sábado, 27 de junio de 2015

ZAPATERO A TUS ZAPATOS

Por, Ernesto Pérez Vera

No voy a pedir perdón, y no lo siento. “El que nace barrigón, buenas ganas que lo fajen”, dice nuestro sabio y rico refranero. Que la cabra siempre tira para el monte es bien sabido por todos. Y sí, yo debo ser una cabra de esas. Pero dado que rondo los 90 kilos de peso, si acaso no los supero, tal vez sea, como algunos me definen, un pedazo de cabrón. Una cabra grande, supongo que querrán decir, del mismo modo que un balón es una bala gorda, y que un pelotón una pelota enorme.

Según me dicen, por ahí dicen que soy problemático. Dicen que se dice en determinados ambientes policiales. Me han dicho que lo están diciendo no pocos mandos de mi cuerpo, amén de otros de otras fuerzas. Que les voy a contar que ya no imaginen ustedes a estas alturas del partido. Este dicente, servidor de ustedes, es problemático para ciertas personas que dicen, como buenos correveilides y directores de dimes y diretes, que soy un policía conflictivo. Menos mal, por fin los profesionales del dislate dicen una verdad con la que estoy de acuerdo.

Efectivamente, podríamos decir que en esta ocasión no mienten del todo. Durante años he sido, o fui, una china en el zapato de bastante gente. Y créanme, he visto muchas hormas, suelas, entresuelas, tacones, etc. He visto zapatos, fíjense qué variedad cromática tan curiosa, con forros azules, verdes, amarillos y hasta celestes. Puede que pese a tanto zapateo no haya aprendido a atarme los cordones de mi propio calzado. Pero es lo que genera estar comprometido con el trabajo y con la producción en aras del bien común, y no con los intereses personales, sindicales y/o políticos. Cambiaría muchas cosas de mi dura trasveía policial, pero no cambiaría las botas con las que hice mi singladura.

Pero como veníamos diciendo, sí, soy un “porculero”. Un hijoputa para algunos, y un cabrón para otros. Mala persona, si lo prefieren, aunque curiosamente unos pocos, muy pocos eso sí, piensan lo contrario. Cuestión de “feeling” personal, seguramente.

Quienes me conocen bien y de verdad saben, por haber trabajado conmigo el tiempo suficiente, que nunca me gustó ir de servicio con policías, mandos o no, que se hallasen intoxicados por la ingesta de sustancias prohibidas, tanto si éstas eran inaladas, aspiradas, o sorbidas. Porque atención, aunque el agua de fuego sea un producto legal, me refiero a las bebidas alcohólicas, su consumo en horas de trabajo está prohibido para los agentes de la autoridad. Aunque no me tocase compartir patrulla con ellos, siempre repudié a quienes ya venían mamados desde sus casas, o directamente llegaban en tal estado desde el puticlub. Qué quieren que les diga…, lo sé, soy muy rarito.

También me enfrenté a quienes miraban para otro lado ante la detección de infracciones, ya fuesen estas penales o administrativas. Y no, no iba tirando ráfagas de multas por doquier, si bien nunca fui manco y denuncié todo lo que en conciencia creí que tenía que denunciar. Esta actitud mía se paga muy caro, principalmente en el seno de la institución que me dio las tres pes: la placa, la porra y la pistola, aunque alguno a lo mejor está pensando en una puñalada “perrillera” en el pecho. Mira que soy conflictivo, joder, con lo bien que me hubiese ido metiéndome en un bar a beber gratis, admirando de camino los voluptuosos pechos y el escote de la camarera de turno.

Nadar contracorriente es duro y agotador, totalmente autodestructivo, pero no por ello me dejé llevar de copas, ni de putas, ni de putos. No recibir más que menosprecio de quienes deben reconocer la calidad de los servicios, es el coste que los idealistas tenemos que pagar. Porque miren una cosa, yo quizá no sea una buena persona. Probablemente fui incluso un mal policía. Quién sabe si hasta muy mal compañero. Puede que en su momento fuese hasta un mal primo por no perdonar infracciones relacionadas con drogas a miembros de mi familia. Pero es que resulta, miren qué extraño soy, que yo creía en lo que era y representaba. Por creer, creo hasta en la Justicia. Toda una temeridad por mi parte, dadas las aguas frías, contaminadas y turbulentas sobre las que nadé una parte importante de mi vida.

Y claro, toda esta puerca imagen que desde la insinceridad proyectan megáfono en mano los detractores, sin que uno mismo a veces pueda evitar autoreflejar su malestar en algunas acciones, cruza hábilmente hasta la acera de quienes calzan botas forradas de otro color, donde a buen seguro pondrán en cuarentena todo lo que te ataña. Es por lo que no pude esquivar mil polémicas con quienes me tomaban comparecencias desvirtuando el dictado de mis palabras. Realmente pude evitarlo en alguna ocasión, pero no quise: intenté, no siempre con éxito, que estos individuos no echaran balones fuera cuando mis denuncias afectaban a sus amigos, a sus hermanos, o a coleguitas que a todas luces eran enemigos del principio de autoridad que todos los policías representamos (yo ya estoy excluido de esto último).

Menudo estigma sigo padeciendo y arrastrando cual sambenito. ¡Qué malo es uno por meterle el alcotest, o por sacarle medio gramo del calcetín, al hijo de alguien! Pero peor te pueden llegar a tratar por incautar más droga que otros, con menos medios, con más zancadillas y con más bastardos a tu alrededor que botellines tiene el tugurio de enfrente.

