martes, 17 de mayo de 2016

3 SEGUNDOS, 2 MANOS, 1 PISTOLA: 0 DESENFUNDE

Por, Ernesto Pérez Vera

¿Cómo le ponemos al niño? En televisión dijeron, como seguidamente podrán ver en el enlace, que un coche se saltó un control del Cuerpo Nacional de Policía y que los agentes tuvieron que abrir fuego. Realmente no sé si el control estaba montado o no, o si incluso el dispositivo ya estaba desmantelado o en pleno proceso de desmantelamiento. La cosa es que efectivamente sonaron numerosas descargas de arma de fuego, indicando todos los indicios que fueron los policías quienes dispararon.


Cuando el suceso se produjo, hará de ello unos dieciséis años, se vertieron muchos comentarios al respecto, destacando esta cuestión: ¿estaba realmente justificada la respuesta armada en pleno casco urbano, en un horario de tanto tránsito ciudadano? Quién sabe, ahora desde el sofá todo resulta muy sencillo. Es posible que alguno de los policías que disparó viese armas dentro del turismo fugado. Pero también puede que alguien se arrancara a tirar y que el resto, simplemente, le imitara, lo que sin duda es un peligroso efecto contagioso que se repite continuamente y que además está estudiado y analizado por expertos en la instrucción policial.


Juan Ramón Lucas, famoso periodista y presentador televisivo, nos cuenta que la Policía aún está buscando el coche fugado. Pero a mí lo que más me llama la atención de todo esto es que un funcionario uniformado todavía está tratando de desenfundar su pistola. En la filmación es claramente identificable la figura de un policía luciendo camisa blanca y gorra de plato, que tras corretear a los sospechosos inicia, sin éxito, la extracción de su arma. Para ello emplea ambas manos e invierte más de tres segundos, pero ni por esas. Es más, finaliza todo intento urgente de alcanzar el automóvil sin lograr empuñar la pistola. Nuevas preguntas: ¿estaba este hombre preparado para defenderse de alguien que sorpresivamente procediera contra él de modo grave? ¿Lo estaba aunque el agresor le regalara tres segundos de ventaja? ¿Entrenará a día de hoy más y mejor tras visionarse en el vídeo? ¿Habrá adquirido siquiera una funda pistolera de mayor calidad?


En el momento de empezar a escribir estos párrafos no sabía si el utilitario fue localizado y recuperado, por lo que desconocía si algún proyectil llegó a tocarlo. De no haber sido así, me preguntaba ¿dónde podrían haber acabado todas aquellas puntas semiblindadas de 9 mm Parabellum? Mi duda fue resuelta, tiempo después, cuando un funcionario presente en la escena me confesó (posteriormente también lo admitiría en un foro público) que de los muchísimos tiros allí pegados únicamente tres impactaron en el coche, como de tal modo constató la Unidad de Policía Científica, una vez decomisado el vehículo. Sí, solo tres balas hicieron blanco, pero uno de ellas, para colmo, propició un rebote. Ahí lo dejo…

Compartan esta filmación y estos párrafos, alguien podría agradecérselo en el futuro.

sábado, 7 de mayo de 2016

DE LAS REACCIONES HUMANAS

Por, Ernesto Pérez Vera

Un policía en activo, protagonista de un interesantísimo capítulo de “En la línea de fuego: la realidad de los enfrentamientos armados” (Tecnos. Grupo Anaya Editorial. 2014), que en su momento disparó contra un congénere al advertir que su integridad física se encontraba en inminente peligro, ha tenido que acudir, de nuevo, a una unidad médica de Salud Mental. Reconoce que no está bien, que está peor que cuando se produjeron los hechos. Matar, en este caso desde el rol de policía, nunca sale gratis ni psicológica ni profesionalmente y, a veces, tampoco resulta baladí a nivel social y familiar, aun cuando la autoridad judicial confirme licitud en la actuación.


Joaquín, como ficticiamente vamos a conocer a este señor a lo largo de estos párrafos, ha grabado clandestinamente la primera y última entrevista mantenida con el psiquiatra que le han asignado para este segundo periplo tormentoso. No pidió permiso para ello porque pensaba que la respuesta iba a ser negativa, de ahí su furtiva acción. Creyendo que el galeno le daría eficaces pautas y consejos, decidió grabar la conversación para no perder puntada en casa.

Su gozo, en un pozo: “Ustedes recibís una esmerada formación para no tener miedo. No es normal lo que me estás contando. En caso de que el miedo realmente hubiese aparecido en ti, debiste controlarlo, contenerlo; y ahora más todavía, después del tiempo transcurrido. He impartido clases sobre estos temas en cursos para policías, por lo que me cuesta trabajo creer que un hombre con una pistola en la mano pueda experimentar tanto temor frente a otro semejante. Es extraño que aún aparezcan en ti pensamientos recurrentes sobre aquello”. Ahí la tienen, la primera en la frente.

