domingo, 26 de julio de 2015

HASTA LAS NARICES Y MÁS ALLÁ

Por, Ernesto Pérez Vera

Suma y sigue. Una más de escatología social en la semana del horror y del cumplimiento del deber.

Seguimos abonando las tripas de la envidia, fomentando el cultivo de rasgos cavernarios generales, engordando las mentiras de toda la vida y, sobre todo, amamantando a tahúres y a contadores de manidas leyendas urbanas. En pleno siglo XXI, todavía nos gusta quemarle en público el vello púbico a aquel que tiene más cojones que nosotros. ¡Cuánto malnacido suelto hay por ahí!, y que se salve el que pueda.

Si la ignorancia y el despropósito gratuito tuviesen forma física se parecerían a una escoba sobre la que, a horcajadas, veríamos a miles de hijos de puta surcar los aires. No hay que olvidar una cosa, estamos hablando de caracteres propios de los animales de nuestra especie. Pero si bien es cierto que algunos especímenes luchan, o luchamos, por controlar la hijaputez que exudan, o exudamos, para así tratar de convivir en concordia con el resto de coincidentes planetarios, otros fecundan su maldad en aras de alcanzar el máximo daño posible en el prójimo, aunque para ello tengan que anclarse a absurdas, retrógradas y abyectas tesis sobre las que realmente jamás han meditado.

Si bien es verdad que estos perfiles de personalidad no entienden de banderas, me da a mí que dentro de nuestras fronteras patrias abundan, en exceso, los avaros del peluseo y los agonías del vómito verbal. Bastardos de diarreico pensamiento podemos encontrar, por pares y de la mano, por todas las esquinas. Expertos surcadores de mares escatológicos. Porque iletrados de neuronas desamparadas hay entre los policías, taxistas, fruteros, periodistas, médicos, payasos, libreros, jardineros, ingenieros, actores, pescadores, albañiles, carniceros, barrenderos, pensionistas, informáticos, etc., etc., etc. Y al loro, que para que nadie me llame corporativista, en primer lugar he epigrafiado a mi propio gremio.

Una prueba evidente de que nunca nos ponemos de acuerdo en nada es, si me lo permiten, lo que dice aquella estrofa coplera conocida por todos: “Que sí, que sí, que sí, que sí, que a La Parrala le gusta el vino. Que no, que no, que no, que no, que ni el aguardiente ni el marrasquino…”. Llevamos más de cien años liados con ello, teniendo que señalar que esta canción surgió de los chascarrillos y dimes y diretes que iban y venían en relación a la vida privada de una bella y exitosísima cantaora de seguidillas. Sé que poner de acuerdo a más de dos personas puede ser una tarea ardua, agotadora e imposible no pocas veces. Hacer lo propio con todos los pobladores de una nación es una utopía, como ciertamente exige la propia libertad de la naturaleza humana. Pero quienes se alían para despotricar contra la Policía deberían autoexigirse, como poco, un pensamiento único o, por lo menos, próximo  a ello.

Tiene su cosa que las dos grandes noticias sensacionalistas vistas esta semana en la prensa española tengan por protagonistas, por no decir objetivos, a miembros de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad. Pero más miga tiene el asunto cuando aquellos funcionarios son, casualidades de la vida, amigos personales de este articulista. Colaboradores, amén de compañeros de profesión y fatigas. Pero además, se da la lamentable coincidencia de que el fondo de estas maltratadas informaciones, peor tratadas por unos que por otros, relata que los policías se estaban defendiendo de basura humana en un caso, y de un desdichado y peligroso enfermo mental en el otro.

Así las cosas, unos amigos míos de la Policía Local de Algeciras se vieron rodeados por un puñado de búfalos bípedos, porros y piedras en mano, cuando trataban de identificar a unos consumidores de sustancias estupefacientes prohibidas, a fin de denunciarlos en virtud de la diariamente fusilada Ley Orgánica 4/15. Mamíferos de dos patas, lucidores de retorcidos cuernos. No me refiero a ningún ser mitológico, sino a asociales, ilegales e incivilizados conciudadanos. Para defenderse de la turba, aquellos funcionarios emplearon, con buen criterio, los medios racionalmente eficaces que en cada momento de la intervención creyeron más oportunos, de cuantos llevan consigo en esos instantes. Así las cosas, pudieron detener a uno de estos salvajes tras descargar sobre su cuerpo un leñazo de Taser, la eficacísima y desconocida pistola de impulsos eléctricos que no volveré a probar sobre mi pellejo.

Los agentes algecireños han recibido miles de críticas por no liarse a gomazos con sus agresores, cuando ciertamente también se repartieron sin obtener resultado positivo en la doblegación de las violentas voluntades de sus receptores. Como con La Parrala, a ver si nos ponemos de acuerdo, porque los porrazos causan más lesiones que los calambrazos del Taser; que si bien no es la panacea… tiene un importante nicho operacional muy concreto en el que continuamente se mueven los policías.

Dentro de la misma semana en la que mis colegas y vecinos campogibraltareños han sido portada de telediarios, otro colaborador mío a visto como ante sus pies se abría el mundo. Este amigo, al igual que los anteriormente reseñados, cayó temporalmente por el tobogán emocional por el que caen quienes, aun estando bien instruidos, se ven obligados a disparar contra otras personas. Arturo, como ficticiamente quiero llamar hoy a mi colega zaragozano, saldrá indemne, en todos los órdenes, de la vorágine formada alrededor de los balazos que ayer por la tarde colocó en el tren inferior de un demente que estaba apuñalando a otro policía.

La misma gentuza que esputa contra unos por emplear el arma de impulsos eléctricos, se empancarta esta mañana para, cual plañidera a sueldo, abominar contra la defensa a tiros que nos ocupa. Podríamos pensar que el sentido común de mucha gente se ha evaporado por efecto de las altas temperaturas que estamos soportando este verano. Pero tampoco hay que ser tan generoso. Los ignorantes que postulan ilusorias respuestas defensivas, fruto muchas veces del vacío craneal que estercolean las teleseries, sobre todo las producciones nacionales, pueden arrastrar a los cretinos hasta el más abisal de los lodazales de la insensatez. Bien está que haya gente a la que le guste retozar en su propio excremento, e incluso en el de los demás, pero ello no implica que sea ético, lógico, sano y sensato reclamar a unos lo que a otros se le critica.