No ascender, ni contar con medallas, ni con felicitaciones públicas, es algo muy extendido entre quienes, como yo mismo quiero recordar que hacía cuando estaba en activo, todos los días cazan reclamados judiciales, ladrones, maltratadores, beodos al volante, traficantes de drogas, etc. El desprecio suele ser, y hablo por propia experiencia y por las que conozco a través de terceras personas fidedignas, la única respuesta de no pocos compañeros, jefes y responsables políticos y sindicales, cuando un policía no afín destaca culminando servicios destacados. Gozar de la simpatía de determinados individuos abre puertas, aunque esta cordialidad haya que pagarla previamente en la barra de un pub, o en el reservado de la discoteca de moda.

Por pensar lo que pensaba respecto a cómo organizar los servicios, y sobre todo por salir a currar y no de paseo, y más aún por decirlo sin tapujos, uno puede verse arropado solamente por un puñado de idiotas que piensan igual,  o de modo parecido. Por policías que consideran que hay que apuntalar el bienestar general de la sociedad. Por quienes abogan por la imagen, por la dignidad y por la profesionalidad. Por funcionarios que estiman que a los buenos siempre hay que ayudarlos, aunque para ello haya que enfrentarse abiertamente a los malos. Por quienes quieren ser, y no solo aparentar. Por compañeros que cumplen fielmente con sus obligaciones, aunque estas estén detrás de un simple teléfono de atención al ciudadano. En definitiva, que uno se siente apoyado nada más que por quienes con decencia lucen el uniforme que les cubre el pellejo, cuando no también el alma. Por aquellos que creen en lo que hacen y que hacen aquello en lo que creen. Por quienes quieren ser resolutivos. Por los eficaces. León Tolstói, filósofo ruso nacido en el siglo XIX, dijo: “El secreto de la felicidad no es hacer siempre lo que se quiere, sino querer siempre lo que se hace”. ¿Otro majareta?

Pues así es, soy muy mala gente, un perro, pero a mi jefe volvería a participarle por escrito que fulano, jefe del turno tal, destruye denuncias administrativas relacionadas con la circulación de vehículos, así como con la tenencia de sustancias estupefacientes prohibidas en lugares públicos. Y lo volvería a hacer pese a saber que no le pasaría nada, como bien alto esputó el interfecto ante numerosos testigos cuando lo descubrí. Eso sí, en mi segunda oportunidad no solo le daría conocimiento a mi jefe de servicio, al jefe del cuerpo y al responsable político de la plantilla, sino que también remitiría el documento a la autoridad judicial, cosa que no hice en su momento por gilipollas. Tan verdad era aquello que vomitó el sin par sinvergüenza partidor de denuncias y actas, que no solo no le exigieron responsabilidades, sino que ascendió varias veces.

Oír que eres mal tío por dar parte de quien hace desaparecer droga y destruye actas, es una pizca del precio que más de uno tiene abonar a lo largo de su carrera profesional. Una injusta y pesada loza por la que todos pasan y que todos pisan, y sobre la que algunos zapatean cual bailaores de flamenco. “Treinta años te quedan aquí dentro, compañero. No debiste haber firmado ese informe interno”, me dijo un policía cuando supo que había denunciado ante la superioridad a su colega de juerga y promoción. Por suerte para él, y quién sabe si también para mí, me pasaportaron en una camilla antes de tiempo. Este hablaba de experiencia policial, confundiendo la sapiencia de la práctica con los quinquenios que llevaba arrastrando los pies de una punta a otra de la calle Real. Los años de puta no garantizan una felación de calidad, compañero.

Pero qué fácil es caer mal en el trabajo, solo hay que hacer lo que hay que hacer. Pero ojo que como además se haga bien, uno podría quedar atrapado en el vórtice del odio eterno.

Ahora es muy sencillo decirlo, lo sé, pero es que antes tenía miedo de seguir dando pasos por tan movedizas moquetas. Por cierto, nunca dije que fuese valiente. ¿Pude haber hecho más? Seguro que sí, pero tal vez me refrenó mi naturaleza cobarde. Ahora, que estoy fuera del alcance de la metralla de las emboscadas internas, me resulta más cómodo y seguro explotar de rabia. No era fácil abrir la sandía cuando nadie quería probarla, menos aún cuando el cuchillo te lo endiñan clavándotelo en un omoplato.

De esta guisa se escribe la historia de mucha gente que ayuda a la mayoría cumplidora de las normas, fastidiando a la minoría infractora de las mismas. De esta guisa, pero con el zapatero lleno de suelas agujereadas, de cordones roídos y deshilachados, de tacones desgastados y de viejas latas de betún vacías y oxidadas. Zapatos sucios, de baja calidad, malolientes y repugnantes, que sin embargo pasan por ser flamantes Versace, Gucci, Louis Vuitton, o simplemente Martinelli, que ya va bien. Mucho hedor y nada de desodorante para los pinreles. ¡Abramos el balcón para que entre aire fresco y puro, por favor!


