miércoles, 20 de julio de 2016

LEONES DEL VATICANO

Por Ernesto Pérez Vera

Varios miembros de la Gendarmería de la Ciudad del Vaticano visitaron el 19 de julio el simulador de tiro de la Policía Local de León (España). Y “EN LA LÍNEA DE FUEGO” estuvo junto a la comisión vaticana, encabezada por el comisario Stefano Fantozzi, máximo responsable del cuerpo.


La Policía Local leonesa estrenó este simulador de tiro durante la primavera de 2009. Este ingenio de la tecnología está desarrollado por el Centro de Excelencia de la multinacional Indra. Fantozzi ha manifestado a los medios españoles, que el producto es de muy buena calidad, señalando que ellos se encargan de la seguridad del Vaticano, pero especialmente de la del Santo Padre, motivo por el que siempre intentan estar al día de las novedades profesionales que puedan llegar a utilizar sus agentes.


Los autores de “EN LA LÍNEA DE FUEGO” nos sentimos muy orgullosos y agradecidos a José Manuel Fidalgo, el policía responsable de la instrucción de tiro de la fuerza local leonesa, quien cuenta con nuestra obra como referencia para recrear escenarios y supuestos sobre los que basar el adiestramiento de los integrantes de la plantilla. Este vídeo es prueba de lo anterior: https://vimeo.com/175357167

sábado, 16 de julio de 2016

NUNCA PASA NADA, HASTA QUE NIZA

Por, Ernesto Pérez Vera

Por muy andaluz que uno sea, y por Dios que soy ‘mu gaditano’, juro que no exagero al decir que diariamente recibo varios correos electrónicos, e incluso llamadas telefónicas y guasaps, remitidos por policías nacionales, policías autonómicos, policías locales, guardiaciviles, militares y vigilantes de seguridad, que me interpelan sobre cuestiones policiales. La verdad es que me siento halagado aunque a veces tenga que responder, con humildad, que tal o cual campo están fuera de mis entendimientos técnicos, teniendo de desviar las dudas hacia otros especialistas. Lo he hecho mil veces, y no pasa nada. Hay que ser solvente y consecuente con las respuestas. Seguro que el padre Mundina no respondería sobre balística interna. Zapatero, a tus zapatos, vamos. La honestidad y la coherencia al poder.

Si bien en algunas ocasiones me han contactado para ofenderme y recriminarme mi afición por escribir sobre materias policiales muy concretas y particulares, por considerarse estas personas policías de primera división mientras que a mí me tildaban de mindundi municipal de pacotilla, que no sabe de nada, lo cierto es que el 99,99% de las misivas tienen por objeto recabar mi opinión sobre asuntos profesionales. Suelo ser educado con esta clase de individuos, pero solamente un poquito, porque tengo que confesar que a algunos los he mandado directamente a la mierda.

Últimamente no son pocas las repuestas que he tenido que ofrecer sobre mi parecer respecto a que los agentes de la autoridad puedan disponer de armas largas, sin distinción alguna entre cuerpos. Esto genera muchísima controversia. Da pie a guerras internas en las propias fuerzas de seguridad (en todas). El mal está dentro del propio colectivo. Aquí, en este sector y solo en este caso, perro sí como perro. Somos malos e hijos de puta para nosotros mismos. A ver, todos los cuerpos locales no poseen o pueden poseer armas largas de dotación, puesto que esto lo regula a nivel autonómico cada región, mediante las leyes de coordinación de policías locales (existen 19 normas marco de este perfil). Según a qué comunidad autónoma nos asomemos, veremos o no escopetas, carabinas o fusiles, en manos de los municipales.

En el colectivo local, como en el resto, porque a esto que voy a decir no escapa color alguno, hay muchos agentes que preferirían llevar en la cintura un patito de goma en vez de una pistola, por lo que plantearles la necesidad de dotarlos de armamento largo supondría recibir un salivazo en la cara, amén de una campaña de desprestigio. Ahora bien, aunque abogo en aras de que los agentes dependientes de las corporaciones locales puedan contar con escopetas y cosas de esas, es más verdad que no quiero que ninguna administración invierta en este material, si antes no ha instruido abundantemente a su gente en el manejo de la herramienta principal: la pistola o el revólver.

Pienso que mientras sigan pululando por ahí miles de policías sin saber manejar sus armas cortas, más que de modo básico y encima con más miedo que siete viejas juntas, es una estéril y peligrosa pérdida de tiempo comprarles otro tipo de instrumentos de fuego. Eso sí, con ellos en los armeros todos los estamentos venden una maravillosa imagen pública que te cagas. De nivelazo. Menudas panoplias tienen algunos. ¡Joder! Se fotografían con los G36, con las escopetas y con los Cetme, hasta los que no sabe ni desactivar el seguro manual de sus pistolas. Los mismos que se mofan de sus compañeros operativos, se hacen fotos fantasmas fusil en mano, cuando creen que nadie los está mirando.

Qué pena más grande me dan aquellas instituciones que cuentan en sus arsenales con abundante y variado material de este tipo, sin que ni la mitad de la peña sepa sacarle partido. Algunos, que no son precisamente pocos, sufren pánico al rozar con la mano la empuñadura de la pistola, así que no cuento qué sienten cuando a veces, muy a veces, son obligados a pegar cuatro tiros de risa con la escopeta en la galería. Leches, me consta que hay tantos por cientos muy elevados de plantillas que se niegan a trabajar con las escopetas y los fusiles en el interior de los vehículos, por desconfianza en sí mismos. ¡Qué nivelito, Dios! Pero claro, y sé que voy a recibir hostias hasta en el carné de identidad: esto es lo que sucede cuando a uno le hacen conocer, que no comprender, el manejo infrabásico académico (nivel párvulo) de una cosa, para luego jamás volver a verla. Estas ásperas interioridades se niegan, se ocultan y se camuflan cara al alto mando y, sobre todo, cara a la opinión pública. Pero ojo, los jefes lo saben, digo que si lo saben, aunque nieguen la mayor y públicamente vendan lo contario.