Qué quieren que les diga, yo no soy nada ni nadie, mucho menos soy ni médico ni psicólogo, pero si un evaluador y diagnosticador de problemas de la psique asegura que el miedo es controlable por cualquiera, principalmente si ese cualquiera luce placa y pistola, es que todos estamos locos de atar. Los 80 o 90 euros que el doctor se embolsa por hora lectiva en la academia de policía deben dar su fruto en forma de mega teléfono móvil, de zapatos caros, o en forma de lo que quiera invertirlos, pero desde luego yo no confiaría mi sanación mental a alguien como él; como por otra parte tampoco lo hizo Joaquín, que completamente contrariado abandonó la consulta.


Joaquín es un policía normal y corriente de esos que trabajan de uniforme a lomos de una motocicleta. Lo mismo regula el tráfico en la puerta de un colegio, que detiene a  maltratadores domésticos; que lo mismo se revuelca por el suelo con tironeros, con traficantes de drogas, o con borrachos metepatas. Es tan normalito que dispara unos treinta tiros anuales en la galería de tiro, como casi todos los policías españoles que entrenan, porque hay que significar que no todos lo hacen: muchos no huelen la pólvora ni en lustros. Otros, con un poco de más suerte que estos últimos, pegan unos cuentos tiros siguiendo absurdas indicaciones. Muy pocos están realmente bien adiestrados.

Aquella luctuosa mañana las cosas le salieron bien, pero confiesa que no se sentía preparado, que había sido muy escuetamente formado para superar acontecimientos de tal índole y magnitud. Durante meses experimentó trastornos del sueño, sobre todo en su modalidad de terrores nocturnos, y remordimientos por haber matado a quien le estaba disparando. Los tratamientos farmacológicos fueron su mejor compañía, habiendo tenido que recurrir otra vez a ellos.


No obstante, no vayan ustedes a creer que los académicamente más cualificados no pueden verse atrapados por la misma caótica situación emocional. Eso sí, estos, los que ciertamente sí han sido mucho mejor adiestrados, podrían llegar a controlar, llegado el caso, determinados niveles de adversidad anímica mientras se están produciendo los hechos, así como posteriormente; todo lo cual puede suceder por ser conocedores de cómo se manifiesta la fisiología, amén de por contar con abundante apoyo humano y material en el momento de las intervenciones críticas. No hay duda de que el conocimiento y la seguridad otorgan tranquilidad.

A ver, me explicaré un poco mejor. No es que los muy instruidos estén vacunados contra el temor, es que muy posiblemente podrían recomponerse a nivel cognitivo, con más celeridad, al hecho de verse frente a una circunstancia identificada como letal. Ni que decir tiene que la exposición reiterada a estas circunstancias refuerza, y mucho, la confianza de quien va saliendo airosamente de ellas. Tablas, por experiencia, que dirían los artistas del tablao.

Juro que yo, Ernesto Pérez Vera, deseo seguir teniendo miedo, de lo contrario podría morir dentro de un rato por confundir el valor con la temeridad. De no tener miedo podrían diagnosticarme una psicopatía, o algo así. Uno está majareta, vale… muy majareta, pero creo que todavía no estoy loco. Por cierto, mi colega empezó hablándole al médico del incidente desencadénate de su desasosiego, pero lo que realmente le acongojaba era, y es, el trato institucional que estaba recibiendo desde el día de autos, sintiéndose abandonado, no reconocido y hasta boicoteado y defenestrado por iguales y superiores jerárquicos. Pero el pobre no llegó a transmitirle tal punto de su cuita, porque el tío de la bata blanca le cerró el ánimo y le abrió la puerta de la calle.


Hace diez meses, en agosto de 2015, se hicieron públicas unas imágenes muy reveladoras de cómo se movían, en una operación real, varios agentes de una unidad especial de la Policía alemana, concretamente del SpezialEinzatzKommando (SEK) de Renania del Norte. En las tomas se observa como los integrantes del SEK se van aproximando, pistola en mano y encañonando la zona de riesgo, a un ciudadano guineano provisto del arma blanca con la que minutos antes había acuchillado a un compatriota.

En una de las fotografías se aprecia, claramente, como uno de los componentes del equipo de asalto da un respingo al detectar movimientos de avance en su dirección, por parte del hostil. La foto muestra la evidencia gráfica de que este policía sumamente adiestrado y dotado de abundante material pasivo de seguridad, porque portaba chaleco balístico y casco con pantalla igualmente antibalas, se rila y retrocede brusca y súbitamente como cualquier hijo de vecino que ve, ante sí, a un energúmeno machete en ristre. Piensen en esto: aquí no hubo sorpresas súbitas, como las que se comen los patrulleros normales y corrientes, estos funcionarios sabían a lo que iban.