Se da la circunstancia de que el maño no disponía de Taser, al no forma parte del equipamiento de su fuerza de adscripción. Significar que, del mismo modo, tampoco los funcionarios estatales presentes en esta detención contaban con otros medios que no fuesen porras y armas de fuego. Y por supuesto, una vez más quiero dejar claro que abundante jurisprudencia considera ajustado a Derecho el uso de la pólvora y del plomo frente al filo de las armas blancas, aun cuando estas segundas no hayan causado aún lesiones, o incluso si estas recibiesen la consideración sanitaria  de leves. 

Ya está bien, leches. Si para ser miembro del jurado de un concurso de cocina se tiene que saber freír un huevo y cortar la cebolla en  juliana, ¿por qué carajo para juzgar a los policías en el concurso de la vida solo hay que ser comedor de patatas fritas a la hora que emiten los capítulos del Ranger Walker en Canal Sur?

lunes, 13 de julio de 2015

NO A LA MIERDA DE LA DROGA

Artículo de opinión en ONDA CERO ALGECIRAS (20/06/2014)

Por, Ernesto Pérez Vera

Lo siento, pero me da asco. Ver a gente consumiendo drogas me provoca una repulsa incontrolable que tampoco quiero controlar. Que el consumo de sustancias tóxicas estupefacientes solamente esté prohibido cuando se realiza en espacios, lugares, transportes y vías públicas no significa que apruebe su consumo en recintos privados. No, nunca, y no pido disculpas por ello. Me produce nauseas oír a los guay justificar y tolerar los porritos. Muy a la ligera hay quien recurre al “¡quién no se ha fumado alguna vez un canuto!”. No puedo con ello, me puede. Yo mismo soy uno de esos ‘rara avis’ que nunca ha probado las drogas. Aunque muchos no lo crean, existe gente que jamás se ha dejado llevar por el “¡venga, prueba esto, no pasada nada!”.

Sí, soy un intolerante, es lo que hay. No creo en la tolerancia, sino en el respeto. La palabra ‘tolerar’ tiene varias acepciones según la Real Academia Española, pero hoy me quedo con esta: “Permitir o consentir algo sin aprobación expresa”. No paso por ello. Soy de respetar, o sea de tener miramiento y consideración.

Pero en el fondo puede que sea verdad lo que dicen, que alguien se fumara un cigarrillo aliñado con hachís o marihuana en sus tiempos de juventud no tiene mayores consecuencias hoy. Pero que se justifique, permita y casi se fomente el consumo de drogas entonando el “todo el mundo lo hace”, no, eso no; por ahí no trago. Hoy, metido ya en la cuarentena de años, veo como algunos padres de mi edad que fumaron estas y otras cosas no ven del todo mal que sus hijos imiten aquellas prácticas. A estos papás, en su mayoría, parece que les fue bien: metieron los pies en el barreño y pudieron sacarlos y secarlos. ¡Pero cuántos se quedaron con los pies dentro hasta las rodillas, la cadera y finalmente hasta el cuello! Para la infinita mayor parte de los adictos a las drogas más devastadoras este fue el primer paso. El peldaño número uno de la escalera que desciende directamente al infierno.


¿Que a qué viene todo esto? Pues viene a que ayer me crucé por la calle con un humano involuncionado que iba empujando un carrito de bebé, con dos niños en su interior. Pero agarrado a la propia sillita infantil rodante iba otro infante de no más de diez años. Y he aquí la cosa, el animal que parecía ejercer de padre llevaba un porro en una mano y un litro de cerveza en la otra. ¡Vamos!, un gran ejemplo para los que casi con total seguridad eran sus hijos. Sí, lo sé, a tenor de lo descrito todos están imaginando que estoy hablando de un marginado social con aspecto de politoxicómano. Pero sepan que esto, y lo digo porque me consta, también se da en gente que disimula su miseria interna cubriendo su torso con un polo de marca y calzando zapatos de doscientos euros. Tampoco puedo con la doble moral. Por favor, por el bien de todos, ¡no a la droga, coño!

domingo, 12 de julio de 2015

LA SUPERVIVENCIA NO ENTIENDE DE IZQUIERDAS O DERECHAS

Por, Ernesto Pérez Vera
“Luego llegaron los lanzamientos de barra y de dardos, que servían de preparación para el manejo de la lanza y de la pica; don Félix insistió en que lanzara con ambos brazos: Tira con la izquierda también, Sancho… Tira hasta que no puedas levantarla de cansancio. En un combate nunca sabes qué brazo te van a herir, ni en qué condiciones tendrás que desenvolverte.

Lógico, ¿verdad? Seguro que todo el mundo asiente con el pensamiento. Algunos lo harán con la cabeza. Pero otros, los más arriesgados y convencidos, lo harán con la palabra. Fijo que hay policías y militares entre quienes ven sensatez en el párrafo anterior. ¿A que sí? Pues verán, las palabras que componen esas líneas han sido extraídas de una novela histórica. Para colmo, como sin duda se intuye por las armas mencionadas, la obra versa sobre hechos acaecidos en el siglo XVI.

Hablamos de “El castellano de Flandes” (Ediciones Martínez Roca, 2007), de Enrique Martínez Ruiz. Al protagonista de la obra, a Sancho Dávila, ya le decían que entrenara con ambas manos el manejo de sus armas. Este personaje llegó a mandar, aunque solo dentro del libro, pero no por ello deja de tener sentido el diálogo entrecomillado, el ejército más poderoso del momento. Luchó en las feroces campañas que se desarrollaron en los Países Bajos.