Importante: cualquier parecido con la realidad es pura desvergüenza, amén de una lamentable casualidad.

viernes, 19 de junio de 2015

LA FUERZA DE LA RAZÓN: VENCER CONVENCIENDO

Por, Ernesto Pérez Vera

Ahora ya no tanto, pero durante años fui objeto de algunas críticas por defender la teoría, pero también por airear la sangrante realidad,  de que los cartuchos policiales dotados con proyectiles expansivos, huecos o no huecos, son ideales para preservar de heridas a terceras personas presentes en los tiroteos, o simplemente próximas a dichos escenarios (cientos de metros). Quiero decir que estas balas, al contrario que las blindadas y que las semiblindadas, recorren menos tramos en los cuerpos carnosos afectados. Esto minimiza, casi siempre, el riesgo de que los proyectiles abandonen el cuerpo y hieran a sujetos no designados como objetivos.


Si se terciaran determinados factores favorables, estas puntas también podrían ocasionar heridas de mayor consideración, lo que a su vez podría derivar en la innecesidad de seguir efectuando más disparos contra un mismo “target”.

Quienes me criticaban por defender estos pensamientos decían, aunque también escupían contra otros instructores y contra otros planteamientos estrechamente ligados a los que hoy estamos tratando, que estas indeseables contrariedades no se producían con la frecuencia suficiente como para tener que preocuparse. Se amparaban, según ellos, en que algunos norteamericanos así lo exponían en su país. ¡Nos ha jodido! Allí sucede en menos ocasiones que aquí, porque, ¡qué casualidad!, las fuerzas del orden no emplean el mismo tipo de munición que sí usamos aquí. A ver, hombres descarriados y desertores del menos común de los sentidos, si ellos consumen puntas huecas y el número de sobrepenetraciones desembocantes en heridas a inocentes ajenos a los incidentes armados es menor que aquí, que tiramos con semiblindadas y blindadas, ¿de verdad hacen falta más explicaciones?

Recordemos que estoy hablando de cartuchos de armas cortas que generan bajas velocidades y poca energía, lo que medianamente puede ayudar a controlar el exceso de penetración.  No sucede lo mismo con los calibres propios de armas largas, en los que las mayores energías y velocidades desarrolladas de las que podríamos hablar, rara vez permitirían sostener la idea de que las puntas huecas siempre permanecerán dentro del organismo lesionado, aunque con casi total seguridad sí producirían heridas de mayor entidad.

La cosa es que cuando este humilde policía local, gaditano de origen y con apellidos comunes y nada cinematográficos, defendía lo expuesto en los párrafos precedentes, individuos con más ínfulas que este servidor de ustedes despotricaban y exponían que personas llamadas como los protagonistas del celuloide decían lo contrario. Pero ahora, sin embargo, los engreídos que vuelan entre sus estrellas hocican y promueven, por fin en lengua española, lo mismo contra lo que antaño escupieron. ¿Que por qué lo hacían? Pues vayan ustedes a saber, tal vez por falta de educación, por incontinencia de la ira, por carencias afectivas en la infancia, por envidia, o quién sabe si porque de pequeños recibieron más pedradas de la cuenta en el patio del colegio, sin haberse repuesto aún  emocionalmente.

Sea como sea, vean el vídeo que seguidamente enlazo. Si siguen los artículos publicados en este blog, esta filmación no les descubrirá nada nuevo, pero sí les reforzará lo ya sabido: https://www.youtube.com/watch?v=P9bh0M37Hh8


Desde estas páginas quiero agradecer a mi amigo y compañero Abel, de la Policía Local de Zaragoza, el detalle que ha tenido al compartir conmigo este magnífico documento audiovisual. 

martes, 16 de junio de 2015

BALCÓN DEL ESTRECHO

ONDA CERO ALGECIRAS (15 de junio de 2015)

Por, Ernesto Pérez Vera

Ya huele a feria en Algeciras, incluso para este linense servidor de ustedes y colaborador de esta casa. Pero yo, que soy poco “salao” y nada juerguista, lo que verdaderamente quiero decir es que 2015, a estas alturas del año, ya nos ha empujado 2 veces ante las urnas. Primero fue el 22 de marzo, cuando los andaluces, y me niego a añadir y andaluzas, elegimos a quienes se van a sentar en nuestro parlamento autonómico, durante los próximos 4 años. Y hace 23 días, ayer como aquel que dice, votamos a nuestros representantes locales, algo igualmente repetido a la par en todos los municipios de este país, aún llamado España.

Las críticas, los balances, las opiniones y los análisis resultantes del conteo de los comicios son infinitos e infumables en no pocos casos. Ni qué decir tiene que los comentarios vertidos en los medios de comunicación no siempre son doctos, como por otra parte seguro que tampoco lo es este artículo de opinión que están oyendo. Pero por Dios que el sectarismo, la incoherencia y el maniqueísmo flotan sobre nuestras cabezas, incluso mientras estoy ofreciendo mi opinión. Y es que cuesta mucho trabajo ser objetivo, por más que a veces se procure. Pero a ver, ¿realmente lo procuramos? Esto es algo que los profesionales de la comunicación sabrán, lo cual me excluye porque ni sé comunicar, ni he estudiado Periodismo.

Una de las cosas que más me llaman la atención es que quienes durante 4 años han gobernado ayuntamientos a través de pactos, sin que sus siglas hubiesen obtenido el mayor respaldo ciudadano, exigen ahora, pasado, consumado y consumido este periodo, que gobierne la lista más votada. Quienes hoy no quieren que los de enfrente pacten con otros partidos políticos, en lo que sin duda es parte del juego democrático y muchas veces el final de la gran fiesta que es el sufragio universal, ayer pactaron a 2, a 3 y hasta a 4 bandas. ¿Embustes a domicilio, o verdadera política? Tampoco lo sé.