Señoras y señores, estamos hablando de instinto en estado puro. De la mejor versión de un superviviente que supo domar el movimiento natural para, a la vez que retrocedía, abrir fuego y abandonar, ejecutando desplazamientos laterales, la línea de progresión de su antagonista.

Algo muy lógico, ¿verdad que sí? Pero también es algo que hay que entrenar y mecanizar físicamente a tiros, además de interiormente mediante la concienciación y la mentalización. Algo que, por deserción del sentido común, no se practica en nuestras instituciones policiales. ¡Ah! El africano, aunque no perdió la vida, fue abatido por el envite de seis impactos de arma de fuego que afectaron a ambos trenes motores: brazos, hombros, piernas y glúteos. Seis tiros, seis, hasta que dejó de suponer un peligro.

En definitiva, que la naturaleza se impone exhortando a la neuro-psico-fisiología para que nos haga responder en momentos cruciales, pudiendo llegar a ser más resolutivo el poco entrenado y, a la vez, menos engañado respecto a cómo podría actuar un ser humano acorralado, que no aquella otra persona muy bien adiestrada en tiro que, sin embargo, no sabe cómo reaccionamos los animales de nuestra especie ante tales vicisitudes. Si sabemos cómo funcionamos por dentro, mejor podremos funcionar por fuera.


Pero sepan una cosa más, amigos lectores, “En la línea de fuego: la realidad de los enfrentamientos armados”, el libro reseñado al inicio de este artículo, disecciona veintidós incidentes armados policiales producidos recientemente en España. Enfrentamientos protagonizados por agentes de la autoridad de todos los cuerpos. O sea, a tiro limpio contra atracadores, traficantes de drogas, enajenados mentales, etc. Treinta policías describen, en primera y tercera persona, cómo reaccionaron al ser conscientes de que había llegado el momento de abrir fuego contra sus atacantes.

¿Creen ustedes que todos estaban adecuadamente instruidos? La mayoría grita, página a página, que no, que casi se entregaron a la suerte. Los entrevistados cuentan, también, cómo se comportaron con ellos, tras el incidente, sus compañeros y mandos. Varios protagonistas acabaron con las vidas de sus contrarios, algunos únicamente los hirieron y otros, pese a vaciar cargadores enteros, no tocaron pelo. Dos o tres no desenfundaron por falta de tiempo de reacción, por encontrarse ya gravemente lesionados, o por nula intención, aun cuando a todas luces era imperiosamente necesario hacerlo. ¡Ah! Importantísimo dato: ni un solo funcionario de los aquí desnudados resultó judicialmente condenado por el resultado de sus disparos.


Aléjense de las oscuras y manidas leyendas urbanas cultivadas por los disfrazados de expertos. Dejen de venerar a los incompetentes. Opónganse resueltamente a las mentiras susurradas al oído. Sigan la luz. Deserten de la caverna. Lean “En la línea de fuego”, está escrito para gente como usted mismo.

viernes, 29 de abril de 2016

NO ES ORO TODO LO QUE RELUCE

Por, Ernesto Pérez Vera

A esto, ni puto caso
No sé muy bien cómo empezar este artículo. Hoy quiero exponer que no todo lo que las redes sociales nos meten por los ojos es bueno y real. Así las cosas, lo que para unas personas es información, para otras solamente es desinformación. Hay mucha calidad suelta por ahí, pero también demasiada caspa. Y claro, dicho esto, mis párrafos igualmente pueden ser considerados más desinformadores que informadores. Pero lo acepto. En fin, que cada cual valore lo que tiene ante sí, en virtud de los conocimientos que posea al respecto.

Voy a meterle mano a una imagen que lleva años dando vueltas por Facebook. El archivo en cuestión, presumiblemente editado por una unidad especial de criminalística, expone datos sobre lesiones físicas producidas por diferentes calibres de armas de fuego. Es normal que la gente que no sabe de esta materia piense que el documento tiene calidad. Algunos incluso lo definen como sobresaliente y altamente recomendable. Pero desde mi punto de vista, y a tenor de lo que sé, tengo que decir que no es así en lo relativo a la cartuchería referida. Eso sí, he de admitir que la intención es muy buena y oportuna.