Sí, hombre, claro que en todas las unidades hay personal cualificado e incluso altísimamente cualificado, pero estos policías son los menos. En cualquier caso, soy de los que piensa que los que tienen que estar más entrenados y equipados no necesariamente tienen que ser los policías de los grupos especiales, que por supuesto también, sino los funcionarios de primera instancia e instrucción. Me refiero a los policías de urgencias. Hablo de los que te atienden en la calle, en una esquina cualquiera y a cualquier hora, cuando le dices: “¡Oiga, agente, por la calle de al lado va circulando un camión que está embistiendo y atropellando deliberadamente a cientos de personas!”. ¿Les suena lo sucedido en Niza (Francia), el Día de la Toma de la Bastilla…? Porque sí, coño ya, porque estos policías, los de la porrita, la radio y la pistolita, son los que se encuentran las situaciones más feas, delicadas y urgentes, sean del cuerpo que sean. Son los primeros en intervenir, sin que casi nunca les sea posible pedir apoyo a los Hombres de Harrelson. Son los que no disfrutan de tiempo para tomar muchas decisiones. Esta gente es la que resuelve sobre la marcha. Estos son, también, los peor entrenados y dotados. Sin embargo, siempre están ahí, hasta cuando algunos quieren escurrir el bulto echando balones fuera.

¿Queremos médicos de urgencias que no tengan la posibilidad material de hacer una traqueotomía de emergencia, porque en cuestión de horas puede acudir un cirujano especializado? ¡Ea! Pues meditemos sobre ello, aplicándonos el cuento.

Este artículo no quiere alzar nuevamente la pancarta del ‘sí a las armas largas’, dado que, como siempre digo, si en clase no nos enseñan correctamente a hacer los copiados, cómo carajo vamos a hacer una redacción decente; o sea, que si no sé utilizar con rapidez, seguridad y eficacia la pistola, que es lo que llevo encima todo el rato, cómo demonios voy a colgarme del cuello un fusil de asalto, por chulo que este sea.

Con estos párrafos quiero decir, una vez más, que con una simple pistola bien utilizada y con dos o tres cargadores encima, se puede ser muy pero que muy resolutivo si se mezclan, en la debida proporción, buenas dosis de valor y adiestramiento. En Niza, como fehacientemente se ha podido comprobar, fueron agentes corrientes y molientes, de los que cortan las calles los días de feria y carnaval, los que eliminaron la amenaza, pipa en ristre. Dicen que un funcionario gabacho se encaramó a la cabina del camión y vació un cargador contra el conductor, acabando así con su miserable y repugnante existencia. Ven cuánto se puede hacer, con tan poco. Eso sí, qué bien hubiese venido tener por allí, a mano, un cacharro de mayor potencia de  fuego, aunque hubiese sido un viejo MAT-49, aquel característico subfusil galo de la empuñadura y del brocal del cargador plegables.

Mis palabras, como casi siempre, no proponen ejercicios concretos de entrenamiento. Únicamente pretenden llegar a algunas personas para que, si tienen capacidad de comprensión lectora, se quiten las orejeras de lana y las gafas de madera de una vez por todas, a riesgo de que vuelvan a mandarme a tomar por el anillo de cuero.


Para acabar, y aunque parezca propio de un capítulo de la teleserie “Los hombre de Paco”, tengo que decir que es una broma de muy mal gusto instruir a los policías en el manejo de la escopeta utilizando, exclusivamente, cartuchos de proyección (fogueo o salvas) y proyectándoles vídeos e imágenes fijas en pantallas gigantes. Aunque parezca cachondeo de mi cosecha, esto está ocurriendo porque hay prebostes y gerifaltes que confían en este sistema porque, como suelen decir cuando no hay micros en la costa pero sí moros acechándola, aquí nunca pasa nada. Cómo nos gusta cumplir lo justo, para cubrir expediente. Qué nuestro es eso de aparentar, en vez de ser. Cuánto Torrente suelto queda todavía.

lunes, 20 de junio de 2016

DE LA MESA A LA PUERTA: OTRA DE CUCHILLOS

Por, Ernesto Pérez Vera

Suele decirse que nunca pasa nada. Pero pasa, digo que si pasa. Este vídeo muestra, una vez más, escenas tomadas en Estados Unidos (EE.UU). Pero esto no significa que en España no sucedan cosas de esta índole. Lo que ocurre es, y esto es un dato objetivo, que la Policía de otros países cuenta con medios de grabación audiovisual adosados a la vestimenta de sus funcionarios o, como es el caso de la presente toma, a la cabeza mediante gafas. Efectivamente, si nuestros agentes de seguridad pudieran filmar todas las agresiones que sufren, y además la opinión pública tuviese acceso a ellas, todos dejaríamos de creernos las mil y una trolas que nos han colado, con calzador, en charlas, cursos y artículos de prensa durante décadas.


En esta ocasión, por suerte, todo acabó bien para ambas partes. Un agente de un departamento del sheriff, de uno de los cien condados de Carolina del Norte (EE.UU.), fue comisionado por su central de transmisiones al efecto de verificar una llamada que sugería la comisión de un presunto delito de malos tratos en el ámbito familiar. Algo que, como todos convendrán conmigo, principalmente quienes se dediquen a la seguridad pública, a lo judicial o a leer periódicos, forma parte del día a día de todo policía español que desempeñe su labor profesional en el campo de la seguridad ciudadana.

