miércoles, 20 de agosto de 2014

Civiles muertos por la Policía "vs" policías asesinados por civiles: hablamos de USA

Por, Ernesto Pérez Vera


Entre 2000 y 2012 fueron asesinados en Estados Unidos 783 agentes de policía en el curso de acciones profesionales. Contra la mayoría fueron empleadas armas de fuego, principalmente cortas, aunque también largas, contundentes, blancas y otras circunstanciales. Los datos se han obtenido tras estudiar los informes anuales que el Federal Bureau of Investigation (FBI) emite, los cuales han quedado plasmados en numerosos artículos publicados en este mismo blog.



La información hecha pública por el periódico norteamericano USA Today, en agosto de 2014, es alarmante: 400 personas caen al año por las balas de la Policía. Que muchas sean  menores de edad, pone los vellos de punta (el 26,7%, la mayoría afroamericanos). Son, sin duda, muchas vidas sesgadas. Pero, ¿son demasiadas? Sí, seguro que sí. Por cierto, ¿con cuántos años se alcanza allí la mayoría de edad? Pues depende, existen varias franjas, según el estado y la causa que obligue a determinar la edad de la persona. Para conducir vehículos a motor parece que 16 es la estándar. Pero para votar se fija una edad de 18 años, la misma que para obtener una licencia de arma larga; siendo 21 la mínima para poder beber alcohol en establecimientos públicos o portar armas cortas con licencia. La cosa es que el titular de prensa no exponía que aquellos menores tenían menos de 21 años, lo que puede significar, como así es en la inmensa mayoría de ocasiones, que los abatidos por las fuerzas de seguridad tenían entre 18 y 21. Todos pensamos de inmediato en niños impúberes brutalmente tiroteados por los funcionarios, pero cuando se inicia la lectura del medio en cuestión se descubre otra cosa.



Pero existe otra realidad, la media de 65 agentes muertos al año a manos de atracadores, traficantes de drogas y personas, infractores de tráfico, borrachos, toxicómanos, enajenados, etc. Del mismo modo, hay que significar que no pocos policías han muerto en estos 12 años (los expuestos en cifras) por acciones deliberadas llevadas a cabo por jóvenes de incluso 15 años. Uno de estos agentes, no recuerdo en este momento fecha y lugar exacto, fue asesinado por un menor en una gasolinera. El policía, que se hallaba franco de servicio, estaba repostando su vehículo particular tras finalizar su jornada laboral. En esas estaba el agente cuando varios jóvenes menores de edad decidieron atracarlo: le pegaron un tiro. En España, es sabido por todos que muchos de los más execrables crímenes cometidos en los últimos años se han perpetrado por personas de 14, 15 y 16 años. A estos, a los malvados menores ibéricos, casi todo el mundo ha querido colgarlos del palo mayor y exhibir sus cuerpos cual cimbel justiciero, pero a los policías gringos ya he detectado por ahí como los despellejan por defenderse de personas armadas, independientemente de las edades que tengan.

Cantan los números:

Año 2000: 51 agentes asesinados
Año 2001: 70 agentes asesinados (más 71 en las Torres Gemelas, el 11 de septiembre)
Año 2002: 56 agentes asesinados
Año 2003: 52 agentes asesinados
Año 2004: 57 agentes asesinados
Año 2005: 55 agentes asesinados
Año 2006: 48 agentes asesinados
Año 2007: 58 agentes asesinados
Año 2008: 41 agentes asesinados
Año 2009: 48 agentes asesinados
Año 2010: 56 agentes asesinados
Año 2011: 72 agentes asesinados
Año 2012: 48 agentes asesinados



martes, 19 de agosto de 2014

INSTRUCTOR DE INSTRUCTORES DE TIRO POLICIAL

Por, José Riera

“PARA TENER ENEMIGOS NO HACE FALTA DECLARAR UNA GUERRA, SOLO BASTA DECIR LO QUE SE PIENSA” (Martin Luther King).


En los últimos años, el abanico de cursos de Instructor que están aflorando de diferentes materias y disciplinas es muy grande. Unos están homologados o avalados por algunos de los ministerios del Estado, otros por órganos de las comunidades autónomas, otros por universidades, entidades locales,  sindicatos, empresas,  academias o incluso institutos de carácter privado, etc., tanto de carácter nacional como internacional.

Pero nos vamos a centrar, aquí y ahora, en los cursos de instructor de tiro. Pero no cualquier tipo de curso de instructor de tiro, sino en los cursos destinados a formar instructores de tiro policial, tiro destinado a los integrantes de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad (FFCCS). Cursos en los que se otorga a quien lo realiza y supera, un diploma, un título que habilita a su titular para instruir a policías en el ámbito del tiro (difícil no superarlo, cuando has abonado una buena cantidad económica por realizarlo). 

Echando la vista atrás y haciendo un poco de historia autóctona, no hace mucho tiempo quienes instruían y ensañaban a sus compañeros de plantilla todo lo referente a armamento y tiro, eran policías veteranos aficionados a las armas, que amén de su pasión por el tema, leyeron algún libro o artículos traducidos de algún americano o británico (llámese Applegate, Weaver, Cooper, Standford, Fairbairn, etc.); empezando a transmitir, en las líneas de tiro, lo que humildemente habían aprendido o creído aprender. También podía adoptar esta función aquel compañero que había estado destinado en alguna unidad especial, por lo que se le presuponía mayor conocimiento y destreza en el manejo de las armas (esto aún sigue pasando).


En la actualidad, los 2 cuerpos estatales, y al menos 3 de  las 4 comunidades autónomas que tienen creado un cuerpo policial propio, disponen de un área o especialidad en armamento y tiro, y son estos quienes forman a sus instructores de tiro, de entre los miembros de sus respectivas plantillas que soliciten realizar dicho curso y, obviamente, lo superen. Estos serán, una vez obtenida la correspondiente titulación, quienes formarán a sus compañeros, dirigiendo las tiradas y ejercicios reglamentarios que se establezcan, y quienes instruirán a los alumnos de nuevo ingreso en sus academias.