En la susodicha fotografía aparecen epigrafiados los nombres de los calibres que seguidamente se relacionan, atribuyéndoles una teórica capacidad lesiva, desde el punto de vista de las cavidades permanente y temporal:

                           .38 Especial          
          .38 Especial (FBI)
          .357 Magnum
          .357 Magnum JSP
          .45 Automática
          9 mm (ETA)
           .22 Rifle Largo 37g
           .22 Rifle Largo 40g
          AK 47 545mm
          AK 47 7.62
          M16A1
          M14

Aunque se reseñan dos cartuchos más, estos son semimetálicos del calibre 12 (para escopeta), por lo que me voy a centrar únicamente en la cartuchería metálica.

A ver por dónde empiezo. Me tiraré directamente a preguntarme qué calibre es el 9 mm (ETA). Los que ya saben algo de esto imaginarán que tan pésima designación hace referencia al 9 mm Parabellum, también denominado 9x19; 9 OTAN; 9 NATO; 9 Luger; etc. Si vamos a informar, informemos bien, no desinformemos, por favor. Y por cierto, ¿en qué proyectil estaría pensando el autor del trabajo, para imputarle a este calibre más capacidad de penetración que al 7.62x51 mm disparado con un fusil de asalto M14?

Me pregunto qué diferencia hay entre el .38 Especial a secas y el aquí apellidado FBI. Me atrevo a dar por sentando que la diferencia estriba en la carga de proyección de los cartuchos. Pienso que tal vez se pretende hacer referencia a una carga extra pólvora, lo que técnica y comercialmente se llama +P. Pero no sé, tal vez me equivoque.

Con el .357 Magnum, igual: el segundo se apellida JSP, lo que quiere decir que monta un proyectil blindado de punta suave, sin por supuesto dejar de ser un .357 Magnum. ¿Pero qué punta monta el primero de estos .357? Sin expresar este dato, de nada en absoluto sirve la teoría ahí plasmada de que uno penetra más que el otro.

Al .45 Automática (de género femenino) habría que preguntarle si es prima del .45 Automático (de género masculino), más conocido como .45 ACP, o si es otro de los muchos .45 existentes.

A los suaves y dóciles .22 Rifle Largo, realmente conocidos como .22 LR (Long Rifle), tenemos que interrogarlos sobre si el más liviano es de punta hueca, toda vez que aparece representado produciendo una cavidad temporal  considerablemente mayor que el .22 de 40 gr. Hay que significar que el peso, en este campo, no se representa con la letra “g” de gramos sino con las letras “gr” de granos (grains en inglés). Por cosa de la física, es lógico que el proyectil más pesado penetre más. Bien, en esto.

Esto sí que no lo entiendo: AK 475 45 mm. Quiero pensar que quieren referirse al calibre 5.45x39 mm que utiliza el fusil de asalto AK 74, que no el AK 47.

Efectivamente, el AK 47 sí emplea cartuchos de 7.62 mm, pero pienso que los neófitos agradecerían un pelín de más exactitud, pues hay infinidad de cartuchos marcados como 7.62 mm.  Aquí, sin duda, querían decir 7.62x39 mm.


¿Y qué nombre le ponemos al hecho de considerar calibre al M16A1, que en realidad es un arma larga? Tenemos que suponer que el autor de esta clasificación quería reseñar el calibre 5.56x45 mm, también conocido como .223 Remington.  Y con el llamado M14 sucede lo mismo: se trata de un fusil de asalto. Tendremos que suponer que querían reseñar 7.62x51 mm (.308 Winchester).

lunes, 25 de abril de 2016

MARCO, EL INCOMBUSTIBLE POLICÍA QUE BUSCA LA EXCELENCIA

Por, Ernesto Pérez Vera

Aprendía mientras trataba de enseñar algo. Pero ya no, la vida pasa y cambia tan rápidamente como las nubes del estrecho en el que vivo. Hoy no tengo ni cuerpo ni salud para estar más de un rato erguido sin dolor en la línea de tiro, por lo que he aparcado mi espíritu docente. Pero esta nueva situación no me resta aprendizaje: muchísimos policías, guardias civiles, militares, vigilantes de seguridad y escoltas privados me contactan, por diversos medios, para participarme cosas enriquecedoras, unas veces; y deplorables, en ocasiones. También se ponen en contacto con un servidor infinidad de personas de otros países, mayormente sudamericanos. Asimismo, hay quien únicamente me escribe para insultarme, algo a lo que estoy acostumbrado desde que ingresé en la Policía. Menos mal que estos son los menos.