El recibimiento filmado es, digámoslo así, el más habitual. Nadie espera en la puerta de su domicilio, o en el de la parienta, con una pancarta confesando que es el malo de la película y que en unos segundos va a esgrimir un cuchillo contra la fuerza interviniente. Estamos, por tanto, ante una actuación que puede acabar de mil formas, la mitad de ellas buenas y la otra mitad malas. La sorpresa puede aparecer de muchas maneras, pero como seguro que nunca hará acto de presencia es con un megáfono haciendo públicas las intenciones criminales a materializar al instante siguiente. De esta guisa, y seguramente conociendo bien el percal y al propio denunciado, el funcionario que protagoniza la escena se aproxima a la casa con su pistola Taser empuñada y fuera de la funda.

No cabe duda de que la medida preventiva proporcionó su fruto, si bien en décimas de segundos el agente se vio, insisto que sin aviso expreso, delante de una dentellada de acero. Tan fabuloso documento pone de manifiesto que incluso portando la persona agredida un arma en las manos, rara vez podrán evitarse lesiones si quien desempeña el rol de criminal ha decidido en su mente matar y, además, ya ha ejecutado acciones en tal dirección y sentido. Aquí fue un arma de impulsos eléctricos la que el policía interpuso y disparó contra quien llegó a clavarle el cuchillo, pero de haberse tratado de una pistola convencional el resultado final hubiese sido el mismo, o incluso otro peor. El agente no tuvo que ser asistido por lesiones dado que la puñalada fue detenida, a la altura del tórax, por el chaleco de protección balística con el que cubría su tronco. Desconozco si esta prenda también estaba confeccionada para proteger al usuario frente a armas blancas, pero está claro que hasta un grueso abrigo de piel de oso frenaría, aunque fuera algo, la penetración del agudo metal.

Este enlace, por sí solito, ya manda abundantes mensajes a quienes lo quieran ver con avidez. A mayor listeza y predisposición a la autocrítica, mayor número de conclusiones podrán ser obtenidas tras su visionado. No obstante, a ver si puedo ayudar un poco a quienes no estén muy duchos en estas lides. Para ello me haré varias preguntas en voz alta, con autorespuestas incluidas. ¿Tienen todos los policías españoles un Taser en su cinturón de servicio? No, nanai de la China. Aquí tal vez solo el 10% lo posea, aunque muy posiblemente esté siendo excesivamente generoso en el cálculo porcentual.

Visto que la víctima llegó a ser tocada por el arma blanca, pese a haber disparado con rapidez y eficacia, ¿cómo hubiera acabado la intervención de no haberse hecho tan evidente ostentación de dicha herramienta de letalidad reducida? Posiblemente con sangre policial por el piso, no sé si también con muertos. Ante algo así, y sin un Taser encima o hasta con él en el cinto, ¿todos hubiésemos podido repeler el atentado sujetando la mano agresora, empujando el pecho del hostil para ganar distancia, apartando la hoja, golpeando la cara del delincuente, etc.? Pienso que muchos, tal vez, hubiéramos podido bloquear la mano ejecutora o yo qué sé, pero casi con total seguridad sin tiempo para evitar unas cuantas clavadas.

Sigo. ¿Hubiera detenido su ataque el malo de haber alimentado el policía la recámara de la pistola ante sus mismísimas narices? Estoy convencido de que no. Considero que cuando una persona ya está matando no hay ruidito de marras que le haga deponer su actitud, por más que muchos instructores, lamentablemente más de la cuenta, sigan vendiendo esta teoría de mierda. Es más, estoy casi seguro de que el sentido auditivo del acometedor no hubiera percibido el sonido de la obturación del cañón. Este individuo era un Homo sapiens que también, a buen seguro, había perdido capacidad de atención y de concentración; todo lo cual debió afectar a sus sentidos y, por ende, tuvo que verse mermado en sus posibilidades cognitivas y sensoriales.

Pero más convencido estoy, aún, de que a un policía de nivel medio de adiestramiento no le hubiese dado tiempo a desenfundar, montar, disparar y acertar en el objetivo. No, al menos, saliendo indemne de un encuentro de esta naturaleza. No hablo ya de tener que desactivar, también, el seguro manual de la pistola. Moraleja: hay que perderle el miedo al porte del cartucho en la recámara, llevando en reposo los mecanismos de disparo. Eso sí, hay que entrenar mucho y bien en esta condición de porte. ¿Seguro activado o desactivado? Para muchos, otro gran dilema. A esto podrían responder mejor que yo, por ejemplo y por desgracia, los dos protagonistas del capítulo 20 de En la línea de fuego: la realidad de los enfrentamientos armados (editorial Tecnos).

Cuando alguien en su sano juicio se ve ante una cosa así, nada se puede hacer exactamente igual que en la galería de tiro. Estando muy entrenado, insisto en lo de muy, hay muchas más posibilidades de poder responder pronto y bien, pero tampoco me atrevo a garantizarlo en todos los casos. Nadie puede garantizarlo. Nadie. Sí podemos afirmar qué nos gustaría hacer o cómo creemos que habría que llevar a cabo aquello, esto y lo otro. Pero otra cosa muy diferente es el día de la verdad, ante algo totalmente inesperado y siempre violento y muy rápido. Eso sí, en estos casos toma valor el dicho “cuanto más entreno, más suerte tengo”.

No conviene olvidar que cuando la cosa se pone muy fea, en cuestión de un par de segundos podemos dejar de ser nosotros mismos, no pudiendo operar como dos segundos antes seguramente sí hubiésemos podido hacerlo. Lo fácil se torna difícil y lo complicado impracticable. Lo medianamente entrenado se puede llegar a ejecutar, pero es imposible llevar a término lo que nunca se ha practicado. Se me antoja harto inalcanzable, aunque suene a perogrullada, hacer aquello que no se sabe hacer.

