionamientos técnicos y tácticos contrarios.


Seguro que surgen voces discordantes con la sentencia absolutoria de la que disfrutó el tirador una vez celebrado el juicio en el que todo esto acabo, ¿pero es que acaso el policía debió dejarse provocar más lesiones en la cabeza? Creo que hasta el más exiguo cerebro progresista tendrá que admitir la calidad y lucidez de esta definición del madrileño Manuel Rivacoba y Rivacoba, catedrático de Derecho Penal, humanista, académico y escritor, fallecido en diciembre de 2000: “El defensor debe elegir de entre varias clases de defensas posibles aquella que cause el mínimo daño al agresor, pero no por ello tiene que aceptar la posibilidad de daños a su propiedad o lesiones en su propio cuerpo, sino que está legitimado para emplear como medios defensivos los medios objetivamente eficaces que permitan esperar con seguridad la eliminación del peligro.

domingo, 22 de marzo de 2015

DOS MEJOR QUE UNA, ¿POR QUÉ NO?

Por, Ernesto Pérez Vera


Cuando vemos policías americanos en la televisión solemos alabar la ostentación armamentística y de material de la que normalmente hacen gala, allí, los agentes de la autoridad. Si los polis en cuestión además protagonizan una película ya entonces lloramos de envidia. Nos pasa lo mismo aquí, en España, cuando admiramos el equipamiento de nuestros compañeros de las unidades especiales, quienes además de aparecer con una pistola en el muslo o en el chaleco táctico también lucen un fusil de asalto o subfusil entre sus manos. Nadie se cuestiona si estos agentes realmente tienen que llevar consigo tan apabullante dotación: numerosos cargadores de treinta cartuchos para las armas largas y dos o tres para las cortas; amén, por ejemplo, de varias granadas aturdidoras. 

Personalmente me parece acertadísimo que estos funcionarios lleven consigo todo lo que pudiera hacerles falta llegado el caso, lo que incluye, por qué no, varias armas por policía. Pero si ellos saben a dónde van y contra quién y cuándo se van a enfrentar, y llevan todo eso, ¿por qué un patrullero normal y corriente de pistola, placa y porra no lleva consigo un lógico refuerzo de material? Algunos, por no llevar, no llevan ni radiotransmisor sino un teléfono móvil que se convierte en inoperable, ante la sacudida hormonal que sufrimos los humanos en situaciones de estrés por miedo.

Espero que a nadie se le escape que el policía que ahora mismo está poniendo una simple multa de tráfico en cualquier esquina solitaria, dentro de cinco minutos podría estar batiéndose el cobre en la puerta de un banco, de una joyería o de un supermercado, también cualquiera. Eso por no decir, por ejemplo, que podría verse escaleras arriba por un edificio en llamas en el que un malnacido hubiera metido fuego a su casa con la familia dentro. Quiero decir, y lo digo, que los funcionarios patrulleros corrientes y molientes son, posiblemente, quienes con más recursos materiales deberían de contar a su disposición de modo inmediato, porque, en contra de la ventaja de la que disfrutan sus compañeros de operaciones especiales, ellos nunca saben si el ciudadano al que acaban de darle el alto en aquella esquina es un criminal que huye y que, sin previo aviso y sin haber levantado previas sospechas…, puede tratar de acabar con tan incordiantes uniformados. Ha pasado, está pasando y, seguramente, seguirá pasando.
El cine nos muestra polis americanos dotados de escopetas y/o fusiles de asalto en todos los coches patrulla, pero también nos traslada la suculenta, novelesca y atractiva imagen de agentes que portan dos o incluso tres armas cortas a la vez, estando siempre la segunda o tercera profundamente oculta o disimulada ante los ojos del público general. En la pantalla esto nos pone, nos gusta y nos hace fantasear (obviamente, a unos más que a otros), pero cuando se detecta que un igual hispano emula lo antedicho… lo sometemos gratuitamente a la crítica destructiva. En realidad, no hace falta ni echarse encima otro hierro para ser objeto de escarnio; el mero hecho de comentar tal posibilidad abre la veda de la sinhueso y de las descalificaciones. A este fenómeno de potar armas de respaldo o de apoyo,  los anglosajones le llaman back-up.