Marco, un policía al que conocí hace varios años, me ha llamado y escrito numerosas veces en este lapso. Incluso nos hemos visto en mi casa y en algunos eventos en los que yo conferenciaba (Bilbao, Tarragona, Sevilla y Zaragoza). El chaval, que acaba de cumplir treinta años de edad, dice que se siente policía desde niño. Tanto es así que tan pronto finalizó el Bachillerato opositó para cumplir su sueño. Ya ha vestido dos uniformes, tras superar las respectivas oposiciones. Hace unas horas me comentó una serie de anécdotas profesionales muy interesantes. Cosillas que, en mayor o en menor medida, todos los policías callejeros hemos vivido más de un puñado de veces. Su llamada telefónica me ha inspirado. Con permiso del interfecto, previa revisión personal del texto, estas han sido sus palabras:

“Ernesto, este verano nos veremos nuevamente: voy a cruzar todo el país para poder entrenar con tus colegas de la Semana Táctica Solidaria. En mi institución, por fin, están empezando a cambiar algunas cosas, pero todavía seguimos entrenando poco y mal, en todo. No te hablo ya de tiro y manejo de armas de fuego, que también, sino de todo lo relacionado con las intervenciones policiales. Ayer leí un artículo tuyo en el que criticabas, con bastante razón y fiereza, la excesiva presencia académica de profesores de policías que nada saben de la función práctica policial en la calle, aun cuando a veces algunos pertenezcan al gremio. Hablabas de la enseñanza que imparten sobre engrilletamientos, reducciones e inmovilizaciones, personas que nunca han experimentado más que en el gimnasio y contra compañeros que hacían las veces de dóciles ‘malotes’. Yo, que desde pequeño practico varias artes marciales, habiendo competido hasta no hace mucho tiempo, sé que poco me puede servir en la calle, por muy perfectamente que me salgan las cosas en el tatami. Eso sí, he descubierto que ser consciente de ello y meditar al respecto, facilita un poco las cosas”.

“Créeme, Ernesto, sé de lo que hablo. Cuando todavía no llevaba ni un año en la Policía, me dieron tal pedazo de hostia que todavía estoy mareado. Me habían enseñado, tanto en la academia como en mis años de ferviente practicante de sugerentes deportes de contacto, a parar y esquivar puñetazos y patadas. Es más, Ernesto, semanas antes del humillante vapuleo de humildad había ganado un destacado trofeo deportivo. Se me daba realmente bien. Ya sabes, esquivar golpes para, acto seguido, golpear, luxar, derribar e inmovilizar al contrario. Pero que va, hijo, aquella noche el tiparraco de marras no me dio tiempo a nada. Me colocó un trompazo que me reventó la boca y la nariz, cayendo del tirón al suelo, envuelto en sangre. Todavía me duele el orgullo. Menos mal que mi compañero pilló al fulano, aunque unos segundos después pude prestarle mi ayuda. Tuvimos que engrilletarlo entre ambos, entregándonos hasta la extenuación, y eso que el tío era un canijo”.

“Deja que te siga contando. Pese a que mi binomio era más corpulento que yo, lo pasamos muy pero que muy mal. Él era enorme, pero el que se manejaba bien con los grilletes y las luxaciones era yo. En la academia le cogí el tranquillo a las técnicas que nos enseñaron. Destaqué. Acuérdate de algo, Ernesto, yo he pasado por dos periodos básicos de adiestramiento. En el primer periplo tuve como profesor de defensa personal a un policía que se dedicaba, desde tiempo inmemorial, exclusivamente a la formación. No era mal tío, pero había dejado la calle durante las Olimpiadas de Barcelona. Nunca he sabido si fue un patrullero comprometido, como él nos daba a entender, o si fue de los que tiran balones fuera. En cualquier caso, ha tenido que pasar una década para poder valorar ciertas cosas, porque como alumno pensaba que todo lo que el maestro decía era palabra divina. Hoy, con la experiencia de haber estado mil veces tirado por los suelos, reduciendo a hijoputas de todos los colores, sé que aquel hombre no tenía ni idea de nada. Todo el mundo aprobaba: su asignatura era, como pasaba con el tiro, morralla para quienes dirigían el cotarro. Me consta que nada ha cambiado”.

“En definitiva, Ernesto, que además de no poder ejecutar el correcto esposamiento aprendido en clase, porque hay movimientos que uno no siempre puede realizar con precisión bajo el estrés que genera la resistencia activa de la otra persona, la sangre que manaba de mi rostro me impedía respirar correctamente. Casi no podía ver. Para colmo, cuando el pavo me dio el puñetazo echó a correr. Después de doscientos metros zumbando a muerte, sangrando y ahogándome mi propia sangre, seguro que no hubiese podido escribir bien ni mi número de teléfono. Encontrándome en tal estado de excitación la cagué de lo lindo: engrilleté la mano izquierda del detenido a la mano derecha de mi compañero. No te rías, por favor, que ya nos reímos nosotros bastante cada vez que nos acordamos (risas). En aquel momento me pareció aberrante, pero, sinceramente, en la actualidad conozco muchos casos similares. Sé hasta de funcionarios que en el fragor de la disolución de una riña han gomeado a sus propios compañeros”.