Amigo, tú que eres policía y que diariamente llevas una pistola debajo de la camisa, o pendida del cinturón del uniforme, ¿sabes manejar tu arma con tu mano menos hábil? ¿Has disparado alguna vez así, aunque sea por puro divertimiento y experimentación? Hazlo. Hoy no reina Felipe II, sino el sexto, y no sé si estamos o no en guerra, pero puede ser muy tarde cuando te topes con un cabrón con ganas de fabricar huérfanos y huérfanos, viudas y viudos, y padres y hermanos de luto.


Ya sé que en la institución solo te hablan del miedo judicial que debe regir tu decisión de defenderte, pero debes saber que los que te inoculan con tanta falsedad no suelen saber una mierda de nada. Tampoco de tiro de enfrentamiento. Piensa en ello. Busca ayuda, seguro que en tu misma fuerza hay quien sabe de esto, aunque no ejerza como instructor (muy común). Plantéate dudas y juega a buscar las respuestas, con ello estarás más cerca de poder responder eficazmente el día que te toque, si es que te toca, y ojalá no te toque.

COMO LA VIDA MISMA: PÓLVORA, PLOMO Y SANGRE

Por, Ernesto Pérez Vera

Jorge, como siempre que entraba de servicio por la tarde, había almorzado muy temprano. Antes de las dos y media ya había recogido las llaves del coche patrulla, el radiotransmisor y la carpeta en la que había guardado varios papeles con anotaciones de vehículos recientemente sustraídos y las fotografías y filiaciones de tres individuos de la zona, que se encontraban en requisitoria judicial. Ese día tanto él como su compañera necesitaban un café bien cargado. La noche anterior también habían currado, pero en vez de acabar a las seis de la mañana, como les correspondía, habían finalizado más tarde. Es lo que ocurre cuando a última hora del turno se lleva a cabo una intervención con detenidos: pillaron a un menda dentro de una tienda de telefonía móvil. Como ya era habitual, otras patrullas hicieron oídos sordos a los requerimientos de la Central, porque nadie quería ensabanarse a deshora.

Durante la autoadministración del chuté de cafeína y después de rajar unos minutos sobre la incompetencia de los jefes, Jorge y Luisa comenzaron la cacería. Ambos eran viciosos del trabajo. Creían en lo que hacían y en lo que representaban. Disfrutaban ayudando a los buenos, jodiendo a los malos. Les gustaba rebuscar en los bajos fondos de su demarcación. Conocían bien a quienes solían trapichear con drogas y con objetos robados. Sabían dónde husmear para localizar vehículos sustraídos. Rara era la semana que no hacían varios detenidos. Se trataba de una pareja profesionalmente muy bien compenetrada, que con la mirada de uno ya el otro sabía qué estaba cociéndose y qué tenía que hacer para que el otro iniciara la actuación con seguridad y eficacia. Se entendían a la perfección y aprovechaban esta nada desdeñable ventaja en pos del bien común.

Era una tarde cualquiera. Un día más empezaban la pesca capturando a un infractor de la Ley de Seguridad Ciudadana. Un vacilón que se estaba fumando un porro en las cercanías de un instituto. Ya lo conocían de otras veces, se trataba de Óscar, también conocido como el Osquita y el Patas. Era el típico que lo mismo lleva un porrillo, que una navaja, que un teléfono robado, que incluso unos cuantos gramos de cocaína, que lo mismo lo lleva todo a la vez. Un cliente habitual. Era, además, un malencarado. Un rebotón que culpaba a la sociedad de lo nefastamente que le había ido en la vida, cuando en realidad él jamás había hecho nada para mejorar su miserable existencia, sino todo lo contrario. Ese día, a punto de ser las tres de la tarde, ya estaba muy colocado, pero no más de lo que solía estar el resto de la jornada. Siempre iba puesto de todo.


Nadie lo sabía aún, pero el Patas estaba especialmente ofuscado con otro guarro que le había sustraído unas gafas Ray-Ban, que él mismo había hurtado unos minutos antes en los vestuarios de un gimnasio en el que se había colado. Aquellas antiparras perfectamente las hubiera podido truequear por medio gramo de rebujito, que era la mierda que más consumía y a la que realmente tenía adicción. Estaba que se subía por las paredes por haber sido tangado por su colega. Por ello la intervención policial tomó un cariz desagradable cuando Luisa y Jorge se acercaron a él para quitarle el petardo. Lo que allí estaba empezando a ocurrir no resultaba nuevo para ninguno de estos intervinientes: manifestaciones groseras, despectivas y amenazantes, amén de movimientos físicos delatores de una posible acción huidiza, e incluso ofensiva. Lo normal y mil veces vivido, vamos.

Nada hacía presagiar de qué modo iba a acabar aquella básica y fundamental diligencia policial; por lo que con buen criterio y acierto la pareja de agentes de la autoridad le pidió al Patas que se despojara de su mugrienta chamarreta, instante justo en el que por la parte trasera de la cinturilla del pantalón del sospechoso asomó levemente el puño de un cuchillo de cocina. Tan pronto la chica vio el arma dio un respingo hacia atrás, a la vez que, aceleradamente y a gritos, advertía a su compañero de tal hallazgo visual. Luisa, que además de tener tablas en la calle era valentona, recobró muy rápidamente el control de sí misma y se abalanzó sobre Óscar. Entre que cayó violentamente encima de su objetivo y que éste se revolvía agresivamente contra la policía, tratando de desenvainar, la hoja de la faca acabó produciendo un tajo en uno de los antebrazos de la funcionaria, en los dedos de su mano contraría e incluso en la muñeca izquierda del propio Osquita.