Algunos pensarán que portar una segunda arma de puño, concepto general de arma corta de fuego que engloba a la pistola y al revólver, es una fantasmada. La verdad, no dudo de que alguno se la pueda echar encima junto con la sábana y las cadenas, pero confío en que la mayoría sabrá valorar la ventaja que proporciona tener una segunda oportunidad cuando todo parece haber caído al abismo. De todos modos, no hay que caer en la obsesión de ir armado y mirando para atrás en todas las esquinas.

Son muchos los supuestos que se pueden plantear en los que tener un arma oculta, sin conocimiento del agresor, puede suponer un giro a una situación adversa. La mayor parte de los policías con los que he hablado de este tema me han dicho que, aun no habiéndose planteado la opción de llevar un back-up, lo ven útil en los casos de desarmes violentos. No ven otras ocasiones en las que poder recurrir a tal respaldo. Pero lo cierto es que son muchas las hipótesis que se pueden dar, solo que casi todo el mundo se centra únicamente en esta: malo quita pistola al bueno. La verdad es que esto sucede muy poquísimas veces.

Siempre que hablo de este asunto recuerdo aquel concepto llegado desde el New York Police Department (NYPD): el cambio de cargador a la neoyorquina. El famoso instructor de tiro policial Jim Cirillo, que ejerció en el NYPD durante los años sesenta y setenta del siglo XX, acuñó esta denominación y sistema. Durante un enfrentamiento ya en marcha y ante la necesidad de recargar el arma principal o de resolver una traba mecánica, Cirillo desechaba tal opción y extraía otra arma más pequeña que siempre portaba oculta a la vista de terceros. Por cierto, Cirillo siempre usó como back-up un revólver del calibre .38 Especial con cañón de dos pulgadas o una pistola Walther PPK del 9 mm Corto. A veces incluso llevaba ambas a la vez. Este afamado instructor falleció en un accidente de tráfico cuando contaba más de setenta años de edad, pero había participado, ¡ahí es nada!, en alrededor de quince  tiroteos. Trabajó la calle en la convulsa época de los mil y un atracos diarios a bancos, licorerías y farmacias de Nueva York. Creo que este tipo sabía lo que hacía. Abiertamente me declaro un admirador, un “ciriliano” ¡Ah!, por cierto, en Nueva York he podido ver a varios agentes uniformados portando el arma de respaldo a la vista: una pistola Glock tamaño estándar en la cintura pendiendo del cinto y otra de la misma marca, o un revólver pequeño, en una funda interior pero al alcance del ojo ciudadano. Esto se me antoja ideal para el referido cambio de cargador a la neoyorquina.

El uso del back-up podría ser crucial ante el “encasquillamiento” del arma principal. Incluso una persona entrenada podría verse ralentizada durante un enfrentamiento real, mientras trata de devolver su pistola a la situación de fuego. Son varias las posibles trabas que se pueden estudiar y la mayoría son de rápida y segura resolución cuando se está adiestrado, pero otras son imposibles de resolver eficazmente durante el curso de un enfrentamiento. Ante la temida doble alimentación o frente a un fallo mecánico del arma (avería en el peor momento), mejor extraer otra.

En Norteamérica no son pocos los policías que han salvado la vida gracias a que llevaban oculta otra arma de puño (otras veces no tan oculta). Otros hubieran dado cualquier cosa por tenerla. Pero lo cierto y real es que incluso allí se producen pocos desarmes y no siempre finalizan luctuosamente. Estamos haciendo referencia a la opción más manida de todas, el arrebato del arma por parte de un hostil, pero hay otras formas de perder el arma durante la prestación de servicios cotidianos que se complican. Otras veces no se pierde físicamente la herramienta sino que desaparece su operatividad. He visto unas cuantas pistolas caer al suelo desde su funda durante persecuciones a pie, saltos de muros y enfrentamientos físicos violentos de esos que acaban con los policías revolcados por el suelo con personas agresivas. En todos los casos vividos por mí, que son unos cuantos, las pistolas siempre pudieron ser recuperadas, con más o menos rapidez, por otros agentes presentes. Pero del mismo modo que los buenos conseguimos agacharnos y recoger el arma de un compañero, un contrario también puede. Una segunda oportunidad hubiera podido ser, en estos casos y llegado el vital momento, llevar un arma de respaldo.