“¡Ah! Tengo que decirte que la segunda persona que me dio clases sí que conocía bien la calle. Era mando, pero no estaba dedicado a la enseñanza a tiempo completo sino que era comisionado, cada cierto tiempo, para impartir su magisterio. A este sí se le veía muy suelto y resolutivo, porque no solamente enseñaba cosas funcionales y sin florituras sino que su jerga delataba experiencia callejera. Ernesto, es lo que te dije sobre el tiro: a veces hay profesores que saben diferenciar el deporte de la realidad. Yo tuve suerte, porque varias secciones de mi promoción recibieron clases de personas que no eran ni policías, ni militares, ni nada que llevase uniforme: eran entrenadores de no recuerdo qué disciplina olímpica. Amigo, dicho esto, ya sabes que sigo entrenando casi diariamente en el dojo, a la vez que, cuando encarta, me comisionan para dar cursos de reciclaje a veteranos e incluso a compañeros de nuevo ingreso”.

jueves, 21 de abril de 2016

UNA DE LAS MENTIRAS DE SIEMPRE: MUNICIÓN PERFORANTE

Por, Ernesto Pérez Vera

Estoy viendo la televisión, las noticias. Estaba viéndolas, porque ahora estoy afanado en estos párrafos.

¿Quién carajo le habrá dicho a Antena 3 que la munición del calibre .38 Especial incautada en Madrid a unos atracadores es perforante (mostrada a cámara)? Sé que la inmensa mayoría de policías no sabemos una mierda sobre cartuchería y balística. Sé que tampoco tenemos que ser expertos en esta materia, aunque la gente así lo crea, incluso dentro de las propias instituciones policiales. Pero en todas partes hay una puerta, poco visitada por cierto, tras la que se encuentra un tío o una tía que sabe de estas cosas.

En este caso, tiendo a pensar que solo desde el propio seno de la Policía Nacional (PN) han podido proporcionar tan torpe y falsa información. El dato, obviamente, no ha partido de un experto sino de alguien que ha soñado que lo es. Puede que incluso haya salido de la mente de un devorador de novelas. Alguien que ha oído campanas, pero que no sabe desde qué iglesia viene el sonido. La noticia, protagonizada por el Grupo Especial de Operaciones, el GEO, refiere la detención de 5 atracadores. Una buena investigación del Grupo XII de Policía Judicial.

A ver, que estos ladrones son unos hijos de puta, no hay duda, no solamente son atracadores que llevan consigo armas de fuego, sino que uno de ellos tiene en su cuenta penitenciaria la muerte de un policía. Pero no, por favor, no engañemos más al personal: los cartuchos Fiocchi, marcados en el culote con las letras GFL, que montan proyectiles de plomo grafiteado, no son perforantes. O sea, que no atraviesan chalecos de protección balística. Es una mentira muy gorda que alguien se ha inventado.

A ver, el color zaino no quiere decir que se trate de balas muy peligrosas, porque todas lo son. No es una bala de luto. Esta cromática le viene proporcionada a estos proyectiles porque cuentan con una capa de grafito. Sí, grafito, ese derivado del carbono que no es ni azul, ni amarillo, ni rojo, sino negro. ¿Que por qué? Pues porque es un lubricante natural que ayuda al mantenimiento interno de las armas.

Pero la razón de que a estas puntas se le atribuyan poderes híper perforantes nace de que esta munición, a veces, es bañada con teflón. Proyectiles teflonados, vamos.  ¿Y saben qué? Pues que el teflón es un material con un coeficiente muy bajo de fricción, pero no es perforante “per se”. ¿Han visto esos rollitos de color blanco que llevan todos los fontaneros en sus cajas de herramientas? Pues sepan que no se trata ni de cinta aislante ni de esparadrapo, sino de teflón. Lancen esos rollos contra las paredes, a ver si las atraviesan.

Señoras y señores, esos cartuchos son de los más vendidos en clubes de tiro y armerías. Son cartuchos muy pero que muy convencionales. Balas corrientes. Se usan tanto en el ámbito deportivo como en el profesional de la seguridad. Y les aseguro que no atraviesan chalecos antibalas. Son de plomo, carajo.

Ahora, otra verdad: hay proyectiles de arma corta que sí atraviesan protecciones blindadas, como los KTW, que sobre su núcleo de acero (antiguos), o de bronce (más modernos), llevan adherida una micro capa de teflón para reducir la fricción con el ánima del cañón durante el disparo. Pero, hombre, lo que otorga poderes altamente perforantes son los núcleos, no las envueltas de teflón. Por cierto, en este caso, en el de las balas KTW, las micras de teflón no son de color negro sino de color verde pita.