Todavía queda por ver qué decidimos para con el Gobierno de la nación de cara a la próxima legislatura. Si bien es verdad que estas elecciones deberían producirse después del 20 de noviembre, y como muy tarde antes del 20 de diciembre, la constitución que algunos quieren fusilar permite llegar hasta el 17 de enero para cursar estos trámites. Esperemos que no nos fastidien la Navidad con un Papa Noel pidiendo el voto, pero más lamentable sería que a alguien le llamasen fascista por hacer lo propio ataviado cual Melchor, Gaspar o Baltasar.

Pero tranquilos, no pasa nada: seguimos a la cabeza de la vergonzosa lista de países de la Unión Europea donde más cocaína se consume. ¡Qué asco!

domingo, 14 de junio de 2015

LAS 10 COSAS QUE DEBES SABER SOBRE LA FORMACIÓN POLICIAL ESPAÑOLA EN MATERIA DE TIRO Y ARMAMENTO

Por, Ernesto Pérez Vera


Aunque no soy de seguir modas, porque más bien soy ñoño, soso y normalmente pragmático, pero no por ello pazguato, esta vez me voy a sumar a esa campaña que parrafea las “10 cosas que debes saber” sobre esto, sobre aquello, sobre fulana, sobre mengano y así con un largo e infinito etcétera.

1.- Es falso, pero que muy falso, que las armas las cargue el Diablo; como del mismo modo es mentira que se disparen solas. Que el Diablo existe podría ser discutible, pero como cristiano sé que Satán se puede esconder dentro de más de un “hijoputa” de los muchos que andan sueltos por ahí.

Esta falacia se transmite mediante el boca a boca entre los cientos de miles de usuarios de armas, sean profesionales de la seguridad o no, formando ya parte del acervo popular. Lamentablemente, este embuste es esgrimido y enarbolado por muchos instructores de tiro para esconder, suavonamente, sus propias miserias y sus propios miedos. La manida frase se emplea como escudo cuando los ignorantes carecen de respuestas; por lo que es, también, una emboscada para los recién llegados al mundillo del tiro. 

2.- Las balas de punta hueca no están prohibidas en España. No, no y no. La legislación española no las prohíbe, solamente restringe su uso. Tanto es así que durante la práctica de la actividad cinegética, o sea de la caza, los cartuchos de punta hueca son ampliamente consumidos en la modalidad de caza mayor. El Reglamento de Armas, la norma jurídica de aplicación nacional que regula este asunto, y otros, únicamente prohíbe usar puntas huecas a los ciudadanos particulares usuarios de armas cortas; por lo que los miembros de todas las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad, e incluso de las Fuerzas Armadas, podrán utilizarlas si les son entregadas de modo oficial y reglamentario por la Administración.

En todo caso, los militares no podrían emplearlas contra tropas regulares pertenecientes a ejércitos de naciones contra las que nos encontráramos en guerra, debidamente declarada. Así las cosas, en misiones humanitarias, en servicios de protección de personalidades, en labores de seguridad de instalaciones, etc., nuestros soldados podrían tirar puntas huecas, tanto dentro de nuestro territorio como fuera del mismo.

3.- Los balazos, en sí, no paran a la gente, sino que esto ocurre si los proyectiles alcanzan zonas determinadas del cuerpo y, sobre todo, si son lesionados órganos internos muy concretos. No hay que buscar ejemplos en las películas o en los documentales que nos llegan desde Norteamérica, aquí mismo se han dado infinidad de incidentes en los que personas tiroteadas por la Policía han corrido, disparado, apuñalado, o conducido vehículos a motor, soportando impactos de bala en el pecho,  en ambos trenes motores e incluso en el cuello y en la cara.

¡Ya está bien de contar mentiras, tralará! Creyendo y difundiendo esta cinematográfica idea, no solo nos engañaremos a nosotros mismos, sino que, y esto es peor porque luego nos podría dar muchos dolores de cabeza, también podríamos estar mintiendo a los jueces, a los fiscales y a los periodistas que acabarán crucificándonos, llegado el caso, si tenemos que agujerear el torso de un loco que machete en mano avanza hacia nosotros, no precisamente para preguntarnos qué hora tenemos o cuál es la farmacia de guardia.

4.- Es mentira que los policías locales tenga que dejar sus armas en el cuartel al acabar el servicio, o cuando van a salir de su municipio de adscripción funcionarial, porque carezcan de autoridad para portarlas fuera del horario laboral, o incluso allende las fronteras de la localidad. Esto de dejar el arma en custodia solamente sucede en aquellas plantillas en las que esta medida de seguridad está implantada y regulada, o decretada, por una norma local o autonómica.

Pero resulta que la escasez de medios materiales y económicos, y la falta de interés en otras muchas ocasiones, hace que la ley no se cumpla incluso allí donde las normas marco exigen, o aconsejan (según caso), que cada funcionario municipal disponga de acceso a un armero individual para depositar en él su arma al finalizar la jornada de trabajo. Por cierto, hay comunidades autónomas que ni se pronuncian al respecto. O sea que aunque existen legislaciones regionales que obligan a los ayuntamientos bajo su control, a dotar a sus policías de una caja de seguridad para guardar en ella las armas, no todas las fuerzas locales dotan a sus funcionarios de dicho material.