Para momentos complejos, soluciones simples, así de sencillo. Esto, obviamente, no pasa por el abandono de las medidas de seguridad. Por tanto, vamos a dejarnos de polladas automáticas en vinagre, y estoy refiriéndome a esa cagada, peligrosa e involutiva funda del demonio, cuando lo que está en juego es la seguridad de tu hermano, de mi vecino, de tu hijo, de mi sobrina, de tu padre, de mi cuñado o la de tu compañero, por no decir la tuya misma, ¡capullo! Pide que te entrenen con seriedad y sin mentiras. Que no te engañen con más historias de película de sobremesa dominguera.

Si a estas alturas de la partida ya sabemos cómo responde el cuerpo humano ante situaciones de máximo estrés, basemos nuestros ejercicios de tiro en la conocida realidad psicofisiológica y evolutiva. Di sí a lo natural y no a las mamarrachadas de tinte holibudiense. Si sé cómo responde mi organismo por dentro, mejor podré prepararme para responder por fuera cuando llegue el momento. La concienciación y la mentalización son fundamentales. Piensa que puede llegar el día, medita sobre ello y créete que puedes hacerlo. Visualízate haciéndolo y estarás más cerca de lograrlo. Es vital que entrenes la verdad y que creas en ti.

viernes, 17 de junio de 2016

EL DÍA A DÍA, ANOCHE MISMO…

Por, Ernesto Pérez Vera

“¡¡¡Pitiklín…, pitiklín…!!!”.  

Suena el teléfono y lo descuelgo: “Hola, Ernesto. Buenas tardes. ¿Qué tal estás? Me acabo de levantar. Te llamo para ampliarte lo que te comenté hace un rato por guasap. Anoche pillé 45 gramos de cocaína, pero no pude detener al menda que los llevaba. Por suerte lo tenemos plenamente identificado, se trata del sobrino de un veterano de mi plantilla”.

“Pero lo que realmente quiero contarte es cómo se desarrolló parte de la intervención. Verás, el fulano echó a correr cuando estábamos identificándolo. Iban 3 pavos, y cuando ya estábamos a punto de cachear a este… se dio por patas el muy cabrón. Éramos 4 en el vehículo, emprendiendo la persecución a pie 2 de nosotros, mientras los demás permanecían con el resto de sospechosos. Eran guarros más que conocidos y habituales, y sabíamos que llevarían algo de coca y de hachís. La cosa es que nos pegamos una carrerita de casi 400 metros, yendo yo siempre más cerca del choro que mi compañero, que iba unos 20 metros por detrás de mí. Me abrí mucho en todas las esquinas, llevando todo el tiempo la defensa (porra) en la mano. Pero en una de ellas, digamos que en la última que tomamos, el hijoputa me estaba esperando con una navaja abierta. Creo que no me pinchó gracias a la  forma de afrontar los cruces: muy abierto y, por supuesto, no por la acera. Tan pronto vi la hoja de la navaja, que tampoco es que fuese excesivamente grande, porque calculo que tendría entre 10 y 12 centímetros, dejé caer la porra y saqué la pistola dando un respingo hacia atrás. Lo encañoné a una mano, mientras que con la otra extraía del cinturón la linterna. Como si estuviese poseso, me puse a pegarle gritos que tal vez ni yo mismo hubiese entendido. Venía a decirle, muy repetidamente, que soltara la navaja. Fue todo muy rápido, pero nada más terminar y ponerme a pensar en ello… todo me parecía haberlo vivido a cámara lenta. Tengo grabada en mi retina la cara de palidez del guarro. Parecía como si el careto se le hubiese descolgado, aunque también habría que haber visto mi rostro... Este, sin duda, no esperaba verse delante de una pistola”.

“Pero nada, Ernesto, no soltó la navaja, sino que inició una nueva pateada. Pese a que seguimos detrás de él, lo perdimos de vista a los pocos segundos. Mi ánimo, seguramente, ya no estaba para más sobresaltos. Por cierto, mi sudor olía diferente y repugnantemente. Recuperamos la bolsa con el polvo, pero tengo que reconocer que fue mi binomio el que la encontró. Yo solo tenía ojos para la navaja, que aunque ya no estaba ante mí… seguía en mi pensamiento. Más tarde, cuando regresamos al punto de partida, donde todavía estaban los demás puercos y el resto de policías, mi compañero me dijo que seguía flipando con el modo en que me había abierto en las esquinas, asegurando que a él, de haberle pillado en cabeza de la persecución, le hubiese metido alguna mojá”.

“Pero sabes qué, Ernesto, que por fin los compañeros admiten la ventaja que supone portar el arma preparada con un cartucho en la recámara. Entre ellos, que siempre llevan la recámara vacía, además del seguro manual activado, empezaron a debatir sobre cómo hubieran manipulado la corredera si en la otra mano hubiesen llevado la linterna, la defensa o el radiotransmisor. Jamás se habían planteado cómo efectuar una sencilla transición de emergencia, o si sus fundas son las más adecuadas. Pero aun así y todo, 2 pagas muertas de esos que se sacaron la plaza pensando en vivir del cuento, aparecieron por allí y se mofaron de nosotros porque: ‘A quién se le ocurre salir detrás de un tío, y encima por la noche’. Fíjate, Ernesto, uno de estos asquerosos es mando y jefe de turno, además de borracho y baboso, habiendo sido siempre igual de miserable, incompetente y mugroso”.

Tras pronunciarme varias veces al hilo de lo que estaba oyéndole a mi interlocutor, lo felicité, lo insté a seguir en la misma línea… y colgué el teléfono.