El back-up, como es lógico, deberá ir casi siempre oculto a la vista de terceros, pero no por ello en un lugar inaccesible. El hecho de portar un arma difícilmente detectable no debe ser óbice para hacer de ella un uso más o menos rápido. El tobillo es la zona en la que tradicionalmente se han llevado estas armas durante la segunda mitad del siglo XX, hasta nuestros días. Pero los bolsillos también han sido muy usados, cuando las armas eran lo suficientemente pequeñas. Las sobaqueras también fueron muy recurrentes como lugar de portación de armas de apoyo. Todos  recordamos haber visto en el cine a algún jugador de cartas extrayendo una Derringer o un pequeño revólver del interior de su chaqueta, ¿a que sí?

El mantenimiento del arma de respaldo deber ser tan importante o más que el cuidado que se preste a la principal. Al arma principal, por el mero hecho de serlo, siempre se le prestará más atención. La otra, por ser la secundaria, muchas veces será olvidada y poco mimada. Un error, sin duda. Ambas deben estar siempre a punto, pero si una de las dos puede verse algo más afectada por pelusas, polvo y roña ambiental es, muy probablemente, la segunda. Un arma que siempre está ahí abajo, en el tobillo por ejemplo, puede verse alcanzada por más partículas de polvo, arena o suciedad en general que el arma principal. La principal suele estar más alejada de estas contaminaciones. Doy fe de ello, como habitual usuario de tobilleras que he sido.

Además, el arma principal estará tan a la vista que a poco que presente suciedad ésta será detectada y la subsanación podría hacerse casi en el acto. Los que portan diariamente un arma en el tobillo, o profundamente escondida bajo la ropa, lo saben bien: el arma acumula más restos de indeseadas partículas. No obstante, las armas modernas son de tal calidad y fiabilidad que mucha suciedad tienen que tener acumulada para que dejen de funcionar. Otra cosa. Entre las pistolas semiautomáticas y los revólveres, las primeras siempre serán más sensibles a estos factores higiénico-ambientales.

Portar un segundo arma puede venir bien incluso cuando la principal funcione correctamente. Se puede dar una situación en cual la principal no pueda ser asida para repeler una acción. Es el caso de quienes trabajan como conductores de seguridad, portando un arma en un tobillo o en una sobaquera, incluso llevando la otra en la cintura. Hablamos de los escoltas y conductores de transportes de presos, por ejemplo. En el asiento de un coche no siempre se podrá acceder eficazmente al arma de la cintura, menos aún cuando se use el cinturón de seguridad, por ello, en tales situaciones, tirar de tobillera se presenta como una respuesta ideal. El acceso al arma del tobillo es más rápido y natural desde la posición física de un conductor.

El arma
Respecto a qué tipo de arma elegir como respaldo, es sencillo: una que tenga cierta potencia, que sea mecánicamente fiable y que sobre todo tenga un tamaño que permita una buena ocultación. Pero lo del tamaño puede ser muy discutible. Aunque debe ser pequeña, muchos optan por armas excesivamente diminutas. Yo soy partidario de armas que, pese a su escueto tamaño, permitan un agarre mínimamente seguro y eficaz. Pero claro, si estamos hablando de un arma de respaldo para situaciones extremas que requieren de disparos casi a la desesperada, casi cualquier cosa será bien recibida y abrazada en tal situación límite.