Lo triste es que hay policías que utilizan puntas grafiteadas y teflonadas, pensando que van a poder atravesar el pecho de los malos que se protegen con chalecos balísticos. Menudos consejeros nos buscamos algunos…

(La munición teflonada de la imagen tampoco atraviesa chalecos balísticos convencionales, pese a ser del calibre .357 Magnum).

martes, 19 de abril de 2016

EXTRACTO DE UNA CONVERSACIÓN CUALQUIERA

Por, Ernesto Pérez Vera

Amigo, deja que te diga algo nuevo, algo de lo que todavía, hasta el momento, no te había hablado. Y es que resulta que tampoco he usado nunca grilletes rígidos ni de bisagra, por más que obnubilen al personal. Soy muy simple, sencillamente básico. Soy de eslabones, de esposas de caimán viejales. En algunas cosas no puedo evitar ser coherente, por lo que nunca he ocultado mi impericia a la hora de ejecutar técnicas ‘tatamilleras’ de engrilletamiento, porque es ahí, en el tatami, donde a casi todo el mundo le salen, casi bien, algunas de estas maniobras, de ahí que siempre haya utilizado lo que para un torpe resulta más fácilmente manejable bajo condiciones reales de estrés.
 
Es verdad que he participado en numerosos cursos sobre esta materia, principalmente en mi primera etapa policial. Pero mi verdadera práctica me la proporcionó la experiencia de la calle: miles de cacheos y varios centenares de detenciones. Muchas patadas y pedradas, y un sinfín de insultos, escupitajos y zamarreones. Esa fue, en frío y sin calentamiento, mi gran pista de entrenamiento. Como decían en “Expediente X”, la verdad está ahí fuera.

La culpa de mi desafección por esta rama de la formación la tiene, seguramente, el hecho de que mis docentes fuesen policías con pocas horas de vuelo en la práctica de detenciones de verdad, funcionarios que no sabían qué era la privación de libertad y el 520 de la Lecrim; tipos que confundía el sentido y significado de denunciar y detener. Esta clamorosa muestra de incultura profesional únicamente es perdonable, al menos por mi parte, a los instructores directamente provenientes de las disciplinas marciales deportivas, personas, casi siempre bienintencionadas, carentes de conocimientos prácticos callejeros policiales.

Pero al loro, he llegado a estar delante de formadores que seis meses antes habían coincidido conmigo en el pupitre de los alumnos. Astutos repartidores de diplomas. Mercaderes de la mentira. Descarados memorizadores de palabras técnicas. Ladrones de oído. Disfrazados, perfectamente ataviados como los hombres de Harrelson.  Seguidores de YouTube, el gran ‘sensei’ de mucha gente. Vulgares imitadores. Estafadores sin par. Cavadores de tumbas.

Joaquín, para acabar, ojo con lo que te digo: si me considerase lerdo o poco avispado manejando armas, ten por seguro que usaría un revólver y no una pistola.

jueves, 14 de abril de 2016

ESTAMOS DE ENHORABUENA

Por, Ernesto Pérez Vera

¡Enhorabuena, policías!

Algunos ya dijimos públicamente, desde el minuto cero, que la respuesta a tiros estaba más que justificada. Ajustada a derecho. Es más, a uno de los intervinientes (amigo mío) se lo dije pocas horas después de producirse el hecho. Pero él ya lo sabía. No le descubrí nada nuevo. Hizo lo que sabía que tenía que hacer, lo que había entrenado, aquello sobre lo que había meditado profundamente. Y encima, ¡toma ya!, le salió bien. Recuerdo que me dijo: “Ernesto, esto ya lo he vivido. Este supuesto es uno de los que he practicado mil veces, por mi cuenta, en el campo de tiro, por ello seguramente respondí bien”.

No era cosa fácil, pero la hizo. Él sí. Tampoco echó el rabo atrás negando u ocultando qué hizo, cómo lo hizo y cuándo lo hizo. Hoy no toca hablar de por qué todos los proyectiles lesivos abandonaron el cuerpo del agresor, poniendo en grave riesgo la vida de terceros. Esto lo dejo para otro día.

Los agoreros, sucios ellos como siempre, florecieron por doquier. Emergieron desde las profundidades de sus miserias. Se colocaron sus mugrientas gorras y enarbolaron la bandera del desánimo. Los agoreros, ignorantes y cobardes por obra y gracia del ADN de los de su especie, querían meter en la cárcel a los policías actuantes. En fin, cosas de trabajar con compañeros y mandos miserables y legañosos.  

Pues no, listos, durante la instrucción de las diligencias previas quedó dilucidado que la acción policial no merecía reproche judicial.