Precisamente, de todo esto trata “EN LA LÍNEA DE FUEGO: LA REALIDAD DE LOS ENFRENTAMIENTOS ARMADOS” (editorial Tecnos. Grupo Anaya), solo que para este libro se han recopilado 30 amplísimas entrevistas de policías como el del artículo que acabas de leer. Un total de 22 capítulos en los que a veces los funcionarios sí resultaron heridos a puñaladas, como también ellos dispararon y mataron o hirieron a sus atacantes. Insisto, la obra presenta casos reales como este que acabas de leer. Todo “made in Spain”. Todo ha sucedido en tu ciudad, en la de al lado o en la de un poco más allá. Y todo se produjo mientras dormías plácidamente en tu casa, o mientras dejabas a tu hija en el colegio, o mientras comprabas en la tienda de enfrente del banco que estaban atracando.


lunes, 13 de junio de 2016

ES POSIBLE: PISTOLA CONTRA FUSIL

Por, Ernesto Pérez Vera

En el vídeo de hoy (ver más abajo) podemos ver cómo atacan sorpresivamente a un agente de policía. Nada nuevo. La agresión, que se llevó a cabo con un arma de fuego, se materializó desde no más de 3 metros de distancia. Algo de lo más habitual. ¿Verdad? Pero la nota diferenciadora es, aquí, el uso criminal que el hostil hace de un fusil de asalto del calibre 7,62x51mm (.308 Winchester). Esto, afortunadamente, no es tan frecuente. Decir, para los no expertos, que estamos hablando de un arma larga rayada que dispara cartuchos como los que usa nuestro querido fusil Cetme modelo C, el de madera, como a muchos de los que han hecho la mili les gusta llamarle.

¿Por qué pasó todo a esa distancia y sin que el agente tomase medidas especiales de protección? Muy sencillo. Primero, porque iba a comprobar lo que parecía una simple infracción de tráfico por mal estacionamiento. Segundo, porque no había motivos para sospechar nada extraño con respecto al conductor infractor. Y por último, la distancia: era la normal en cualquier intervención policial que requiere identificar a personas no agresivas. El agente no se encontraba frente a una amenaza conocida. Todo pintaba normal, como casi siempre. Desde mi punto de vista, todo entraba dentro los parámetros de la normalidad. Ni siquiera el barrio en el que todo sucedió se encontraba en un área conflictiva.


Los hechos ocurrieron en Maquoketa, Iowa (Estados Unidos), y el superviviente pertenecía a la Policía Local de dicha localidad. Ver vídeo: https://www.youtube.com/watch?v=tY2HyYr6GFU

No obstante, todo lo anterior, el agente supo y pudo reaccionar a tiempo cuando vio asomar el rifle por la puerta del coche, siendo él quién iniciara el fuego, como así admitiría posteriormente. O sea, no esperó a verse regado con plomo. Disparó un total de 7 veces con su pistola del calibre .40 SW. El otro, el malo, consiguió disparar el fusil en 19 ocasiones.


Resultado final: el funcionario resultó herido en un antebrazo, y el criminal, aunque huyó, fue encontrado sin vida dentro de su vehículo. En el cuerpo del delincuente fue señalada una herida por arma de fuego, pero esta no fue infligida por el policía: se suicidó con una escopeta de caza que también transportaba en el coche, a la vez que una pistola y abundante munición. Por cierto, todas las armas habían sido legalmente adquiridas por el finado, aunque hay que significar que carecía de licencia para portarlas ocultas bajo el ropaje. Esto significa que podía portar su arma corta, siempre que la hiciera visible cuando se encontrara en vías, lugares u otros espacios públicos.

Moraleja: se puede y se debe hacer frente al contrario aunque éste esté dotado de armas con mayor potencia de fuego. He oído decir a demasiada gente, a iletrados instructores casi siempre, y también a sus engañados alumnos, que ante un atracador que dispara con un fusil de asalto o con una escopeta, nada podemos hacer quienes únicamente empuñamos un arma corta. Es falso, porque si bien es cierto que existe una ventaja a favor del malo, esto no implica que el bueno carezca de opciones defensivas, e incluso ofensivas.

La cosa se pone más tonta todavía cuando quien divulga estas manidas leyendas urbanas coloca en las manos del servidor público un revólver, o sea, un arma corta de escasa capacidad de carga. Pero vamos a ver una cosa, y tomémosla como ejemplo, en el caso iowano es cierto que el patrullero no logró abatir a su antagonista, pese a que vació medio cargador contra él, pero al menos lo puso en fuga. No solo eso sino que el otro no pudo permanecer impávido mientras el policía le replicaba, lo que sin duda abogó en beneficio del agente, para que el hostil errara sus disparos.

Más. El funcionario no permaneció estático allí en medio: se movió. ¿Lo hizo por instinto o porque estaba adiestrado de ese modo? No sé lo segundo, pero garantizo que se impuso lo primero. ¿Hacia dónde se desplazó? Eso sí se sabe con certeza, porque el agente lo manifestó tras finalizar el intercambio de disparos: “Me oculté en la parte trasera del coche patrulla”. Ganó distancia y se parapetó, algo lógico que se hace incluso cuando no se ha recibido instrucción al respecto, pero que resulta mucho más eficaz si se entrena e interioriza mentalmente. Pero atención, y ahora hablo de aquí, en España también tenemos casos similares, aunque la mayoría de la ciudadanía los desconozca. Lo ven, no solo de tiroteos en las puertas de las joyerías o bancos vive la crónica negra y policial. Donde menos se lo espera uno, salta la liebre.

jueves, 9 de junio de 2016

¡SUELTA EL ARMA, O DISPARO!

Por, Ernesto Pérez Vera

Al hilo del tiroteo recientemente producido (7 de junio de 2016) en Mieres, Asturias, en el que un policía nacional ha herido de bala a un atracador provisto de un arma de fogueo:

En uno de los veintidós capítulos de “EN LA LÍNEA DE FUEGO” (editorial Tecnos) se describe, al detalle, un tiroteo ‘made in Spain’ en el que cinco agentes españoles fueron a detener a un sujeto armado que se había atrincherado, a tiro limpio, en un edificio público. De los cinco policías, cuatro dispararon once veces contra el malo. Se trataba de funcionarios de una unidad especial de asalto. De los once disparos, solo cuatro tocaron pellejo.