A todo esto, y simultáneamente a lo que ya estaba acaeciendo, Jorge intentaba llegar hasta el delincuente evitando ser tocado por el cuchillo que, en realidad, aún no había visto pero cuya existencia no ponía en duda, dada la cantidad de sangre que en un plis-plas empezó a decorarlo todo. Tanto es así que una vez verificado que su compañera tenía sendos miembros superiores inutilizados, amén de hallarse atrapada por un evidente y excitadísimo estado de shock, Jorge desenfundó su pistola y trató de hacerla valer al observar que el Patas se estaba incorporando desde el suelo con las manos chorreando de sangre, a la par que profería insultos y graves amenazas contra la fuerza presente. Pero nanai de China, si el mundo de Luisa se había abierto bajo sus pies y no era capaz de hacer ni decir nada coherente, Jorge no iba a ser mucho menos: tras extraer su arma de la funda, dirigirla hacia el hostil y presionar el gatillo, aquello no sonaba. No disparaba. Seguía sin ver el cuchillo, pero él no lo sabía. Este Homo sapiens varón únicamente sabía una cosa, que estaba a tres metros de un hijoputa armado con algo peligroso, que no quería terminar allí sus días y que su binomio estaba gravemente lesionado.


Todo había sucedido, y seguía sucediendo, a una velocidad hasta entonces inimaginable para los protagonistas del hecho, además de a un ritmo difícilmente reproducible en la galería de tiro. Sus cabezas, las de los tres, fueron invadidas por una misteriosa mezcla de silencio y estruendo, algo que parecía incompatible. Pese a todo, Jorge logró disparar, pero no sin antes efectuar algunas imprecisas manipulaciones con ambas manos sobre la pistola. El problema que anteriormente impedía abrir fuego, y que lo ralentizó todo, era el seguro exterior del arma. Una aleta que debió ser pulsada hacía abajo con el pulgar, pero que por la precipitación del momento el policía no recordó desactivar. La cosa es que finalmente disparó tres veces. Un proyectil impactó en un pie de su compañera; otro atravesó el hombro derecho de Óscar, deteniendo su trayectoria  en el escaparate de una librería cercana, y el último, el tercero, nadie sabe qué fue de él.

El Patas, al sentirse tocado por una bala, amén de por un tajo de su propia medicina, desistió en su actitud y empezó a obedecer todas las órdenes conminatorias que Jorge le vociferaba con la boca seca. El agente no pudo pedir refuerzos porque no atinaba a encontrar su radio, la cual había quedado en el salpicadero de su patrullero. Luisa, que sangraba abundantemente por tres heridas, consiguió recuperar cierto nivel de calma y le pidió a un transeúnte que telefoneara rápidamente a Emergencias, informando de lo que estaba pasando. Y el Patas, el jodido Osquita, permaneció en el suelo encañonado por Jorge, el único físicamente ileso de esta historia, hasta que una dotación policial de otro cuerpo apareció casualmente en la escena y lo engrilletó.


Estimado lector, todo lo que acabas de leer es un relato que se me ha ido ocurriendo sobre la marcha. Pero aunque pueda parecerte un argumento excesivamente peliculero, te garantizo que algo así podría ocurrir en cualquier momento en la esquina de tu casa. Es más, ya ha pasado demasiadas veces. ¿Te sientes preparado para resolver satisfactoriamente situaciones de esta naturaleza? ¿Alguna vez te han hablado sobre cómo reaccionamos los seres humanos ante vicisitudes de esta magnitud? ¿Sabes que tus proyectiles rebotan y atraviesan cuerpos humanos con mucha facilidad y que pueden conservar capacidad para herir, o matar, a otras personas, aunque estas se encuentren a muchos metros de donde se produjeron los disparos? ¿Sabrías realizarle un torniquete a tu compañero? ¿Sabrías practicártelo a ti mismo? ¿Entrenas el disparo en doble acción? ¿Practicas tiro en seco, desenfundado y desactivando el seguro manual de tu pistola? ¿Ya te han engañado con esa perra y diabólica pistolera mágica? ¿Resuelves con soltura los “encasquillamientos”? ¿Sabes usar adecuadamente los parapetos? Lo sé, tus instructores no te hablan de estos temas. Pero si a nivel institucional todo sigue anclado en arcaicas e insulsas posiciones de tiro, y quienes te rodean se aferran a las leyendas urbanas de toda la vida, mueve el culo y da un decidido paso al frente. Entrena con quienes a todas luces han salido, ya, de las sombras de las cavernas. Relaciónate con quienes te aporten y no te resten. Suma para ti y para quienes diariamente dependen de tus habilidades. Huye de los que susurran a los caballos. Bebe agua en fuentes frescas. Aléjate de los contaminados por el desánimo. Pégate a quienes ya desertaron de la ignorancia. Evoluciona sin mirar atrás, tu vida no es un negocio.


Si vienes a la Semana Táctica Solidaria 2015 (STS 2015) podrás adiestrarte con profesionales altamente cualificados. Gente que no te va a mentir en nada. Policías y militares que saben lo que es verse de la mano de la Parca. Hombres y mujeres que hablan tu mismo lenguaje. Primeras figuras que con tu aportación económica quieren ayudar a niños enfermos de cáncer. Solidarios que no quiere robarte ni dinero, ni tiempo. Formadores nada rancios que, además, saben que el deporte ayuda pero que no lo es todo. La STS 2015 es el evento policial y táctico del año. Un foro para el encuentro, el dialogo, el adiestramiento y la comparación. El tiempo de la verdad ya ha llegado, ¡ven tú también!

jueves, 9 de julio de 2015

UN POQUITO DE POR FAVOR, ¡LECHES!

Por, Ernesto Pérez Vera

Si no es por nada. Si yo no digo que no. Si poder, se puede. Pero pienso yo, porque a veces lo hago (pensar), que si estás reduciendo a una persona siempre será mejor tener ambas manos libres, que no una sola. Vamos, que yo creo que diez dedos empujan, apartan, agarran y sujetan mejor a alguien que solamente cinco dedos. Y no lo digo por decir algo nuevo, sino porque uno ha detenido a cientos de seres de nuestra especie, muchos de ellos de modo violento ejerciendo la potestad coercitiva que otorga el Derecho.