DERECHO DE CONFESIÓN: PORQUE LOS CERDOS TAMBIÉN TIENEN DERECHOS

Por, Ernesto Pérez Vera

“Pasado el tiempo, me voy a sincerar contigo, Arturo. Yo te admiraba, y puede que todavía lo haga, por tu forma de trabajar. Yo qué sé, quizá solo fuese interés. Pero lo cierto y verdad es que veías todo de un modo diferente al resto. Siempre tenías respuestas válidas y eficaces. Me fijé en cómo amarrabas las cosas, y me pegué a ti. Te apoyaba, o al menos eso quería que creyeras. Te oía con atención para luego, en tu ausencia, parafrasearte y quedar como un rey ante los demás. Ladrón de oído me llamaste aquella vez que me sorprendiste diciendo, palabra por palabra, lo que a buen seguro hubieses respondido tú. En fin, Arturo, que estar cerca de ti siempre fue una garantía y una seguridad, tanto instruyendo diligencias como haciendo controles, cacheando, identificando guarros, etc. Eras realmente particular, me atrevo a decirte que hasta brillante”.

“Pero qué quieres que te diga, Arturo, yo solo buscaba lo que buscaba: tu favor cuando ascendieras. Porque sí, yo siempre pensé que ibas a llegar lejos, ya que sin duda alguna te lo merecías. Méritos no te faltaban, por más que hoy escupa sobre ellos. Por eso me pegué a ti, para además de aprender bien…, para que me ayudases en el futuro. Así es, siempre me he restregado con quienes en cada momento podían ponerme las cosas en bandeja. La ley de la transferencia, dicho finamente, algo que tú me ‘aprendiste’, palabra esta, además, que alguna vez me corregiste. Rastrero y veleta me llaman ahora que he puesto las cartas del revés. Claro, es fácil: te has ido. Ya no puedo engañar a nadie, Arturo. ¿Y sabes qué?, que tienen razón, soy un falso y un miserable que a poco que perdiste peso específico te di la espalda. Ahora, ya ves, ahora lameteo a los que tú criticabas, a los mismos a los que yo no miraba a la cara cuando aparecías por la puerta. Es lo que tiene ser una cucaracha asquerosa, que igual que lo estoy confesando ante ti, después lo negaré ante mis nuevos ídolos. Lo siento, Arturo, soy de los que solamente se arriman a quienes en cada momento parecen tener el bastón de mando. No puedo evitar ser así, está en mi ADN. Ojalá solamente me dijesen aprovechado e interesado, pero me definen con bastardo hijo de puta”.

lunes, 11 de abril de 2016

LAS MALAS PERSONAS NO PUEDEN SER PROFESIONALES EXCELENTES

Por, Ernesto Pérez Vera

Siendo un servidor de ustedes un vulgar paleto sin papeles, nada ilustrado y mínimamente viajado, ¿cuántas veces he rezumado rabia, cuando no también odio, en forma de rajada pública contra determinados infames a los que tuve que soportar durante años? Muchas veces, ¿a qué sí? Incluso muchas más veces de las que yo mismo quería. Unos eran mandos y otros eran meros policías, como yo mismo fui.

He despotricado, principalmente, contra aquellos coleccionistas de mediocridades que sin pudor copaban, y copan, puestos de responsabilidad para no ejercerla, pero sí para cobrarla. He rajado, despachándome a gusto, de los encumbradores de miserables manifiestamente vagos e incompetentes. Y siempre que he podido he vomitado en los zapatos de quienes presumían de lo logrado, omitiendo el cómo y mintiendo sobre los cadáveres enterrados en la fosa de la verdad. Juro que me esfuerzo por no despotricar, rajar y vomitar sobre esta chusma, pero voy perdiendo la partida. Hoy, como otras tantas veces, no he podido resistirme.


Leyendo “La Vanguardia” me he encontrado con una fresca entrevista realizada al psicólogo norteamericano, de 73 años, Howard Gardner. Míster Gardner, que ejerce como investigador y profesor en la Universidad de Harvard, es conocido en el ámbito científico por sus investigaciones en el análisis de las capacidades cognitivas y por haber formulado la teoría de las inteligencias múltiples, trabajo por lo que en 2011 recibió el  Premio Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales.

Aunque más abajo enlazo la entrevista completa, les adelanto estas nada desdeñables palabras del septuagenario: “Las malas personas no pueden ser profesionales excelentes. Nunca llegan a serlo. Tal vez tengan pericia técnica, pero no son excelentes. (…) En clase cumplen lo mínimo y sólo estudian por el título; y después en su trabajo cumplen lo justo por el sueldo. Pero sin interesarse de verdad limitan su interés y dedicación. Son mediocres en todo”.

Hoy, aunque sigo igual de majareta que siempre, me siento una pizca arropado por la neurociencia.