El calibre no siempre es fundamental para provocar la muerte de una persona o la detención de una acción hostil, eso ya lo hemos visto en numerosísimos artículos. La gente muere incluso por disparos del calibre .22 (o menores). En este sentido, lo importante es la zona del cuerpo alcanzada por los impactos, pero lo que realmente vale de verdad es el órgano interno tocado por los proyectiles. Por ello, y para mayor aseguramiento del asunto, recomiendo usar un calibre que como poco sea el 9 mm Corto (.380 ACP/Auto). En casi cualquier calibre medianamente potente, o muy potente, podremos encontrar armas de tamaño subcompacto y de bolsillo (ultracompactas). Eso sí, a mayor calibre menor capacidad de carga se tendrá y, casi siempre, un mayor peso del arma se tendrá que soportar. En calibre 9 mm Parabellum/Luger, .40 S&W, .45 ACP, .38 Especial o .357 Mágnum se pueden encontrar infinidad de modelos de pistolas y revólveres de tamaños oportunos para ser empleados como back-up. El mercado está plagado de posibilidades que cubren todos los gustos y las necesidades de cualquier cliente.

En otros tiempos, relativamente no muy lejanos, no era posible adquirir con facilidad armas de 9 Parabellum de segmento subcompacto o ultracompacto, por ello el nicho comercial se cubría con revólveres de dos pulgadas o con pistolas de 9 Corto, 7,65 mm (.32 ACP) e incluso del 6,35 mm (.25 ACP) y .22 LR. La cosa ha cambiado, y mucho. Hoy es muy fácil encontrar pistolas pequeñas con más de siete cartuchos de capacidad en calibre 9 Luger y, además, con pesos y tamaños menores a los de los sempiternos revólveres de dos pulgadas. En estos mismos segmentos se encuentran muchas armas recamaradas incluso para calibres más potentes, pudiendo adquirirse potentísimos revólveres fabricados con titanio para  aligerar su peso.

La logística tiene hueco en esta parcela. Un ejemplo: si como arma principal se porta una pistola Glock de segmento estándar o compacto, como back-up podría ser usada otra Glock de igual calibre pero en segmento subcompacto. En este caso a la pistola más pequeña le servirían, perfectamente, los cargadores de repuesto del arma principal. Es lo que tiene Glock, que es muy universal. Con otras armas podría obtenerse la misma ventaja, es el caso de muchas de la centenaria saga 1911.

jueves, 19 de marzo de 2015

RESPUESTA A UN LECTOR LLAMADO ACCIPITER

Por, Ernesto Pérez Vera

Sí, me refiero a esa funda, Accipiter, a la ibericaural.


Considero que hay que evolucionar, dar pasos hacia delante, pero con este artilugio damos evidentes pasitos hacia atrás, involucionamos. La especie humana lleva varios cientos de años aprendiendo a desenfundar tirando hacia arriba del arma portada en la funda. Pero ahora que medio estamos interiorizando este movimiento tan lógico y natural, aparece un tío y dice que no, que en el peor momento de tu vida debes acordarte de ir contra la orden natural que dicta tu cerebro, empujando primero e ilógicamente hacia adentro. No estoy inmaculado, pero aunque me pagaran por verlo… no lo vería.


Pero es más, también me muestro contrario a desenfundar el arma en simple acción, incluso cuando solamente disponga de este sistema de tiro. No y no. Estamos hablando de que esta funda se entrega, en la mayor parte de los casos, a personal poco o muy poco entrenado. A veces, y estoy dispuesto a enfrentarme a quien diga lo contrario, esta funda, como cualquier otra, se adjudica a personas nulamente instruidas en el manejo de la propia pistolera y en el de su propia arma. ¡Ya está bien de mierdas y de mentiras!

Si a la gente se le olvida alimentar la recámara en la galería de tiro durante la realización de ejercicios carentes de estímulos estresantes, e incluso se despista y no desactiva el seguro manual de la pistola, ¡¿quién es el imbécil que se cree capaz de garantizar que en un sorpresivo a vida o muerte va a ser capaz de hacerlo todo perfectamente, y a tiempo, incluso empujando el arma para dentro antes de tirar de ella hacia afuera, y todo esto sin que se produzca un disparo indeseado o una interrupción?! Esto son autoemboscadas que nos tendemos a nosotros mismos desde el cuartel general de la ignorancia, cuando no, y esto es peor aún, por pura comodidad o por mero interés económico. Tontos pa siempre sí que haylos.