Esto viene porque ayer, en una red social, fui requerido por alguien que se identificó como agente de seguridad. No matizó en qué campo de la seguridad ejercía su oficio, ni tampoco si se desempeñaba en el sector público, o en el privado. No hubo tiempo para realizar más indagaciones. La cuestión es que él, porque era varón, me espetó algo así como que le extrañaba que yo viese acertado mantener la pistola en su funda en el momento de detener a alguien, concretando que se estaba refiriendo al instante justo del engrilletamiento, o de la reducción física del encartado. Dijo que había extraído tal conclusión tras comprobar que yo había comentado positivamente un artículo firmado por otro autor, un texto que aconsejaba realizar transiciones negativas de fuerza. Nuevamente, pero ahora también ante él, admití que efectivamente esa era mi posición al respecto, aunque la firma del texto referido fuese de un tercero.


No profundicé en la posibilidad de que frente a las circunstancias descritas se pudieran producir descargas involuntarias, ya saben: “Yo no quería, señoría. El arma se disparó sola”. No le hablé del reflejo interlímbico, ni de las respuestas bilaterales simultáneas de las extremidades superiores, las cuales se presentaban como ejemplo claro e ideal para el caso que nos estaba haciendo consumir tiempo de piscina, con el calor que está cayendo (40ºC en mi casa). Tampoco le expuse que muchos policías se entregan, torpemente, a la tarea de arrestar con una sola mano, por tener la otra ocupada por el radiotransmisor, porque les molesta usar un “pinganillo”, una “perilla”, o directamente un PTT, que es como se llama, cableado y asido a una hombrera, al cuello, a la solapa, o a un bolsillo.

El muchacho, y defino así a mi interlocutor porque era muy joven, me espetó que conocía técnicas que permitían reducir a sujetos violentos utilizando exclusivamente una mano, mientras la otra empuñaba un arma de fuego. Le rogué que razonara su razón. Me dijo que lo haría ampliamente en un texto que estaba preparando para dármelo a conocer durante los días venideros. En estas estábamos cuando le hice las siguientes preguntas: ¿A qué cuerpo de seguridad perteneces? ¿Cómo y cuánto entrenas anualmente? ¿Qué arma usas? Y, ¿qué condición de porte empleas en tu pistola durante las jornadas de servicio? Por respuesta recibí el silencio. No se dignó a contestar ni una sola de mis interrogantes, pero sumó: “si quieres saber qué técnicas uso, investígame en Google, ahí está todo”. No sé si estaba comunicándome con uno de los tontos que aspira a superar el número de botellines, o es que su envidiada juventud le impedía ser más serio.

En vista de lo anterior, lo interpelé sobre si realmente contaba con experiencia deteniendo. Pese a que se resistía a revelar datos relativos a su dedicación profesional, porque como él mismo expresó “no acostumbro a contar esas cosas en esta red social”, terminó confesando que es agente privado en un centro de menores. Añadió, tal vez ya con algo de timidez, que algunas veces había reducido a algunos chavales. Así las cosas, ni manejaba armas, ni detenía delincuentes, ni sabía de qué carajo estaba hablando el autor del texto con el que se mostraba tan disconforme. Pero así y todo, osó contradecir al firmante de aquellos párrafos, un policía con casi veinte años de servicio, que además es instructor de tiro policial, que para colmo es licenciado en Psicología y que para mayor remate también cuenta en su haber con la licenciatura de Criminología, amén de ser un apasionado de esta temática. Vino a decir que él, que no es capaz de comprenderse a sí mismo, sabe operar quirúrgicamente un cerebro humano en la mesa de un chiringuito, porque tiene un bote de agua oxigenada, dos tiritas y porque ha visto seis veces la genial película “Tres de la Cruz Roja” (1961), protagonizada por los siniguales Manolo Gómez Bur, José Luis López Vázquez y Tony Leblanc. ¡A madurar, con viento fresco, joder!

Por favor, seamos todos un pelín más serios. Incluso yo mismo prometo no seguir contando chistes malos. Pero sobre todo, por favor, respetemos a quienes saben hacer multiplicaciones, divisiones y raíces cuadradas, cuando otros solamente sabemos sumar y restar, siempre que naturalmente sea sin decimales. Y mucho ojo, que estas mismas boberías, además de otras sandeces, se las he oído decir a no pocos policías. Tratemos de no confundir años acumulados en el fondo de la taquilla, con la experiencia profesional. Según me cuentan, porque yo en esto no gasto, hay putas con muchos trienios reconocidos en nómina que no saben hacer una paja.

miércoles, 8 de julio de 2015

BUEN PROVECHO, MALA DIGESTIÓN

Por, Ernesto Pérez Vera


Érase una vez un lugar de trabajo en el que los nuevos sinvergüenzas convivieron tanto tiempo con los viejos sinvergüenzas, que los primeros descubrieron que algunos de los veteranos habían llegado muy lejos gracias a la sin par sinvergonzonería practicada. Como tontos no eran, por más que sí fuesen noveles en aquello de la golfería, los nuevos sinvergüenzas decidieron emular a varios desfachatados. Pensaron, con matemático criterio, que si no pocos de los más antiguos habían ascendido tanto siendo tan descarados, ellos, que querían poner en práctica el relevo generacional, podrían llegar igualmente hasta la cima siendo también notables tunantes.


Cálculo, contactos y pudor a la mochila. Era cosa de aplicar la sencilla idea de lo directamente proporcional: si acreditaban mayor granujería que los viejos sinvergüenzas, llegarían más arriba. Con suerte, y con más caradura que los anteriores, incluso coronarían la cúspide en menos tiempo. Acertaron. Y es que esas son las normas del juego cuando uno se mueve entre pillos. Al final, va a ser verdad aquello tantas veces oído a lo largo del camino de la vida y de la carrera profesional: el sistema está hecho para los gandules, mediocres, tramposos y bribones. Será por lo que uno, a veces, se encuentra las cunetas y los paredones repletos de tantos aprovechables desaprovechados, por obra y gracia de los aprovechados y de los aparentados.

martes, 7 de julio de 2015

A POR LA STS/2016

Casi un centenar de participantes en la II Semana Táctica Solidaria

Organizada por la ONG “Por una sonrisa”, facilita vacaciones a niños enfermos de cáncer y sus familias

Durante la primera semana de julio se ha desarrollado en el Campo de Gibraltar, por segundo año consecutivo, la Semana Táctica Solidaria (STS) que ha reunido a cerca de un centenar de participantes, la mayoría miembros de distintos cuerpos de seguridad y de las Fuerzas Armadas, que han tenido la oportunidad no sólo de actualizar conocimientos y practicar distintas materias propias de su actividad profesional, sino que han convivido con niños y niñas en tratamiento contra el cáncer, beneficiarios directos de la recaudación de esta actividad.