En las policías locales la oferta se dispara. Hay academias que ofertan el curso de instructor de tiro para los policías pertenecientes a dicha  comunidad autónoma. Incluso las hay que lo realizan a través de lo que han denominado itinerarios (suelen ser entre 3 y 4 cursos, cada uno con un nombre diferente, en función de su contenido, siendo necesario empezar por el primero y si no se supera no es posible optar al siguiente nivel, de manera que para llegar al de instructor de tiro se han tenido que realizar varios). Y hay academias que simplemente no lo ofertan, o dejan que entidades como sindicatos o ayuntamientos lo organicen y realicen… para ellas homologarlos (normalmente las academias de los policías locales dependen de las respectivas comunidades autónomas, y todos los policías de los municipios que pertenecen a una misma comunidad autónoma  pasan por el mismo centro de formación).

Hecha esta pequeña introducción, vamos a entrar en materia. Y la materia no es otra que ¿quién decide y cuáles son los criterios para capacitar a un instructor de tiro policial para ser instructor de instructores de tiro policial? Vamos, para formar a futuros instructores. Y más aún, ¿qué es lo que hay que impartir y exigir a los aspirantes a instructores de tiro para policías, para poder acceder a realizar este curso?


La problemática radica en que no hay nada regulado al respecto de manera oficial. No hay una normativa que regule por igual a todos los instructores de tiro de la Policía. La seguridad pública no tiene ninguna normativa que regule este ámbito, algo que sí que ocurre con el título de Instructor de Tiro del personal de seguridad privada, el cual está regulado por el Ministerio del Interior.

Ø  ¿Quién decide quién está capacitado y cuáles son los criterios para capacitar a un instructor de tiro policial para ser instructor de instructores de tiro policial?

La realidad es que salvo en las academias estatales y autonómicas que se mencionaron anteriormente, por ser algo oficial que se organiza dentro del cuerpo, nadie lo decide.

Cualquiera que tenga el titulo de instructor de tiro y cuente con el beneplácito de alguna academia de formación de policías locales, de un sindicato, ayuntamiento, etc., puede organizar e impartir un curso de instructor de tiro policial. Y si alguna entidad lo homologa, se reúnen los policías suficientes para que sea viable, previo desembolso de estos últimos del coste que se le haya puesto al evento, adelante (salvo en los cursos que salen en el plan anual de formación de las academias policiales, que suelen ser gratuitos).


Esto es lo que hay, unos por su cuenta dentro de sus respectivos cuerpos, y otros por libre, sin unificación de criterios por parte de nadie. Pero esto no es lo que debería de ser. Si para ser instructor de tiro de policías hay que realizar un curso de instructor, para poder impartir dicho curso habrá que  realizar previamente un curso que habilite a su poseedor como instructor de instructores. 

¿Qué es lo que tendría que ser?
Lo primero sería determinar qué capacidades, cualidades y aptitudes, tanto en la materia en cuestión como pedagógicas, debería de tener un instructor de instructores. Si se sabe mucho sobre este campo pero no se sabe  transmitir, es decir, no llega el mensaje con total claridad y con el máximo de opciones para que el futuro instructor tenga amplitud de recursos y herramientas donde poder recurrir; o si se es un transmisor excelente, pero no se saben contestar o darle solución a las preguntas y dudas prácticas, tácticas o técnicas que se planteen, no se debería otorgar a ningún instructor de tiro policial la habilitación para formar a futuros instructores.

Lo segundo sería la selección de los más óptimos. No nos olvidemos que estos instructores serían quienes formarían a los instructores que, a su vez, acabarán instruyendo a las FFCCS desde sus respectivas academias, unidades o plantillas.


Esta tarea no sería nada fácil, pero sí necesaria. Habría que empezar por los meritos que ostenta cada instructor aspirante para ver quiénes son los más preparados, por la formación recibida hasta el momento, dónde y cuándo se han formado, cuántos años  llevan practicando y entrenando el tiro policial, estudiándolo y documentándose; cuánto tiempo llevan ejerciendo la docencia,  si siguen formándose y si tienen afán por seguir aprendiendo e investigando. Que sientan y crean en lo que hacen, porque ello les llevará a preocuparse por los que patean la calle día a día, de forma que lo que transmitan pueda servir llegado el fatídico momento, por nadie deseado, de tener un enfrentamiento armado donde peligre la supervivencia. Que sean capaces de desechar técnicas y tácticas obsoletas que pueden dificultar la supervivencia. Deben ser conscientes de que se forma a policías y no a tiradores deportivos. Tienen que ser capaces de ajustar los ejercicios y entrenos a como se trabaja en la calle, para así poder trabajar como se entrena. ¿Quién no conoce instructores que siguen anclados en los años de las cavernas…?
Estamos hablando, en todo momento, de enseñar a enseñar. Y recordemos que aquí todo NO vale, porque hay técnicas que no van a servir. Y si de antemano ya se sabe… lo mejor es no enseñarlo.


En muchos países, incluido el nuestro, como ya se ha mencionado anteriormente, esta habilitación es otorgada por haber prestado servicio en ciertas unidades especiales, o por haber estado en zona hostil en tal o cual guerra y transmitir las experiencias vividas para sobrevivir. Está bien, pero estos instructores deberían pasar por el filtro de lo mencionado en el párrafo anterior.
Para poder llevar todo esto a buen puerto, sería necesaria la creación de un órgano que regulase, dirigiese y coordinase todos estos criterios y, además, lo hiciese de manera oficial con un registro de todos los instructores de España. El símil sería un colegio oficial profesional, que no una asociación, donde hubiese una junta de gobierno, unos estatutos, una comisión deontológica y de formación, y que cada miembro tuviese un documento oficial o acreditación con su número de instructor, etc. Pero algo con más rango que un colegio  y con un carácter estatal, con sus respectivas descentralizaciones en las comunidades autónomas.
Desde este órgano, además de establecer los criterios de selección, se desarrollarían los planes de tiro, entrenamientos y ejercicio formativos, mirando por la naturalidad y dejando de lado la rigidez,  ajustándose a la realidad que los policías viven en la calle. Se deberían utilizar métodos objetivos para ver qué sirve y qué no, a base de probar y probar, ensayo tras ensayo, utilizando munición no letal, y sirviéndose de la ciencia con criterios uniformes para todos los policías; porque todos los que patean la calle y llevan en su cinto un arma de fuego, independientemente del color del uniforme que vistan, van a tener siempre dos cosas en común: ante un enfrentamiento armado, donde peligre la supervivencia del policía, debajo del uniforme siempre, y me reitero, va a haber un ser humano, el cual si ha logrado sobrevivir va a tener que comparecer ante la autoridad judicial.
Ø  ¿Qué es lo que habría que impartir y exigir a los aspirantes a instructores de tiro para policías, para poder acceder a realizar este curso?