¡No más milongas, por favor! Que tu instructor te permita abrir la funda dejándola sin los niveles de retención en la línea de tiro, no significa que en la puerta de un puticlub un asesino te vaya a dar una palmadita en la espalda para avisarte de que seguidamente te va a clavar un machete. Es más, incluso he visto a muchísimos compañeros trabajar a recámara alimentada en doble acción, sin haber entrenado jamás esta condición de tiro. Sí, tíos que la llevan en doble, pero que nunca han presionado el disparador con tal recorrido. Policías que cuando les das la orden de abrir fuego se olvidan de que pueden apretar el gatillo y hacer “pum”, y proceden a montar nuevamente el arma. Esto no solamente implica perder tiempo de reacción, que también, sino que inevitablemente aumentará la consabida pérdida de la capacidad cognitiva del tirador, cuando este vea salir un cartucho entero por la ventana de expulsión de su pistola. Más distorsión y nubes negras interiores, en el peor momento posible. Algunos, ante esto y hasta por mucho menos, caen al abismo psicomotriz delante de los blancos de papel.

Si un instructor defiende el uso absoluto de las armas de doble y simple acción (acción mixta) en condición de porte de recámara vacía y además apoya el desenfunde en simple acción, ante situaciones altamente estresantes, es que ese individuo no vale un puto duro, profesionalmente hablando. No vale, desde luego, para adiestrar y mentalizar a profesionales armados. La cancha deportiva es una cosa y la jodida realidad de la calle es otra muy diferente. Sobran docentes de tiro y armamento que nunca han pateado la jungla urbana más allá de pasearse o cortar tres calles en Semana Santa y en feria. Trabajar en seguridad ciudadana no solo es meterse en un coche, hacer kilómetros y dejar tazas de café impolutas, es algo que va más allá de todo eso.

En demasiados sitios destinan a estas labores a quienes tienen un diploma y punto, aunque no sepan diferenciar un carro de combate de un revólver de tres pulgadas, que por cierto los hay aunque más de un instructor me haya dicho que solo existen de dos y de cuatro. ¡Tócate los huevos! Falta gente que vea en esta especialidad algo más que un magnífico horario y una forma de promocionarse y de ganar pasta dando cursos, cursitos o vendiendo humo. Claro que haberlos buenos, estupendos y acojonantes, haylos, pero no suelen ser los oficialmente encargados de adiestrar a sus compañeros, sino todo lo contrario: no solamente son desechados sino que a veces  también son perseguidos.



El instructor de tu plantilla no tiene porqué ser solamente un colega que anota resultados en forma de agujeros y que cumple protocolos excesivamente herméticos e irracionales. No puede ser un funcionario y punto, y entiéndanse ahora este término en el sentido peyorativo que todos sabemos que a veces carga esta palabra. El domador de un circo no solo debe saber levantar el látigo con la mano derecha y la chistera con la izquierda. El domador tiene la obligación de saber diferenciar al tigre del león y a este de su parienta. Tendría que ser capaz de responder eficazmente a cualquier acto desobediente de las fieras. El instructor de tiro, igual que el domador, debe llevar a sus espaldas una mochilita repleta de argumentos, recursos y experiencias. Un bagaje real y no uno inventado, enmarcado y lucido en la pared. Respuestas y habilidades para aconsejar a sus alumnos. Y claro está que no vale divagar e inventar ante las dudas. Pero lo que no puede suceder es que un adiestrador de policías se limite a decir que “esto es así porque sí y ya está… dispara y punto, que hay veinte esperando”. No amigo, ¡váyase usted al carajo y aprenda para luego enseñar!

miércoles, 18 de marzo de 2015

DON CUENTITIS DE LA BAHÍA

Por, Ernesto Pérez Vera

Semana en la que parece confirmarse la localización e identificación de los restos mortales y de la tumba de don Miguel de Cervantes Saavedra. Tras leer estos párrafos, seguro que comprenderán por qué oso mencionar a tan ilustre creador de las letras españolas. Sirvan, hoy, de humilde homenaje.