La Semana Táctica Solidaria es un evento de carácter benéfico, organizado por la ONG “Por una sonrisa”, que se celebra una vez al año en el Campo de Gibraltar. Durante 5 días, expertos en tácticas policiales y en intervención imparten talleres prácticos sobre diversas áreas (tiro, medicina táctica, defensa personal, supervivencia, guías caninos, etc.), mostrando a los inscritos técnicas y procedimientos adquiridos durante décadas de experiencia en unidades de élite y especiales de las Fuerzas Armadas y de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad.

Los ingresos obtenidos por la inscripción en los talleres y por la venta de productos facilitados por los distintos patrocinadores, son donados íntegramente a la ONG “Por una sonrisa”. En la edición de este año se han conseguido recaudar, descontando los gastos de organización, 8.000 euros. Esta organización sin ánimo de lucro lucha desde hace varios años contra el cáncer infantil, ayudando a familias que sufren este problema. Una de sus actividades fundamentales consiste en financiar una semana de vacaciones a los niños y sus familias en un ambiente distendido y lleno de actividades lúdicas.

Esta semana de vacaciones tiene lugar en el Campo de Gibraltar, coincidiendo con la STS pero al margen de la misma, en la que además participan en diversas actividades especialmente diseñadas para ellos como fiestas, risoterapia, avistamiento de delfines, etc. Este año han sido 28 las familias de toda Andalucía las que se han podido beneficiar de esta semana de vacaciones diferentes.

Las familias que sufren el azote del cáncer en alguno de sus hijos, sobre todo cuando son pequeños, experimentan un deterioro anímico que esta ONG intenta paliar en la medida de sus posibilidades. Con la semana que se ofrece a estos niños y sus familias, se pretende acolchar el impacto económico que la enfermedad provoca en el núcleo familiar. Las ganas de salir y divertirse desaparecen en los demás miembros de la familia cuando uno de sus pequeños sufre esta enfermedad, a lo que se suma el desembolso económico que conllevan los días de estancia en hospitales, más las idas y venidas consultando otras opiniones médicas. Muchos padres, además, deben abandonar sus trabajos para dedicarse enteramente al cuidado de sus hijos.

En esta segunda edición de la STS se han desarrollado una docena de talleres, en localizaciones de Los Barrios y Algeciras, en los que han participado 80 profesionales de la seguridad procedentes de todos los rincones de España e incluso del otro lado del Atlántico.


Los monitores, que participan de forma desinteresada, igualmente proceden de toda España, aprovechando muchos de ellos sus vacaciones para participar en esta acción formativa y solidaria.

Monitores y participantes tienen ocasión de convivir, una vez finalizados los talleres, con los niños y niñas atendidos por esta ONG, así como con sus familiares, en lo que constituye una experiencia que todos destacan no podrán olvidar.

Además de esta STS, “Por una sonrisa” realiza funciones de apoyo a niños con cáncer en el Campo de Gibraltar, contando con un grupo de terapeutas, en colaboración con organismos públicos y privados como la Asociación contra el Cáncer Infantil de Granada y el equipo médico oncológico del hospital Virgen de las Nieves, también de Granada.


Para más información:
Domingo López López
Tlf.: 627 413 434

sábado, 27 de junio de 2015

ZAPATERO A TUS ZAPATOS

Por, Ernesto Pérez Vera

No voy a pedir perdón, y no lo siento. “El que nace barrigón, buenas ganas que lo fajen”, dice nuestro sabio y rico refranero. Que la cabra siempre tira para el monte es bien sabido por todos. Y sí, yo debo ser una cabra de esas. Pero dado que rondo los 90 kilos de peso, si acaso no los supero, tal vez sea, como algunos me definen, un pedazo de cabrón. Una cabra grande, supongo que querrán decir, del mismo modo que un balón es una bala gorda, y que un pelotón una pelota enorme.

Según me dicen, por ahí dicen que soy problemático. Dicen que se dice en determinados ambientes policiales. Me han dicho que lo están diciendo no pocos mandos de mi cuerpo, amén de otros de otras fuerzas. Que les voy a contar que ya no imaginen ustedes a estas alturas del partido. Este dicente, servidor de ustedes, es problemático para ciertas personas que dicen, como buenos correveilides y directores de dimes y diretes, que soy un policía conflictivo. Menos mal, por fin los profesionales del dislate dicen una verdad con la que estoy de acuerdo.

Efectivamente, podríamos decir que en esta ocasión no mienten del todo. Durante años he sido, o fui, una china en el zapato de bastante gente. Y créanme, he visto muchas hormas, suelas, entresuelas, tacones, etc. He visto zapatos, fíjense qué variedad cromática tan curiosa, con forros azules, verdes, amarillos y hasta celestes. Puede que pese a tanto zapateo no haya aprendido a atarme los cordones de mi propio calzado. Pero es lo que genera estar comprometido con el trabajo y con la producción en aras del bien común, y no con los intereses personales, sindicales y/o políticos. Cambiaría muchas cosas de mi dura trasveía policial, pero no cambiaría las botas con las que hice mi singladura.


Pero como veníamos diciendo, sí, soy un “porculero”. Un hijoputa para algunos, y un cabrón para otros. Mala persona, si lo prefieren, aunque curiosamente unos pocos, muy pocos eso sí, piensan lo contrario. Cuestión de “feeling” personal, seguramente.