                                          
Estoy seguro de que las fuerzas estatales no hacen lo propio por el enorme coste económico que la medida conllevaría, amén de por el complicado sistema logístico que habría que desarrollar para garantizar, con eficacia, el cumplimiento diario de la normativa en todas las dependencias policiales dependientes del Ministerio del Interior. De verdad, no es cosa de que unos policías tengan más o menos largo el cañón de sus pistolas, o lo que sea que cada cual se quiera medir.

5.- No es cierto que todos los policías sepan manejar bien sus pistolas o revólveres. Más bien ocurre todo lo contrario: la mayoría no sabe más que lo básico sobre el funcionamiento y el manejo de su armamento y, además, si es que acaso se obsequian segundos de sobra para pensar qué hacer y cómo hacerlo. Estamos justitos, pero que muy justitos, casi todos los que llevamos un hierro pendiendo del cinturón. Pero también están pegados, y al loro que esto es muy peligroso, nuestros mandos e instructores. La peña sigue creyendo que hacer dieces en el papel, disfrutando de tiempo y sin contaminar de estrés el ánimo y el ambiente de la galería, garantiza el éxito en la vida real. Nadie quiere invertir tiempo en aprender para luego compartir, de ahí que casi todos nos conformemos con lo mínimo, o con lo inframínimo.


Hace tres semanas, en mi presencia y en la de otro amigo ajeno al sector, un instructor dijo a diez alumnos en fase de reciclaje: “En momentos delicados, a distancia de siete metros, nuestra cabeza no regirá bien al ver que un choro corre en nuestra dirección con un cuchillo en la mano. Por tanto, respirad con tranquilidad y apuntad con mucha calma, pero sobre todo disparad a toda hostia. Os aseguro que si al menos le dais dos tiros, le deis donde le deis, parareis su avance”. Y digo yo, ¡¿qué leches hacemos con un imbécil de este calibre, que dice una verdad seguida de tres trolas que contradicen la verdad antedicha!?

6.- No siempre se puede apuntar mientras se está inmerso en un tiroteo, menos aún si éste se produce sorpresivamente. Pese a que la Neurociencia, la Fisiología y la Psicología demuestran lo anterior, muchos formadores siguen diciéndoles a sus alumnos, hurtándoles la verdad, que mientras estén recibiendo fuego contrario tendrán que enrazar correctamente el alza y el punto de mira y que, para colmo, deberán y podrán mantener la calma, y respirar con tranquilidad. ¡Manda huevos! Tras muchos millones de años de evolución de la especie humana, hay quien dice que tenemos que involucionar porque llevamos unos quinientos años, nada más, manejando pistolitas. ¡Paparruchas! El cristalino, que es la parte del ojo encargada de enfocar, y por tanto la que se tendría que centrar en los elementos de puntería, se aplana, perdiendo su función enfocadora, cuando el estrés de supervivencia explota dentro de los Homo sapiens mentalmente sanos.

Los planes de formación hay que diseñarlos en base a las respuestas psicofisiológicas que experimentamos los seres humanos ante situaciones de emergencia, y no crear programas de adiestramiento que jueguen en contra de todo lo lógico. Del mismo modo que no podemos volar, porque no somos aves, tampoco podemos evitar caer presas del atávico y natural miedo a perecer. Tenemos que entrenarnos sabiendo qué hará el pavor con nosotros. Así las cosas, si conocemos cómo funcionamos por dentro, mejor podremos prepararnos para responder por fuera cuando se presente el momento.  

7.- Los proyectiles semiblindados no son la solución al conocido riesgo que generan las puntas blindadas. Sustituir estas balas por las otras no es más que una medida paliativa, un pañito caliente. Los cartuchos montados con puntas semiblindadas, que se emplean en las armas cortas, no garantizan una importante transferencia de energía, ni una notable deformación de la punta, tras impactar estas en un cuerpo humano (volver a leer el punto 2). Tan peligrosamente se exceden en su capacidad de penetración las balas semiblindadas como las blindadas. Y aunque no lo parezca, o no lo quieran creer, las construidas con plomo y sin envuelta metálica les van a la zaga.

Sin que realmente solucionen al cien por cien los riesgos de la sobrepenetración, las puntas expansivas, sean huecas o no, son a día de hoy la mejor opción para desempeñar misiones de seguridad y defensa. Tampoco se trata de un nuevo invento, la verdad, pero sí, por fin y lamentablemente, se trata de una renacida preocupación manchada de sangre inocente. Las puntas huecas minimizan el peligro del exceso de penetración y, con suerte, aumentan el daño a quien recibe el disparo. Cuanto antes caiga el contrario, antes se eliminará el riesgo que éste estuviera originando. Y cuanto antes lo eliminemos, con pocos disparos, menos balazos habrá que darle. Un plus: cuantos menos disparos realicemos en una refriega, menos posibilidades tendremos de errar los tiros y con ello menos inocentes quedarían expuestos a las balas perdidas. 

8.- Por más fofitos que sigan floreciendo y asegurando que portar la pistola con un cartucho en la recámara es innecesario siendo policía, o siendo un simple ciudadano autorizado para llevar un arma de defensa, porque siempre se disfrutará del tiempo suficiente para alimentarla bajo el fuego de un atracador que dispara sin previo aviso, y que siempre se conservará habilidad motora bastante para hacer la manipulaciones  necesarias, y que siempre se gozará de capacidad cognitiva para saber qué está pasando, qué hay que hacer y cómo hay que hacerlo, ¡es mentira!