En un lugar de mi comarca, de cuyo nombre no puedo dejar de olvidarme, no hace mucho tiempo que empezaron a entregar a los policías unas fundas pistoleras vendidas cual bálsamo de Fierabrás. Peligroso artilugio, en manos de  personas poco entrenadas, es este involutivo y concreto complemento del diablo; máxime cuando los funcionarios a los que va destinado están, mayoritariamente, poco o muy poco instruidos. Nada en absoluto en muchísimos casos. Los defensores del susodicho aparatejo, legítimos mercaderes unos y farsantes de la seguridad otros, dicen algo así como, y permítanme el símil, que ya no es necesario ponerse el cinturón de seguridad para conducir porque ellos, los vende humos y asustaviejas, han inventado un sistema (la funda en cuestión) que permite colocarse el cinturón, eficazmente y a tiempo, justo cuando se está colisionando contra un obstáculo sorpresivamente aparecido en la vía. ¡Tatachín, tatachán, a alguien se la han vuelto a colar! Les sigue dando miedo formar y evolucionar y de ahí que la caverna no quieran abandonar. Otro negocio más.


Insulsa cabecita desamueblada es aquella que piensa que a un Homo sapiens escuetamente adiestrado en el manejo de su arma le beneficia desenfundar en simple acción, en el peor instante que puede vivir cualquier hombre. Ese momento es, como bien dice Dave Grossman en Sobre el combate, la fobia humana universal, o sea enfrentarse a muerte a otro ser humano, o creer que es eso lo que está ocurriendo. Mejor hubieran invertido esos cuartos en cartuchos para entrenar decentemente al personal, y no ir mendigando a los vecinos, puerta por puerta, un puñado de balas.


Vale.

lunes, 16 de marzo de 2015

CÓCTEL DE LEGALIDAD, ÉTICA Y VERGÜENZA

Por, Ernesto Pérez Vera

Ya estamos con eso de que yo la tengo más larga. Se repite aquello de que mis ojos son más azules que los tuyos. Acabo de leer en un medio on-line que los dos cuerpos estatales, o sea el Cuerpo Nacional de Policía (CNP) y la Guardia Civil (GC), han solicitado que las fuerzas locales no intervengan en según qué cosas. A ver, proponen, por ejemplo, que los policías locales nunca actúen en asuntos de drogas. La noticia dice que la Policía Local (PL) a veces ha incautado droga y esto, sin saberse por parte de los municipales, ha interferido en una operación mayor ya en marcha. No me cabe duda de que puede ser verdad, pero no lo es menos que cuando otro cuerpo atrapa a un tío con coca, aunque otra fuerza lo esté investigando sin que los primeros actuantes lo supieran y sin que, además, se pueda avisar a tiempo. ¿Deben dejar todos de perseguir delitos contra la salud pública, por si otras unidades están sobre la misma pista? ¿Debo pedir perdón por haber incautado miles de papelinas y haber efectuado infinitas detenciones por tráfico de sustancias estupefacientes?

Les recuerdo que fui municipal. Pero les informo que nunca me ha llamado la atención un juez en los juzgados de lo Penal o en la Audiencia Provincial por presentarme en la Sala de Vistas y declarar contra el acusado de llevar consigo 400 kilos de hachís, 1.050 gramos de cocaína, 134 papelinas, 216 gramos de heroína y muchos etcéteras más. Tampoco me han dicho nunca nada desde las unidades especializadas del CNP o de la GC, sobre que yo haya pillado estupefacientes interfiriendo en sus investigaciones. Pero sí es cierto que desde determinados sectores internos de ciertos cuerpos, incluido el mío, surgieron voces rajando de mis intervenciones. Era gente espuria. Tíos que lucían una placa siempre alitósica, cuando no supinamente incompetente. Sujetos que decían ser compañeros, pero que en realidad trabajaban a dos y a tres bandas. Porque los buenos, los de fiar de verdad y los que se curraban las calles, los teléfonos y las esquinas, siempre me felicitaron y me pidieron compartir mi información.

He visto como funcionarios de la GC, del CNP y de Vigilancia Aduanera casi se partían la cara, a trompazo limpio, por un coche robado y por un alijo de chocolate. Y lo he visto más de una vez porque también yo aparecía por allí para intervenir y participar a tiempo como apoyo en la resolución del servicio, y además con eficacia suficiente pese a llegar uniformado y con un vehículo con distintivos externos. ¿Qué pasa ahora, les decimos también a todos estos que no bajen a la playa cuando vean un desembarco de drogas, por si otro cuerpo ya está en ello?