En este curso, de lo que se trata es de enseñar al futuro instructor a enseñar a instruir, a transmitir todos los conceptos que ya conoce y que se le van a ampliar, y aprender e interiorizar conceptos, tácticas y técnicas que aún no sepa para poder transmitirlas.
Nadie está en posesión de la verdad absoluta, pero un instructor debería saber manejar con destreza, como mínimo, las armas cortas más habituales portadas por nuestras FFCCS, enseñar y corregir; al igual que manipular las escopetas de corredera y los fusiles y subfusiles más comunes. Pero también debería dominar técnicas para enseñar y corregir empuñamientos, extracciones de la funda y las tan olvidadas transiciones negativas, o sea devolver el arma a la funda colocándole a esta los broches y seguros de la forma más rápida y eficaz posible, encarar el arma desde las distintas posiciones, alinear elementos de puntería y saber cuando no se podrán tomar, posiciones de tiro, las diferentes guardias cuando el arma esta fuera de la funda, condiciones de porte del arma y sus ventajas e inconvenientes, tiro apuntado, tiro dinámico saliendo de la línea de agresión en cualquier dirección, tiro tras parapeto, desde vehículo, etc., etc., etc. Pero sobre todo se deberían enseñar los recursos para tener las máximas posibilidades de sobrevivir en un enfrentamiento armado, partiendo de las reacciones innatas a nivel fisiológico y psicológico, a las cuales nadie va a poder renunciar y van a condicionar los primeros instantes de la intervención. Conocer la normativa legal en lo referente a materia de armas, todas las medidas de seguridad y sus porqués, la balística y la cartuchería y su nomenclatura, el montaje y desmontaje de las armas más comunes mencionadas más arriba, etc. Sí, no es un error, no se ha nombrado el tiro instintivo.
Si se siguiese con la enumeración de lo que debería dominar un instructor de tiro policial, se podría aburrir al más apasionado lector.


Y dicho todo esto que resulta tan utópico, pero que desde mi punto de vista es lo que tendría que ser, hemos llegado a donde se pretendía: y es el ser instructor de tiro policial a través de estos cursos impartidos por profesores a los que nadie ha otorgado tal capacitación. Donde nadie ha exigido a los policías aspirantes haber cursado un mínimo de formación en este terreno, demostrar destreza, conocimientos, habilidades y cualidades en la materia. En definitiva, lo que se conoce en otro ámbito como “horas de vuelo”. Se solicita el curso, se realiza el correspondiente ingreso en la cuenta bancaria… y a cursar.
Esto qué implica, que se presentan a dichos cursos policías con poca o nula destreza en el uso y manejo de las armas, a sabiendas del profesorado. No se puede estar enseñando cómo se empuña un arma de fuego, cómo se alinean elementos de puntería y, más aún, cuál es el ojo director o maestro. En un curso para ser instructor de tiro policial NO se deben enseñar estas cosas, ya deben llegar aprendidas.
Sí, señores, sí. Esto ocurre, ha ocurrido, está ocurriendo y tristemente ocurrirá. Se enseña lo que ya se debería de saber, lo que se debería haber aprendido en la academia como agente de nuevo ingreso o en un curso básico de tiro policial. Inflan, agobian, acobardan y duermen al aspirante a instructor con una legislación de primero de academia. Algo sabido por todos, y si no se sabe, además de ser algo muy penoso, el usuario puede coger su teléfono móvil, o si no dispusiese el de su compañero, y preguntárselo al señor Google.



Se insiste en medidas de seguridad, seguridad, posiciones, posiciones y más posiciones, muchas de ellas solo válidas para el tiro deportivo. Movimientos únicamente hacia adelante y hacia atrás, como si se caminase en raíles, algo que dificultará la supervivencia del policía porque no sale de la línea de fuego del supuesto agresor. Se disparan varios cartuchos con alguna escopeta de corredera, rifle de cerrojo para caza mayor, subfusil o con el vetusto Chopo (el Cetme, para quien no ha sido militar o no hizo el servicio militar).

Y pese a ser importante el tema de las armas largas, al disponer de pocas horas para transmitir tanta información, ¿no sería más interesante enseñar a desmontar y a dejar aseguradas este tipo de armas, y sobre todo la escopeta del 12, al ser ésta el arma más común en la mayoría de domicilios españoles que poseen armas, y que un policía se puede encontrar en cualquier servicio por rutinario que este sea, y dedicar más tiempo a lo que siempre lleva un policía en su cinto? Sí, la pistola (revólver aún en demasiados casos, además de muy vetustos), el arma corta: licencia tipo A, 1ª categoría del vigente reglamento de armas.

Un músico que ha pasado varios años en el conservatorio,  acudiendo a clases particulares y tocando (entrenando) a diario, no tiene  por qué saber tocar todos los instrumentos. Esto ocurre con los instructores de tiro policial, pero el arma corta debería de ser para el instructor lo que el solfeo para el músico. 


Pero la guinda en estos cursos la pone el último ejercicio del curso: un recorrido al más puro estilo IPSC o tiro deportivo dinámico. ¿Qué incertidumbre hay en este ejercicio? ¿Qué parecido tiene con la realidad? La mayoría de las intervenciones policiales en las que puede que tengas que hacer uso del arma de fuego, no son deseadas ni buscadas. El estrés es real y es un estrés de supervivencia, mientras que en un recorrido deportivo el estrés es el que te marca el protimer  y el meterlas dentro de la ficha o tumbar el popper.

¿Y esto por qué se hace?  Porque muchos de estos instructores proceden del ámbito deportivo, algo muy respetable y ante algunos para descubrirse, pero que en muchos casos dista totalmente de la realidad que viven los policías (muchos lo saben y lo dicen, lo que les honra, pero otros miran hacia otro lado). Los hay que imparten el curso con sus pistolas de competición, acompañadas de fundas “galácticas”, y cuando todos ya han realizado el ejercicio, lo ejecutan ellos. ¡Por favor!

No se puede ir a un curso de instructor de tiro policial para que te enseñen lo básico. Es un engaño, podría ser hasta una estafa, pero como no hay nada regulado y como se suelen consumir (quemar munición) una media de 700 cartuchos en 70 u 80 horas, pocos policías aspirantes a instructor se quejan: tiran más que posiblemente en años y encima obtienen un titulo que les habilita para instruir.