Los tiros se efectuaron a menos de ocho metros de distancia en un lugar cerrado, tomado al asalto. Dos policías fallaron todos sus disparos, todos, pese a pertenecer, insisto, a un equipo especial de esos que se proveen de cascos y chalecos de protección, amén de armas largas y pasamontañas. En definitiva, era gente muy entrenada.

Decir que abrieron fuego cuando el hostil hizo lo propio con una pistola Glock que, a la postre, se demostraría detonadora. Sí, era un arma de fogueo, pero también era del todo imposible saberlo de un vistazo rápido (la Justicia así lo determinó). Es más, los funcionarios pudieron abrir fuego nada más verse encañados, lo cual hubiese sido legal y ajustado a derecho, pero solo tiraron al oír el fuego contrario. O sea, que  aguantaron más de lo exigible. Obviamente, todos los intervinientes fueron judicialmente absueltos.

¡Ah! Significar que los cuatro  proyectiles que sí hicieron sangre atravesaron completamente el cuerpo del antijurídico. Por suerte, el lugar estaba totalmente vacío de público, de lo contrario las once balas hubiesen podido pararse en inocentes (ya ha sucedió más veces de las deseadas, pese a que haya zoquetes que lo nieguen u oculten). Se empleó munición semiblindada, la más extendida a nivel de nuestras fuerzas de seguridad. Munición, por otra parte, tan perforadora de cuerpos humanos como lo es la blindada, así que no os cuenten la vieja milonga de que las puntas semiblindadas no atraviesan y que causan grandes desgarros por el mero hecho de ser semiblindadas. Paparruchas, de verdad. Ni caso.


Aquí puedes solicitar tu ejemplar de “EN LA LÍNEA DE FUEGO”: https://www.mildot.es/en-la-linea-de-fuego-la-realidad-de-los-enfrentamientos-armados.html

viernes, 3 de junio de 2016

SIN COMPLEJOS: BALAS HECHAS PARA LA POLICÍA

Por, Ernesto Pérez Vera

Por enésima vez, regreso exponiendo el resultado de un test balístico terminal casero. Me da igual que me llamen jartible. Háganlo, de verdad que no me importa. A estas alturas de mi existencia es difícil cambiar, y además tampoco quiero hacerlo. Es más, amenazo con seguir evaluando proyectiles del calibre 9mm Parabellum, para luego dar a conocer públicamente los resultados que obtenga. Quién sabe si incluso amplío mi interés por otros calibres, como el 9mm Corto y el .38 Especial, ambos muy arraigados entre los españoles que portan armas de defensa. Al tiempo.


Por cierto, amén de mi pasión por este tema, el verdadero interés que me lleva a publicar esta clase de trabajos no es otro que combatir, desde mi modesta posición, las legañas oculares y cerebrales de demasiada peña. A ver si la gente despierta de una vez y se entera de que los proyectiles expansivos, sean o no sean huecos, porque por lo general todos los huecos son expansivos mientras que todos los expansivos no necesariamente son huecos, ayudan a minimizar, y además mucho, el riesgo de lesionar a terceras personas cuando se producen intercambios de disparos. Digo no, al prejuicio. Y grito no, al “es que a mí me han dicho…”. Me opongo resueltamente a los empeñados  fanáticos involucionistas.

¡Ah!, y recordar que el uso de este tipo de munición es legal en armas cortas, siempre que estemos hablando de funcionarios con licencia de armas tipo A; es decir, profesionales habilitados, máxime si los cartuchos son entregados por la Administración, como equipamiento de dotación reglamentaria. 


Este es el exótico y exquisito repertorio sobre el que me he apoyado para redactar los subsiguientes párrafos: Kilgore Frangible (71gr); Fiocchi Frangible (82gr); RWS Action 1 (86gr); Men QD-1 (88gr); Ruag Action-4 (92gr); Dag Action-5 (94gr); Winchester Silvertip (115gr); Federal HST (124gr); Speer Gold Dot (124gr); Federal Hydra Shok (124gr); Winchester Black Talon (147gr); Winchester Ranger SXT (147gr). Si bien es cierto que estos cartuchos son suficientemente conocidos por los profesionales especializados en balística, muy pocos son utilizados en España. A nivel de dotación reglamentaria, me consta que algún cuerpo local de seguridad emplea munición Hydra Shok. Y también sé que los Kilgore son consumidos, desde no hace mucho tiempo, por determinadas unidades de nuestra vetusta Infantería de Marina. Los demás, hasta donde yo sé, no se encuentran en la nómina de ninguna fuerza española.


Pero tengo que reconocer, en honor al máximo rigor, que todos estos, o bastantes, han sido evaluados en algunos de nuestros centros de formación de policías. En cualquier caso, no ha servido para nada: las instituciones evaluadoras han seguido utilizando las mismas peligrosas porquerías de toda la vida. Los complejos son nuestros peores enemigos. Nos encanta hacer lo de toda la vida. Nos acojona salir de la cálida pero siempre lúgubre cueva.

Me apetece manifestar que, de entre los concurrentes, el Black Talon era el que más interés personal me suscitaba. No en vano le persigue la vieja y estúpida fama de ser una mala bestia. Una munición apestada. Dicen, aunque obviamente es mentira, que es capaz de matar incluso a los médicos forenses y cirujanos que extraigan con sus manos los proyectiles insertos en cuerpos humanos, aun cuando los facultativos se protejan con guantes profilácticos. Hasta qué punto no habrá llegado esta absurda leyenda, por cierto auspiciada periodísticamente mediante una campaña de desprestigio hábilmente orquestada, aderezada con una pizca de ignorancia y también, por qué no decirlo, con cierta dosis de envidia empresarial, que la casa Winchester se vio obligada, en 2000, a retirar el producto del mercado. Me siento satisfecho de haber probado la mítica, maldita y excomulgada “garra negra”, que es lo que al fin y al cabo quiere decir “black talon” en lengua cervantina, una vez traducido tan sugerente nombre. Recomiendo la lectura de un artículo que al respecto publicó, hace ya unos años, Pedro Pablo Domínguez Prieto.