Quienes me conocen bien y de verdad saben, por haber trabajado conmigo el tiempo suficiente, que nunca me gustó ir de servicio con policías, mandos o no, que se hallasen intoxicados por la ingesta de sustancias prohibidas, tanto si éstas eran inaladas, aspiradas, o sorbidas. Porque atención, aunque el agua de fuego sea un producto legal, me refiero a las bebidas alcohólicas, su consumo en horas de trabajo está prohibido para los agentes de la autoridad. Aunque no me tocase compartir patrulla con ellos, siempre repudié a quienes ya venían mamados desde sus casas, o directamente llegaban en tal estado desde el puticlub. Qué quieren que les diga…, lo sé, soy muy rarito.

También me enfrenté a quienes miraban para otro lado ante la detección de infracciones, ya fuesen estas penales o administrativas. Y no, no iba tirando ráfagas de multas por doquier, si bien nunca fui manco y denuncié todo lo que en conciencia creí que tenía que denunciar. Esta actitud mía se paga muy caro, principalmente en el seno de la institución que me dio las tres pes: la placa, la porra y la pistola, aunque alguno a lo mejor está pensando en una puñalada “perrillera” en el pecho. Mira que soy conflictivo, joder, con lo bien que me hubiese ido metiéndome en un bar a beber gratis, admirando de camino los voluptuosos pechos y el escote de la camarera de turno.

Nadar contracorriente es duro y agotador, totalmente autodestructivo, pero no por ello me dejé llevar de copas, ni de putas, ni de putos. No recibir más que menosprecio de quienes deben reconocer la calidad de los servicios, es el coste que los idealistas tenemos que pagar. Porque miren una cosa, yo quizá no sea una buena persona. Probablemente fui incluso un mal policía. Quién sabe si hasta muy mal compañero. Puede que en su momento fuese hasta un mal primo por no perdonar infracciones relacionadas con drogas a miembros de mi familia. Pero es que resulta, miren qué extraño soy, que yo creía en lo que era y representaba. Por creer, creo hasta en la Justicia. Toda una temeridad por mi parte, dadas las aguas frías, contaminadas y turbulentas sobre las que nadé una parte importante de mi vida.

Y claro, toda esta puerca imagen que desde la insinceridad proyectan megáfono en mano los detractores, sin que uno mismo a veces pueda evitar autoreflejar su malestar en algunas acciones, cruza hábilmente hasta la acera de quienes calzan botas forradas de otro color, donde a buen seguro pondrán en cuarentena todo lo que te ataña. Es por lo que no pude esquivar mil polémicas con quienes me tomaban comparecencias desvirtuando el dictado de mis palabras. Realmente pude evitarlo en alguna ocasión, pero no quise: intenté, no siempre con éxito, que estos individuos no echaran balones fuera cuando mis denuncias afectaban a sus amigos, a sus hermanos, o a coleguitas que a todas luces eran enemigos del principio de autoridad que todos los policías representamos (yo ya estoy excluido de esto último).

Menudo estigma sigo padeciendo y arrastrando cual sambenito. ¡Qué malo es uno por meterle el alcotest, o por sacarle medio gramo del calcetín, al hijo de alguien! Pero peor te pueden llegar a tratar por incautar más droga que otros, con menos medios, con más zancadillas y con más bastardos a tu alrededor que botellines tiene el tugurio de enfrente.

No ascender, ni contar con medallas, ni con felicitaciones públicas, es algo muy extendido entre quienes, como yo mismo quiero recordar que hacía cuando estaba en activo, todos los días cazan reclamados judiciales, ladrones, maltratadores, beodos al volante, traficantes de drogas, etc. El desprecio suele ser, y hablo por propia experiencia y por las que conozco a través de terceras personas fidedignas, la única respuesta de no pocos compañeros, jefes y responsables políticos y sindicales, cuando un policía no afín destaca culminando servicios destacados. Gozar de la simpatía de determinados individuos abre puertas, aunque esta cordialidad haya que pagarla previamente en la barra de un pub, o en el reservado de la discoteca de moda.

Por pensar lo que pensaba respecto a cómo organizar los servicios, y sobre todo por salir a currar y no de paseo, y más aún por decirlo sin tapujos, uno puede verse arropado solamente por un puñado de idiotas que piensan igual,  o de modo parecido. Por policías que consideran que hay que apuntalar el bienestar general de la sociedad. Por quienes abogan por la imagen, por la dignidad y por la profesionalidad. Por funcionarios que estiman que a los buenos siempre hay que ayudarlos, aunque para ello haya que enfrentarse abiertamente a los malos. Por quienes quieren ser, y no solo aparentar. Por compañeros que cumplen fielmente con sus obligaciones, aunque estas estén detrás de un simple teléfono de atención al ciudadano. En definitiva, que uno se siente apoyado nada más que por quienes con decencia lucen el uniforme que les cubre el pellejo, cuando no también el alma. Por aquellos que creen en lo que hacen y que hacen aquello en lo que creen. Por quienes quieren ser resolutivos. Por los eficaces. León Tolstói, filósofo ruso nacido en el siglo XIX, dijo: “El secreto de la felicidad no es hacer siempre lo que se quiere, sino querer siempre lo que se hace”. ¿Otro majareta?

Pues así es, soy muy mala gente, un perro, pero a mi jefe volvería a participarle por escrito que fulano, jefe del turno tal, destruye denuncias administrativas relacionadas con la circulación de vehículos, así como con la tenencia de sustancias estupefacientes prohibidas en lugares públicos. Y lo volvería a hacer pese a saber que no le pasaría nada, como bien alto esputó el interfecto ante numerosos testigos cuando lo descubrí. Eso sí, en mi segunda oportunidad no solo le daría conocimiento a mi jefe de servicio, al jefe del cuerpo y al responsable político de la plantilla, sino que también remitiría el documento a la autoridad judicial, cosa que no hice en su momento por gilipollas. Tan verdad era aquello que vomitó el sin par sinvergüenza partidor de denuncias y actas, que no solo no le exigieron responsabilidades, sino que ascendió varias veces.