Pero con estos futuros instructores, cuando sean ellos quienes impartan un curso de tiro policial (si no se han formado posteriormente), podría ocurrir lo que muchos definen como: más de lo mismo, vender humo y más humo. Mucho humo. Dudo que  muchas de las capacidades, conocimientos, aptitudes y cualidades que se enumeraron anteriormente, se puedan adquirir participando en este tipo de cursos.



Incluso hay veces que a estos cursos se lleva, a modo de relleno (como si no hubiese materia), a un juez, magistrado o fiscal. Sí, es muy positivo que la judicatura conozca la realidad del policía, pero en estos cursos no la ven ni de lejos; además de que acuden en calidad de docentes a explicar el artículo 15 de la Constitución Española, el 5.2.d de la LO 2/86 de Fuerzas y Cuerpos de Seguridad, el 20 del Código Penal, en concreto el 20.7 y nombrando de pasada el 20.4 (esto daría para un extenso monográfico, hablando también del miedo insuperable del 20.6). Estos juristas también suelen  comentar sentencias que, a la par que interesantes y curiosas por el resultado del fallo, lo que hacen es meter más miedo a la hora de utilizar las armas de fuego, por el enfoque que se les da. En definitiva, concurren para explicar lo restrictiva que es la legislación española con el uso de las armas de fuego por parte de la Policía. ¿Por qué no se lleva a un médico forense junto con un neurocientífico?, alguien que diga, con datos objetivos y desde el lado de la ciencia, que la coletilla la fuerza mínima imprescindible no se va a poder controlar siempre. Pero no porque el policía no quiera (ya que siempre mira de reojo al poder judicial), sino porque en una situación en la que peligre la supervivencia en el cerebro va a surgir el instinto de conservación. A estos instintos no les importan las reglas, únicamente les importa sobrevivir. En estos casos se produce una respuesta programada filogenéticamente, reactiva y defensiva. Y sí, los policías saben que el último ratio de la fuerza a emplear es el arma de fuego, pero hay que explicar que en esas situaciones van a sufrir unas reacciones a las cuales no van a poder renunciar y que van a modificar, en los primeros instantes vitales para la supervivencia, su comportamiento tanto a nivel conductual como morfológico. Esto hay que explicarlo, fundamentarlo y decir los porqués, y no nombrar a la señora amígdala, el señor tálamo y los parientes cercanos, pareciendo que ya está todo dicho.

Los miembros de la judicatura deberían ser invitados a conocer esta parte sobre las reacciones del policía. He de decir, haciendo honor a la verdad, que no puedo generalizar con todos los miembros del mundo judicial: desde el ámbito universitario, con la colaboración inestimable de un doctor en Neuropsicología y una doctora en Psicología, reunimos a un grupo reducido de jueces y magistrados a los que se les transmitió de una forma muy didáctica las reacciones que sufren los policías ante situaciones de supervivencia. Y lo vieron y entendieron muy claramente. Es un comienzo.

Se supone que los instructores de tiro son quienes deben realizar los planes de tiro de sus respectivas plantillas o unidades, pero en estos cursos solamente se les enseña a dirigir una línea de tiro, una línea de tiro donde priman la puntería, la técnica y la seguridad. ¿Pero seguridad para quién, para el instructor o para el instruido?, porque a quién no le vienen a la mente disparos o descargas negligentes por un mal manejo del arma de fuego, por una nula o pésima instrucción.


Es el instructor el que decide qué ejercicios hacer y cómo gastar la munición de la que se dispone, oyéndose en muchos casos la decepcionante frase ¿qué hacemos hoy?

El motivo principal de que todo esto ocurra es que el fin primordial del curso no es enseñar, para que luego los nuevos enseñen, sino que es el monetario, amén del afán de protagonismo. Quizá un curso de formador de formadores de manera oficial, como se comentó en párrafos iniciales, fuese la solución a todo este libre albedrio.
Si los cursos de especialización de los 2 cuerpos estatales y las policías autonómicas, como son los de las unidades de orden público (UIP, GRS, Brigada Móvil…) tienen una duración de entre 5 y 10 semanas, y los de las unidades de intervención (GEO, UEI, GEI, Berrozi….) tienen una duración de entre 5 y 9 meses, y no se otorga a los policías que lo realizan la condición de instructor, es decir, que estos policías no van a enseñar posteriormente a otros, algo falla en el tiempo destinado a estos cursos de instructor de tiro policial.

En los cuerpos estatales y autonómicos tienen una duración de entre 1 y 3 meses, en el mejor de los casos, y de 80 horas aproximadamente en el resto de cursos de instructor referenciados (que no se  malinterprete que la duración de los cursos de las unidades que se han nombrado es excesiva, al contrario son unidades que  no pueden dejar de entrenar y para las que es necesaria una formación continuada).



Seguro que todos recordamos al entrenador de la película Rocky, ¿verdad? Aquel señor mayor que le enseñaba detalles y conceptos de cómo cubrirse, cómo y cuándo utilizar una guardia u otra, cómo moverse, etc. Un formador de instructores tendría que ser esa persona que  ensañase esos detalles a los futuros instructores, para que formen posteriormente a sus compañeros de armas. Porque hasta que el boxeador (por seguir con el ejemplo de la película, pero podría ser cualquier otra disciplina o arte marcial) no está preparado no sube al ring. Y para estar preparado previamente ha estado horas y horas todos los días en el gimnasio, habiendo pasado por diferentes esparrings… y así sucesivamente hasta llegar a una pelea. Así, pelea tras pelea. Pero con estos cursos de 80 horas de vuelo, ya se sube directamente al ring. ¡Venga ya!

Un médico está como mínimo 6 años en la Universidad, con sus respectivas prácticas, y 4 años más en un hospital haciendo el MIR (más prácticas). Y todo esto se hace porque están tratando con personas, y cuando cogen sus herramientas de operar, o hacen diagnósticos, no se pueden equivocar. A esos médicos les enseñan profesionales que han sido los números unos de la promoción, investigadores, catedráticos, con muchos años de experiencia.

¡Qué casualidad! A los policías les pasa lo mismo que a los médicos: cuando emplean la fuerza no se pueden equivocar. Y cuando hablamos de la fuerza del arma de fuego, nuestro bisturí, no hay error que valga que uno se pueda permitir. Pero hay una gran diferencia cualitativa y cuantitativa entre la formación que reciben ambos: a muchos policías les enseñan profesores que no han acreditado la capacitación que se requiere para la transmisión de los conocimientos que los policías necesitan para operar en el quirófano de la calle con garantías de supervivencia, ya que han recibido una instrucción con mucha y diversificada información en muy poco tiempo.