Si acaso se hubiese obtenido un entrenamiento prolongado en el tiempo, y exquisito en su planificación y ejecución, tal vez me podría haber ahorrado este punto. Pero tal cual es nuestra realidad formativa mayoritaria, no puede ser. ¡Una enorme bola muy gorda sería decir lo contrario! Ahora bien, estoy convencido de que un adiestramiento serio y de calidad, prolongando en el tiempo y exquisito en su planificación, llevaría parejo, sí o sí, el uso del arma con cartucho en la recámara y con los mecanismos de disparo en posición de reposo.

Quienes aún viven en la maravillosa y esponjosa nube rosa que otorga ser tirador selecto, de primera, o de oro, en una galería aséptica, se van a llevar una espeluznante sorpresa cualquier noche de estas. La puta calle ofrece situaciones mucho más duras, dramáticas y desagradables que dar en el “9”, cuando en realidad apuntábamos al “10”. Es más, estas situaciones pueden llegar a subvertir incluso a quienes de verdad sí están muy cualificados para los enfrentamientos. Suele ser demasiado tarde para quienes tienen sentado en la amígdala cerebral un mono tocando los platillos, como le sucede a mi venerado Homer Simpson.

Ahí fuera, las cosas suceden de un modo mucho más violento y rápido que en la inmensísima mayoría de nuestros campos de tiro. Las distancias de juego suelen ser, en la vida real, esas que permiten detectar la halitosis del otro, o de los otros. Pero, sin embargo, se sigue entrenando como si de un capítulo de Bon Esponja se tratara. En la vida real los policías tienen que saber hacer más cosas con la pistola en la mano que aquello que hacía Benny Hill, pistola en ristre y vestido de bobby, correteando a las jaquetonas de turno. No solo hay que parecer, sino que hay que ser, porque así lo exigirá nuestra supervivencia cuando menos lo esperemos.

Lucir en el uniforme el emblema de tirador selecto no es aval de nada cuando se apagan las luces y la silueta no se queda quieta, a siete metros, esperando que busques una linterna, que prepares el arma, que consigas hacerlo, que dispares y que, además de dar, pares a tiempo a quien por obra del maligno ya no es un cartón sino un criminal que pretende fabricar viudas y huérfanos, a tiro limpio o a mandoble de navaja. ¡Qué fácil es todo cuando solamente nos jugamos pagar una cerveza!

9.- Sea el defensor un agente de la autoridad o un civil particular, se puede disparar a quien agrede con un arma blanca, contundente o hasta a quien lo hace con cualquier objeto, instrumento, herramienta o útil de uso doméstico susceptible de producir lesiones graves, o incluso, por supuesto, heridas incompatibles con la vida.


Que nadie más les diga, nunca, que jamás se puede abrir fuego contra una persona que busca sangre con una pala, con un pico, con una botella partida, con un destornillador, etc. Me la refanfinfla que quienes manifiestan tales bobadas sean letrados iletrados, jefes de policía ignorantes o el propio papá, si se tercia. Engañan, directamente, cada vez que ponen la mano por ejercer de desinformadores en un aula. Estamos refiriéndonos, se dediquen a lo que se dediquen antes y después de vomitar estas chorradas, a gente que no sabe que no sabe. Posiblemente sean, sin saberlo, personas engañadas que no se han preocupado de averiguar si lo que pone en el temario de turno es cierto, o no. Hay demasiados que únicamente tienen interés por el precio de la hora lectiva.


10.- Que los policías hagan ostentación de sus armas de fuego no implica incurrir en un ilícito. Las armas se llevan para ser usadas, y el uso no siempre pasa por hacerlas sonar. Extraer la pistola de su funda para compeler a un hostil es lo primero que debe hacer todo agente antes de recurrir al disparo a dar, que dará o no dará en virtud de mil factores, pero eso es harina de otro costal. Esta primera medida disuasoria puede ir seguida, en caso fallido, de disparos dirigidos al aire (según algunos circulares y normas) o a otros lugares que garanticen la seguridad colectiva.

Si bien es verdad que cuando alguien ha resuelto en su mente acuchillar a otra persona no será fácil convérselo para que deponga su actitud, menos todavía si ya está ejecutando su criminal idea, también es cierto que a veces, pero no siempre, un encañonamiento a tiempo puede reducir emocionalmente a quien se muestra hostil en la primera fase del enfurecimiento. Pasa lo mismito con la leyenda urbana que airea por ahí que el ruido que hace la corredera de la pistola al obturase, para dejar alimentada la recámara, subirte el ánimo del mismísimo Freddy Krueger. Como si acaso llevar la pistola presta no permitiera, en un momento dado y si el usuario lo creyera oportuno, tirar de la corredera para acojonar con la obturación, aunque se perdiera el cartucho expulsado.

miércoles, 10 de junio de 2015

REFLEXIONES DELANTE DE UNA SILUETA

Por, Ernesto Pérez Vera

“En mis primeros tres años en el Cuerpo solamente fui un par de veces al tiro. Y desde que estoy en esta unidad operativa, que ya va para cinco años, voy una o dos veces al año, pero siempre hago lo mismo y además nunca disparo más de quince cartuchos. Yo no sé mucho de estas cosas, Ernesto, pero creo que es insuficiente”. Así se pronunciaba mi amigo Jordi hace unos días, durante el ratillo que echamos juntos en la galería de tiro. Tan escueto entrenamiento con el arma es ridículamente peligroso, aunque se preste servicio en una unidad destinada a labores administrativas. Pero ese no es el caso del hombre del que estoy escribiendo. Este funcionario trabaja en una zona criminalmente muy caliente del país, en un punto de paso obligado de drogas, armas, terroristas, narcotraficantes, etc.