Oír que eres mal tío por dar parte de quien hace desaparecer droga y destruye actas, es una pizca del precio que más de uno tiene abonar a lo largo de su carrera profesional. Una injusta y pesada loza por la que todos pasan y que todos pisan, y sobre la que algunos zapatean cual bailaores de flamenco. “Treinta años te quedan aquí dentro, compañero. No debiste haber firmado ese informe interno”, me dijo un policía cuando supo que había denunciado ante la superioridad a su colega de juerga y promoción. Por suerte para él, y quién sabe si también para mí, me pasaportaron en una camilla antes de tiempo. Este hablaba de experiencia policial, confundiendo la sapiencia de la práctica con los quinquenios que llevaba arrastrando los pies de una punta a otra de la calle Real. Los años de puta no garantizan una felación de calidad, compañero.

Pero qué fácil es caer mal en el trabajo, solo hay que hacer lo que hay que hacer. Pero ojo que como además se haga bien, uno podría quedar atrapado en el vórtice del odio eterno.

Ahora es muy sencillo decirlo, lo sé, pero es que antes tenía miedo de seguir dando pasos por tan movedizas moquetas. Por cierto, nunca dije que fuese valiente. ¿Pude haber hecho más? Seguro que sí, pero tal vez me refrenó mi naturaleza cobarde. Ahora, que estoy fuera del alcance de la metralla de las emboscadas internas, me resulta más cómodo y seguro explotar de rabia. No era fácil abrir la sandía cuando nadie quería probarla, menos aún cuando el cuchillo te lo endiñan clavándotelo en un omoplato.

De esta guisa se escribe la historia de mucha gente que ayuda a la mayoría cumplidora de las normas, fastidiando a la minoría infractora de las mismas. De esta guisa, pero con el zapatero lleno de suelas agujereadas, de cordones roídos y deshilachados, de tacones desgastados y de viejas latas de betún vacías y oxidadas. Zapatos sucios, de baja calidad, malolientes y repugnantes, que sin embargo pasan por ser flamantes Versace, Gucci, Louis Vuitton, o simplemente Martinelli, que ya va bien. Mucho hedor y nada de desodorante para los pinreles. ¡Abramos el balcón para que entre aire fresco y puro, por favor!

Importante: cualquier parecido con la realidad es pura desvergüenza, amén de una lamentable casualidad.

viernes, 19 de junio de 2015

LA FUERZA DE LA RAZÓN: VENCER CONVENCIENDO

Por, Ernesto Pérez Vera
Ahora ya no tanto, pero durante años fui objeto de algunas críticas por defender la teoría, pero también por airear la sangrante realidad,  de que los cartuchos policiales dotados con proyectiles expansivos, huecos o no huecos, son ideales para preservar de heridas a terceras personas presentes en los tiroteos, o simplemente próximas a dichos escenarios (cientos de metros). Quiero decir que estas balas, al contrario que las blindadas y que las semiblindadas, recorren menos tramos en los cuerpos carnosos afectados. Esto minimiza, casi siempre, el riesgo de que los proyectiles abandonen el cuerpo y hieran a sujetos no designados como objetivos.

Si se terciaran determinados factores favorables, estas puntas también podrían ocasionar heridas de mayor consideración, lo que a su vez podría derivar en la innecesidad de seguir efectuando más disparos contra un mismo “target”.

Quienes me criticaban por defender estos pensamientos decían, aunque también escupían contra otros instructores y contra otros planteamientos estrechamente ligados a los que hoy estamos tratando, que estas indeseables contrariedades no se producían con la frecuencia suficiente como para tener que preocuparse. Se amparaban, según ellos, en que algunos norteamericanos así lo exponían en su país. ¡Nos ha jodido! Allí sucede en menos ocasiones que aquí, porque, ¡qué casualidad!, las fuerzas del orden no emplean el mismo tipo de munición que sí usamos aquí. A ver, hombres descarriados y desertores del menos común de los sentidos, si ellos consumen puntas huecas y el número de sobrepenetraciones desembocantes en heridas a inocentes ajenos a los incidentes armados es menor que aquí, que tiramos con semiblindadas y blindadas, ¿de verdad hacen falta más explicaciones?

Recordemos que estoy hablando de cartuchos de armas cortas que generan bajas velocidades y poca energía, lo que medianamente puede ayudar a controlar el exceso de penetración.  No sucede lo mismo con los calibres propios de armas largas, en los que las mayores energías y velocidades desarrolladas de las que podríamos hablar, rara vez permitirían sostener la idea de que las puntas huecas siempre permanecerán dentro del organismo lesionado, aunque con casi total seguridad sí producirían heridas de mayor entidad.

La cosa es que cuando este humilde policía local, gaditano de origen y con apellidos comunes y nada cinematográficos, defendía lo expuesto en los párrafos precedentes, individuos con más ínfulas que este servidor de ustedes despotricaban y exponían que personas llamadas como los protagonistas del celuloide decían lo contrario. Pero ahora, sin embargo, los engreídos que vuelan entre sus estrellas hocican y promueven, por fin en lengua española, lo mismo contra lo que antaño escupieron. ¿Que por qué lo hacían? Pues vayan ustedes a saber, tal vez por falta de educación, por incontinencia de la ira, por carencias afectivas en la infancia, por envidia, o quién sabe si porque de pequeños recibieron más pedradas de la cuenta en el patio del colegio, sin haberse repuesto aún  emocionalmente.

Sea como sea, vean el vídeo que seguidamente enlazo. Si siguen los artículos publicados en este blog, esta filmación no les descubrirá nada nuevo, pero sí les reforzará lo ya sabido: https://www.youtube.com/watch?v=P9bh0M37Hh8

Desde estas páginas quiero agradecer a mi amigo y compañero Abel, de la Policía Local de Zaragoza, el detalle que ha tenido al compartir conmigo este magnífico documento audiovisual.