Seguimos con mi examen doméstico. El blanco, algo tan importante como los propios proyectiles testados, ha sido lo que muy reducida y básicamente somos los seres humanos: agua contenida, protegida y vestida; contenida celular y extracelularmente, protegida por la piel, que por cierto es el órgano de mayor tamaño de nuestro cuerpo, y vestida con prendas confeccionadas textilmente. No olvidemos que el agua es el principal componente del cuerpo humano: un 75% al nacer y un 10% menos en la edad adulta

Tiré contra garrafas de 5 litros de agua potable comercial, obviamente repletas de agua hasta el tapón. Los contenedores fueron dispuestos en vertical, pegados unos a otros mediante cinta adhesiva. Significar que el espesor o profundidad de cada botella era de 15 centímetros. La primera de ellas, la garrafa que debía recibir el impacto directo desde la boca de fuego, fue cubierta con 2 capas de agradable tejido textil bielástico, como el que tanto se emplea hoy en día para confeccionar prendas deportivas y policiales. Una mezcla de poliéster y licra.  En este caso, y dicho sea de paso, el tejido procedía de lo que hasta unos minutos antes había sido un pantalón de la marca Adidas. Por último, y no por ello menos importante, el arma: una Glock 26, que ejerció su cometido desde 3 metros de distancia.  


El objetivo de la prueba era el de siempre: comprobar cuántas garrafas era capaz de perforar cada punta. En estas evaluaciones no gana el proyectil que más atraviesa. Tampoco el que menos. La medalla de oro se la lleva, desde mi criterio personal, la bala que queda alojada entre la segunda y la cuarta botella, amén de presentar una aceptable deformación, agradeciéndose y valorándose muy positivamente que ésta sea homogénea. Según el peso del proyectil y la expansión que vaya adquiriendo mientras va cruzando las garrafas, se parará antes… o más tarde. Esto quiere decir, en pocas palabras, que habrá sobrepenetración o que no la habrá.

Llego a esta conclusión a tenor de lo que se da por científicamente probado por el FBI norteamericano, que no es más que de un proyectil de uso policial se debería esperar que no sobrepenetrara un torso humano, adulto, más allá de entre 28 y 35 centímetros. Hay que tener en cuenta que, en el curso de un encuentro a tiro limpio, los disparos no siempre se colocan frontalmente en el blanco, como por otra parte sí suele ocurrir con las siluetas de papel empleadas en los campos de tiro convencionales, disparando desde posiciones estáticas. En la vida real, cuando las personas mentalmente sanas sienten miedo se encogen, se agachan e incluso se dan el piro; o sea que se desplazan ante la posibilidad de ser plomeadas, acuchillas o simplemente apaleadas. He aquí uno de los factores fundamentales que hacen que muchos tiros entren por la zona costal del mapa anatómico, lo que podría determinar, según describa el ángulo de impacto, que un proyectil tuviera ante sí una amplia zona corporal llena de órganos que dañar. Lo que en el argot se denomina, cavidad permanente.  


A este principio de supervivencia tan instintivo y natural no escapa nadie, ni los policías ni sus antagonistas. Todos quieren impactar, sin ser impactados, por lo que las balas pueden trazar extrañas y caprichosas trayectorias lesivas cuando perforan el pellejo en plena acción dinámica de los actores (tiradores en movimiento).  Tampoco olvidemos que ante vicisitudes de este orden y calado, el sudor siempre desprende un olor distinto y especial, a no ser que estemos hablando de psicópatas. Ejecutar movimientos y acciones medianamente entrenadas se convierte, de buenas a primeras, en una tarea complicada, cuando no imposible. Ojo: a veces incluso las maniobras muy ensayadas se ven negativamente afectadas en su correcta ejecución.

Aquí, en la calle de verdad y no en la de las teleseries o en la de los videojuegos, la vida se derrama. La gente sangra y llora. Tenemos que ser conscientes de que ahí fuera todo es muy diferente de como suceden las cosas en las asépticas galerías de tiro, digan lo que digan los instructores de sopa boba, que no son pocos sino que por el contrario abundan más que las ganas de no pagar impuestos. Si encuentran un formador bien formado y con interés, que aseguro que los hay, péguense a él. Óiganlo con la máxima atención. Háganle caso.

He aquí los resultados:

1)      Black Talon (147gr): perforó hasta la cuarta garrafa, abandonando la misma sin llegar a dañar la quinta (60 centímetros). El proyectil, ampliamente expandido, alcanzó un diámetro final y uniforme de algo más de 13 milímetros, sin pérdida de masa.



2)      Ranger SXT (147gr): llegó hasta la cuarta garrafa (60 centímetros), siendo allí hallada la punta completamente expandida, presentando una sección de 15  milímetros. Conservó el 100% de su masa inicial.


3)      Action 4 (92gr): la punta penetró hasta la tercera garrafa (45 centímetros), quedando alojada in situ. Una vez recuperada, no presentaba excesiva deformación, viendo aumentado su diámetro únicamente hasta los 10 milímetros. No perdió masa. La polímera caperuza amarilla que cubría la ojiva, se quedó en la primera garrafa.