Las rara avis que creemos en este estilo de vida que es ser policía, esperamos que algún día todo esto cambie, y deje de ser una mera utopía.

jueves, 14 de agosto de 2014

Crimiorienta: orientación profesional para criminólogos

Una obra de Pedro Pablo Domínguez Prieto y Eva Palop Albelda

La Criminología es la ciencia que estudia el delito, el delincuente, la víctima y el control social. Es eminentemente, un área de conocimiento, si no policial, íntimamente relacionada con el trabajo policial. Y de hecho, es en este ámbito donde se aplican la mayoría de sus teorías, y en el que la mayor parte del público la sitúa.


Esta realidad es más o menos exacta en función de “dónde” hayamos tenido contacto con la Criminología, si ha sido a través de las series y películas de televisión (por ejemplo CSI o sus múltiples clónicos), si ha sido en el entorno clínico/ terapéutico (por ejemplo en un centro penitenciario, más cercano a la verdadera realidad de nuestro trabajo), o si de hecho tenemos en nuestro círculo de amistades o conocidos a algún criminólogo.

Si nos encontramos en el último caso, sin duda nuestra visión será más clara: habremos descubierto que nuestro criminólogo de confianza nos habla no solo de revelar huellas o de asesinos en serie, sino de otras muchas cosas como prevención del delito, asistencia a víctimas, alternativas a diferentes penas… incluso de estudiar conductas antisociales que aún no son delictivas pero que puede que lo sean muy pronto (el mejor ejemplo lo hemos presenciado en los últimos años con los delitos telemáticos, el ciberacoso, etc.).

En la práctica, la Criminología cuenta con multitud de herramientas para ayudar a la sociedad, no solo a la hora de identificar y localizar a un psicópata.

Lamentablemente, nos encontramos ante una ciencia con apenas 200 años de antigüedad y, que como título oficial, solo se imparte en España desde 2003/2004. Nos referimos a que, al igual que otras muchas titulaciones de nuevo cuño, en España los criminólogos son unos recién llegados.

Esto tiene connotaciones positivas y negativas. Volviendo a la introducción, y observando a la Criminología como ciencia policial, es cierto que la gran mayoría de criminólogos españoles han acabado precisamente ahí, en las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad, unos ejerciendo estas funciones específicas y otros muchos utilizando su categoría académica de diplomados/licenciados/graduados para ascender en los respectivos cuerpos.

¿Y el resto? ¿Qué ha sido de los criminólogos que no han optado por la función pública por uno u otro motivo? Pues en general se encuentran en una situación complicada, en varios sentidos. En primer lugar, y de modo general, la crisis económica hace que existan pocas ofertas de empleo. En esto un criminólogo no se diferencia de cualquier otro profesional de cualquier rama.

En segundo lugar, al ser una profesión nueva, la mayoría de los empleadores no conocen sus funciones, no saben “dónde colocar al criminólogo”. Por el mismo motivo, las Administraciones no convocan plazas para esta especialidad.

¿Significa esto que todo está perdido? No.

Simplemente mediante un estudio profundo y sistemático del mercado laboral, mi compañera Eva Palop y yo hemos conseguido realizar un “mapa” de las posibles salidas laborales, tanto directas como indirectas, que puede encontrar un criminólogo, y al resultado le hemos llamado Crimiorienta.
Esta guía se estructura en varias partes: en primer lugar, descubrimos la realidad de la Criminología como ciencia en España y Europa, lo que es importante a la hora de entender la evolución del mercado de trabajo.

En segundo, analizamos la formación del criminólogo, comparando la oferta académica existente y aconsejando acerca de especialidades, posgrados, etc. en función de las necesidades o preferencias de cada uno. Esto es importante ya que en algunos puestos es más sencillo acceder con dicha titulación, o hacerlo usando otra como llave, como es el caso de Instituciones Penitenciarias.


Más adelante, entramos “en materia”, al abordar el trabajo como funcionario. Actualmente, no existen puestos específicos para criminólogos en la Administración, esto es evidente e indiscutible, y por mucho que nos prometan seguirá así durante un tiempo. Lo que si existe es multitud de puestos “genéricos” a los que acceder con el título, y que una vez dentro nos permitirán realizar funciones acordes con lo que hemos estudiado: investigación criminal, prevención del fraude, tratamiento de delincuentes, etc. En todo caso, una vez tengamos la plaza, si en el futuro se crean puestos específicos siempre tendremos la opción de preparar ese examen y solicitar una excedencia. El capítulo 4 describe todos los requisitos, temario, proceso selectivo e histórico de plazas de las oposiciones más relacionadas con nuestro trabajo.

El capítulo 5 aborda el trabajo por cuenta ajena, trasladándonos esta vez al extranjero, ya que al contrario que en España, en países como Reino Unido, Australia o Estados Unidos, existen multitud de puestos disponibles, y con sueldos extremadamente atractivos. Eva nos ilustra en este apartado acerca de convalidaciones de títulos, trámites administrativos, y recursos para buscar los puestos concretos.

A continuación, en el capítulo 6 encontramos toda la información necesaria para crear una empresa orientada a ofrecer un producto o servicio criminológico. Para ello, yo, utilizando mis conocimientos como Máster en Administración de Empresas (MBA), doy consejos acerca de modelos y planes de negocio, formación, análisis de mercado, presupuestos, etc., con el objetivo de que, el que opte por esta vía, pueda progresar con eficiencia hacia el éxito. Eso sí, no aportamos “ideas”, eso es vuestro trabajo.

Finalizamos la guía con dos capítulos dedicados a recursos, enlaces, direcciones, etc. que conforman un mapa bastante completo del panorama criminológico de nuestro país, cosa que consideramos importante ya que la unión hace la fuerza, y precisamente hemos detectado una gran descoordinación entre los diferentes colectivos de criminólogos, que solo ahora empieza a solucionarse.

También decir que hemos puesto una gran ilusión en este proyecto, el cual esperamos que sea de la máxima utilidad para aquellos criminólogos que se encuentran en la “encrucijada”.

Aquel que desee adquirirlo, puede hacerlo en el siguiente enlace, tanto en papel como en e-book:

El precio está muy ajustado (8,75 y 20,96 €, dependiendo del formato).