Jordi participa en entradas y registros de inmuebles; monta controles de vehículos y personas; traslada presos y detenidos; interviene en alteraciones del orden; disuelve tumultos y restablece el orden cuando éste es subvertido. Pero además de todo eso, también atiende llamadas ciudadanas de todo tipo. Es, por tanto, un típico policía de seguridad ciudadana, un patrullero con competencias un tanto elásticas y próximas a situaciones comprometidas y arriesgadas. Pese a que a Jordi y a su unidad se les presupone un nivel de formación superior al de la media, esto no parece cumplirse. Mi colega, ávido de conocimientos, no perdió puntada de cuantos comentarios yo iba vertiendo durante nuestra sesión de entrenamiento. Oía, asimilaba y practicaba. Comprobaba. Entre ensayo y ensayo, preguntaba. Esa es la clave, preguntar y recibir respuestas.


No es la primera vez que me cuentan las mismas penas, en absoluto. Lamentablemente, esto ya se ha convertido en una situación normalizada, aunque muchos lo ignoren…, aun siendo los propios afectados. Hay cuerpos que carecen de planes de reciclaje que incluyan prácticas de tiro. Pero lo cierto es que incluso quienes cuentan con estos programas rara vez los culminan al cien por cien. No se trata de pegar más tiros, que también dado que nuestros consumos son tan deficientes que tal vez rocen el delito, lo que hay es que ser serios y responsables. Hay que aprender para  saber, para luego compartir. Casi siempre cunde más el gasto de saliva que el de pólvora, siendo ideal el reparto proporcionado y razonado de cada tiro y de cada palabra pronunciada.

lunes, 8 de junio de 2015

MAGNETACTICAL: LA GRAN AYUDA

Por, Ernesto Pérez Vera

Ha sido abrir el envío recibido esta tarde por agencia de transporte… y ponerme a probar mi nuevo complemento táctico profesional. Si bien no voy a usarlo diariamente, porque ya no calzo botas, ni luzco porra y placa, sí que practicaré con él en el campo de tiro. Eso sí, lo voy a recomendar a todos mis contactos en servicio activo. Sí, ya voy, ya les digo de qué se trata: es un clip magnético muy potente que se acopla fácilmente al cinturón, y que sirve para tantas y tantas cosas, en tantos y tantos supuestos que se pueden presentar diariamente en el servicio, así como para momentos menos frecuentes y nada deseados, que mejor les invito a ver un vídeo para que comprendan claramente las mil utilidades que ofrece este imán táctico.


Por si alguien no está muy familiarizado con la realidad de los encuentros armados, cosa muy normal si uno se ha plantado y conformado con la formación básica y estándar que mayoritariamente se ofrece en nuestras Fuerzas y Cuerpos de Seguridad, informo que el señor del vídeo solamente emplea una mano para manipular la pistola, ayudado por el MAGNETACTICAL, porque está simulando un supuesto en el que uno de sus miembros superiores ha quedado inutilizado (herido). Aunque no les hablen de ello en las academias, ni en las prácticas anuales (si es que pasan por estas últimas), es relativamente habitual que un policía resulte herido en una mano en el curso de un enfrentamiento, detención, etc., teniendo que manipular su arma, u otras herramientas, con la única que le queda útil.

Pese a que existen numerosas y vetustas técnicas de manipulación de armas con una sola mano, para que bien ejecutadas se pueda eficazmente recargar, solventar interrupciones, etc., el MAGNETACTICAL viene a reforzar todo lo anterior, y no saben cuánto. A la venta aquí: http://www.mildot.es/cenidor-imantado-magnetactical.html

domingo, 7 de junio de 2015

HONOR Y GLORIA, TAMBIÉN, PARA QUIENES LOGRAN QUEDARSE

Por, Ernesto Pérez Vera

Hoy, por fin, se ha hecho justicia en la Tierra, para con los hombres de buena voluntad. Mi amigo y compañero Alejandro Yagüe acaba de ser condecorado con la Medalla al Mérito Policial con Distintivo Rojo. ¡Aupa, Álex!

Enfrentarse a dos atracadores armados con pistolas puede ser motivo suficiente para obtener un reconocimiento policial. Pero que además de esto te peguen dos balazos…, solo puede reafirmar lo anterior. Pero Álex pasó por un plus, porque no solamente fue el arma de uno de los malos la que hizo “pum” aquella tarde, sino que la suya también sonó: abatió a su homicida del día, provocándole la muerte. Para mayor gloria y satisfacción de él, de sus amigos, del cuerpo al que pertenece y de toda la sociedad, los civiles presentes en la escena, que a la vez se hallaban privados de libertad por los delincuentes, resultaron ilesos en todo este intercambio de tiros.