Todo esto podría tener una adecuada solución si existiera la cooperación recíproca referida en la Ley Orgánica 2/86, pero no existe por mil razones, una de ellas es la desconfianza, algo de lo que incluso yo he pecado; y otra causa es el afán por terminar los servicios con protagonismo. Hay demasiado “o pa mí o pa nadie”. Esto me recuerda una intervención en la que un servidor estaba identificando a un conocido individuo de interés policial, sobre el que me constaba que existía una orden de detención. Comprobada esta situación mediante el sistema informático policial del que disponía, que era el X-25 de El Escorial, la respuesta fue negativa. Intentando verificar este extremo con una llamada a la Sala de Transmisiones del cuerpo que yo creía que había cursado la orden, se me negó tal información. Pero ‘voalá’, a los dos minutos un patrullero de aquella fuerza me interceptó para saber por dónde se estaba moviendo el fulano. Yo interrogué sobre la razón de tan desmesurado interés, recibiendo una respuesta claramente falaz. La cosa es que ya lo había dejado marchar, dado que se suponía que no tenía que detenerlo. Pero a la media hora de ocurrir todo esto recibimos la llamada de un policía local fuera de servicio que había capturado a este delincuente, y a otro más, mientras cometía un robo con fuerza en un bar. Mi compañero, derrochando gran pericia y mucho valor, consiguió reducir a ambos, cuando estos le hicieron frente. Fue su novia quién recabó la presencia uniformada, porque él estaba luchando en el suelo. Una vez hice acto de presencia, porque me tocó a mí, engrilletamos a los ladrones y los trasladamos a dependencias policiales para comparecer… y he aquí la moraleja: la fotografía de uno de ellos, precisamente aquel por el que antes había preguntado, estaba visible en varios tablones en los que se leía la leyenda “Urge la detención en base a las diligencias […] Extremar las precauciones”.

¿No debió intervenir el local, para que más tarde pudieran los del otro cuerpo detener por requisitoria? Solamente despotriqué, y no imaginan cuánto, ante el patrullero que me ocultó la busca y captura y ante el policía de la Sala. Les llamé guarros, naturalmente. Pero no tengan duda de que si el cuchillo que uno de ellos portaba entre sus ropas se lo hubiesen clavado a mi compañero… esto lo habría acabado llevando a los juzgados y a la Prensa. No era la primera vez, sino una más de miles.

No me puedo creer que sea verdad que cuando la PL pilla droga, algo que pasa en España cada cinco minutos, una unidad de investigación, obviamente de otra fuerza, siempre estaba a puntito de culminar la operación. Esto solamente suena a una buena escusa para justificarse ante los grandes jefes, cuando los pitufos pillan cacho sin medios técnicos especiales y careciendo de fuentes de la calidad que ellos manejan. Más ética y vergüenza es lo que hace falta en algunos sitios, empezando por muchos cuerpos locales (para que en otros estamentos nadie se sienta dolorosamente aludido).


sábado, 14 de marzo de 2015

MEJOR LLEVARLA Y NO NECESITARLA, QUE LO CONTRARIO

Por, Ernesto Pérez Vera


Esta escena podría ser exhibida en programas de imágenes de impacto o incluso en secciones de humor, pero me voy a quedar con la parte trágica. Un joyero es agredido mediante el uso de un espray lacrimógeno por quienes hasta ese momento parecían ser dos clientes. Creyendo los delincuentes que su víctima ya se encuentra incapacitada por los efectos del amplio y directo rociado en el rostro del producto irritante, uno de ellos, utilizando un objeto contundente, trata de fracturar sin éxito el cristal que cubre el mostrador. Pero sorpresa, el vendedor, que durante tres segundos desaparece del campo de grabación del circuito cerrado de televisión, reaparece empuñando un arma corta que además hace sonar varias veces. Ambos atracadores inician despavoridamente la huida, pero surge otra sorpresa: la puerta del establecimiento se encuentra cerrada y quedan atrapados a la par que encañonados y tiroteados.