Por último, agradecer a Pablo Darío Ibáñez Cano, presidente del Colegio Oficial de Criminología de Valencia, y a Juan Antonio Carreras Espallardo, “Carrís”, uno de los criminólogos más “punteros” de nuestro país, el haber prologado la obra.

¡Gracias a todos y esperamos vuestras opiniones!

Pedro Pablo.

martes, 12 de agosto de 2014

“TOC, TOC, TOC”: LA PUERTA EQUIVOCADA…

Por, Ernesto Pérez Vera


¡Cositas que pasan!, que dirían unos cuantos amigos míos y mi hermano Víctor. Cuando uno está ante una situación desesperada o simplemente así la percibe, aunque objetivamente la cosa no sea para tanto, uno llama a todas las puertas que tiene a su alcance. Esto es, seguramente, un comportamiento normal en todo ser humano sano, puede que incluso en alguno insano. Es probable que todos hayamos recurrido a esto alguna vez. Yo sí, desde luego. Pero claro, si uno llama a muchos timbres… puede que las puertas las abran personas poco adecuadas. Es una cuestión aritmética de probabilidades. Frente a la desesperación, cruzamos los dedos para que abra el vecino más resolutivo y eficaz de cara a nuestro agobiante problema.


Pero qué va, no siempre que nos estamos quemando nos atiende un vecino bombero, extintor en mano. Es lo que le ha pasado a un señor, un compañero policía, que ha llamado a mi puerta cibernética. Es, según me dice, instructor de tiro desde hace 20 años. Ejercía, nuevamente a tenor de lo que me cuenta, como instructor de los 200 policías que conforman su plantilla. En palabras suyas: Entrenaba a todo el mundo una o dos veces al año. La gente estaba contenta. Casi siempre íbamos con un campeón de tiro, quien nos corregía los empuñamientos e interpretaba la diana cuando la revisábamos y yo la parcheaba para anotar en la cartilla de tiro los resultados. Todo se hacía con mucha seriedad porque nos trasladábamos a un club de tiro de precisión, para disparar desde veinticinco metros. Los compañeros que tenían interés se divertían y los que no tenían mucho interés pues…, ya sabes, le daba cuartelillo. Si alguno no quería tirar, su munición se la daba a los más interesados. En fin, había muy buen rollo, lo que debe haber entre compañeros y más aún cuando de pegar tiros se trata. Estas son, casi literalmente, algunas de las manifestaciones de este veterano instructor de tiro de la Policía. Han sido extraídas de dos correos electrónicos, los que parece haber durado nuestra amistad.

La cosa es que este hombre me ha contactado creyendo que en mí iba a encontrar apoyo o consejo en su beneficio. Un paño de lágrimas, vamos. ¡No sé de dónde pudo extraer tal idea! Se queja (deduzco sollozos en sus dos emails) de que tras 20 años haciendo lo arriba transcrito, el jefe del Cuerpo ha decidido sustituirlo por un compañero que es, según leí en el primer correo electrónico, un majarón de las armas y del tiro. Un friqui que está obligando a la gente a disparar a dos metros del blanco, y además moviéndose. El típico que está todo el tiempo leyendo sobre balas y cosas de esas. Así es. Este policía, oficial/cabo en realidad, me ha preguntado que si yo tenía mano para hablar con su jefe. Pretendía que yo, que he escrito un libro (así lo dijo él), le dijera a su jefe lo desacertado y descabellado de los nuevos ejercicios de tiro implantados. Para ello me ha comentado varias cosas más, como que este nuevo instructor aconseja a sus policías usar cartucho en la recámara de la Walther P-99. Supongo que se refería al empleo de la doble acción. Dado que todo esto me lo ha trasladado por escrito, me cuesta trabajo ponerle tono a la conversación, pero en virtud de los muchos signos de exclamación que ha consumido… todo indica que estaba muy indignado con los cambios.


Preguntado por el nombre de su ciudad, resulta que conozco al nuevo profesor de tiro y a su jefe. Ambos me caen como el culo y no son amigos míos. Pero una cosa es una cosa y otra cosa es la otra cosa. Por muy gilipollas que el advenedizo pueda ser, y lo es mucho, está en la línea acertada en cuanto a la formación de sus congéneres uniformados. ¡Qué podía decirle yo a este cabo! Pues la verdad, solo la verdad, lo que suelo hacer. Le he dicho que sí, que conozco a su jefe y que no me gusta nada de nada, pero que no podría decir cosas en contra del nuevo sistema de reciclaje, por débil, oscuro, sibilino, falso, soplagaitas y carente de personalidad que sea su promotor. Como ven, no oculté mi parecer respecto a la persona. Con delicadeza le he reconocido que contra el método anterior, el suyo, sí podría escribir muchos folios. El pobre, ante mí, se ha justificado sin eficacia. Lo que alegaba en su descargo solamente empeoraba mi idea de él, pero esto lo he omitido.


Lo curioso es que se haya atrevido a escribirme sin hacer antes los deberes. Sabe que he escrito un libro, ¿lo habrá leído? No, claro que no, de haberlo hecho no me hubiera contactado para esto. Sin duda alguna tenía fuego en casa, pero yo no era el vecino del extintor detrás de la puerta. En fin, otra vez será.

jueves, 7 de agosto de 2014

Restar mientras se suma: las matemáticas no son lo mío

Por, Ernesto Pérez Vera

¡Para mear y no echar gota!, podría decir si me encontrara en una cafetería rodeado de amigos. Pero como aquí además de amigos hay profesionales expertos, tendré que usar otro lenguaje: ¡qué poca seriedad y rigor! Resulta que un policía me ha mandado un manual recientemente editado por uno de los grandes nombres españoles del mundo de la prevención de riesgos laborales y mutualidad de trabajadores lesionados/enfermos. No seré yo quien miente el nombre de esta vaca sagrada. Dije que había poca seriedad y rigor en la publicación, pero me quedé corto: ¡un paso atrás en la evolución!, eso es lo que es. El documento en cuestión se llama Manual de Seguridad y Salud en Ayuntamientos. ¡Suena del carajo! 