Álex tuvo que soportar mofas, chascarrillos y demás comentarios envenenados durante mucho tiempo, tanto antes como después del incidente. Pero todos hemos ganado con su felicidad y existencia. Ahora mismo solo estarán tristes, además de solos, aquellos que en su momento negaron el debido respeto que este policía. Ellos quizás no lo sepan, pero únicamente han logrado hacerlo más fuerte. No solo es un bestia por fuera, también lo es por dentro.

Álex, te mereces esto y más. Pero yo solamente puedo obsequiarte con estos párrafos y con mi gratitud por tu amplia colaboración desinteresada. Mi ausencia en el acto ha estado representada por el que ahora siempre estará con nosotros, por Tomás Carrillo.


Un abrazo.

viernes, 5 de junio de 2015

OBTUSOS DE CAMISA Y ALMA NEGRA

Por, Ernesto Pérez Vera

El cretinismo, esa forma de deficiencia congénita que afecta a tantos seres humanos que a veces pasan por no afectados, no entiende de fronteras, ni de banderas. Quienes padecen esta falta de desarrollo mental suelen ser personas merecedoras de lástima, pero en cualquier caso son dignas del máximo respeto. Se trata, casi siempre, de gente que necesita del apoyo y de la estima de los demás. Que la glándula tiroidea te juegue esta u otra mala pasada es algo a lo, ciertamente, cualquiera está expuesto desde, tal vez, la propia concepción. Pero supone un evidente suicidio neuronal, diario, el no admitir que eres gilipollas cuando tu propio espejo así te lo recuerda todas las mañanas.

Un servidor, recientemente, fue requerido por la Plana Mayor de la Royal Gibraltar Police, lo que para nosotros sería la Policía Local, a fin de que impartiera una serie de Master Class, o conferencias dinámicas, a los integrantes de dos unidades operativas del citado cuerpo de seguridad. No es ningún secreto que aquí, en España, existen paisanos que me han retirado el saludo por haber escrito, en 2011, un libro sobre las fuerzas policiales del Peñón. Incluso amigos de toda la vida no me hablan por ello.

Con alguno de estos grité, años atrás, “¡Gibraltar español!”, por lo que no me perdonan que haya madurado una pizca, dejando la década de los ochenta en el cajón de las pomadas contra el acné juvenil. Han olvidado, sin embargo, que a la vez que lanzábamos al aire la famosa consigna que hoy no pronuncio, pero que tampoco vilipendio con la misma saña con la que ahora soy agredido, nos desplazábamos hasta allí, hasta la Roca, para comprar polos y jerséis de las marcas Lacoste y Burberry. Lo hacíamos en cualquier momento del año, pero principalmente en víspera de la Semana Santa, de la feria local y, por supuesto, antes de Navidad. Éramos tan incongruentes como jóvenes cuando cruzábamos la Verja, pasaporte en mano, para ahorrarnos unas pesetas rellenando los depósitos de combustible de nuestros vehículos; cosa que algunos de mis examigos, y actuales nuevos detractores, siguen haciendo a la chita callando cuando creen que no son divisados. Pero no pasa nada, la vida sigue… y además mejor.

La cosa es que la absurdez no juega solamente en esta parte de la aduana, sino que por la “piedra” también pululan despreciables mentecatos secuestradores del sentido común. No me resulta un hallazgo, ya lo sabía. Allí, como aquí, se convive con individuos de pensamiento diarreico que, como los metemierda de cualquier nación, ciudad, barriada, colonia, o club de alterne, únicamente son felices provocando enemistades, o por lo menos intentándolo. Analfabetos, de ayer y hoy, como el que dijo que odiaba a los yanitos, o sea a los actuales nativos de Gibraltar, porque durante la Primera Guerra Mundial nos habían robado aquel territorio. ¡Manda pelotas ser tan bocazas e iletrado, y andar tocando los bigotes ajenos!

Hace unos cuantos días, tras hacer público en Facebook la Policía gibraltareña que estuve impartiendo las referidas clases teóricas, algunos extremistas de la ignorancia, que a la par son agonías de la basura, excretaron varios malolientes párrafos cargados de odio y de sinrazón. Las pedradas han venido, esta vez, con acento británico y con apellido y ascendencia claramente española. Se ve que mi presencia en la Roca molestó a los radicales de la antipatía, quienes, como ya viene siendo universalmente habitual entre los de su tinte cromático, aborrecen de todo lo que suponga ley y orden. Será por lo anterior que vomitaron más contra sus propios policías, que contra este españolito. Antisistemas llaman, en algunos sitios, a quienes actúan de este modo.  

No me gustan los cobijadores de inmundicia, ni los coleccionistas de papel higiénico usado, hablen estos la lengua que hablen. En definitiva, siempre me he alejado de los escombristas de sus propias miserias internas. Digo no, a los diogenesistas voluntarios y a los prestamistas de soledad, como también rechazo a los beodos de sudoración pringosamente etílica. Y como decía el genial cantautor y poeta granaino Carlos Cano, que tantas veces es parafraseado por mi amigo campogibraltareño Patricio González, escritor y exalcalde de Algeciras: ¡arsa que toma y olé…, y que les vayan dando!


Óiganme, sembradores de la discordia, pobres de ética, desertores de la moral y fusiladores de la vergüenza, mientras mis amigos sigan siendo buenas personas, honrados y decentes, no necesitarán mostrarme el pasaporte, ni el color de su sangre. Mi gratitud y respeto estarán siempre junto a quienes se visten por los pies, estando estos claramente definidos e identificados, tanto aquí como al otro lado de la Verja.