Se ve y se oye como el tendero conmina a sus antagonistas ordenándoles que se tiren al suelo. Mientras sí y mientras no… dispara varias veces sin aparentemente alcanzar a ninguno. La situación podría considerarse controlada y asegurada por el joyero, quien a golpe de teléfono, o de pulsión de la alarma (tal vez lo hizo), debió recabar presencia policial urgente sin modificar su clara situación espacial de ventaja. Pero a veces los nervios, el coraje, la ira, los cojones e incluso el descontrol emocional propio de ciertos momentos hace que las personas desertemos temporalmente de la coherencia, del sentido común y hasta de una posición superior de seguridad, para arriesgarla gratuita y peligrosamente. En este caso no me atrevo a decir qué hizo que la víctima del robo saliera de detrás de la barricada en vez de esperar tras ella, pistola en mano, la llegada de la Policía; pero tiendo a pensar que más que un gran deterioro del control cognitivo lo que sufrió este hombre fue, en ese instante, un arranque de “¡por mis huevos que os reviento, hijos de la gran puta!”. Un chute de ira que circunstancial y bilógicamente se mezcló con una intensa descarga de adrenalina. Un arrebato que si lo pensamos bien pudo resultar fatal, porque con relativa facilidad podría haber sido desarmado por los dos contrarios.



Es más, no solo se adelanta traspasando el mostrador sino que se aproxima tanto a ellos que agrede a uno con la empuñadura de su arma, golpeándole la cabeza. Es ahí, en ese justo momento, cuando se dio un hecho que también pudo tornarse en su contra: se produjo un disparo no deseado, una descarga involuntaria, un “¡señoría, yo no quería, pero se me escapó un tiro!” (tiempo 1:06 de la filmación). El dedito dentro del arco guardamonte, el arma dispuesta en simple acción y el estrés por miedo son los tres ingredientes fundamentales, una vez maridados, para que accidentalmente le peguemos un tiro a alguien o nos lo peguemos a nosotros mismos. Hoy no voy a entrar en cuestiones formativas.

Esto sucedió en Fénix (Arizona-Estados Unidos), pero en España también hemos vivido casos similares, como el que se produjo el 16 de febrero de 2013, en Madrid, cuando un  joyero disparó varias veces a corta distancia contra dos atracadores. Los delincuentes llevaban consigo armas blancas, además de otras de menor lesividad (gas lacrimógeno y aparatos de descarga eléctrica). Ambos asaltantes acabaron recibiendo varios disparos, resultado uno de ellos herido de mayor gravedad que el otro. En cualquier caso, los dos abandonaron la tienda por sus propios pies. Quien sufriera las heridas menos importantes las presentaba en el vientre y en un antebrazo, y el otro en el tórax y en una pierna. Según información oficial vertida por los servicios médicos de urgencia que atendieron al herido más grave, el impacto que interesó a la extremidad inferior era de extrema gravedad, por situarse en la ingle y haber afectado directamente a la arteria femoral. Apostillando, posteriormente, que el tiro que alcanzó el pecho no revestía tanto riesgo, al no haber tocado órganos de importancia.


Ahora toca pensar.

viernes, 13 de marzo de 2015

CON HERRERA CARLOS, LOCUTOR DE USTEDES

Que un todopoderoso líder radiofónico de las mañanas, como es Carlos Herrera, dedique 40 segundos a hablar de tu libro, es una gran satisfacción como autor. Que lo haga a las 12 de un viernes, es un gran lujo. Pero que un año después un pariente tuyo se haga una autofoto con él en un restaurante, mencionando tu propio nombre y evocando aquellos 40 segundos y que Herrera diga, “¡sí, hombre, cómo no, el de ‘EN LA LÍNEA DE FUEGO’!”, eso es un multiorgasmo.

Gracias, Herrera Carlos, locutor de nosotros. Y gracias también a ti, Jonathan. Por cierto, cuñado, si le hubieras dicho tu apellido, esto te hubiese respondido Carlos: “¡agárramela con las dos manos!”.