4)      Fiocchi Frangible (82gr): la punta llegó hasta la garrafa número 3 (45 centímetros), sin producir orificio de salida. El proyectil solamente presentaba, como únicas lesiones, las trazas propias del ánima del cañón del arma. Casi podría ser utilizado para recargar otro cartucho. Aunque realmente era de esperar, sorprendió que las botellas no se movieran al recibir el impacto. Ni siquiera la primera. El resto de proyectiles produjeron la explosión de las garrafas situadas en primera línea, y a veces incluso las de la segunda posición. En esto último destacaron, por encima de las demás, las Action 1 y 5.

5)       Men QD-1 (88gr): tanto la bala como la esfera plástica de color rojo fueron halladas en el interior de la tercera garrafa (45 centímetros). La punta presentaba una levísima expansión de no más de 9.5 milímetros. Cero pérdida de masa.


  6)      Kilgore (71gr): perforó hasta la segunda garrafa, fragmentándose el proyectil por su parte posterior, pero sin llegar a salir del contenedor (30 centímetros). Aun así, produjo una pequeñísima lesión en la tercera botella, sin conseguir fracturarla. El proyectil, que era frangible a la par que hueco, combinación poco habitual, se descompuso en 2 partes claramente diferenciadas: en pequeñísimas partículas, las paredes que daban forma al vaso de la oquedad, que fueron halladas íntegramente en la primera garrafa; y el cuerpo del proyectil, que a la sazón ejercía como banda de rozamiento, que fue recuperado dentro de la segunda garrafa.

  7)      Action 5 (94gr): el proyectil se recuperó, sin pérdida de masa, dentro de la segunda garrafa (30 centímetros). No provocó daño alguno en la cara interna-posterior de la botella, lo que indica que la tercera no corrió riesgo de ser alcanzada por exceso de penetración. Medida la bala con un pie de rey, presentó una muy homogénea expansión de 13.5 milímetros. La caperuza de color negro, que otorga la forma ojival al proyectil, también fue extraída del interior de la garrafa número 2.

8)      Silvertip (115gr): esta punta se comportó de un modo muy similar a la Action 5, descrita anteriormente, pero en esta ocasión el proyectil, aunque muy expandido hasta casi los 15 milímetros, sí logró escapar de la segunda garrafa (30 centímetros): golpeó sobre la tercera, aunque únicamente le produjo una ínfima abolladura. No fue apreciada pérdida de masa.


9)      HST (124gr): penetró hasta la segunda garrafa (30 centímetros), pero aun originando un orificio de salida, únicamente lesionó de modo leve la cara externa de la tercera botella. El proyectil fue retirado del interior de la garrafa número 2, presentando la más brutal y espectacular expansión de todo el elenco estudio: 17.5 milímetros. Tampoco perdió volumen.

10)  Gold Dot (124gr): este proyectil aumentó su calibre hasta los 15.4 milímetros, presentando una perfectísima expansión. Penetró hasta la segunda garrafa (30 centímetros). Pese a que rompió la cara posterior de la botella, no dañó el cuerpo de la tercera. No vio reducida su masa.

11)  Action 1 (86gr): perforó hasta la segunda garrafa (30 centímetros), fracturando la pared trasera. El proyectil, de forma no muy agresiva, impactó en la tercera botella, sin conseguir dañarla. La expansión del proyectil, muy homogénea y circular, marcó 13 milímetros.

12)  Hydra Shok (124gr): el núcleo del proyectil fue recuperado, ampliamente expandido (17 milímetros), en la garrafa número 2 (30 centímetros). Aunque esta botella presentaba un orificio de salida, la bala no logró penetrar en la siguiente. Significar que la envuelta metálica del proyectil se desprendió de su núcleo, descomponiéndose en varios fragmentos, los cuales fueron retirados tanto del interior de la primera botella como de la segunda.

Conclusiones:
Que el intelecto y los conocimientos de cada cual  hagan ebullir las conclusiones. Pero en virtud de lo evidenciado en trabajos anteriores, donde las puntas blindadas, semiblindadas y de plomo, penetraron continuamente hasta la sexta, séptima y octava garrafa (más de 100 centímetros), además sin deformarse nada de nada, y por tanto transfiriendo escasa energía, cualquier proyectil de los hoy aquí presentados podría reducir, sobradamente, el peligro que genera el exceso de penetración. El asunto no es baladí, como demuestran las heridas colaterales que muchas veces provocan los policías cuando sus proyectiles, tras matar o herir a los malos, también alcanzan a personas ajenas a las intervenciones policiales. No me voy a pronunciar sobre algo tan obvio, y de Perogrullo, como que igualmente se producen lesiones no deseadas con balas perdidas provenientes de disparos errados.

Nota final: Como complemento a los párrafos anteriores, se estima que un proyectil necesita una velocidad restante (la que posee al punto del impacto) de 36 metros por segundo (m/s) para atravesar la piel humana; 61 m/s para perforar una pieza ósea y en 122 m/s se sitúa la velocidad precisa para que una bala pueda ser mortal. Toca pensar en los proyectiles de los que venimos hablando, y que no han logrado perforar las carcasas de plástico de las garrafas número 3 y 4, después de haber llegado a ellas perforando las anteriores.

martes, 31 de mayo de 2016

BRAVUCONES BIRRITA EN RISTRE: COMBATES EN LA BARRA DEL BAR

En España todos sabemos de todo. Y todo el que ha hecho la mili o alguna vez ha ganado una botella de vino tirando con una carabina en la feria, se cree que ya está 'preparao pa matá'. Somos una gran potencia internacional en exportación de bocazas y bravucones enlatados. Uno que trabajaba conmigo y que a duras penas sabía introducir los cartuchos en el cargador de la pistola, me dijo una vez, botellín en mano: "Tú estás chalao con tanto deporte y con tanto entrenar con la pipa. Si a mí me hacen lo que te hicieron a ti, les meto 4 tiros en la cabeza a cada uno y luego me tomo otro litrito".


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