El autor del referido texto, en un momento dado del volumen y en el capítulo dedicado a la Policía Local, dice textualmente: “Riesgos específicos. Medidas preventivas: Como norma general, evita llevar el arma montada. Además, si el arma posee seguro, llévalo siempre puesto”. Lo dicho, un paso atrás en la evolución profesional, en lo relativo al manejo de las armas de fuego. Sí, así es, quienes me conocéis por entrenar conmigo, leerme o intercambiar opiniones al respecto, sabéis sobradamente que mis postulados van en la dirección contraria. Eso sí, siempre razono el porqué y apostillo detalles en virtud de qué circunstancias concurran en cada usuario, sea del cuerpo que sea. Me pregunto quién será el iluminado con olor a rancio que propone tales cosas. ¿Será uno de aquellos a quienes, con tita caducada, les tatuaron en el coco arcaicas teorías, sin contar con más razonamiento que “es que así me lo enseñaron”? ¡Seguro que sí! No lo dudéis ni un instante. Quien firma tan manido y roñoso consejo, seguro que no ha salido jamás de la galería de tiro. Poca calle, quizá ninguna. Tal vez no sea ni policía. ¡Ah, por cierto!, currar en la calle no es estar destinado en una unidad de radio-patrulla, es gastar suela y bolígrafo, y no codo en la barra del mugriento bar de enfrente, o en el de moda cuya imagen cuenta con un par de buenas y sabrosas razones en el escote... Lo que está claro es, y apuesto por ello una botella de agua fría (no bebo alcohol y aquí estamos a 34ºC), que esa persona jamás ha participado en una confrontación armada. Incluso puede que tire mil veces al mes contra una cartulina, bajo la calidad luz del día, abrazado a la tranquilidad de un reposado ejercicio de entrenamiento deportivo. Pero esto no faculta a nadie a decir cómo hay que hacer según qué cosas, en según qué circunstancias totalmente desconocidas. Ahora bien, un “a vida o muerte” es otra cosa. Es algo inimaginable por la mayoría. Es un acontecimiento único que nunca sale gratis, en ningún sentido. Estamos hablando de una situación que cambia vidas. Nos referimos a un marcado antes y después en quien protagoniza el enfrentamiento.


¡Que no hombre, que no, que ya está bien de engañar al personal! ¡Que todos no somos bobos! Con estos presuntos consejos magistrales se ahonda más en el pozo de la ignorancia en el que tantos nadan y mandan. En vez de defender con fuerza la idea de la instrucción oportuna, continua y permanente de verdad, esta gente persiste en la idea conservadora de meter miedo en cuanto al empleo del arma. No sé si por ello lo financia, pero con esta actitud la mutua solo puede obtener más pacientes/clientes. El desconocimiento sustentado en prácticas deportivas como base de la supervivencia, solamente propicia accidentes y sangre vertida en las aceras y asfalto de nuestras calles.

miércoles, 16 de julio de 2014

Recomendación para el próximo curso académico

Universidad de Valencia. Recomendación para el próximo curso académico. 

Máster Factores Psicológicos en las Actuaciones Policiales: Ámbitos de Aplicación y Procedimientos. 1ª Edición. ¡Muy recomendable!


INTERVIÚ EN PLENA LÍNEA DE FUEGO

Por, Ernesto Pérez Vera


Quienes me conocen saben que me he pronunciado muchas veces en estos términos: por rocambolesco que algo parezca, creo en las casualidades. Las casualidades existen, unas veces para bien y otras para mal. La vida se ha encargado de demostrármelo mil veces. Ayer fui informado, por el Departamento de Prensa y Comunicación del Grupo Anaya, de que nuestro libro, “En la línea de fuego: la realidad de los enfrentamientos armados”, salía publicitado y recomendado en la revista “Interviú”. Efectivamente, en las páginas 52 y 53 del número 1.994 (14 de julio de 2014) se reflejan los títulos, portadas, editoriales (Tecnos es la nuestra) y sinopsis de 10 obras literarias impresas. Esta ubicación acoge la sección “Libros para la tumbona”, una recomendación de libros con tirón para ser leídos durante las vacaciones de verano. La crítica la firman Carlos Rubio e Ignacio Andrade.


Pero no, esta no es la casualidad. Esto es, si me lo permiten, una gran satisfacción personal para sendos autores de “En la línea de fuego”. Hasta donde sabemos, esta es la segunda reseña editada en medio impreso a nivel nacional. La anterior fue, como algunos recordarán, el 29 de junio. Aquella primera vez fue algo de mayor entidad que una reseña, un reportaje firmado por Pilar de la Fuente en las páginas centrales del dominical del diario “El País”. Compartimos protagonismo central con Wang Jianlin, el empresario chino que acaba de adquirir el majestuoso Edificio España de Madrid. ¡Ahí es nada!


La cosa es que la Divina Providencia, porque también creo en ella, ha querido que la sugerencia de nuestro libro aparezca unas páginas más allá del artículo que “Interviú” dedica a Román David Gómez Maestre, el agente de la Guardia Civil que resultó herido de bala en un atraco. Ocurrió el 5 de octubre de 2013 en Yuncos (Toledo). Como consecuencia de un disparo efectuado por uno de los ladrones, Román quedó parapléjico por un impacto de bala que  le alcanzó el cuello. ¿Es o no es casualidad? El desafortunado incidente de este compañero no es ni más ni menos que aquello que le puede ocurrir a un policía en cualquier momento. Es, y he aquí la casualidad, aquello que desarrollamos en los 22 capítulos (22 casos reales)  de “En la línea de fuego”. En nuestro libro contamos, en primera y tercera persona, qué siente un policía cuando se ve ante la muerte que otro semejante le quiere regalar. Trasladamos al lector cómo estamos instruidos los funcionarios armados y qué mecanismos internos se activan para poner en funcionamiento eficaz las herramientas y demás medios defensivos con los que contamos. En pocas palabras, en nuestra obra describimos verdades desconocidas por la mayoría que, a veces, son ignoradas o discriminadas por la minoría que sí conoce esta realidad.


El libro está a la venta en muchísimas librerías y en algunas tiendas de material policial y centros de formación. Se puede adquirir, por ejemplo, en la tienda existente en la Escuela Nacional de Policía de Ávila, el centro de formación del Cuerpo Nacional de Policía. Está, sin problemas de suministro (por ahora), en La Casa del Libro, Librerías Beta, Librerías FNAC, Agapea Libros Urgentes, Amazon (España), H-50 Tactical, DyM Formación, Army Surplus Zaragoza, Librería Universitaria de León, etc. Para aquellos que quieran un ejemplar dedicado, al menos por este autor, existe la posibilidad de adquirir el libro en Librería Ares de La Línea de la Concepción (teléfono: 956 176 780) y en Librería Belmonte de Algeciras (teléfono: 956 660 789). El Corte Inglés, a través de su sección de librería, lo recibe bajo pedido.

martes, 8 de julio de 2014

Presentación de “En la línea de fuego” en La Línea de la Concepción

Por, Luis Romero



Cuando a finales de los años 60 y principios de los 70 Morris Janowitz comenzó en Estados Unidos a analizar lo que denominó la burocracia militar, como una parte más de la administración, planteó la distinción de origen de los que voluntariamente se alistaban en las Fuerzas Armadas (FAS) entre quienes lo hacían por motivación ocupacional o por motivación vocacional. En España, José Antonio Olmeda y Julio Busquets han sido quienes más extensamente han analizado estos asuntos, siguiendo los pasos de Janowitz y de otros.
David Caballero, cabo primero de Infantería
 (II Tercio de la Legión) 


El origen vocacional u ocupacional de quienes tienen asignado dentro de la estructura del Estado, en exclusiva, el uso de la fuerza, y aquí podemos incluir a los miembros de los distintos cuerpos y fuerzas de seguridad, no excluye en ninguno de los dos casos lo que podríamos denominar desarrollo profesional de su actividad. Bien es verdad que en el caso de los vocacionales se da por entendido que su deseo de perfeccionamiento profesional debe formar parte de su ADN, mientras que es más fácil que el que tiene un origen ocupacional pueda no contar con tantas ansias de perfeccionamiento y ni siquiera pretenda un desarrollo de carrera amplio.

Resumiendo, el vocacional y el ocupacional pueden llegar a tener el mismo ansia profesional, aunque es verdad que el primero lo debe llevar grabado a fuego en su subconsciente para ser verdaderamente vocacional, mientras en el segundo es más fácil que se limite a cumplir escrupulosamente con lo establecido, sin pretender ir más allá.
Con Luis Romero


No es necesario que entremos en detalles de lo que le puede suceder a un vocacional que se encuentra con un ambiente nada propenso a potenciar lo profesional y que por asimilación o agotamiento acabe convirtiéndose, mal que le pese, en un ocupacional más del montón.

Ernesto Pérez Vera, no es ningún descubrimiento, ha sido y sigue siendo, aunque ya no esté en activo, un policía vocacional que ha procurado llevar el perfeccionamiento profesional hasta el límite de sus posibilidades. Su trayectoria, aunque corta, 14 años escasos, es toda una demostración de lo que digo.

 
Joe Osborne and John Cincotta de la GDP
(Policía del M. de Defensa en Gibraltar)
Desde pequeño, solamente ha querido ser una cosa: policía. Lo mamó en su casa (es hijo y nieto de policías) y lo convirtió hasta en su destino al ingresar en el Ejército de Tierra en una unidad de Policía Militar. Después, en una compañía privada de seguridad, fue escolta y llegó a formar parte de la seguridad personal de algún relevante personaje internacional. Ingresó posteriormente en la Policía Local de su ciudad natal, La Línea de la Concepción, donde ostentó algunos puestos de responsabilidad operativa. Tiene en su haber más de 500 detenciones, cifra nada usual para su corta trayectoria y en 2007 sufre una agresión con un arma que nunca pensó pudiera ser tan demoledora: un vehículo a motor.

Los que conocen su historia saben que fue arrastrado durante unos 160  metros, chocando intencionadamente el conductor, el pretendido homicida, con otros vehículos justo en la parte en la que él estaba enganchado. En alguna ocasión le he dicho que ese día gastó toda la suerte que uno puede acumular para varias vidas, dado que aunque con lesiones que le acompañarán de por vida, está aquí entre nosotros y con muchas ganas de seguir dando todo lo que tiene.
Con tita Pili


Este intento frustrado de asesinato, no de otra manera se puede calificar lo sucedido, tiene mucho que ver con el libro que hoy presentamos. En él se narran 22 historia, muy parecidas a la suya, en todas las cuales un agente de la autoridad español ha tenido que enfrentarse a la muerte y ha respondido o ha pretendido responder con su arma a dicho ataque.

No les voy contar más del libro porque Ernesto tiene previsto hacerlo, y lo hará mucho mejor que yo, aunque me encantaría explicarles mis sensaciones tras leerlo. Lo que sí les quiero transmitir es algo que he podido percibir personalmente, ya que le acompañé a la presentación que realizó junto con Fernando, el otro coautor, en la Escuela Nacional de Policía de Ávila, la que algunos no sin cierta guasa llaman el Quántico español; y también a la que ha tenido lugar hace solamente unos días en Zaragoza, en el marco de unas jornadas técnicas policiales. Y lo que percibí tras estas presentaciones fue la admiración sincera y el respeto que Ernesto atesora entre miembros de todos los cuerpos de seguridad españoles. Porque además de este libro y de su anterior obra, que dedicó a las Policías de Gibraltar, Ernesto cuida un blog en internet que es seguido por gentes de todo pelaje y de todos los cuerpos de seguridad: estatales, autonómicos y locales, así como por algunos miembros de las FAS, por lo que ya era muy conocido y seguido antes de publicar En la línea de fuego.
Víctor Sánchez y Salvador  Guerrero, viejos amigos,
compañeros y colaboradores

Alumnos de la Escuela de Ávila, de la Escala Ejecutiva, y de la Academia de oficiales de la Guardia Civil le han pedido ayuda para elaborar sus trabajos finales de carrera. Lo cual ha sido para él toda una íntima satisfacción. Estoy seguro que este no va a ser el último libro de Ernesto. Ya hay quien le sugiere incluso la temática del próximo. Y yo espero ser, como en este caso, la primera persona que pueda leerlo y corregirlo, si es que teniendo en cuenta lo rápido que aprende, hubiera algo que corregir.

No quiero finalizar sin dirigirme brevemente a dos personas que hoy nos acompañan y que, junto a Ernesto, componen tres generaciones de la misma familia. A D. Ernesto Pérez Cuenca, padre de Ernesto, solo quiero decirle que puede estar  muy orgulloso de su hijo y que doy fe de que a Ernesto fuera de aquí se le respeta y se le admira por su valía profesional; y a Ernesto Pérez Rivera, el hijo de Ernesto, que aproveches todo lo que puedas ahora que tu padre está siempre en casa para aprender, sobre todo, cómo ser tan honesto como él. Será el mejor maestro que puedas tener.

Y les dejo con el autor. Con el policía Ernesto Pérez Vera.